Radio Ambulante o cómo narrar un continente (sin morir en el intento)

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Radio Ambulante: novelas en tercera dimensión

Presentación de Alejandra Costamagna

Allá por el lejano año 2003 conocí a Daniel Alarcón. Él estudiaba en la Universidad de Iowa y yo estaba en una residencia de escritores, que duraba tres meses, en la misma ciudad. Recuerdo el momento exacto en que nos conocimos: fue el 18 de septiembre, en una celebración de las fiestas patrias, que había organizado un poeta chileno. Ahí estaba Daniel.

Ese día supe que había nacido en Perú en 1977 pero se había criado en Alabama, que escribía en inglés pero pensaba en peruano, que vivía en las tierras donde ahora conversábamos y pensaba quedarse un tiempo por allá, pero que nunca, nunca se desprendía completamente de su Latinoamérica natal.

No sé si fue esa misma tarde, comiendo empanadas y comparando expresiones peruanas y chilenas (siempre me llamó la atención que los peruanos usaran el sustantivo campeón como verbo y «campeonaran» en algún partido); no sé si fue entonces o algún otro día de septiembre o de octubre cuando me habló de su padre, un médico que de adolescente había destacado como narrador radial de partidos de fútbol en Arequipa. Me habló también de los casetes que él y su familia grababan, como si fueran programas de radio, y enviaban a los parientes en Lima, cuando Daniel era niño. Me habló de un tío y una prima que trabajaban en radios peruanas. Otras veces nos juntábamos y Daniel me mostraba las fotografías que había hecho en el barrio San Juan de Lurigancho, en Perú.

Por esos días yo estaba un poco obsesionada con mi mal inglés, aunque no sé si eso se lo conté o no a Daniel. Pero recuerdo que una tarde él me envió unos archivos de audio (¿o me dio el link? Ya no recuerdo cómo funcionaba la tecnología entonces). El caso es que me dio a conocer un programa de radio en inglés llamado This American Life. Eran historias personales, ubicadas del otro lado de las grandes noticias, narradas con sutiles recursos literarios: la generación de un clima, el enfoque en los personajes, el manejo del tiempo, las escenas, la intriga, en fin. Daniel me dijo que eran fascinantes. Eran, no podía saberlo yo entonces (y acaso él tampoco), la semilla de Radio Ambulante.

Pero no nos adelantemos. Yo escuchaba entonces las crónicas radiales rigurosamente, como una forma de practicar el inglés y afinar el oído. Y al rato leía los manuscritos de los cuentos de Daniel, que más tarde formarían parte de su primer libro, Guerra a la luz de las velas. Y de alguna forma, al leer sus cuentos seguía escuchando esas historias sorprendentes y conmovedoras, de sujetos conflictuados que habitan, como dice uno de los personajes de Guerra a la luz de las velas, «un lejano rincón de nuestra nación imaginaria».

Tres asuntos parecían dar vuelta entonces en una suerte de diálogo secreto a través de Daniel: contar historias, Latinoamérica y la radio.

Y así pasó Iowa hasta que unos años más tarde Daniel Alarcón vino a Chile. Entonces estaba a punto de publicar Guerra a la luz de las velas y preparaba su primera novela, Radio Ciudad Perdida: el libro que recogería, de algún modo, esas recurrencias previas: contar historias – Latinoamérica – la radio. Recuerdo que visitó una o dos emisoras en Santiago y supongo que esas impresiones se sumaron a las que ya traía casi en su ADN y a las que fue recogiendo en el proceso de escritura de esta novela protagonizada por la conductora de un programa radial que ayuda a encontrar a los desaparecidos de una guerra interna en un país latinoamericano. Radio Ciudad Perdida obtuvo el Premio de Literatura Internacional en 2009 y a ella le siguió el libro de relatos El rey siempre está por encima del pueblo; la novela gráfica Ciudad de payasos (ilustrada por Sheila Alvarado) y la novela De noche andamos en Círculos, finalista del Premio PEN Faulkner en 2015.

Pero paralelamente Daniel había empezado a trabajar como periodista y a colaborar en distintos medios, como Etiqueta Negra (de la cual es editor asociado), Harper, The New Yorker, la revista del New York Times, El País o Granta. Y fue precisamente en uno de estos trabajos periodísticos cuando la inquietud por la radio, por lo latinoamericano y por contar historias cuajó en un proyecto propio. Me refiero, ahora sí, a la creación del primer podcast narrativo en español, que reproduce historias de Latinoamérica: Radio Ambulante.

El primer impulso vino de un documental que Daniel hizo para la BBC en 2007, a raíz precisamente de la novela Radio Ciudad Perdida. Le habían encargado una crónica sobre la migración andina a Lima. Y entonces viajó y reporteó, investigó, entrevistó, grabó y quedó muy bien el reportaje, pero las voces en español fueron eliminadas finalmente por razones estéticas. Y las voces quedaron en un limbo. En un lugar donde siguieron sonando, sin embargo. En la cabeza de Alarcón: ahí quedaron haciendo eco esas voces en español. Él entonces vivía en Oakland, California, y tenía ganas de

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emprender un proyecto con su esposa, Carolina Guerrero, colombiana e inmigrante como él, gestora cultural, igualmente atraída por contar historias de Latinoamérica desde una perspectiva latinoamericana. Y fue así como en 2011 dijeron ahí está: armemos un podcast en español, donde narremos historias reales, que se alejen del estereotipo de lo latinoamericano y den cuenta de lo diversa y compleja que es la región. Historias que vayan más allá de lo que se ve en los medios, dijeron. Historias a escala humana, provenientes de todos los países de habla hispana, incluidos los Estados Unidos, contadas como se cuenta una buena novela, como se escribe un buen cuento, como se estructura una buena crónica. Y se pusieron en campaña, buscaron fondos a través de una plataforma de financiamiento colectivo y lograron reunir 46 mil dólares (más de treinta millones de pesos chilenos). Y en mayo de 2012 partieron.

Una radio tan ambulante como ellos, con un equipo de latinos distribuidos en distintos territorios. Un programa cuyo primer episodio estuvo centrado en la mudanza como tema e incluyó historias de México, Perú, Honduras, España y Carolina del Norte. Ahí escuchamos, por ejemplo, la historia de dos peruanos que crecieron en el Callao, limpiando barcos, y no veían con buenos ojos el futuro hasta que uno de ellos tuvo un plan: esconderse en las bodegas de una embarcación que iba a Nueva York y largarse de una vez. Pero, ay, no todo salió como esperaban. Escuchamos también el testimonio en primera persona del expresidente de Honduras Manuel Zelaya, quien cuenta su versión del exilio y su difícil retorno. Relata, como si fuera una anécdota de sobremesa, cómo lo expulsaron de su país: lo sacaron de la casa en la madrugada, lo metieron a un avión pequeño y lo depositaron en la losa del aeropuerto de Costa Rica. Y él, el presidente elegido democráticamente, quedó en medio de la pista, solo, en pijama. Otra de las historias de esa primera temporada de mudanzas fue la de un muchacho que ha deambulado con su madre por Perú, Argentina y Colombia y que a sus diez años llega a Estados Unidos. Pero el chico no habla una palabra de inglés. Y los niños son crueles y en este nuevo barrio la segregación es brutal y entonces tiene que aprender las palabras precisas, las palabras prohibidas incluso, para ser integrado y armarse un espacio. Luego vendrían historias como la del relator radial argentino al que le toca narrar el trágico descenso de su equipo de fútbol, y lo que resulta es la más conmovedora épica de una derrota. O la del chamán colombiano que detiene las lluvias a sueldo. O la de una enigmática mujer mexicana que asesina choferes de micro. O la del estudiante chileno que destapa el chovinismo, el exitismo y la homofobia en su colegio de excelencia frente a la comunidad completa. O la de los migrantes centroamericanos que intentan llegar a Estados Unidos ilegalmente a través de México y se ven atrapados por el crimen organizado y las autoridades corruptas. O la de un partido de fútbol fantasma entre el equipo de Chile y un ausente equipo de la Unión Soviética, en 1974, en un Estadio Nacional repleto de presos políticos. O la de un pueblo colombiano condenado a la ceguera (literalmente: un pueblo donde uno de cada diez hombres es ciego). O la de la escena metalera en La Habana, durante los años 80 y 90, cuando todo parecía ser pura y dura trova, guayabera y son. Y así. Diversos acentos, hablas, modismos, jergas y giros lingüísticos que nos permiten apreciar la variedad y la riqueza de una región relatándose a sí misma.

En 2013 Radio Ambulante recibió el Premio de Periodismo Simón Bolívar a mejor pieza radial con «N.N.», una historia sobre la costumbre de muchísimos habitantes de Puerto Berrío, en Colombia, que adoptan muertos anónimos que trae el río y se encomiendan a ellos como espíritus de la buena suerte. «Aquí la gente no podía confiar en la vida, entonces optaron por confiar en los muertos», dice la narradora de esta conmovedora crónica. En 2014 el equipo de Radio Ambulante ganó el premio de periodismo Gabriel García Márquez en la categoría de Innovación. Y desde 2016 comenzaron a ser distribuidos digitalmente por NPR, la Radio Pública Nacional. La misma emisora que transmite This american life, el programa que Daniel Alarcón me mostró en aquel lejano 2003, en la ciudad de Iowa.

A cinco años de iniciado el proyecto de Radio Ambulante, ya son casi cien historias grabadas y disponibles en el sitio web y cuentan con un promedio de doscientos mil escuchas al mes cuando están en temporada activa. Daniel Alarcón hoy es el productor general y Carolina Guerrero ejerce como directora ejecutiva. Viven en Nueva York, donde está la oficina central de la radio. Y cuentan con un equipo editorial integrado, además de Alarcón y Guerrero, por Camila Segura desde Bogotá, Silvia Viñas desde Londres, Luis Trelles desde Puerto Rico y Luis Fernando Vargas, que opera en Costa Rica. Al equipo se unen tres diseñadores de sonido (en México, República Dominicana y Estados Unidos) y una coordinadora de programas, que es mexicana y reside en Nueva York. Ya lo vemos: una comunidad ambulante. Un equipo que hace radio como si hiciera literatura.

Otra vez: contar historias – Latinoamérica – la radio. Así lo ha dicho Daniel Alarcón y quisiera cerrar esta presentación con el eco de sus palabras: «Cuando uno lee una novela es como si el autor estuviera narrándola en tu oído», ha dicho. Y ha zanjado: «En este caso, escuchar una buena crónica en radio viene a ser lo mismo. Te obliga a imaginar y tiene ese toque de intimidad. Es como una novela en tercera dimensión.»

Dejo con ustedes a Daniel Alarcón.

Radio Ambulante o cómo narrar un continente (sin morir en el intento)

Daniel Alarcón

No será necesario que me refiera extensamente a los orígenes del proyecto Radio Ambulante porque Alejandra Costamagna en su presentación ya cubrió los puntos centrales. Sin embargo, quisiera mencionar el momento que gatilla la necesidad de un espacio como este. Me referiré brevemente a la historia que me tocó reportear para la BBC. Se trató de un trabajo sobre historias de la migración andina en el que terminé expuesto a varios momentos emotivos. Una vez concluida mi tarea pensé, ingenuamente, que la BBC me iba a invitar a Londres para participar de la edición. Pero la BBC no tenía la misma idea. A las cuatro semanas recibí un mp3. Lo escuché y respondí con un largo correo electrónico lleno de notas e indicaciones para mejorar el reportaje. Pero la BBC seguía con su propia visión, no le interesaban mis ideas, no me pedían sugerencias editoriales, simplemente me estaban informando: «Sr. Alarcón, aquí está el documental que editamos». Me sentí frustrado por la exclusión de las voces que me parecían más interesantes y emotivas para narrar una historia de migración andina. Pensé también que esta historia no debiera relatarse en inglés, que su lengua debiera ser el quechua o el español. Imaginé entonces un espacio para esas voces, tenía curiosidad por saber cómo sonarían.

Al concebir Radio Ambulante tuvimos varias ideas muy claras. Una de ellas es que las fronteras políticas son reales, pero las lingüísticas y culturales son más fluidas. Eso lo experimentamos a diario quienes somos latinos en Estados Unidos, particularmente en este momento político, cuando una parte del discurso quiere hacernos creer que América Latina queda muy lejos de Estados Unidos. Sin embargo al caminar por las calles de cualquier ciudad de ese país te das cuenta de que Latinoamérica no es algo que se pueda negar ni tapar con una pared. Es más, nosotros –esta es otra premisa de trabajo– consideramos Estados Unidos como otro país latinoamericano gracias  a sus más de cincuenta millones de habitantes con ascendencia latina. La tercera idea es que la tecnología ha cambiado y afectado la forma de reportear y de compartir el periodismo. Esta última idea es muy importante para nosotros. Somos un equipo multinacional desde el inicio. Siempre han trabajado aquí personas de Perú, Uruguay, Colombia y ahora de México, Costa Rica y Puerto Rico. Además, si consideramos la nacionalidad de los productores con que colaboramos, debemos sumar una docena de países. Aún más, gracias a la tecnología este es un grupo que puede trabajar disperso en el mundo. Esto queda patente en la reunión de pauta de los lunes a la que llamamos Stand Up. Por lo general consiste en una pantalla conectada a Skype con fotos de cada participante en un lugar distinto del mundo. Dependemos de tecnologías como Dropbox, Skype, Slack y otras herramientas digitales que permiten la comunicación y el trabajo virtual.

Comenzamos como muchos proyectos independientes en Estados Unidos: recolectando fondos de cualquier forma, sin importar cuán modesta. Guardo con cariño una foto de mis sobrinos y mi hijo frente a mi casa en Oakland, California, vendiendo galletas a favor de Radio Ambulante hace seis o siete años. Recaudamos cerca de trescientos dólares en esa oportunidad. Comenzamos, como pueden ver, tan solo con las uñas, y eso es algo que nos enorgullece.

La idea fue desarrollada en el 2011, y ese mismo año creamos el equipo internacional y produjimos las primeras historias. El año siguiente llevamos a cabo una campaña de financiamiento inicial (kickstarter) en Cartagena, Colombia, y recaudamos, gracias a seiscientos donantes en veinte países diferentes, un total de 46 mil dólares. Teníamos para exhibir menos de media hora de audio y fue suficiente para que muchos confiaran en nosotros. Gracias a ello pudimos lanzar nuestro piloto. Para 2016 nuestra audiencia había llegado a un millón y medio de personas, teníamos setenta y cinco historias narradas desde veinte países diferentes, nuestro equipo creció y firmamos un acuerdo con NPR, que es la cadena de radios públicas de Estados Unidos, lo que constituyó un hito muy importante para nosotros.

Es posible resumir las metas que nos trazamos en un par de puntos. En primer lugar, nos interesa cubrir únicamente América Latina. Quizás deba explicar lo que eso significa. Producimos historias locales, pero nuestra audiencia es más amplia, de modo que al narrar una historia de Chile es probable que no más del veinticinco por ciento de los escuchas sean chilenos. Esto nos permite por un lado tener historias auténticas, particulares a cada lugar, arraigadas en un contexto político y social, pero al mismo tiempo estamos obligados a traducir esas particularidades a quienes

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no son de ese país. En ocasiones es necesario explicar el contexto. Por ejemplo, una de nuestras historias fue sobre el Instituto Nacional, un colegio que no necesita mayores explicaciones en Chile, pero en Perú nadie tiene siquiera una clave de lo que es y en México menos. Hurgando un poco es posible encontrar equivalencias. Mi padre, sin ir más lejos, estudió en una institución similar, solo que en Arequipa. Datos como estos nos permiten constatar que hay realidades que se pueden compartir, aunque necesiten una explicación. Lo típico son las expresiones locales, que el propio equipo internacional determina cuándo es necesario traducir. Tengo la esperanza de que a raíz de esta exposición surjan más historias desde Chile, especialmente de parte de los estudiantes. Por esa razón les voy a dar un par de detalles sobre el proceso para que puedan participar. Muchos términos técnicos los usamos en inglés o los derivamos de ese idioma. Por ejemplo, las propuestas se llaman pitch, de modo que a proponer una historia le decimos pitchear. Cada pitch se evalúa en un comité compuesto por gran parte del equipo. Luego se le asigna un editor y comienza la preparación de la entrevista, lo que a un periodista de prensa escrita puede parecerle extraño, porque en Radio Ambulante es el editor quien sugiere  las  preguntas. Esto obedece a que no es lo mismo trabajar en un texto que  en una historia sostenida por la voz. Necesitamos que los detalles narrativos sean dichos por quien debe contar la historia. Por ejemplo, el entrevistado debe relatar, quizás de forma cinematográfica, no solo el avance de los hechos sino también dónde estos ocurren. Si es en el Instituto Nacional, el entrevistado debe contarnos cómo es ese colegio por dentro, para que quien nunca lo haya visto pueda formarse una imagen. Esto se logra con preguntas sobre detalles como el olor o los muebles. En fondo se buscan señales visuales que apoyen la creación de una película en la cabeza del oyente.

El próximo paso es grabar material. Le decimos gather tape, que vendría a ser la recopilación en audio. El material completo se transcribe, lo que es una pesadilla pero absolutamente necesaria. El paso siguiente es la selección del material. En la escritura para radio se debe leer esta transcripción con mucha atención. Algunas de las preguntas frecuentes en esta etapa  son: ¿Cuál de estos momentos es irremplazable? ¿Qué es lo que no puedo describir mejor que el entrevistado? También será necesario identificar los momentos dramáticos, los graciosos, los detalles que hacen de la narración algo cercano y humano. Cuando se han seleccionado estos audios se juntan en lo que llamamos un string out. Esto nos permite hacer un mp3 de todo el material para escucharlo y estructurarlo  en  función  de la historia. A partir de allí se puede escribir un borrador, que básicamente es la producción de aquellos textos que unen los mejores audios. Funcionan como puentes que unen islas (los audios) y que permiten a la audiencia cruzar el mar de la crónica de un extremo al otro. Solo entonces editamos. Es este montaje de los audios con nuestros textos lo que permite evaluar la historia y su efectividad. A veces el libreto es perfecto, pero la voz de quien relata su experiencia  es muy monótona; en otras, en  cambio, justo  en un momento revelador pasa una moto y arruina la tensión. Hay muchos detalles que surgen en esta parte del proceso. Al resultado de esto le llamamos el segundo borrador, seguido por otro proceso de edición hasta llegar a la maqueta o el rough mix. Aquí ya se han incorporado archivos y efectos de sonido para tener una idea de cómo sonaría esto. Las historias por lo general se comprimen y se acortan a medida que van pasando por las etapas de este proceso. Se llega entonces a un tercer borrador seguido por el segundo rough mix y luego un cuarto borrador. Después de ello viene el tracking, que es el momento en que el productor de la historia entra al estudio a grabar su narración definitiva. A esta se le hace un diseño de sonido y solo entonces se publica. El proceso completo dura entre dos y seis meses y a veces hasta ocho.

Nuestra audiencia está compuesta por latinoamericanos, norteamericanos y latinos de Estados Unidos. Un tercio de ellos vive en América Latina, otro tercio son estadounidenses que no son latinos y el último tercio son latinoamericanos que viven en Estados Unidos o americanos de origen latinoamericano. Pero una vez que entramos a la red estadounidense de radios públicas (NPR) estos porcentajes han cambiado. Nuestra audiencia en ese país ha crecido mucho, ahora llega a un 73 por ciento de nuestro público. En viajes como este me encuentro con personas nuevas con la esperanza de hacer crecer aún más nuestro público en Latinoamérica. Otra característica de nuestro público es su edad. Su juventud es algo muy atractivo para NPR, pues un 81 por ciento tiene menos de cuarenta y cinco años.

(A continuación Daniel Alarcón procedió a relatar en vivo, con audios de Radio Ambulante, dos historias parciales y una completa. Esta lectura en vivo se puede ver aquí).

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