Semántica del luminol

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El corrido de Herrera*

Voy a cantar un corrido,
con mi palabra sincera
Los versos que compusieron
al señor Yuri Herrera
El escritor aclamado llegó
con canto fecundo
Son Los trabajos del reino
Señales del fin del mundo

Su madre es una rebelde
su padre un gran caballero
De la nada allá en Hidalgo
hicieron de oro ese suelo
le pregunté a doña Elena
cuando escuincle cómo era
de sangre muy agitada
pero muy quieto por fuera

Corre y se va corriendo,
el niño se hizo cantor
le dicen que por la boca
muere el que canta mejor
El joven sabio responde
con el sol que lo ilumina
Solo de sol yo me quedo,
de los pobres, la cobija.

Vuela, vuela, pajarito, se
aleja de rama en rama
Llegó a la Muerte y le
dijo: eres tilica y muy flaca
Aquí les dejo el corrido
del mentado Yuri Herrera
El que es revolucionario,
puede vivir donde quiera.

Son varias las historias que se dicen o cantan en torno a Yuri Herrera: que odiaba a la cantante que lleva su nombre, que cocina los mejores chilaquiles rojos que puedas encontrar dentro y fuera de México; que le gusta «El triste», de José José, un poco más que al resto de los mexicanos, quizás con la esperanza, no tan secreta, de que las mujeres le lancen rosas y los hombres se conmuevan cada vez que lo lean.

La verdad es que –salvo los chilaquiles– nada de eso importa demasiado. Como siempre, lo que vale son los libros. Trabajos del reino y Señales que precederán al fin del mundo admiten una variedad de lecturas y de lectores: los que buscan una espectacularización de la violencia quedarán tímidamente satisfechos; los que quieran encontrarse con México y su gran tradición literaria leerán no solo una Comala desplazada un poco más allá del Gran Chilango, sino novelas que, como los relatos de Rulfo, son tan vanguardistas como populares. Se trata de una narrativa en la que desde el punto de vista de la representación la dignidad de los pobres es protegida, exaltada y, finalmente, convertida en belleza. En la que el país de origen persiste en su lenguaje y literatura nacional, que actúan como sustrato. Desde este lugar se universaliza, en cuanto a que en este pueblo latinoamericano todos somos hijos de don Alejo, como dice uno de los personajes de José Donoso, y quisiéramos ser hijos de Juan Rulfo.

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Desde los lugares del apartheid latinoamericano los personajes de Yuri Herrera se allegan al poder en pos de la supervivencia económica y afectiva. El tránsito desde la cantina al Reino que hace El Artista, y de la Citadita al País de los Gabachos de Makina, supone el ejercicio de múltiples talentos. Entre ellos, intervenir la realidad a través de los dominios perdidos de la palabra. Sin embargo, una vez que se arriman a la buena sombra que cobija, al nopalito con tunas, junto con saciar el hambre pierden la posibilidad de expresarse con libertad. Las palabras empiezan a pesar y a pesarse, a medirse como si fueran coca, plomo o plata.

Pareciera ser que para el poder omnímodo la boca del pobre come o habla. Makina –neo Malinche redimida y bienamada por el narrador– habla tres lenguas y en las tres sabe callarse. Para el Narco Rey de Los trabajos del reino el artista es «un soplido, una puta caja de música, una cosa que se rompe y ya, pendejo». Los personajes de Herrera son personajes dizque subalternos que hablan varios idiomas, escriben, cantan, y leen constantemente la realidad, pues en ello radica su sobrevivencia. El padre le dice a Lobo que abrace el acordeón porque ese es su pan. Estar cerca del poder te alimenta, pero te mata, que es lo que le pasa a Makina, que deja los murmullos de Comala por un silencio que anuncia la muerte y en el que no hay lugar para las melodías de infancia.

Trabajos del reino puede leerse como una novela de formación de artistas, pero también como un corrido. Es decir, una canción narrativa que hace pública una noticia y una enseñanza. La relación entre los corridos de la Revolución Mexicana y los narcocorridos no es el paso del caballo al auto, como sugirió una musicóloga un tanto literal, sino la exaltación de una masculinidad rebelde capaz de dar un golpe, también literal, en la nariz del que se quedó con la tierra de Juan. Narco y gabacho comparten el dinero mal habido, las armas, la prensa y el poder de destruir al otro; son los hijos de la Santa Muerte. Fijan los espacios, los tiempos, los salarios, dan y quitan los nombres, pero no crean. Como nos consta, rara vez el poder puede hablar por sí mismo sin caer en lapsus y por ello, si es hábil, se rodea de artistas cortesanos. La violencia es un no-lenguaje en tanto reiteración y negación de la subjetividad propia y ajena. De hecho, para el rey narco, «conversar» es meter un par de balas. El secreto a voces de estas masculinidades chingonas, para usar una expresión paciana, es que son incapaces de engendrar, como canta a los cuatro vientos el artista en el corrido que lo pone en desgracia y que a la vez lo libera. El artista más que rebelde es revolucionario en tanto puede crear y hacer uso del recurso popular más válido: la capacidad de decir que no y, como todo proletario, nacer y dejar semilla.

Por eso, creo que los que más aprecien estas páginas serán los que quieren leerse a sí mismos, pues ambas novelas son reflexiones sobre las relaciones entre arte y poder. No es extraño que el personaje de Trabajos del reino se llame Lobo y la revista que dirige Herrera se llame El Perro. Boca que lame, que muerde y que ladra, y quizás la única que gana su sustento manteniendo independencia de la mano que le da de comer, los personajes de Herrera, así como los artistas, son los únicos capaces de convertir un aullido en canción.


* Rubí Carreño cantó este corrido en la presentación de Yuri Herrera. La letra es suya y alude al escritor y a las figuras de la lotería mexicana; la música es de «Juan sin tierra», de Víctor Jara.

Semántica del luminol

Yuri Herrera

1.Introducción. Órdenes de restricción sobre la lengua

¿Qué hay en la escena de un crimen? ¿Cuál es la clase de espacio que se crea cuando se extiende a su alrededor una cinta amarilla? El lugar que previamente podría haber sido una banqueta, una habitación o una oficina, de súbito se convierte en un espacio codificado por el derecho y taxonomizado por distintas disciplinas científicas. La cinta amarilla no hace justicia ni señala culpables ni entraña promesa alguna para las víctimas; lo que sí hace es dejar testimonio de que el derecho ha registrado lo sucedido y lo ha descompuesto para los fines que le convengan. Es por esas dos circunstancias, la toma de nota del crimen y la ausencia de una garantía de justicia, que pareciera que México está enmarcado hoy en día por una larguísima cinta amarilla. Trataré de desarrollar una hipótesis sobre lo que esto implica.

2.No se dice así

Si algo es seguro hoy es que en México contamos los muertos; los contamos diariamente y luego los agrupamos por semana, mes, año, sexenio. Comparamos las estadísticas de nuestros muertos con las de otros países y otros tiempos. Hacemos planos que indican dónde aparecieron los muertos y a veces dónde desaparecieron cuando estaban vivos. Planos que indican dónde hacen negocios los responsables de tanta matanza, planos de sus disputas, planos de las regiones donde siembran o por dónde transportan lo que cultivan. Y de algún modo todo esto es casi satisfactorio, porque advertimos lo que sucede: casi podemos convencernos de que las estadísticas y los mapas nos permiten entender lo que está pasando y hacia dónde nos dirigimos.

Aunque la inmensa mayoría de los asesinatos en México queden impunes (98% según el activista Javier Sicilia;.1 entre 80 y 90% según otros estudios.2), su existencia queda registrada. ¿Qué hacer con ese dato? ¿Qué se puede concluir de la afirmación implícita «no resolvemos casi ningún crimen, pero sabemos que el crimen sucede»? Evidentemente, que la impunidad no es un accidente, sino un fenómeno administrado con diligencia.

Para dilucidar la naturaleza y los efectos de la impunidad en la vida cotidiana es necesario mirar bajo otra luz el proceso social en que la violencia se inscribe; algunos de los rastros que pueden ayudarnos a descubrir hacia dónde se dirige este proceso son rastros lingüísticos: ciertas expresiones clave utilizadas para referirse a los espacios, así como las tentativas de algunos actores de gestionar este lenguaje.

La importancia de estos rastros suele pasarse por alto frente a la urgencia de atender la violencia física, pero ahí están, y es posible localizarlos observando las perturbaciones que causan a su alrededor; por ejemplo, el esfuerzo público por no nombrarlos, o el acto de nombrarlos solo para prohibir su existencia. Me desvío por un momento para explicar esto. Pienso en el Appendix Probi, la lista que alguien hizo de formas incorrectas del latín, probablemente en el siglo IV. El documento es importante porque preserva para la posteridad justamente lo que quiere corregir: si lo consultamos ahora no es para leer las formas correctas del latín, que pueden encontrarse en cualquier manual, sino porque ahí hay rastros de lo que está naciendo, la lengua que efectivamente se hablaba en la calle, el latín vulgar.

Una función parecida a la del Appendix Probi es la que cumple el Acuerdo de los medios para no promover la violencia, firmado por 715 medios de comunicación convocados por el duopolio televisivo y por varios periódicos de circulación nacional (entre los cuales no estaban los medios más críticos, a izquierda y derecha del espectro ideológico mexicano: La Jornada, Proceso y Reforma).3 El Acuerdo, firmado el 24 de marzo de 2011, plantea la necesidad de una estrategia de comunicación ante las distintas amenazas del crimen organizado, entre ellas convertirse en «instrumentos de propaganda», para lo cual se propone establecer ciertos mecanismos precautorios. Dice así: «En la cobertura del crimen organizado y sus estrategias de terror, los medios debemos: evitar el lenguaje y la terminología empleados por los delincuentes; (…) impedir que los delincuentes o presuntos delincuentes se conviertan en víctimas o héroes públicos, pues esto les ayuda a construir una imagen favorable ante la población, a convertir en tolerables sus acciones e, incluso, a ser imitados; omitir y desechar información que provenga de los grupos criminales con propósitos propagandísticos. No convertirse en instrumento o en parte de los conflictos entre grupos de la delincuencia».

¿Por qué este ejercicio de reinvención de las reglas del periodismo? No es un pliego de buenos propósitos para conjurar lo que en alguna desaforada fantasía a alguien se le ocurrió que podía suceder. Es el reconocimiento de algo que ya está sucediendo y de que es necesario tener control sobre ello. Pero como el Acuerdo no establece mecanismos para verificar su cumplimiento, no es un acuerdo vinculante, sino un gesto de autoridad parecido a la cinta amarilla alrededor de la escena del crimen: no puedo cambiar esto, pero puedo codificarlo en mis propios términos.

Otro ejemplo de la disputa simbólica que se da en paralelo al conflicto armado es el eterno retorno de la censura. Desde hace algún tiempo diversos políticos han intentado prohibir que se escuche por la radio o se interprete en vivo cualquier canción que a su juicio exalte la criminalidad y promueva la delincuencia.

La más reciente escalada de histeria censora comenzó el 3 de mayo de 2011 en el Congreso de Chihuahua con la aprobación de un dictamen «… que prohíbe la promoción en radio y televisión de artistas que interpreten narcocorridos e impide su contratación para eventos públicos. El dictamen (…) considera que los llamados narcocorridos exaltan a los narcotraficantes como “héroes” entre los residentes».4 Dos semanas después, el gobernador de Sinaloa, Mario López Valdés, expidió  un  decreto  prohibiendo  la  difusión  de música sobre el narcotráfico, decreto que, curiosamente, incluyó dentro del reglamento de fiestas; este prohíbe «la difusión de canciones donde se hable del crimen organizado y la presentación de artistas de este corte musical en bares, cantinas, centros nocturnos y salas de fiesta. A los establecimientos que no cumplan con este criterio se les cancelarán los permisos y licencias de venta y consumo de bebidas alcohólicas».5 Es decir, literalmente, para tener derecho a vender y consumir la droga legal que es el alcohol, es necesario abstenerse de cualquier mención a los vendedores de drogas ilegales. Lo que se protege no es la salud de los ciudadanos, sino el monopolio para decidir cuáles drogas son permitidas, y la manera de hacerlo es negando la existencia de los que las venden. Meses más tarde, la comisión de justicia del Congreso de la Unión aprobó por unanimidad en comisiones reformar «los artículos 208 del Código Penal Federal y 194 del Código Federal de Procedimientos Penales para sancionar con penas de uno a tres años de prisión a quien incite al delito», lo cual incluye los narcocorridos como una manifestación de simpatía por el crimen organizado, y justifica la decisión ante «el uso del discurso como herramienta de poder entre los actores involucrados en la actual crisis de seguridad y violencia».6 Y hace apenas unos días el gobierno de Chihuahua vetó la participación de Los Tigres del Norte en la ciudad, por «hacer referencias al crimen organizado».7

La reforma aprobada en comisiones no ha sido llevada al pleno, y los corridos son un género que goza de cabal salud. Pero, de nuevo, aquí lo relevante no es tanto el éxito de la censura sino el gesto prohibitivo, la reducción  del  problema  a un fenómeno que puede combatirse con acuerdos editoriales o decretos sobre lo que conviene escuchar. Y, por supuesto, la manera en que nos referimos a la violencia debe ser criticada, pero estos gestos no son el equivalente de un ejercicio crítico, son el intento de opacar un estado de cosas que se puede intuir detrás de este lenguaje. La censura no detiene la violencia, solo aspira a controlar cómo es simbolizada.

La violencia, cuando no se halla en posesión del derecho, dice Benjamin,.8 representa una amenaza para el derecho no por los fines que persigue sino por su misma existencia por fuera de él; lo que aquí presenciamos es una batalla simbólica por decidir cómo, cuándo, en qué términos la violencia puede ser instauradora de derecho.

Vamos a ver algunas formas en que tanto el Estado como el crimen organizado participan en esta batalla.

3.Estatuas

El gobierno mexicano ha construido metáforas que funcionan orgánicamente con su decisión de concebir al país como un campo de batalla. Dice Gustavo Ogarrio que «esta guerra sin adversario preciso (me refiero a la ausencia de una fuerza estatal identificada como adversaria, con un ejército regular y reconocido como beligerante) provino de la decisión política de transformar el enfoque sobre un conflicto cierto, pero hasta 2006 entendido como parte de la normalidad corrupta del Estado mexicano, el narcotráfico y el crimen organizado, en un asunto de legitimidad que cohesionaría al Estado y a la sociedad en función del “enemigo común” e indeterminado».9

Parte del entramado simbólico que sostiene su legitimidad incluye afirmar constantemente la virilidad del Comandante en Jefe. Tal vez por eso el Presidente Calderón se ha hecho retratar en uniforme militar en varias ocasiones y por eso es que sintió la necesidad de aclarar por qué, en la puesta en marcha de la Tercera Semana Nacional de Salud, portaba un moño rosa en la solapa: «Como es el primer evento de salud que hago este mes de octubre, me puse mi moñito color rosa, no vayan a pensar otra cosa, es porque el color rosa es un distintivo que se usa en el mes de octubre para que sumemos esfuerzo todos, no solo las mujeres,  todos, para luchar contra el cáncer de mama en las mujeres».10 No vayan a pensar otra cosa. No vayan a pensar que soy poco hombre, no vayan a pensar que me estoy ablandando.

El Comandante en Jefe quiere mantener bajo control hasta la más chabacana de las connotaciones que pueda tener su indumentaria. Su preocupación por un prejuicio adolescente quizá tenga que ver con la homofobia omnipresente en la derecha mexicana, pero acaso tenga más que ver con el rechazo a que se cuestione su jerarquía en tiempos de «guerra». Para el Primer Hombre de la Nación sus gobernados deben tener confianza en quien los conduce y convencerse de que las cosas no están tan mal, para entonces sufrir menos. Algo así puede desprenderse de lo que dijo, apenas unos días antes, cuando declaró en la Cumbre de la Comunicación 2011, ante publicistas y comunicadores, que México «enfrenta un problema de autoestima» y que solo podrá resolver sus problemas con una actitud positiva. Explicó: «Si todos en una sociedad se convencen de que no hay crecimiento, de que las cosas están del cocol, de que solo hay fracaso, esa sociedad va a ir necesariamente al fracaso».11

El discurso oficial acude a la retórica belicista cuando es necesario exigir unidad nacional, y cuando la población muestra desconfianza la tacha de derrotista. He ahí un problema, construir la epopeya nacional con un pueblo que no está interesado en ser su protagonista. Y es que contar la Historia, así sea la historia inmediata, es una labor de invención que requiere ajustar los hechos en una narrativa coherente, lo cual es particularmente difícil cuando el Estado no ha podido o no ha querido ser eficaz en el combate al crimen organizado ni consigue transmitir la idea de que sus acciones son «por el bien de la patria».

El héroe que nos ha tocado no se avienta desde el Castillo de Chapultepec, envuelto en la bandera, ni expulsa a los invasores y restaura la República. Este héroe, cuando la retórica de la guerra no  funciona  para  simbolizar  adecuadamente  la violencia cotidiana, execra los moños rosados y fustiga la depresión de sus gobernados. No importa, el objetivo es el mismo, identificarse con ciertas imágenes que le reporten legitimidad para lo que ha hecho y lo que está por hacer, como dicen Schmidt y Schröder en Anthropology of Violence: «La violencia produce experiencias únicas que son mediadas culturalmente y archivadas en la memoria colectiva de una sociedad. Estas representaciones forman un importante recurso para la percepción y legitimación de futura violencia (…) No existe recurso más importante para una ideología de la violencia que la representación de la violencia pasada, de los muertos pasados y del sufrimiento pasado».12

4.Cuan bondadosos, los sicarios

Los hombres de negocios del crimen organizado también participan de la batalla simbólica. La paulatina aceptación del léxico surgido dentro de sus prácticas es parte de la instauración de derecho que supone su violencia, aun antes de que las instituciones o las normas legales reflejen el cambio. Uno de los elementos que habilitaron la popularización de su vocabulario tiene que ver con la manera en que ha cambiado el negocio del narcotráfico en las últimas dos décadas. Si durante el régimen priísta el narco funcionaba a través de cacicazgos regionales coordinados por un capo que organizaba, conciliaba y negociaba con el gobierno central, a partir del inicio de la transición democrática este acuerdo se rompió, y con la atomización de los grandes grupos vino una disputa por los territorios de cultivo, industrialización y transporte de los estupefacientes.

Dice Renato Ravelo en su libro Los capos. Las narco-rutas de México que «a semejanza de los corporativos empresariales, algunos cárteles de la droga abandonaron el regionalismo que los caracterizó en las décadas de los setenta y los ochenta, para emprender la conquista de nuevos territorios. Dispuestos a crecer y a dominar el mercado, eliminaron a sus rivales, tejieron alianzas, fortalecieron sus cercos de protección y modificaron sus estructuras: las organizaciones piramidales se transformaron en consejos y, gracias a su diseño horizontal, mediante la colocación de células o piezas –todas ellas reemplazables–, que al mismo tiempo formaban parte de una cadena cuyo principio y final se dispersa en la amplia red de complicidades, ampliaron su presencia en la República Mexicana».13

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El término narco-ruta define esa transformación: ya no se refiere a algo que sucede en lugares aislados sino a las arterias por las que se está dando una de las prácticas del nuevo orden políticoeconómico en México. Las narco-rutas enlazan ciudades, ponen en contacto a agentes económicos, son la huella del dinamismo del negocio del narcotráfico que a su paso deja un rastro de fosas comunes, poblaciones intimidadas, autoridades desautorizadas. Las narco-rutas están cambiando los ritmos de la vida cotidiana y el sentido mismo del espacio público. Son las cicatrices dejadas por la imposición de una práctica económica despiadada que cuenta con infinidad de cómplices.

El espacio correspondiente a la narco-ruta es la plaza. Hoy, en México, hablamos cada vez más de plazas, en lugar de hablar de ciudades. Pero no de la plaza como sinónimo del ágora, no como un espacio público en el que nos reunimos a discutir o a intercambiar bienes en igualdad de circunstancias. La plaza de la que hablamos hoy es lo opuesto, es la plaza en su sentido militar, y la plaza como el espacio privatizado violentamente, concebido como nicho de negocios que debe ser ocupado a cualquier costo. Párrafos como este a continuación, aparecido en la revista Proceso hace unos meses, son ya parte del léxico franco en el periodismo mexicano. La nota habla de una balacera y la represalia que siguió en una ciudad de la región de la Huasteca: «Las dos matanzas son el episodio más reciente de la disputa que desde hace dos años mantienen los sicarios del cártel del Golfo y sus antiguos aliados de Los Zetas por la codiciada plaza de Tampico».14

No es sorprendente que el nuevo sentido de esta palabra haya sido tan rápidamente adoptado en  México, considerando que, según el investigador del ITAM Edgardo Buscaglia, 71,5% de los municipios del país se encuentran capturados o bajo el control del crimen organizado .[15] o que, según datos de la Procuraduría General de la República, la violencia asociada al narcotráfico ha impactado al menos al 52% de municipios del país. [16] Otro dato ilustrativo: el 27 de octubre de 2011 se dio a conocer que, según datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública, 19 de las 50 urbes más inseguras del mundo son mexicanas. La número uno resultó ser Acapulco, desplazando al segundo lugar a Ciudad Juárez, ambas ciudades emblemáticas para hacer negocios en México.17

Un lugar que resume las características de una plaza en este estado de cosas es San Fernando, el municipio más grande del estado de Tamaulipas, ampliamente comunicado, con vías que llevan hacia Monterrey, Matamoros, Reynosa, Ciudad Victoria, Tampico; San Fernando tiene la laguna salina más grande del país y enormes yacimientos de gas en la cuenca de Burgos. Es también el municipio donde se han encontrado más fosas clandestinas. Una médico de la localidad declaraba, hace poco más de un mes: «Las enfermedades aumentaron. Subieron los casos de diabetes, de hipertensión, de depresión, de crisis nerviosa. La gente ha engordado, su rutina cambió. Cada vez que me llega un paciente y comienzo a hacer su historia clínica veo cómo todos somos víctimas de la violencia. La gente llora al contarme que no estaba enferma, pero que cuando le mataron a un hijo o le desaparecieron al esposo comenzaron sus problemas de salud. Yo misma estoy enferma, tengo una fuerte depresión. Quiero irme, pero no puedo, aquí está mi casa, mi trabajo y todo».18

Quizá uno de los espacios más siniestros del nuevo imaginario es designado por dos  palabras que no han cambiado pero que tienen nuevas  connotaciones: puente  peatonal. El  puente   peatonal es ese espacio que daba continuidad a la ilusión de que las urbes son todavía espacios caminables, el recurso que tenían los ciudadanos de a pie para burlar la hegemonía de los automóviles. El puente peatonal aspiraba a preservar la escala humana de la ciudad, pero hoy es uno de los más conspicuos frentes en la batalla simbólica en curso. En ellos, los cárteles suelen colgar mantas para dejar mensajes destinados a otros grupos criminales, al gobierno, a los ciudadanos o a todos a la vez, invariablemente clamando por la comprensión de sus motivos.

Ejemplifico con algunas noticias recientes.

El 12 de diciembre de 2011 aparecieron en Ciudad Juárez mantas aclarando que un supuesto accidente de tráfico en realidad era una represalia contra un chofer al servicio de El Chapo Guzmán.19 El 11 de enero de 2012 fueron colgadas en diversos municipios de Michoacán veinticinco mantas del cártel Los Caballeros Templarios en las que se deslindaban del asesinato de trece personas cuyos cadáveres aparecieron en Zitácuaro. Declaraban su inocencia y aun pedían el apoyo del poeta Javier Sicilia, el líder del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad.20 El 3 de febrero, en Acapulco aparecieron mantas firmadas por un grupo denominado «Los Guerreros», en las que anunciaban una «limpia» en  Acapulco, que consistiría en expulsar por igual a policías federales, militares, y a los cárteles de los Zetas y los Beltrán Leyva.21

Se ha criticado la difusión que en los diarios se hace de las narcomantas argumentando que se les concede una credibilidad automática cuando no se conoce a ciencia cierta quién las hizo, y porque al hacerlo se les concede a estos indeterminados criminales la categoría de interlocutores.22 Son cuestionamientos no solo legítimos sino necesarios, inscritos en la batalla por nuestro imaginario. Pero, más allá de la facilidad con la que algunos medios deciden creer los mensajes enviados por el narco, o por alguien que se hace pasar por narcotraficante, es relevante que la posibilidad de que las mantas provengan de los cárteles no sea cuestionada. Porque, además, hay casos que no dejan lugar a dudas sobre la seriedad de los remitentes, esto es, cuando las mantas se acompañan de cadáveres.

El 20 de septiembre de  2011, por  ejemplo, con los cadáveres de 35 personas encontrados en dos camiones en una de las principales avenidas de Boca del Río, Veracruz, había una manta pidiendo a la «gente inocente» que no pague más extorsiones y diciendo que esto les pasaría a los Zetas que no se fueran de Veracruz.23 El 24 de noviembre de 2011, el mismo día que daba comienzo la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, 26 cadáveres fueron abandonados en los alrededores de la glorieta Arcos del Milenio con una manta que, como de costumbre, afirmaba que esa acción no era contra la población civil, sino contra el Chapo Guzmán y el Mayo Zambada. La manta la firmaba «Atentamente, grupo Z» y especificaba: «El único cártel no informante de los gringos».24

Los responsables de estas masacres se diferencian de los de tantas otras en que no solo no quieren ocultar lo que hacen o acusar a sus acusadores de estar  mintiendo para construirse como interlocutores legítimos, sino que es con las pruebas de su crimen que pretenden erigirse como interlocutores. Se declaran protectores de la población civil, señalan los delitos de otros criminales, mientras arrojan cuerpos descuartizados. La combinación de ambos mensajes define claramente el cambio en estos espacios: aun cuando no nos crucemos cotidianamente con los cadáveres y las mantas que los acompañan, unos y otras ya están en nuestro imaginario, y el mensaje resultante es: acostúmbrate, es por tu propio bien.

El prefijo «narco», entonces, tiene tras de sí todas esas imágenes y también un mensaje orwelliano sobre las bondades del horror. Si hace un par de décadas alguien usaba la palabra «narcofosa» podría haberse pensado en un hoyo repleto de drogas; hoy, inmediatamente nos remite a cuerpos torturados y enterrados de cualquier manera; porque ya tenemos las historias de las fosas clandestinas aparecidas en San Fernando, en Acayucan, Veracruz, en Durango. La BBC reporta que tan solo en la segunda mitad de 2010 aparecieron 69 cadáveres «en cinco fosas en Nuevo León, 41 más en Michoacán, 39 en Coahuila, 35 en Morelos, 12 en Sinaloa».25 La lista sigue alargándose.

Cuando se supo que habían aparecido en un tiro de mina en Pachuca, Hidalgo, siete cadáveres (o diecinueve según otros medios),26 los titulares hablaron de inmediato del sitio como de una «narcomina», asumiendo desde antes de la investigación el origen de los cadáveres y ofreciéndonos, con ese prefijo, una imagen clara de lo encontrado. El prefijo «narco» no solo es un código que denota horror, es también un código que lo normaliza. A la transformación de los cuerpos en «bajas colaterales» o en «ejemplos» le corresponde la transformación de los espacios públicos en lugares donde el miedo se ha instalado como parte de la vida cotidiana.

5.Un cadáver en los cimientos de la ciudad

La guerra contra el narcotráfico no ha detenido la exportación de drogas a los Estados Unidos, ni ha disminuido  el  número  de  consumidores en México, pero sin duda ha aumentado la sensación de inseguridad entre los ciudadanos. Si, como dice Jacques Rancière, la inseguridad no es un conjunto de hechos sino una forma de «gerenciar» la vida colectiva, .27 en México ha servido para militarizar el país y crear una atmósfera que criminaliza la protesta social, por un lado, y para hacer mucho  más  eficientes  las  organizaciones criminales por el otro, al dejar intocados los mecanismos de su proliferación.

En un lúcido artículo para el periódico británico The Guardian, Ed Vullamy decía que «La guerra de México no solo pertenece al mundo postpolítico y postmoral. Pertenece al mundo del hipermaterialismo beligerante, en el cual la única ideología que queda –la que ponen como ejemplo los líderes de la política “legítima”, los hombres de negocios y los banqueros– es la codicia. Los narcocárteles no son pastiches de las corporaciones globales, ni bastardos errantes de la economía global; son sus pioneros. Apuntan, en su lógica de negocios y modus operandi, a cómo la economía legal se organizará próximamente. Los cárteles mexicanos reflejaron el Tratado de Libre Comercio de América del Norte mucho antes de que este fuera soñado, y florecieron con él».28

O, para decirlo en palabras del poeta Javier Sicilia: «La vida política de nuestro país es, para parafrasear a Clausewitz, la continuación de la delincuencia por otros medios».29

La transformación de ciertos espacios que aquí he esbozado da cuenta de cómo, en medio de un aparente caos, se va normalizando el mercado de la violencia, para utilizar la expresión de George Elwert,. 30 en el cual diversos actores obtienen ganancias. Lo  que  estamos  presenciando  es  la instauración de un consenso policíaco que vuelve permanente la presencia militar en las calles, a la vez que proscribe un debate de fondo sobre las causas de la violencia.

La cinta amarilla no solo enmarca la escena del crimen; también define los temas de la esfera pública. Dice Rancière que el policía no es el derecho que te interpela, como lo entendía Althusser, sino eso que dice «Muévase, aquí no hay nada que ver».31 Pero eso es precisamente lo que es necesario: detenerse a ver y atreverse a decir, luchar por la vuelta de la política, entendida como la intervención dentro de lo que es visible y lo que es decible.32

En un momento en que el horror es parte de la orografía de nuestros espacios públicos, la disputa por las imágenes comunes es crucial, pero no puede desembocar simplemente en sobreponer unas a otras. Hace unos meses, el escritor juarense Willivaldo Delgadillo analizaba  la  iniciativa de un grupo de empresarios de Ciudad Juárez que creó el programa Juárez Competitiva, para atraer inversiones y mejorar la calidad de vida de la ciudad, pero su propuesta central era promover un «cambio de imagen» de la ciudad, para lo cual se proponían llevar a Paul McCartney a su acto de presentación. Dice Delgadillo: «En la página principal de su sitio web aparece una animación que comunica una serie de preguntas, tales como ¿y tú qué vas a hacer por Juárez?, o ¿qué has cambiado para que Juárez sea mejor? A juzgar por estos mensajes, más que un movimiento social, parece que Juárez Competitiva pretende ser un movimiento motivacional que pone el peso de los cambios en los individuos y no en los procesos sociales, y que además soslaya la responsabilidad del Estado. No es que se critique a Juárez Competitiva por promover la participación ciudadana, sino precisamente por lo contrario, porque promueve la inmovilidad a través de la política del avestruz».33

Si los ciudadanos vamos  a  intervenir  dentro de la batalla simbólica, la opción, más que simplemente negar el lenguaje que denota el inmenso poder del crimen organizado, es hurgar todas las capas debajo de él, rociarlo con luminol, ya no para ver la sangre, sino los mecanismos que la sangre oculta.34 Confrontar el lenguaje que excluye a todos aquellos que no participan del mercado de la violencia es ya comenzar a recuperar nuestros espacios, nombrándolos en función de la experiencia, y no de las agendas de las «partes en conflicto».

Por supuesto, reformular los problemas no los resuelve automáticamente, pero sí permite repensar sus causas, reenfocar las responsabilidades, e imaginar respuestas distintas. Cuestionar el léxico de los actores de la violencia es también cuestionar el consenso policíaco que legitima el nuevo orden. Así, también es necesario cuestionar la existencia de este problema como un «problema nacional». Quizá parezca que los espacios que he descrito existen en un lugar lejano o exótico, poblado por salvajes. No es así. Los lugares donde se generan los diversos hechos de horror de los que aquí he hablado se llaman Ciudad Juárez, Acapulco, Matamoros, pero también Manhattan y Zurich. El consenso policíaco no es un invento nacional, sino una condición de nuestro tiempo.

Dos poderosas novelas, Trabajos del reino y Señales que precederán al fin del mundo, bastaron para convertir a Yuri Herrera en uno de los autores más destacados de la literatura mexicana de hoy.


Notas

1 La Jornada, «Se suman Narro, Sicilia y Concha a la denuncia contra el Presidente Calderón», 11 de diciembre de 2011.

2 Periodista Digital, «El 90% de los homicidios en estados mexicanos quedan impunes», 16 de enero de 2012.

3 www.mexicodeacuerdo.org/acuerdo.pdf.

4 EFE, 4 de mayo de 2011.

5 El Universal, 18 de mayo de 2011: «Prohíbe Sinaloa difundir música sobre el narco».

6 Excélsior, 9 de noviembre de 2011: «Aprueban por unanimidad sancionar con cárcel por narcocorridos».

7 SinEmbargo.mx, 12 de marzo de 2012: «Gobierno de Chihuahua veta a Los Tigres del Norte por corridos que hacen referencia al crimen organizado».

8 Walter Benjamin, Para una crítica de la violencia, edición electrónica de www.philosophia.cl, Escuela de Filosofía, Universidad ARCIS, pp. 4-5.

9 «Metáforas de una guerra imperfecta», La Jornada Semanal, 20 de noviembre de 2011

10 Animal Político, «Calderón niega discriminación por comentario #novayanapensarotracosa», 6 de octubre de 2011.

11 El Universal, «FCH: El país podría tener problemas de autoestima», 29 de septiembre de 2011.

12 Bettina E. Schmidt e Ingo W. Schröder, eds., Anthropology of Violence and Conflict, Londres y Nueva York, Routledge, 2005 (2011).

13 Los capos. Las narco-rutas de México, México: Debolsillo, 2005 (2010), pp. 78-79.

14 Proceso, «La batalla del cártel del golfo y los Zetas por la Huasteca», 31 de diciembre de 2011.

15 El Universal, «Narco controla 71,5% de municipios del país», 2 de enero de 2012.

16 El Universal, «Narco impacta a más de 50% de municipios», 27 de febrero de 2012.

17 Excélsior, «Acapulco desbanca a Juárez… como la ciudad más violenta del mundo», 27 de octubre de 2011.

18 El Universal, «El silencio, un manto que envuelve San Fernando», 21 de febrero de 2012.

19 Proceso, «Colocan narcomantas en Juárez contra El Chapo», diciembre de 2011.

20 Proceso, «Los Caballeros Templarios tapizan Michoacán de narcomantas», 11 de enero de 2012.

21 Proceso, «Narcomantas firmadas por “Los Guerreros” anuncian “limpia” en Acapulco», 4 de febrero de 2012.

22 Salvador Camarena, «Narcomantas y periodismo», SinEmbargo.mx, 28 de febrero de 2012.

23 Blogdelnarco.com, «En Veracruz tiran a 40 ejecutados… en narcomantas señalan que muertos son de Los Zetas».

24 Impacto, «Narcomanta encontrada al lado de los cadáveres en Guadalajara», 24 de noviembre de 2011.

25 BBC Mundo, «Siguen apareciendo narcofosas en México», www. bbc.co.uk, 11 de mayo de 2011.

26 El Sol de Tulancingo, «Oficial: 7 cuerpos en 2 tiros», 24 de agosto de 2010. Nota Roja, «Hidalgo: Encuentran “narcomina” cerca de Pachuca», 23 de agosto de 2010.

27 Dissensus: On Politics and Aesthetics, ed. y trad. Steven Corcoran, Londres y Nueva York, Continuum, 2010, edición para Kindle, loc. 1.469-1.470.

28 «Ciudad Juarez is all our futures. This is the inevitable war of capitalism gone mad», The Guardian, Comment is Free, 20 de junio de 2011.

29 Proceso, «El Estado delincuencial y la no violencia», 17 de julio de 2011.

30 Citado por Schmidtt y Schröder, p. 5.

31 Op. cit., loc. 516-521.

32 Íd., loc. 508-514 y 594-599.

33 Revista Semanal Juárez Dialoga, «¿Juárez competitiva?», 29 de agosto de 2011.

34 El luminol es un químico verdoso utilizado por la policía científica para detectar rastros de sangre en potenciales escenas del crimen [N. del E.].

Bibliografia complementaria

Astorga, Luis, El siglo de las drogas: El narcotráfico, del Porfiriato al nuevo milenio, México, Plaza y Janés, 2005.

Anderson, Benedict, Imagined Communities, Londres y Nueva York, Verso, 1991.

De Certeau, Michel, La invención de lo cotidiano 1 . Artes de hacer, trad. de Alejandro Pescador, México, UIA/ITESO, 1996.

Harvey, David, The Urban Experience, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1989.

Quirk, Ronald J., The Appendix Probi. A Scholar’s Guide to Text and Context, Newark, Delaware, Juan de la Cuesta, 2006.

Žižek, Slavoj, Violence, Nueva York, Picador, 2008.

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