Quimantú. Prácticas, política y memoria (extracto)

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Las prensas no paran

Los inicios de Quimantú no fueron fáciles. La deuda contraída era grande y la indicación del gobierno fue clara: la empresa debía financiarse en forma autónoma. Para ello sería crucial que los libros y revistas tuvieran un gran éxito comercial y que al mismo tiempo cumplieran con los estándares anunciados por Allende: permitir que parte de la sociedad chilena tuviera acceso a un gran acervo cultural con el que amplios grupos de la sociedad no estaban familiarizados. Una vez oficializado el traspaso se siguió trabajando al interior de la editora. Un ejemplo de ello apareció en una nota de prensa en la que se expone que, a comienzos de marzo, el Comité UP de la editorial detalló a un grupo de dirigentes de la UP de Santiago las acciones que se estaban realizando en la nueva empresa estatal. Destacaron que la reacción de los trabajadores era positiva y que el comité de producción había decidido el 12 de febrero que mientras se tasaban los bienes se mantendría el servicio de impresión y se realizarían mejoras, como limpiar y ordenar las dependencias, mientras que en otras secciones se habían hecho informes y las coordinaciones adecuadas para dar un buen servicio a terceros.1

Efectivamente, las prensas en el edificio que daba a Bellavista no se detuvieron mientras se ponían en marcha los nuevos proyectos. La compra a Zig-Zag incluyó los contratos para gestionar y publicar revistas como Hechos mundiales, Estadio, Saber Vivir, Comer Mejor, Confidencias y las historietas que no eran parte de la línea Disney.

A la par, Quimantú ofrecía servicios de impresión para otras editoriales, incluyendo a los equipos de la antigua Zig-Zag, que continuaron gestionando varias revistas.2 La maquinaria no descansaba y la infraestructura de la editorial debía rendir al máximo para sustentar su adecuado crecimiento. Se imprimían Visión, Ercilla, Revista de Carabineros, Mundo 71, Selecciones del Reader’s Digest, Eva, Rosita, Disneylandia, Tío Rico, Fantasía, Tribilín, Condorito y Vea, a las que se sumó la revista Ramona, que pertenecía al Partido Comunista.3

Los talleres imprimían para empresas externas sin discriminar a las publicaciones de derecha o las de otros con quienes el gobierno tuviera diferencias ideológicas: las máquinas funcionaban a todo dar e incluso se agregó un tercer turno. «El turno de enlace era de las 6 de la tarde hasta las 12 de la noche, después venía el de las 12 hasta las 7 de la mañana, y después entraba el otro de las 8 hasta las 5, esos eran los tres turnos que habían», relata Miguel Morales, a cargo de las áreas de aseadores, electricidad y mecánica de los talleres de impresión. De hecho, Joaquín Gutiérrez, director de la División Editorial, indica en una carta a la Comisión Política del Partido Comunista que estas publicaciones «representan adecuadas fuentes de ingreso para nuestra Empresa».

En tanto, iniciaron su funcionamiento los equipos editoriales y se empezó a configurar la estructura interna de la editorial, con las divisiones y comités de producción, lo cual implicó el crecimiento de su dotación de personal. Sobre este primer periodo, la revista Ahora consignó que «los nuevos directivos se dieron a la tarea de reorientar totalmente toda la línea de publicaciones de la empresa, a la vez que estudiaron la manera de abaratar el costo de los libros, para que estos llegaran de manera efectiva a amplios conglomerados sociales, que habían vivido en permanente desafección social».

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Luciano Rodrigo, que estaba a cargo del Departamento Editorial de la División Editorial, explica que «cuando llegó la UP no se echó gente, se confirmó a todos los que estaban. Hubo algunos cambios de jefatura, sí, pero no se echó gente, y luego los que estaban ahí conocían su trabajo». Este aspecto fue determinante, ya que las áreas de talleres, a cargo de la impresión de publicaciones, requerían trabajadores capacitados para manejar máquinas específicas y desarrollar técnicas de impresión como el huecograbado.

«Nosotros no despedimos a nadie. Zig-Zag se llevó al personal que trabajaba en las revistas que conservó y que eran todas las que daban utilidades. De las que daban pérdidas nos hicimos cargo nosotros», explica [Sergio] Maurin sobre la dotación de empleados que se quedaron en la empresa y el rumbo que tomaron los que se fueron.

En ese momento el sello no tenía nombre aún. Al anunciarse la venta de Zig-Zag se adelantó que este se llamaría Gran Editorial del Estado, pero al día siguiente, en su declaración pública, Allende especificó que se propondría el nombre
de Camilo Henríquez. Según testimonio de Maurin, también apareció como la «Editorial Estatal» y es así como figuraba en los documentos e incluso en los créditos de las revistas, como es el caso del primer número de la revista La Firme. Es más, se siguió editando lo de siempre, tanto así que algunas revistas que en esa época eran ya parte de la editorial del Estado figuran como de Zig-Zag, lo cual refleja la rapidez del proceso y la vorágine en que debieron trabajar estos equipos.

La tarea de encontrar un nombre para la editorial recayó, según testimonio de Hilda López, en el comité creativo del Departamento de Promoción de la empresa, el cual no llegó a un consenso, por lo que se decidió barajar nombres en lenguas de los pueblos originarios de Chile. López consigna que fue Luz María Hurtado quien se dio a la investigación y encontró en un libro del padre Félix José de Augusta (1860-1935) las voces kim y antu, que juntas significaban «sol del saber», propuesta que sí generó consenso en la asamblea.

Ya con la definición del nombre, que venía a completar una propuesta política y cultural, la empresa continuó con la labor de materializar una estructura de gestión que se correspondiera con los lineamientos del gobierno de Salvador Allende, tanto en el ámbito cultural como organizacional, pero que paralelamente pudiera sostenerse financieramente. Tres eran las grandes instrucciones que recibieron en una primera instancia, según recuerda Maurin: echar a andar la empresa con los trabajadores, producir libros baratos e imprimir a bajo costo los que encargaba el Ministerio de Educación. Para ello se requería un organigrama que pudiera hacer realizables tales tareas.

En el primer semestre fueron apareciendo diversas publicaciones de gran impacto como La Firme, Revista Ahora y Cuadernos de Educación Popular. En noviembre de 1971 se publicó el primer libro, La sangre y la esperanza, de Nicomedes Guzmán, y el primer número de la serie Nosotros los Chilenos. Para esa fecha, gran parte del plan editorial ya estaba trazado. La naciente revista Mayoría anunció el 27 de octubre que desde noviembre se lanzaría un libro cada mes, y en la revista Ahora del 4 de noviembre se comentaron las colecciones presentadas y las que vendrían, el público al que estaban dirigidas y en especial la meta a la que apuntaban: «… las publicaciones de Quimantú estaban destinadas a revolucionar el mercado habitual de libros y revistas».

La proactividad y compromiso de los comités de producción fue una de las fortalezas que tuvo Quimantú para sobreponerse a las dificultades en sus dos vertiginosos años de existencia.

La producción material de las publicaciones

Que una editorial cuente con su propia imprenta es, para los estándares actuales, un modelo poco utilizado por lo complejo de manejar. Hoy la mayor parte de los sellos –incluso los de mayor envergadura– externalizan este proceso y compran los servicios de impresión con empresas nacionales o internacionales. En el caso de Quimantú, parte importante de la adquisición que hizo el Estado fueron los talleres de la editorial, situados en la parte externa del inmueble ubicado en Santa María 076, con una salida a la calle Bellavista, por la que circulaba una gran cantidad de personas.

En esta gran ala del edificio se acomodaban las maquinarias y sus operarios, reunidos alrededor de tres sistemas de impresión, cada uno con sus propias características. Los talleres de offset, huecograbado, impresión tipográfica y encuadernación intentaban dar abasto frente al alto volumen de tiraje que la empresa comenzó a manejar. A ellas se sumaban las secciones de mantención, abastecimiento y aseo.

El tiraje que se fijaba para cada publicación determinaba qué tipo de impresión se utilizaría, ya que el sistema offset permitía publicar grandes volúmenes a menor costo, pero era menos eficiente para producciones menores.

El tiraje que se fijaba para cada publicación determinaba qué tipo de impresión se utilizaría, ya que el sistema offset permitía publicar grandes volúmenes a menor costo, pero era menos eficiente para producciones menores.

El tiraje que se fijaba para cada publicación determinaba qué tipo de impresión se utilizaría, ya que el sistema offset permitía publicar grandes volúmenes a menor costo, pero era menos eficiente para producciones menores.

era mucho mejor que el sistema de las rotativas comunes. Eran sistemas más antiguos con rodillos de cobre, en los cuales se grababan las planchas fotográficas, algo totalmente distinto del sistema offset. Es un sistema antiguo y caro pero tiene la gracia de que por tener una tinta más líquida al ser impresa se borra el punto y no tiene esa trama de puntitos que tiene el offset u otros sistemas.

El taller de impresión tipográfica participaba en el proceso de diseño, en particular de la composición de textos. «Los diseñadores recibían de los periodistas los contenidos transcritos con máquina de escribir, y una vez tomadas algunas decisiones de diseño y resueltos los cálculos de diagramación pedían al taller la composición del texto en columnas». El material llegaba a la sección de preprensa, [donde] los linotipistas volvían a transcribir los textos usando lingotes de plomo. Las imágenes se creaban en otras secciones.

En el taller de encuadernación se realizaban los pliegues, para después compaginar y encuadernar manualmente con tres sistemas: corchetes al lomo, lomo encolado o costura al hilo, esta última más escasa. La última etapa era el corte con guillotina y el empaquetado.

Algunas divisiones tuvieron una relación más estrecha con los talleres. Vivanco5 comenta que solía ir a las prensas con Hilda López, su asistente, a revisar la revista Paloma. «La idea era no solo comunicar el contenido del proyecto, sino también para recibir las sugerencias de cada sección en cuanto a la impresión, pues se trataba de una publicación de gran envergadura que necesitaba toda la asesoría posible del personal técnico que iba a elaborarla». Esto se habría extendido también a los libros de la División Editorial ya que los «trabajadores de la imprenta fueron quienes sugirieron los formatos más eficientes, las técnicas más apropiadas y las formas de producir físicamente el material para hacer el trabajo expedito y eficaz».

Los talleres tenían una gran carga de trabajo. San Martín recuerda que «trabajábamos a tres turnos. Había una máquina rotativa con muchos colores y cada vez que entraba una publicación se realizaba un proceso que debía ser traspasado a otro turno, después al día siguiente; había que informar sobre los colores, cuántas veces se había limpiado y qué se le había hecho, etc., así es que cada tres turnos teníamos que hacer todo ese trabajo». Por su parte, Maurin señala que «teníamos los cuellos de botella en guillotinas, encuadernación y prensa. Esas tenían que funcionar día y noche».

Frente a este escenario, la mayoría de los entrevistados recuerda que se encontró una encuadernadora en desuso, abandonada dentro de los talleres, y que logró ser recompuesta. Maurin detalla que «necesitábamos encuadernadora, tuvimos que comprar una máquina que debe tener unos 30 metros, que tiene una serie de topes, ahí uno mete los pliegos y van pasando, se van engrasando, encuadernando, pone las tapas, los corta al final y salen los packs hechos de publicaciones. Esa era una máquina excelente y necesitábamos otra a precio de huevo…». El panorama cambió cuando Guillermo Canals le comentó que en «la bodega hay una máquina Sheridan que se dio de baja hace dos o tres años, la estuvimos revisando con el comité de mecánica y dicen que es recuperable». Maurin le autorizó a arreglarla y a los dos meses empezó a funcionar, con lo que a los tres meses el problema se había solucionado.

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Los talleres resintieron los efectos de la escasez por la que estaba pasando el gobierno de la UP. Cuenta Miguel Morales que

después del primer año del gobierno de Salvador Allende, nos dimos cuenta de que la cosa andaba mal: teníamos problemas en la parte económica, en el sentido de la compra de los materiales, porque había un sabotaje, se vendían las cosas, la misma Papelera no entregaba material, los rollos de papel que tenía que entregar (…) se necesitaba harto papel, llegábamos allá y nos decían no. Después el gobierno, el Estado, les pasó plata para que se financiara eso.

También los talleres fueron un espacio en el que se implementó una inventiva especial para lograr sacar adelante maquinaria con problemas técnicos y que requería repuestos, los que no estaban disponibles en ese momento debido al bloqueo. Hervi relata que «teníamos unos talleres mecánicos en los que había una lucha a todo dar. Las rotativas eran máquinas antiquísimas: eran muy buenas pero muy antiguas, por lo que obviamente había una maestranza para estar reparando constantemente las fallas». Algunos testimonios indican que el compromiso de los empleados del taller llegó al punto de inventar las piezas faltantes para lograr sacar adelante el trabajo de las prensas.

«El extraordinario esfuerzo que representa esta alta cifra de producción somete a una constante tensión a las máquinas (…) y obliga a los mecánicos a aguzar el ingenio para impedir que ninguno de estos indispensables eslabones de la cadena deje de funcionar ni siquiera por una hora», dice Cecilia Urrutia en Los inventores obreros, libro publicado por Quimantú en la colección Nosotros los Chilenos. El taller de mantención dirigido por Osvaldo Lobos e integrado por 15 mecánicos logró crear moldes para fabricar repuestos y reciclar piezas que en otro momento hubiesen sido desechadas para darles un nuevo uso, como fue el caso de una máquina borradora de planchas, reconstituida por los trabajadores después de 35 años de uso y una grave avería, para lo cual se hicieron de nuevo varias piezas fundamentales, según detalla Urrutia, así como el diseño y construcción de una máquina perforadora para el calce de colores.

También se innovó con la utilización de hojas de poliéster en reemplazo de las películas, las que se pueden usar solo una vez, mientras que las primeras podían utilizarse varias veces. Para llegar a estas soluciones se discutían las propuestas al nivel del comité de producción y eran enriquecidas con el aporte de todos, por lo que se consideraba un esfuerzo colectivo, así como su implementación. Fue tal el nivel alcanzado en el ámbito de la experimentación de creación de piezas y repuestos que en enero de 1973 se realizó una exposición de elementos fabricados por los trabajadores.

Paralelamente, otros departamentos también colaboraron en esta materia. Algunos de los productos manufacturados artesanalmente por Hugo Estivales Sánchez, jefe de abastecimiento, fueron la «laca pelable» (para impresión offset y huecograbado), el «rojo opaco», para la separación de colores en preprensa, y el adhesivo para encuadernación de lomo encolado. Estos preparados permitieron sustituir materiales usualmente importados y que ya no estaban disponibles debido a los problemas para contar con materiales de otros países.

Maurin declara que «los comités de producción discutían con la gente de cada sección qué tareas iban a desarrollar para bajar los costos, qué ayudas pedían, por si le faltaba gente, o lo que sea. Ellos veían cómo se las arreglaba la sección. (…) A veces pedían ayuda a la administración pero en general no se metía en eso, el comité de producción lo arreglaba, tomaba decisiones y sacaba las cosas adelante». La proactividad y compromiso de los comités de producción fue una de las fortalezas que tuvo Quimantú para sobreponerse a las dificultades en sus dos vertiginosos años de existencia.

Otro elemento importante de las estrategias de supervivencia fueron los trabajos voluntarios. Se incorporó a esta labor personal de todas las áreas con el fin de sacar adelante la producción. Gabriela Meza recuerda que «íbamos los fines de semana, sábado y domingo, llevaba hasta a mis hijos a ayudar porque había que encuadernar, y esa era una tarea fácil, porque te pasaban los pliegos y había que juntarlos. Otra tarea era hacer paquetes».

En este quehacer participaron, además de los funcionarios, personas externas al sello. Carlos Chacón, trabajador de las prensas, fue uno de los coordinadores de esta área y recuerda que además de los trabajadores iban cientos de brigadistas de San Miguel, de La Legua, La Victoria, Yungay, etc., los cuales trabajaban arduamente y de forma gratuita los fines de semana. También hubo una jornada de trabajo en homenaje al segundo aniversario del Gobierno Popular, en noviembre de 1972, en el que se integraron alumnos de la vecina Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, así como Juan Martínez Sánchez, en representación del Instituto Cubano del Libro.

Además de los trabajadores iban cientos de brigadistas de San Miguel, de La Legua, La Victoria, Yungay, etc., los cuales trabajaban arduamente y de forma gratuita los fines de semana.

Trabajadores de Quimantú

La intervención de los trabajadores, específicamente el rol que tomaron los obreros en el devenir de la empresa, es otro de los aspectos con los que más se especula sobre Quimantú, en especial sobre si estos influían en la toma de decisiones de contenidos que salían de las imprentas.

En artículos y anuncios, el sello se presenta como «una empresa de los trabajadores», acentuando su nuevo carácter, práctica que era parte de las políticas de la UP con respecto a las empresas estatales. A pesar de eso, si bien en la actualidad no se discute la presencia de los trabajadores a través de los comités de producción y de los laborales en los espacios de toma de decisiones, el real impacto de la participación de estos es uno de los temas que genera ciertas discrepancias en los relatos, como en los de Dittborn y Prado. Este último, quien perteneció a uno de ellos, señala que si bien se intentó compartir la toma de decisiones con los trabajadores, en la práctica se vieron afectados por rencillas personales y políticas, por lo que no funcionaron como se pretendía.

Un poco menos de mil trabajadores pasaron de Zig-Zag a la empresa estatal, 920 según la prensa de la época, aunque otras cifras los sitúan en alrededor de 800 empleados. ¿Cuál fue el papel de los trabajadores una vez que la empresa pasó a ser parte del Área de Propiedad Social? Sergio Maurin expone que

nosotros partíamos de la base de que el programa de la UP planteaba que los trabajadores debían asumir, participar en la dirección de las empresas para desarrollar habilidades, responsabilidades y asumir capacidad para trabajar en la vida pública, y eso partía en la empresa, ese era el lugar de experimentación.

Desde la perspectiva de los trabajadores, los relatos muestran diferencias. Morales recuerda que «el problema más serio que teníamos era el papel, la tinta, entonces ahí se conversaba con Maurin cómo había que hacer las cosas, sacar las revistas que estaban, entonces costaba, pero la relación fue buena con la gerencia, no hubo mayores problemas». Vivanco también recuerda el diálogo entre los trabajadores de los talleres, quienes realizaron importantes recomendaciones para los formatos de publicación y a partir de eso se involucraron en el proceso de trabajo más allá de su oficio específico: «Esto hacía que todo el personal de la editorial sintiera el producto final como algo propio, y no se ahorraban comentarios y sugerencias directamente en nuestras oficinas para mejorar los sistemas de producción y de contenidos».

El dibujante Guillermo Durán, Guidú, es muy claro en indicar que el núcleo de la empresa eran los trabajadores: «Había un plan socialista, y la gerencia no estaba por encima de los trabajadores, era el sindicato». Patricio Andrade, en tanto, dice que durante algunas reuniones internas de la editorial, destinadas a formar grupos de educación política, «las discusiones derivaron hacia la necesidad de que la participación de los trabajadores y sus representantes ante la dirección no se redujera simplemente a asistir a reuniones donde solo se daba cuenta de decisiones ya tomadas, y que deberían tomar un papel en la dirección de la empresa».

Claudio Torres también plantea que este rol se vivió con matices:

Los obreros empezaron a tener un poder de decisión. No diré que era un poder absoluto, pero junto con el grupo de poder principal se juntaban todos los directores de revistas, libros, del área editorial, etc. (…) Su opinión era escuchada y ellos participaban en la reunión y entregaban su opinión en la discusión. No sé si era un problema de cultura o de historia de esa empresa, pero no hubo un cambio en que los trabajadores empezaran a poner alguna objeción al modo en que se estaban haciendo las cosas. Sí había más reuniones. Antes, si el gerente general entraba en una discusión nadie le rebatía, ahora sí se debatía, había opiniones contrarias, pero normalmente eso terminaba en una reunión en la que se llegaba a un acuerdo y eso funcionaba. Mejor o peor, pero funcionaba.

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Los obreros empezaron a tener un poder de decisión. No diré que era un poder absoluto, pero junto con el grupo de poder principal se juntaban todos los directores de revistas, libros, del área editorial, etc. (…) Su opinión era escuchada y ellos participaban en la reunión y entregaban su opinión en la discusión. No sé si era un problema de cultura o de historia de esa empresa, pero no hubo un cambio en que los trabajadores empezaran a poner alguna objeción al modo en que se estaban haciendo las cosas. Sí había más reuniones. Antes, si el gerente general entraba en una discusión nadie le rebatía, ahora sí se debatía, había opiniones contrarias, pero normalmente eso terminaba en una reunión en la que se llegaba a un acuerdo y eso funcionaba. Mejor o peor, pero funcionaba.

El sindicato siguió en activo funcionamiento durante el gobierno de la UP. Para el primer aniversario de la editorial el ambiente era festivo: se realizaron concursos, una maratón que llegaba hasta la entrada de la empresa estatal, una jornada de trabajo voluntario y se recibió la visita de representantes del gobierno, de la UP, de los suplementeros, dirigentes campesinos y hasta la delegación comercial soviética de visita en Chile llegaron a celebrar ese día. Cerrando su primer año, al relatar la fiesta de los hijos de los trabajadores en el estadio de la editorial, Mayoría publicó que «las nuevas formas de propiedad que marcan el signo de Quimantú han concedido nuevas responsabilidades a sus trabajadores, quienes ahora no solo asientan su preocupación respecto al destino de esta empresa, sino también han permitido crear relaciones humanas más dignas y efectivamente fraternales», dando cuenta de las nuevas prácticas laborales internas.

En 1972 se hizo un pliego de peticiones. Maurin señala que previamente se entregó un informe detallado de la situación de la empresa, el que evidenciaba mejoras, pero aun así el margen que quedaba para realizar ajustes era muy escaso. Después de un trabajo en comités se firmó el «Acta de Advenimiento», con logros como el reajuste del IPC y otros beneficios, como el que le dio a los obreros del turno nocturno derecho a una taza de café y a quienes trabajaban con elementos tóxicos leche. Se creó la sala cuna o guardería para los hijos de las trabajadoras, que funcionaba en el mismo edificio. Gabriela Meza recuerda: «Las mujeres de Quimantú tuvimos que dar la pelea para que se aceptara dentro de ella que hubiera sala cuna. Insistimos hasta que lo conseguimos».

La pregunta que cabe hacerse entonces es cuál es el rol del sindicato en una empresa estatal. Dittborn, quien fue vicepresidente del sindicato en la última directiva, plantea la interrogante:

Si nosotros estamos en un gobierno del pueblo, en una empresa del Estado, ¿a quién defiende el sindicato si este debe defender a los trabajadores en contra el patrón?… el Estado. Pero si el Estado es nuestro, nosotros lo estamos administrando, hemos ganado una elección, somos del partido popular.

El perfeccionamiento de estos mecanismos de participación era un importante paso a seguir. Sin embargo, el golpe frustró varios de los planes que se avecinaban para la editorial.


* Fragmentos del capítulo «Las prácticas editoriales en Quimantú», de Isabel Molina, en Quimantú. Prácticas, política y memoria, de las investigadoras Isabel Molina, Marisol Facuse e Isabel Yáñez. Santiago, Grafito Ediciones, 2018. Quimantú fue el proyecto más importante de la política cultural del breve gobierno de Salvador Allende, y por sus características ha adquirido un halo de leyenda que estudios culturales como este empiezan a desmenuzar.

1 El Siglo, Santiago, 5 de marzo de 1971, p. 5.

2 Tras la venta de Zig-Zag, la empresa se transformó en otros sellos, como Pinsel y Dilapsa.

3 Carta de Joaquín Gutiérrez al interventor Diego Barros Ortiz, 29 de septiembre de 1973. Archivo de Alejandra Gutiérrez George-Nascimento.

4 El dibujante e historietista Hervi, Hernán Vidal.

5 Alberto Vivanco, director de la División Periodística de Quimantú.

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