Pinochet detrás de los lentes

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Luego de escribir un libro sobre Pinochet, un libro sobre sus libros y sus lecturas, albergo una sospecha que me perturba. Más bien dos.

La primera es que el hombre de los lentes oscuros aprendió de los libros más de lo que se le ha supuesto. Quizás no aprendió tanto como él creía o quería hacer creer, pero aprendió lo suficiente como para aprovechar su oportunidad de trascendencia, equilibrarse en el poder y, a fin de cuentas, salirse con la suya. Me temo que el hombre que dijo leer quince minutos al día antes de acostarse, y que alguna vez habló de «los señores Ortega y Gasset» como si fuesen dos personas, nos ha engañado.

Lo segundo es quizás más inquietante que lo anterior, al menos para mí. Pinochet no solo se empeñó en borrar de la memoria a quienes le hicieron sombra, sino también a quienes admiró y lo inspiraron en su aprendizaje. Como el emperador Shih Huang Ti, quien al tiempo que construyó la Gran Muralla China ordenó la quema de todos los libros publicados hasta entonces, el de Pinochet fue un proyecto fundacional que supuso –en palabras de Borges– «la rigurosa abolición de la historia». No es menor ni insignificante que en la ceremonia con que se conmemoró el primer aniversario del golpe de Estado, en 1974, como telón de fondo se haya instalado una enorme leyenda de cobre que destacaba dos fechas: 1810-1973.

 Entonces ya tenía conciencia del plan. La Historia, en mayúscula, terminaba y comenzaba en él.

Oportunidades, no convicciones

En la sede de la Fundación Presidente Pinochet, en el barrio alto de Santiago, hay una biblioteca que reúne los volúmenes que el entonces retirado general donó en 2000, poco después de su detención en Londres, pensando «en la juventud chilena». No es un fondo particularmente valioso ni uniforme. En esos días, quién sabe con qué criterio de selección, el general traspasó 633 volúmenes de su colección privada que quedaron dispuestos en una gran estantería de un salón de eventos.

Cuando entré en ese salón, en noviembre de 2007, el fondo del general aún no estaba catalogado. Presumo que ni siquiera había sido hojeado. En esas tardes calurosas en que revisé los libros que habían pertenecido a Pinochet me encontré con algunas curiosidades. Entre las páginas de una edición barata sobre fenómenos paranormales, una tarjeta de visita del agregado militar de Chile en España, brigadier general Guillermo Garín, saludando «respetuosamente» desde Madrid a «Su Excelencia». Una cinta tricolor desteñida que quedó atrapada en un libro de historia general de Chile. Una tarjeta del hotel Oro Verde de Quito –ciudad en la que el general vivió tres años y tuvo un amor y, según la leyenda, un hijo no reconocido– que dejó o escondió entre las páginas de un libro de promoción turística sobre Ecuador.

Esos libros eran una parte menor de lo que el general atesoró en sus bibliotecas de Los Boldos, La Dehesa y El Melocotón. Poco más del uno por ciento de los 55 mil volúmenes calculados en el peritaje bibliográfico realizado por encargo del juez Carlos Cerda, instructor del caso por las cuentas del Banco Riggs, a comienzos de 2006. Esos 633 libros no fueron objeto de ningún peritaje, y de haber sido así, probablemente el resultado no habría variado mucho. A diferencia de lo que ocurría en las otras bibliotecas, en la Fundación Presidente Pinochet no había piezas de importancia patrimonial o histórica. Sin embargo, por razones diversas, algunas de ellas tuvieron un valor especial para su propietario.

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Ahí estaba esa edición de El libro negro del comunismo que el general subrayó en sus primeras páginas con plumón fosforescente, destacando, entre otras cosas, que las víctimas de los países de la órbita soviética «ya se acercan a la cifra de cien millones de muertos». Estaba ese ejemplar sobre geopolítica que su autor, el almirante de la armada argentina Fernando Milia, dedicó «al señor general Augusto Pinochet, reconocido geopolítico ayer y pilar antimarxista hoy, con todo mi respeto intelectual». Y estaba esa autobiografía del almirante Erich Bauer.

Probablemente sea uno de los libros más antiguos de esta colección. Tiene el sello del capitán Augusto Pinochet y en su interior destaca el subrayado con lápiz grafito de una definición que el autor hace de su camarada Friedrich von Ingenohl, vicealmirante de la armada alemana, sobre un rasgo de carácter: «Resultaba difícil adivinar su pensamiento íntimo, pues no descubría jamás sus planes a los ojos de los demás de manera abierta».

Pinochet casi no subrayaba sus libros ni hacía anotaciones al margen. Esta última marca, entonces, es una excepción. Atendiendo a la relación de los tiempos, es muy probable que el entonces capitán haya subrayado la frase en sus años de estudiante de la Academia de Guerra y, por lo tanto, poco antes de calzarse esos lentes oscuros que le dieron fama mundial. Cuatro décadas después, cuando la periodista María Eugenia Oyarzún le preguntó cuál era el afán de usar lentes oscuros a toda hora y en todo lugar, el general respondió algo que sorprende por su honestidad: «La mentira muchas veces se descubre por los ojos, y yo muchas veces mentía».

Mentir.

Si hay algo que el estudiante Pinochet asimiló muy bien en su paso por la Academia de Guerra fue la importancia de la mentira para un militar. Un general que no sabe mentir no sirve para el oficio de las armas, y en eso nuestro capitán general fue un maestro.

En 1974, desde su exilio en Buenos Aires, el general Carlos Prats se quejó de «la farsa de la lealtad» del hombre a quien recomendó ante el Presidente Allende como su sucesor en la Comandancia en Jefe del Ejército, creyéndolo confi . Ese mismo hombre que el día del golpe de Estado, cuando Allende lo llamó por teléfono a su casa ante los fuertes rumores de movimiento de tropas, mandó a decir que estaba ocupado en el baño. El mismo a quien el también dictador Jorge Rafael Videla llamó «un gran mentiroso», recordando cuando Pinochet desconoció un acuerdo de fines de los setenta por tres islas del canal Beagle que casi llevan a la guerra a Chile y Argentina.

Mentir, mentir.

Al borde del retiro, cuando su suerte ya estaba echada, Pinochet le confidenció a uno de sus escoltas que uno de los libros que más lo influyó en sus años de aspirante a oficial de Estado Mayor había sido El arte de la guerra, texto atribuido al militar y filósofo chino Sun Tzu, que enseña que la guerra no es otra cosa que el arte de la simulación. «El arte de la guerra se basa en el engaño», dictó Sun Tzu, y esa máxima guió a Pinochet en sus acciones dentro y fuera del Ejército.

Un antiguo funcionario de la dictadura que trató de cerca al personaje me dijo que en los años cuarenta, cuando se casó con la hija de un senador radical, Pinochet tenía simpatías por el partido de su suegro. Y que luego de un corto paso por la masonería se identificó con el sector más derechista del Partido Radical; especialmente desde que estuvo destinado en Iquique y tuvo la misión de custodiar el campamento de prisioneros de Pisagua, que se pobló de familias de militantes comunistas perseguidos por la Ley Maldita impulsada por el gobierno de Gabriel González Videla.

Si hay algo que el estudiante Pinochet asimiló muy bien en su paso por la Academia de Guerra fue la importancia de la mentira para un militar. Un general que no sabe mentir no sirve para el oficio de las armas, y en eso nuestro capitán general fue un maestro.

El mismo Pinochet, en el primero de sus dos libros de memorias, se refiere a los «años [en que] me fui interiorizando en esta ideología que no vacilo en calificar de siniestra». Pero el mismo antiguo funcionario de la dictadura me relató también que en plena Unidad Popular, en un encuentro con gerentes de radios de oposición del que fue testigo, el entonces jefe de la Guarnición de Santiago se mostró particularmente agresivo y amenazante para criticar a «las radios de la oligarquía».

¿Quién era entonces Pinochet? ¿Qué había tras esos lentes oscuros? ¿En qué creía realmente, si es que creía en algo?

Tengo la impresión de que si bien sentía animadversión por las ideas de izquierda, especialmente por todo lo que oliera a marxismo, Augusto Pinochet era un hombre de oportunidades, no de convicciones.

Sun Tzu enseñó que los militares, «cuando ven una oportunidad, son como tigres; si no, cierran sus puertas». Y eso fue precisamente lo que hizo Pinochet mientras el general Carlos Prats ofició de comandante en Jefe del Ejército. Mostrarse como el hombre que Gonzalo Vial definió como el perfecto segundo, «cumplidor de órdenes sin rival, que aplicaba a este menester una obediencia absoluta». Esa cualidad, que puede ser leída despectivamente, en su lógica derivó en virtud. Fue esa condescendencia la que lo condujo al asalto del poder una vez que vio su oportunidad de mostrarse como tigre salvaje, ya no como el gato doméstico que había sido.

Entonces, cuando el segundo devino en primero, avizoró esa oportunidad de trascendencia.

Los dos libertadores

En septiembre de 1974, al conmemorarse el primer aniversario del golpe de Estado, Pinochet dio un discurso para la historia. El salón central del edificio Diego Portales estaba repleto de uniformados y unos pocos civiles que tenían enfrente esas dos fechas revestidas en cobre que operaban como un designio inspirador: 1810-1973.

La segunda Independencia estaba en marcha. Pinochet, que por entonces ostentaba el cargo de Jefe Supremo de la Nación, gastó buena parte del tiempo en justificar la intervención militar, lo que necesariamente implicaba desacreditar el gobierno de Allende. El de Allende y los que lo precedieron. La construcción del nuevo Chile pasaba por la destrucción del antiguo. Por eso, en ese discurso el general dijo que «por primera vez en este siglo, Chile tiene un gobierno únicamente nacional [que] se contrapone al gobierno de los partidos o de clase, en que nuestro país se ha debatido virtualmente desde 1891».

Lo que dijo Pinochet en esa ceremonia fue redactado en la oficina que dirigía Álvaro Puga Cappa. La Oficina de Asuntos Públicos. Puga era un propagandista y amanuense autodidacta que ocupó un puesto estratégico en los primeros años de la dictadura. En paralelo, y más todavía desde que entró en conflicto con los gremialistas, colaboró con los servicios de inteligencia.

Puga es una leyenda del poder en las sombras. Las fotos de su persona son escasas. Ni hablar de apariciones públicas. Es como si el hombre no hubiese existido. Tanto así que en 2000, al ser requerido por la justicia, curiosamente figuraba en el mundo de los muertos. Pero Álvaro Puga estaba vivo y sano, viviendo en el edificio de la comuna de Providencia donde lo encontré y donde sostuve con él una serie de entrevistas.

A Puga le gustaba –y le gusta– que lo llamen el quinto miembro de la Junta de Gobierno. Y no le disgustaba –ni le disgusta– que a sus espaldas lo llamaran «el Obispo», por el celo puritano con que ejercía el poder. El asesor de gobierno me habló en extenso de la influencia que ejerció sobre Pinochet y su séquito, y para sustentar sus dichos, en uno de los últimos encuentros fue hasta su despacho y volvió con un conjunto de archivadores donde guardaba informes y discursos que había escrito por encargo del general. Entre esos papeles estaba el original del discurso de septiembre de 1974 en que Pinochet proclamó la segunda Independencia de Chile.

Álvaro Puga también fue parte del consejo de la Editorial Gabriela Mistral, como pasó a llamarse Quimantú una vez que fue allanada e intervenida por los militares. Los consejeros se ocuparon de que los principales discursos que pronunció Pinochet fueran oportunamente publicados. También se ocuparon de que los nuevos títulos aparecidos se orientaran tanto a ensalzar al nuevo gobierno como a fustigar al antiguo por medio de literatura de denuncia. Ya se sabe: una cosa iba ligada a la otra.

En esa lógica, las figuras históricas que se salvaron del antiguo Chile se cuentan con los dedos de una mano. Cuatro o cinco, cuanto más, que fueron parte de una serie de libros monográficos que Editorial Gabriela Mistral lanzó al año siguiente del golpe de Estado. Ahí estaban Diego Portales, Manuel Baquedano, Arturo Alessandri y, por cierto, Bernardo O’Higgins, el más reconocido de todos los próceres de la dictadura. Como pocas veces Chile se pobló de bustos con su figura y calles con su nombre. No hubo ninguna otra personalidad –de uniforme o civil– que estuviera a la altura, a excepción de una que estaba viva y gobernaba el país con celo y personalismo.

1810-1973. Esas dos fechas representaban una cosa bien concreta: Chile tenía dos libertadores que, lejos de competir, se complementaban de maravillas.

Culto y adoración

La Academia de Guerra es un mapa ideológico que trasluce los afectos de quien la refundó en los años setenta, trasladándola del centro de Santiago hasta los faldeos cordilleranos.

A la entrada, camino al edificio central, está la calle que lleva el nombre del comandante de la Escuela de Infantería que formó a Pinochet en esta rama. Guillermo Barrios Tirado es una calle principal que no tarda en cruzarse con Ariosto Herrera. Barrios y Herrera. El primero fue comandante en Jefe del Ejército y ministro de Defensa en tiempos de la Ley Maldita. También fue quien se enfrentó al segundo cuando este se aventuró en un golpe de Estado que pretendía echar abajo el gobierno de Pedro Aguirre Cerda. En ese sentido Barrios fue un oficial constitucionalista, de los pocos que se apartaron de la línea militarista de Carlos Ibáñez del Campo, a la que adhería Herrera.

Guillermo Barrios Tirado es una calle recta, de leves sinuosidades, que conduce al edificio central de la Academia de Guerra. ¿Nombre del edificio? Bernardo O’Higgins, cómo no. La sorpresa está en que Ibáñez del Campo, la figura más influyente del Ejército en la primera mitad del siglo XX, dos veces Presidente de Chile, tenga apenas una salita con su nombre al interior de la Academia.

Es cierto, podría no tener nada. Pero en ese gesto de reconocimiento mínimo hay implícito un desdén. El menosprecio es mayor si se considera que al costado este de la Academia, en un espacio independiente y de grandes dimensiones, está la biblioteca que el capitán general fundó a fines de los ochenta, pensando en la posteridad. Ya se puede adivinar. Se llama Biblioteca Presidente Augusto Pinochet Ugarte.

Es la mayor biblioteca del Ejército de Chile. Contiene los fondos que pertenecieron al Instituto Politécnico y a la Biblioteca Central de la institución. También –de ahí el nombre– los cerca de 30 mil títulos que el general donó en septiembre de 1989, seis meses antes de dejar el gobierno y atrincherarse en la Comandancia en Jefe del Ejército.

Como en el caso de la biblioteca de la fundación que lleva su nombre, no es claro el criterio con que Pinochet seleccionó estos títulos de su colección. Ni siquiera es claro que hayan sido 30 mil. Cuando el juez Carlos Cerda ofició al Ejército para que entregara un catálogo, la respuesta demoró varios meses. No había inventario ni certeza de que los libros donados no hubiesen terminado confundidos con los que habían pertenecido al fondo de la Biblioteca Central. A diferencia de este último, la mayoría de los libros de Pinochet no tenían registro de pertenencia.

Tras revisar cada uno de los títulos, por descarte, el Ejército acreditó que los libros donados por Pinochet sumaban 29.729. En esa lista abundan las obras de historia y geografía de Chile, teoría política y textos sobre Napoleón. Hay obras completas de Diego Barros Arana, Benjamín Vicuña Mackenna y Miguel Luis Amunátegui. Y dos preciadas joyas bibliográficas. Una es el Ensayo cronológico para la historia general de La Florida (1722), de Gabriel Cárdenas y Cano. La otra es La Florida del Inca (1723), de Garcilaso de la Vega.

El peritaje encargado por el juez cifró el valor del fondo donado por Pinochet en un millón 295 mil dólares. Es por tanto un fondo de conocimiento valiosísimo. Pero también, en el contexto de la biblioteca donde fue a parar, un objeto de culto y adoración.

Figura rectora y vigilante

Un retrato al óleo de un serio general Pinochet, de cachetes rosados y luminosos ojos celestes, recibe a los visitantes. La mayoría son aspirantes a oficiales de Estado Mayor y militares latinoamericanos que vienen de intercambio por una temporada. Lo del cuadro es una primera impresión. Lo sorprendente está al fondo de la sala central de la Biblioteca Presidente Augusto Pinochet Ugarte, luego de atravesar mesones de trabajo y estanterías corredizas. En un espacio aislado, de grandes dimensiones, hay una reproducción del despacho que el general ocupó en La Moneda.

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La puesta en escena está formada por un escritorio, una vitrina con el uniforme del capitán general, otro retrato al óleo de Pinochet, un busto de Napoleón, un teléfono poblado de botones en relieve que hoy parece reliquia y un libro de visitas en el que el dueño de este espacio escribió lo siguiente: «Aquí encontrarán los jóvenes chilenos conocimientos acordes a los tiempos modernos y necesarios para conocer también nuestra historia y dar fé [sic] que somos un pueblo valioso».

Y claro, en el despacho de Pinochet también hay libros. Libros distribuidos en estanterías en las que se encuentran reediciones de los títulos que el general publicó antes de asaltar La Moneda. Dos de ellos, Geopolítica (1968) y Guerra del Pacífico (1972), lucen encuadernaciones en cuero que llevan la firma de Abraham Contreras, el más prestigioso empastador chileno.

La exhibición es un gesto de poder, no solo de vanidad.

El empeño de editores y amanuenses del régimen por construir la imagen de un intelectual fue tan decidido y persistente que, aún hoy, los militares chilenos siguen teniendo los libros de Pinochet como referencia. Un profesor de la Academia de Guerra me dijo que si bien no son textos obligatorios ni están en el programa oficial, los profesores –en su mayoría militares activos o en retiro– los recomiendan a sus alumnos por costumbre. Por costumbre, y «para no quedar mal ante los superiores».

En la Academia, como en los cuarteles, Pinochet sigue siendo una figura rectora y vigilante, como ese retrato al óleo que recibe a las visitas de la biblioteca que lleva su nombre.

Maestros ignorados

No es extraño ni curioso. Conociendo algunas cosas del personaje que gobernó Chile por diecisiete años, es completamente entendible que el general Ramón Cañas no haya sido reconocido con una calle, avenida o regimiento. Por el contrario, una vez que se hizo del poder absoluto, Pinochet se ocupó de cambiarle el nombre a una cordillera de la Antártica llamada General Cañas. De paso, también, le cambió el nombre a la meseta General Barrios.

Hasta donde pude establecer, no hubo un capítulo puntual que explique la negación de la que fue objeto el general Cañas por parte de Pinochet. Lo explican los propios méritos del primero, que superan con creces los del segundo.

Ramón Cañas Montalva fue el primer militar en hablar de geopolítica en Chile. Aprendió de primera fuente, pues fue enviado por el Estado chileno a Europa y allí tomó contacto con Karl Haushofer, el profesor de geografía de la Universidad de Munich que postuló que el «espacio vital» (el tristemente célebre Lebensraum) es el atributo originario de la grandeza de los Estados. Varias de sus ideas están contenidas en Mi lucha, de Adolf Hitler, a quien Haushofer solía visitar en la cárcel de Landsberg.

A su regreso a Chile, influido por las ideas de Haushofer, Kjellén y Mackinder, Ramón Cañas planteó que, tras la Gran Guerra, el eje del mundo se había trasladado del océano Atlántico al Pacífico, más particularmente hacia el Pacífico sur, con lo que Chile cobraba una ubicación geográfica privilegiada. También planteó la necesidad de que Chile tomara posesión de la Antártica, pero no fue tomado en serio hasta fines de los cuarenta, cuando ascendió a comandante en Jefe del Ejército y el gobierno de González Videla estableció allí las primeras bases militares.

De cierto modo Pinochet le debe una carrera académica al general Cañas. Fue este quien en 1949 le encargó a uno de sus discípulos que introdujera el ramo de geopolítica en la Academia de Guerra. Luego ese discípulo se convirtió en el maestro de Pinochet y en quien lo recomendó como su reemplazante en la cátedra.

Pinochet conocía de sobra al general Cañas.

De hecho, ambos descendían de la misma familia en Cauquenes y coincidieron en conferencias que el segundo organizaba en el Instituto Geográfico Militar hacia mediados de los cincuenta. Sin embargo, aunque lo admiraba, Pinochet optó por ignorarlo. A él y a su maestro, Gregorio Rodríguez Tascón, a quien plagió en Geopolítica. En la introducción de este libro Pinochet se limita a reconocer que «el material empleado proviene de numerosos maestros nacionales y extranjeros».

Es probable que en ese entonces, a fines de los sesenta, el olvido de Pinochet haya sido involuntario. La academia militar no era un medio particularmente estricto y exigente a la hora de citar fuentes y referencias. Muchos de los libros publicados por la Biblioteca del Oficial no eran más que compilaciones de otros autores, sin que estos aparecieran identificados. En esta lógica, es probable incluso que Pinochet haya plagiado a su profesor de manera consciente, pensando que era válido y honesto hacerlo. De otra forma no se explica que, poco antes de que su libro fuera enviado a imprenta, le pidiera a Rodríguez una presentación de su libro, a lo que este se negó.

Como sea, desde antes del golpe de Estado nuestro futuro capitán general se empeñó en alzarse como el principal y único geopolítico en Chile. Pero ni siquiera eso se compara con lo que ocurrió después.

Jorge, el hijo del general Cañas, es un geógrafo que trabajó en el gobierno de Pinochet. Lo admiró y le fue leal hasta el día en que supo que había ordenado borrar el nombre de su padre de una cordillera de la Antártica. Luego vendrían otros gestos hostiles –como frenar publicaciones de Cañas y echar abajo un concurso de ensayos en su nombre– que terminaron por confirmar una sospecha: Pinochet era enemigo de cualquiera que le hiciera sombra.

El hijo de Ramón Cañas, el único que le sobrevivía para 2010, me dijo que su padre jamás consideró a Pinochet como un aporte a la geopolítica. Ni siquiera antes de 1973. Y me dijo también que su padre fue consciente del empeño de Pinochet por borrarlo de la memoria. Quizás por lo mismo, hacia fines de los setenta, cuando su vida se apagaba, el general Cañas escribió un perfil autobiográfico en el que precisó que él, y no otro, era «el verdadero introductor de la geopolítica» en Chile.

Dictador bibliófilo

Es probable que la de Pinochet haya llegado a ser una de las principales colecciones privadas en Chile. Quién puede competir con un hombre que por casi dos décadas tuvo a su disposición los fondos públicos de un país para comprar de manera sistemática y compulsiva los libros que le dieran la gana. La afición, de cualquier modo, antecede al asalto del poder. Diez días después del golpe de Estado, en su primera declaración jurada de bienes, dijo tener una biblioteca por un valor cercano a los doce mil dólares de hoy. Tres décadas después, cuando sus bibliotecas y el fondo donado a la Academia de Guerra fueron objeto de un peritaje, el valor fue tasado en cerca de tres millones de dólares.

Como sea, haya o no leído los libros, los haya robado o comprado con el dinero de su bolsillo, la idea de un dictador bibliófilo es de por sí provocativa. Los dictadores y los narcotraficantes no se diferencian en los gustos. Suelen hacerse de magnífi as colecciones de zapatos, corbatas, trajes, armas de guerra, animales exóticos, autos de lujo y mansiones. Pinochet no se privó de la mayoría de estos últimos lujos, pero también compró libros. Sobre todo libros de historia de Chile, geografía, gestas bélicas y marxismo. Eso lo hace diferente de otros dictadores latinoamericanos.

Ahora bien, es cierto que Pinochet cultivó una faceta de bibliófilo, pero eso no significa que haya sido uno. Los expertos que por encargo del juez Cerda entraron a las bibliotecas que el general tenía en tres de sus casas quedaron impresionados, pero no solo por el número y el valor de la colección. Esos espacios que Pinochet tenía por sagrados, a los que entraba muy poca gente, eran un completo desorden. A excepción de un porcentaje ínfimo, los títulos jamás fueron catalogados. Había, especialmente en la biblioteca de la casa de Los Boldos, libros repartidos por el suelo y apilados dentro de cajas de plátanos. En este lugar, sobre estanterías correderas, los expertos encontraron un conjunto de ejemplares empolvados y a mal traer de El Nuevo Ferrocarril, periódico editado en el siglo XIX por Vicuña Mackenna.

El desorden queda en evidencia en la serie de fotografías que resultaron del peritaje bibliográfico. Los libros desparramados, los escritorios abultados, los adornos y recuerdos que el general fue dejando sobre las estanterías y en cualquier lado de la sala le confieren un aspecto de tienda de cachivaches. La editora Berta Concha, que ofició de perito jefe y pasó días en esas bibliotecas, me dijo que si bien hay piezas y colecciones de enorme valor monetario y patrimonial, el conjunto y la disposición de los libros no se corresponden con el perfil de un bibliófilo. En esas bibliotecas mal organizadas convivían primeras ediciones de la Colonia junto a enciclopedias escolares. La editora tuvo la impresión de que el hombre se procuró «una escenografía del conocimiento y del poder de los libros».

Si fue una escenografía, Pinochet jamás hizo gala de ella. Ya fuera porque tenía piezas valiosísimas que no le convenía exponer, o simplemente porque era profundamente celoso y desconfiado. Es muy probable que haya leído poco de lo que tuvo y que jamás supiera bien todo lo que tuvo. Pero también, a la vista de los antecedentes, de cómo resultaron las cosas, es probable que el hombre haya aprendido algo de los libros para salirse con la suya, al menos en vida.

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