Tres hipótesis sobre la pornografía como trauma: de Bataille a Hernán Hoyos

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Esta autora tiene calle

Presentación de Josefa Ruiz Tagle

Debo empezar por reconocer que antes de que me invitaran a presentarla no había escuchado nombrar a Gabriela Alemán. Tras una rápida búsqueda en Google me gustó. No porque hubiera publicado un montón de libros y recibido premios. Más bien porque estaba empezando un arriesgado proyecto editorial y viene a Chile a hablar de pornografía. Luego leí dos de sus libros y acabó de seducirme.

No debería llamarme la atención no haberla conocido antes. Su mismo proyecto editorial –El Fakir se llama– está motivado por la voluntad de sacar del clóset a la literatura ecuatoriana. Los lectores comunes y silvestres, si algo así existe, sabemos más de lo que se publica en Tokio, Helsinki o Johannesburgo que en Quito o Guayaquil. Sobre todo si la autora en cuestión es un poco bicho raro; si tiene, como Gabriela Alemán, vocación por lo local, por las zonas grises de la cultura. Grises no porque les falte gozo o deseo, sino más bien porque han sido cuidadosamente dispuestas en las sombras por una máquina cultural obsesionada con la producción de una nación imaginaria.

Gabriela Alemán saca de las sombras a políticos corruptos, adúlteras, ladrones, mujeres que se emborrachan hasta perder la conciencia, profesores que las violan, aventureras, adictos, enfermas, plagiadores y niños. Con su lenguaje particular, los pasa por el filtro de esa perra de un millón de tetas que es la cultura, la que ha alimentado a su generación: el cine, la ciencia ficción, la pornografía, la crónica roja, la música popular, la locución deportiva, el melodrama y el cómic. También los libros y todo lo que le quepa al humor en el estómago. Y los devuelve atormentados, patéticos, insolentes y provocadores.

Como dirían los periodistas, Gabriela tiene calle.

En uno de los cuentos de su último libro, una mujer europea en la Amazonía de los años cuarenta le dice a su marido, frustrada, despreciándolo: «Hasta le hallarías la gracia si te tomaras el tiempo de internarte por los vericuetos del habla coloquial de este país. Tiene una elegancia que nace del fango por el que nos arrastra». De este modo nos invita a cuestionar las formas amaneradas de los colonos, a dejarnos llevar por el fango pobre y sudaca, a prestar atención a la elegancia de las lenguas mestizas y hallarles la gracia.

Gabriela Alemán ha publicado dramaturgia, guiones de cine y radio, prosa poética, perfiles, reportajes, un libro para niños, ensayos, artículos de opinión. Es una cronista excepcional y premiada. Tiene además publicados seis libros de cuentos y dos novelas. Ha estado detrás de seminarios, festivales, antologías, talleres, cátedras, principalmente sobre cine y literatura, materias que estudió primero en la Universidad Andina Simón Bolívar, luego en Cambridge y en Tulane. Ha sido reconocida con premios y becas glamorosos, incluida la Guggenheim y la selección en Bogotá39, una iniciativa que pretendió alimentar el canon latinoamericano con una nueva generación cultivada bajo la sombra del boom. Y sin embargo ella no se ha quedado dormida en los laureles, ha salido caminando de esa zona de confort para buscar nuevas aventuras. Cada libro suyo explora temas y lenguajes distintos. Tiene una inspiradora confianza en la ficción: con su novela Poso Wells tuvo la fantasía de hacer caer al candidato presidencial de la derecha, casi tan rico como Piñera. Para eso debía publicarla por entregas en un diario de circulación nacional. Ningún diario se interesó y el candidato cayó por su propio peso. Ese tipo de confianza en el poder de la ficción. Tal vez no exagerada, porque, como nos cuenta Gabriela en otros cuentos, una versión radiofónica local de La guerra de los mundos hizo que los auditores quemaran la radio Quito con furia, dejando tras de sí siete muertos.

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En suma, Gabriela Alemán viene cargada de pasión literaria, pero no de cualquiera sino de un tipo particular: pasión por la literatura combativa, la que le estalla a los lectores en la cara, los hiere, los excita y los transforma.

No es extraño que muchos libros de este tipo hayan quedado olvidados en las bodegas de librerías y pequeñas editoriales autogestionadas, en las repisas más altas de la biblioteca familiar, que sean citados únicamente en conversaciones trasnochadas de diletantes borrachos y en tesis académicas que nunca nadie lee. Con lo cual partes fundamentales de la historia van siendo borradas.

* * *

La editorial El Fakir –regentada por Gabriela, su hermano Álvaro Alemán y otro compañero– ha declarado su intención de publicar textos marginales, contraculturales, sui generis, críticos y emancipados. Se ha propuesto desclasificar historias que, aunque no lo sepamos, han abierto caminos por los que transitamos hoy. Literatura hecha por mujeres, por bandidos, por los que nunca aprendieron a escribir y sin embargo escribieron. Textos silenciados por otros textos más correctos, biempensantes y cosmopolitas. Y para probarnos su vocación comenzaron por editar el libro policial y sexualmente explícito 008 contra Sancocho del colombiano Hernán Hoyos, conocido también como «el pornógrafo de Cali», un hombre que en las décadas de los sesenta y setenta escribió cuarenta novelas pornográficas, las autoeditó, las vendió como pan caliente, y fue leído con voracidad en las calles, prisiones y escuelas. Vendió más de 450 mil ejemplares.

Hay campos de nuestra historia cultural que nos constituyen y que sin embargo desconocemos, porque sus discursos han circulado por circuitos de baja visibilidad. Un ejemplo paradigmático es la pornografía. Si parece que esta cayó del cielo globalizado a colonizar nuestras mentes tercermundistas es, en parte al menos, porque no tenemos ni idea de lo que se ha producido aquí.

Sin embargo, en América Latina no solo se ha reciclado el amor a través de vallenatos y boleros, folletines sentimentales y prensa roja. Nuestras culturas sexuales no son hechas en China o USA. Poco podemos entender a una sociedad si no sabemos lo que pasa en las alcobas, cómo son las relaciones de poder, las jerarquías, los tabúes, las perversiones, lo permitido y lo prohibido en relación con el sexo, ese gran motor que de tantos modos organiza nuestras vidas. Y si queremos entender lo que somos debemos revisar los antecedentes locales.

Las costumbres, actitudes, discursos, formas de representar, se cultivan en el lodo de las ciudades, en la experiencia de los cuerpos y de las lenguas. Cali hizo posible a Hernán Hoyos. Del cielo globalizado cayeron semillas, píldoras anticonceptivas, minifaldas, actrices de cine y canciones de música pop. Pero estas semillas fueron regadas en la cordillera de los Andes por los tabúes y martirios de la Iglesia católica, la salsa, el machismo, el racismo y la miseria. Con los años se convirtieron en semillas híbridas y encontraron fisuras por las que colarse, formas de resistir y cauces en los que florecer.

Hoyos retrató a mujeres sexualmente activas, promiscuas y voraces. Mujeres que participan de la orgía ya sea por placer, conveniencia o convicción, que usan su capital sexual y no son castigadas por ello. Les dio visibilidad a lesbianas, intersexuales, prostitutas sin cafiche, monjas lascivas, niñas y viejas a las que conoció en la llamada «zona de tolerancia» de su ciudad –donde se diversificaban estilos de vida, cuerpos y deseos–, pero también a través de entrevistas que realizó en los más disímiles estratos de la sociedad colombiana.

Estas son algunas de las cosas que debemos agradecerle a Gabriela Alemán. Un proyecto editorial que promete revelarnos zonas veladas de la literatura latinoamericana. Pero también su prosa precisa, inteligente. Pueden encontrar su último libro, La muerte silba un blues, en el stand de Random House Mondadori.

Es hermoso.

Tres hipótesis sobre la pornografía como trauma: De Bataille a Hernán Hoyos

Gabriela Alemán

Se puede decir mucho sobre la pornografía1 : hablar de reversión de valores, reivindicación del disfrute, de un campo de enfrentamiento, un mercado insaciable; se pueden explorar sus múltiples facetas y variedades, difundidas y consumidas, sobre todo, en la actualidad, por internet. Pero lo que les propongo aquí es regresar, volver al momento previo a la explosión global, al momento en que la censura seguía acechando, más que desde instancias represoras, desde las sociedades que la consumían y regresar, aun, al siglo xviii, cuando las fronteras entre filosofía y representación del coito pornográfico no marcaban límites. Propongo indagar dentro del propio género −para rastrear el momento previo a su consolidación− para ver si existe algún elemento constitutivo que lo vuelve inherentemente trasgresor. Para ello planteo sondear las raíces de esa trasgresión en el traspaso de la Naturaleza al orden civilizatorio, como lo abordó Lévi-Strauss y lo recogió Bataille en su Historia del erotismo. Me detendré en los textos de algunos autores a los que Angela Carter, en su «Polémico prefacio» al libro La mujer sadeiana, llamaría «pornógrafos morales»:

(…) la pornografía que trasciende la inocencia (del placer) se encontrará describiendo las condiciones reales del mundo en términos de encuentros sexuales, o encontrará que la verdadera naturaleza de estos encuentros ilumina al mundo; el mundo se convierte en un enorme burdel, el área de nuestra vida donde creíamos poseer mayor libertad se verá como la más circunscrita ritualmente. Nada ejerce tanto poder sobre la imaginación como la naturaleza de las relaciones sexuales, y el pornógrafo tiene el poder de convertirse en un terrorista de la imaginación, un guerrillero sexual cuyo propósito es trastornar nuestras nociones más básicas de esas relaciones y reinstituir a la sexualidad como un modo central de ser y no una especializada área vacacional del ser. (Carter, 22, 24).

Carter no solo habla de lo que hacen estos pornógrafos sino de la forma literaria del pornógrafo moral: un escritor interesado en desarrollar una trama y construir personajes creíbles.

No pretendo desarrollar un análisis de obras sino buscar, en tres momentos planteados como hipótesis, cómo la pornografía esconde (a veces en su superficie, a veces en la profundidad) un poder trasgresor explosivo que los lectores/ consumidores presienten pero no acaban de asir porque este se presenta como una herida en el entendimiento: como un trauma. Quisiera recordar a Freud, cuando señala que la forma que toma el trauma es móvil: va de la ocurrencia de un evento, a su represión, a su regreso. Lo que tiene de singular este proceso es que el evento en sí nunca es reconocido como tal, no se lo experimenta, solo se lo recuerda. Solo se vuelve evidente en conexión con otro sitio y en otro tiempo, siempre fuera de las fronteras de un solo espacio-temporal.

La trasgresión pornográfica y el límite de la civilización

Primera hipótesis: la pornografía literaria, la pornografía histórica, ligada con toda claridad desde el siglo xviii a la trasgresión, mutada en el tiempo, sí, pero ligada a su origen, es un género que se desborda a sí mismo. Se inserta en un doblez que no solo muestra el coito en primera persona, que no solo explota el deseo del lector, sino que irrumpe como una herida que crece sin límites, inasible en el trauma: sin explicaciones fáciles, a veces sin pertinencia a la trama del relato, como un excedente que siempre rebasa al texto.

Al hablar de trauma, lo haré desde el planteamiento de Cathy Caruth, donde el trauma es leído como una confrontación con un evento que, por ser inesperado o llamar al horror, no puede ser colocado dentro del esquema del conocimiento y, por eso mismo, regresa, en su exactitud, en un momento posterior. Al no estar incorporado tal como ocurrió, no puede formar parte de una historia completa, no puede tener un lugar (ni en el pasado, donde no fue experimentado, ni en el presente, donde sus imágenes no son plenamente entendidas). En su imposición como verdad y amnesia, el trauma invoca la difícil verdad de una historia que se constituye por la propia incomprensión de su ocurrencia.

¿Cuáles son los mayores tabús que trasladan el conocimiento erótico y lo vuelcan hacia lo obsceno y trasgresor? ¿Qué llama al rechazo y al terror? ¿A la censura y a la prohibición?

Me voy a remitir a Bataille y su Historia del erotismo para tratar de buscar en el pasado de la humanidad, en un punto distante en el tiempo pero universal en todas las culturas, en el que se da el traspaso de la Naturaleza a la Cultura. Para él, el lugar de partida, la prohibición central, es el incesto:

(E)l estudio del paso del animal al hombre debería basarse en un mínimo de datos objetivos, históricos. (…) Sabemos, por una parte, que los hombres fabricaron herramientas para emplear en distintas labores, con vistas a garantizar su subsistencia. En pocas palabras, que se diferenciaron de los animales en virtud del trabajo. Al mismo tiempo, se impusieron cierto número de restricciones concernientes a la actividad sexual y a su actitud con los muertos (…) (E)l objeto de deseo sexual humano, el objeto que excita tal deseo, no puede ser definido con precisión. Representa siempre, de manera formal, una concepción arbitraria del espíritu, una suerte de capricho intelectual: ¡y sin embargo tiene carácter universal! La regla del incesto, universal pero con distintas modalidades, es lo único que puede hacérnoslo suficientemente familiar (…) Lévi-Strauss opone al estado de la Naturaleza el estado de la Cultura, de manera similar a como suelen oponerse hombre y animal: eso le lleva a afirmar sobre la prohibición del incesto (…) que dicha limitación «constituye el trámite fundamental gracias al cual, pero sobre todo en el cual, se realiza el paso de la Naturaleza a la Cultura. (…) La prohibición del incesto es menos una regla que prohíbe casarse con la madre, hermana o la hija que una regla que obliga a entregar a la madre, hermana o a la hija a otra persona. Es la regla de la donación por excelencia, y es precisamente ese aspecto, a menudo ignorado, el que permite comprender su sentido. (Bataille, 28-29, 31 y 47)

Pero este don del que habla Lévi-Strauss, el don estudiado por Mauss como un efecto civilizatorio, la herramienta de intercambio y socialización, de creación de reglas y jerarquías y orden, no tardó en rodearse de un aura moral, unido a lo sagrado. Bataille se pregunta cómo llegamos a él y responde que el horror que sentimos hacia la naturaleza, unido a la necesidad de distanciarnos del nacimiento carnal, de la muerte y la desconfianza hacia todo lo relacionado con el cuerpo (99), era una partida destinada al fracaso y, así, ese elemento maldito (todo lo concerniente a nuestra «animalidad») tenía que sufrir una transformación. La naturaleza se volvió una naturaleza transfigurada en sagrada y lo sagrado, entonces, se convirtió en lo prohibido. En el paso hacia la Cultura –con la aparición de la economía, el intercambio, las jerarquías de poder– aparece la religión como primer marcador de lo aceptable y lo prohibido. Si bien el incesto ha sido leído en el tiempo como una prohibición de orden moral, como lo que nos alejaría de las bestias y el orden natural, Bataille busca su sentido primero y lo halla en el orden civilizatorio. En el inicio del trueque y los intercambios comerciales, en la utilización de las mujeres como valor de cambio en las culturas que se formaban alrededor del mundo. El incesto, pues, se encontraría en la base del mundo como lo conocemos. Su trasgresión no será solo de orden moral, sino que abrirá una grieta que no dejará de crecer hasta acabar con la civilización y la creación de un nuevo orden alejado de las instituciones que nos rigen, fruto de la civilización: la Iglesia, el Estado, el sistema educativo, la familia.

Y es eso, quisiera argumentar, lo que subyace y desborda y explota en los textos pornográficos trasgresores. Ese es el trauma que no puede experimentar el lector: el evento que llama al horror (incesto, violación, encadenamiento, bestialidad, etc.) es reprimido, y cuando regresa es incomprendido. Se le adjudica una prohibición moral que vuelve inexplicable por qué causa tanto horror/ prohibición/ represión. En la verdad subyacente a la trasgresión de la regla, yace la amnesia de la razón de su prohibición, de la herida que se agranda hasta invocar el caos y la renovación. Eso es lo que el «poder» quiere detener, no la representación directa de lo sexual. No es una prohibición de nuestra naturaleza animal, como señala Hamed: «La del porno no es reminiscencia de naturaleza; todo lo contrario, lo es de civilización».

Me detengo aquí para señalar que lo pornográfico, ese atentado obsceno2 , no estaría entonces solo rompiendo tabús religiosos, morales y políticos sino que, leído así, insertado en el núcleo oculto del trauma inicial, atentaría contra el propio orden civilizatorio. Y es ese punto ciego, esa trasgresión inaceptable, lo que vuelve una y otra vez en lo pornográfico y lo convierte, más allá de las intenciones del autor del texto, en obsceno:

La constitución del erotismo implica la alternancia del horror y de la atracción, de la negación y de la afirmación que la sigue, que difiere de la primera, inmediata, en lo que tiene de humana (erótica), y no de simplemente sexual, animal. (…) ¿Acaso no cabe pensar que en el momento en que se establecieron las reglas con las que se organizaron las barreras y su levantamiento, estas determinaron verdaderamente las condiciones de la actividad sexual? (…) Creo que el objeto de la prohibición fue en primer lugar designado por la prohibición misma de lo codiciado: si lo prohibido fue de naturaleza sexual, esto puso de manifiesto, por lo que parece, el propio valor sexual de su objeto (o, más bien, su valor erótico). Eso es precisamente lo que separa al hombre del animal: el límite opuesto a la libre actividad sexual otorga un nuevo valor a lo que para el animal no era sino irresistible impulso (…) (Es un) hecho indiscutible que el hombre es un animal.que no acepta sin más el dato natural, y que lo niega. Así, modifica el mundo exterior, crea herramientas y objetos fabricados que conforman un nuevo mundo, el mundo humano. A la vez, el hombre se niega a sí mismo, se educa y rechaza dar libre curso a la satisfacción de sus necesidades animales, algo a lo que el animal se entrega sin reservas. A ello cabe añadir que las dos cosas que el hombre rechaza –el mundo dado y su propia animalidad– están ligadas. No nos corresponde analizar si la educación (que surge a la manera de prohibiciones religiosas) es consecuencia del trabajo o el trabajo es consecuencia de un cambio moral. Pero, en tanto que el hombre existe, por una parte existe el trabajo y por otra la negación, mediante diversas prohibiciones, de su animalidad. (Bataille, 49, 53).

El sueño de la razón: el punto ciego del trauma

Segunda hipótesis: El pensamiento ilustrado del siglo xviii borró las fronteras entre filosofía y texto pornográfico, visibilizando la doble trasgresión desde el cuerpo y la mente. Fue el siglo de mayor persecución, censura y circulación clandestina de pornografía y, también, el siglo que vio caer el poder absoluto del rey.

Antes de llegar al siglo xviii quisiera hacer una mínima cronología del texto pornográfico: la primera parada nos llevaría al segundo siglo d.C. y al libro Banquete de los conocedores de Athenaeus, libro sobre la vida y costumbres de las prostitutas. Esta corta génesis de los escritos pornográficos continuaría con Luciano de Samosata y su Diálogo de cortesanas, escrito entre los año