Arcadi Espada o el anti-Capote

Si Arcadi Espada fuera un personaje de ficción, una creación imaginaria, lo más probable es que se parecería mucho a Elizabeth Costello, la heroína vegetariana y defensora de los animales que puebla las últimas historias del escritor J.M. Coetzee. Más particularmente, su semejanza tendría mucho de la inopinada incursión de la Costello en la trama de Hombre lento (Random House Mondadori, 2005), la última novela del Nobel sudafricano. Al igual que ella, y sin ser llamado por nadie, llegaría Espada a la casa del protagonista de la historia, seguramente un periodista de reportajes en este caso hipotético, para introducirse con papel y lápiz en la intimidad de su labor y allí marcar al pie de los hechos una cuantas anotaciones capaces de relevar las flagrantes contradicciones que sustentan los motivos de su aventura.

Pero precisemos, para no confundir. En Hombre lento, Coetzee cuenta la historia de Paul Rayment, un fotógrafo que tras sufrir la amputación de una de sus piernas en un accidente callejero, elabora planes y proyectos disparatados con su enfermera, una inmigrante croata que para sustentar a su familia se ha encargado de cuidarlo en este difícil trance. Ilusionado con el amor que está seguro de sentir por Marijana, la enfermera, Rayment despliega una voluntad ciega para conquistarla. La mujer no rehúye a su empleador y se deja querer, incorporando a hijos y marido en la protección que Rayment está dispuesto a materializar por los afectos que lo invaden. Es entonces cuando hace su aparición Elizabeth Costello, que llega de un libro anterior del autor para enfrentar al nuevo personaje de Coetzee con la dramática incoherencia de su conducta y discapacidad física. La irrupción de Costello desde el territorio de la ficción en el mundo de lo narrado no constituye, evidentemente, una novedad. Sí lo es, en cambio, la forma y el carácter que asume frente a los trastornados propósitos de Rayment, cuya enfermedad mortal parece ser a estas alturas la falta de contención, el voluntarismo con que pretende torcer su destino y el de los demás, la ficción de su personaje, en suma. Lo que hace Costello es cuestionar en este punto los vaivenes de Rayment y su confusión, imponiéndole algo que está en el desprestigio actual de la novela moderna: los hechos. La porfiada sujeción impuesta por los hechos.

No hay, en efecto, cosa más real que una pierna amputada. Real porque falta a cada instante. Es insustituible. La pierna amputada es el hecho crudo que motiva la desesperación de Rayment y apuntala la serenidad de Elizabeth Costello. Entre uno y otro, parece decirnos Coetzee, hay un abismo que respira por la herida. La tentación de Rayment es la de la novela: encontrar un efecto, un truco que permita hacer pasar por verdadero lo que sólo alcanza el estatus de verosímil (enamorar a Marijana, convencer a su marido, financiara sus hijos). La resignación de la Costello es, en cambio, de índole periodística: apela a la verdad del hecho y se atiene a él para determinar la nueva posición dramática de la ficción que es Paul Rayment. Y ésta se resuelve en una sola palabra: lentitud, es decir la verdadera morada de la literatura ante un mundo que escapa de sus posibilidades físicas.

Alguien preguntará qué demonios pinta Arcadi Espada en todo esto. Mucho, la verdad, si consideramos que la Costello puede ser a la novela lo que Espada es al periodismo. Ambos son metadisciplinarios: Costello quiere a toda costa evitar desde el territorio de la imaginación que el personaje de Paul Rayment sume mayores cuotas de dolor a su cuerpo amputado, haciéndose pasar por un hombre de acción. Espada, por su parte, anota lo indeciblemente ficticio y dañino que tienen las construcciones periodísticas al pie de los hechos humanos, que es algo distinto a los derechos humanos. Arcadi Espada es sinónimo de metaperiodismo como Costello lo es de metaliteratura. Los dos, en principio, están en contra del otro y en contra de todo, o casi.

“El problema de no disponer de una ficción organizadora es éste: la narración avanza desplazando muchos caminos muertos. Reales, pero de vinculación imposible”, escribe Espada en su celebrado libro Raval. Del amor a los niños(Anagrama, 2000), una investigación independiente y radical sobre una supuesta red de pederastia en una de las zonas pobres de Barcelona. “El novelista levanta sobre ellos arquitecturas prodigiosas y, al fin, todos los caminos, desde Cervantes a Kafka, conducen y adquieren su sentido en la glorieta minotáurica. Es el secreto y el consuelo de la novela, y una de las razones de su seducción. La ficción construye el sentido de una historia perforando muros: por eso hace tanto ruido. El periodismo lo descubre yendo y viniendo, hasta dar con el camino despejado. Un periodista con perforadora es un aprendiz que acaba escribiendo que la vida es terrible y hermosa”.

Considerado en su país, España, como el anti-Capote por excelencia, debido a sus métodos de contra ficción y pertinacia en la investigación periodística, Espada develó en Raval lo que llamó “la derrota del hecho”, es decir, aquel instante en que la prensa construye un castillo de mentiras a partir de un exiguo grano de verdad, en este caso la historia de un joven pederasta que mantenía relaciones con un grupo de niños de un barrio miserable en la confitada capital catalana. El caso, cuya veracidad se sustentaba en informes de la policía como única fuente y en la flojera periodística como gran garante, hizo desfilar durante meses a padres, profesores, políticos y autoridades citadas por el juez, sin que jamás se llegara a establecer la supuesta red internacional del escándalo, pero alimentando eso sí buenamente los titulares de los periódicos y las especulaciones del morbo público. Una historia conocida en Chile a propósito del caso Spiniak, ocurrida hace dos años y a la que Espada se refiere muy brevemente a través del mail, recordando las palabras de su maestro Orwell: “Un crimen de izquierdas, es un crimen”.

Es así, y las acusaciones de conservador y reaccionario con las que carga Espada hoy en día por parte de un sector de sus colegas, no hacen mella en su convicción de llevar adelante su cruzada a favor de los hechos. “Los subproductos periodísticos basados en la construcción de la realidad me parece que tienen bastante que ver con cierta frivolidad intelectual vinculada a la desvalorización del hecho”, sostuvo Espada en un debate con Román Gubern a propósito de los medios de comunicación. “El posmodernismo, que insiste en que los hechos no son nada más que construcciones linguísticas, que dictamina que entre realidad y ficción sólo hay convenciones, ¡qué cree que realidad y ficción son géneros y que como tales pueden mezclarse sin problemas!, ése tipo de discurso, que llega al periodista ya muy regurgitado, ha tenido consecuencias fatales”.

Contrario a la aplicación de las técnicas novelísticas al relato de hechos reales, Espada es un convencido de la necesidad de una nueva retórica de la veracidad para un oficio deshuesado por la facilidad imperante y la interesada renuncia a investigar. Al comparar novela y reportaje, su examen es implacable para reponer las fronteras borradas por la moda o el populismo: “Una novela es un territorio simbólico en todos sus gestos, y cualquier símbolo, aun el más trivial, ha de tener su explicación y su significado. Su por qué. En el periodismo no hay símbolos. Cuando el periodismo se hace simbólico, miente. Pasa de hablar de los hombres -su función- a hablar de los tipos -su ruina epistemológica-.”

Comentando Raval en su artículo “El único periodismo lícito”, su compatriota Juan Bonilla se dio el trabajo de separar aguas entre la narración de no ficción y el trabajo de Espada, consignando el ansia del oficio por tener una gran historia que contar, cuanto más canallesca mejor. Espada en cambio “habla como en un susurro”, escribe Bonilla en su comentario. “Cuenta la terrible historia con constantes digresiones, convierte la investigación que le llevará a probar la malsana ilusión de la red de pederastia, su carácter de abusiva ficción, en un concienzudo examen de lo que significa ser periodista, de la más que probable muerte de un oficio -o al menos de avanzada agonía- en el que cada vez se hacen menos preguntas”.

Efectivamente, no existe hoy en día manera más rápida y sencilla de llenar una página de prensa que apelar al género de la entrevista. Espada ha denunciado y atacado este tic nervioso como una secuela de renuncias anteriores. Lo mismo puede decirse del gusto del periodista por disfrazarse de emigrante turco o de fanático barra brava para levantar una crónica, lo que en su opinión incumple la primera regla del oficio: relatar hechos y no ficciones. En consecuencia con este credo, Espada es un enemigo declarado de las cámaras ocultas, de los shows de prensa, de la monserga de la objetividad periodística y de todas las leyendas relativas a la modestia del oficio y la mística franciscana con que el gremio se arropa en un nosotros sin lugar, cada día más sospechoso y eufemístico. Pero donde su análisis se hace más lapidario es frente al manido asunto de las versiones.

“La versión de los hechos. ¡La célebre y sagrada versión de los hechos! -apunta con ironía en un párrafo destacado de su investigación sobre el caso Raval-. No hay versión de los hechos, no existe patraña semejante. Los hechos sólo pueden tener versiones formales. Se explican hacia atrás o hacia delante, se utiliza el orden alfabético, o el cronológico, o el temático: si queréis podéis hacer lo de Perec y explicarlos con palabras que no lleven la letra e. Pero un hecho no admite otro tipo de versiones. Lentamente y en silencio, el periodismo ha ido ejecutando una sutil operación semántica que tiende a ampliar el dominio de versión fuera de la cualidad formal que le ha sido propia hasta ahora. La versión no es ya un movimiento de la forma. El concepto moderno de versión alude a cambios en la propia naturaleza del hecho. Un relativismo ejemplar”.

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Armado con este instrumental crítico, justamente, Espada desanudó la conjura de incompetencias que se dieron cita en el caso Raval. El libro convirtió a su autor en un digno espejo español de la línea de trabajo practicada por el polaco Kapuscinski, y de paso puso en evidencia que el periodismo “no necesita leerse como una novela para ser literatura”, según señaló con acierto Iván Tubau en el prólogo a Un instante de felicidad (Lumen, 2001), el siguiente libro de Espada, conformado esta vez de prosas breves y delicadamente escritas. “Cuanto mejor periodismo sea -es decir: cuanta más verdad busque, cuanta más realidad desvele- mejor literatura será”, agregaba Tubau en referencia a la mal entendida confusión de los géneros. “El gran periodismo no escomo una novela, porque es, sin duda, más que una novela”.

Palabras que deberían grabarse en el pórtico de todas las escuelas de periodismo, y también de literatura, y que tienen su poderosa raíz en un aserto que Espada ha seguido como artículo de fe desde sus primeras lecciones aprendidas de Valéry: cuando flojea la sintaxis, también flojea la moral. Es la divisa indivisible que Espada decidió trasladar a internet con un blog que lleva su nombre (www.arcadi.espasa.com) y que, desde hace dos años, mantiene en el espacio de la red con una media de 500 visitantes diarios. El sitio, que se inauguró con no más de tres comentarios, comenzó siendo una especie de resarcimiento a las dificultades de Espada para seguir escribiendo en los medios tradicionales, luego de que la publicación deDiarios (Espasa, 2002) cosechara no sólo el premio Espasa de Ensayo, sino también la enemistad de un número importante de gente de prensa. Con la habilidad de un detective privado de diarios, hoy Espada lleva adelante en su blog lo que él mismo define como “crítica cultural del periodismo”, centrando sus motivos en las dos mayores lacras del mundo contemporáneo: el terrorismo y el nacionalismo, dos hermanos gemelos que en la perspectiva de su inquisidor alimentan la actual estrechez vital y política del diálogo democrático. Desde entonces, 1 de enero de 2004, Arcadi Espada insiste en una rutina espartana: se levanta poco antes de la ocho, desayuna en familia con su mujer e hijas, revisa la prensa de papel, luego pasa a internet donde navega por medios extranjeros y unos cuantos blogs. “Yo leo muy rápido”, cuenta. “Creo que es un don. Ya suelo tener algo en la cabeza cuando termino. Me ducho largamente y lo confirmo. Sobre las diez o diez y cuarto, empiezo a escribirlo. A las once está inexorablemente colgado en la red”.

Es siempre la velocidad quien manda. Arcadi Espada es periodista, no un intelectual ni un filósofo. Su trabajo es contrarreloj. Así se explica que un mensaje de correo despachado desde Santiago con motivo de este artículo, encuentre respuesta inmediata al cuestionario de rigor: “El tiempo es el principal problema de mi vida. Desde la irrupción de internet (unos seis años), la cantidad de cosas interesantes, seductoras, llamativas que aparecen cada día, han agudizado la jodienda de envejecer y morirse. Menos mal que eso sólo les pasa a los otros”, dice.

El escritor Espada parece contento con el éxito que ha tenido la creación y mantención de su blog. Aparte de sus propios comentarios críticos sobre aquello que publican los diarios y merezca ser desatornillado, en la medida de que se trata de representaciones de la realidad e incumbe a todos, el sitio inauguró un Nick Journal, o especie de club de corresponsales donde libremente los internautas colocan sus opiniones y debaten entre ellos. Al revisarlo, y al comprobar las diarias renovaciones que su responsable realiza al frente de un batallón de participantes, se entiende que la editorial Espasa se haya entusiasmado con la idea y recogiera el resultado en el volumen Diarios 2004 (Espasa 2005), suerte de quintaesencia del foro abierto en la red.

“Hoy el blog es uno de mis trabajos”, cuenta Espada. “La verdad es que tal vez ninguno de los que he hecho a lo largo de mi vida me haya dado tantas satisfacciones. Pero es un trabajo muy duro. A veces extenuante. Creo que cumple con el objetivo, que es el de dar cuenta de mi tiempo, y que es un lugar libre. Siendo libre, no falta la abyección”.

Para explicarlo, basta saber que Espada no interviene en la comunidad del Nick Journal a la que su blog ha dado origen, y que allí cada usuario ingresa con su contraseña para rebatir un argumento, insultarlo o elogiarlo. Es un anominato impune y aparentemente contrario al sentido de responsabilidad tan caro al periodismo, pero que encuentra un raro equilibrio a partir de su propia disponibilidad. “Gran parte de la conversación virtual se produce entre personas que se desconocen y que utilizan un determinado Nick”, explica Espada. “Esa, y la maldad del hombre, es la razón principal de las mentiras y los insultos, desde luego. Pero también es la razón de que muchas personas se atrevan a vencer su inseguridad y logren escribir textos hermosos y útiles. En otros casos el anonimato cumple, simplemente, idéntica función que en el periodismo: protege la exhibición de la verdad”.

No se trata aquí de un sitio de noticias, como tampoco de un dietario individual con el que suele asociarse la existencia de un blog, con sus trazos de documentalismo personal marcados en la opinión. Es más bien un examen cotidiano de lo real donde la prensa es su tema, su único y exclusivo asunto, con selección de casos que ilustran y alimentan la tesis central de su responsable. Un trabajo de zapa, con algo de parasitario y otro poco de heroico, sin recurso a la imaginación.

“El gran cambio de nuestro tiempo respecto al periodismo es que antes los medios tradicionales monopolizaban el debate social, la exposición del conflicto. Hoy es distinto”, dice Espada. “Es un cambio trascendente y que aportará radicales novedades al desarrollo de la democracia. Internet no convierte a los burros en lumbreras, pero sí amplía la potencia de fuego de éstas. El futuro de la prensa es magnífico. En internet todo se lee: sean videos, audios o palabras. La posibilidad de esa escritura total me vuelve loco. A veces demasiado”.

Parece el lugar ideal para un animal político y sin embargo solitario. Ya en su primer libro, Contra Catalunya(Flor del Viento Ediciones, 1997), una crónica personal donde Espada saldaba cuentas con su formación juvenil en la transición española, la escritura daba cuenta de una búsqueda por el sitio justo desde el cual contar el mundo. “Da problemas decir que el periodismo es un oficio muy importante, de cuya extrema fragilidad -una fragilidad de la que no se conoce nada hasta que se está dentro y bien dentro-dependen asuntos claves para la convivencia”, escribía entonces. “Da problemas proponer que el periodista sea un sujeto consciente de eso; da muchos problemas auto-proponerse como un sujeto con responsabilidad, dar la cara, hablar de uno mismo, no ocultar algunas pruebas fundamentales para la comprensión del crimen de escribir cada día sobre los otros. ¿Desde dónde escribo?, debo pensar ahora, ¿desde qué ciudad interior?

Es una pregunta que pocos se hacen. Y menos aún quienes son capaces de responderla satisfactoriamente. Espada lo intenta todos los días. Como un nuevo Karl Krauss en la contaminada virtualidad de la red, si damos crédito a las palabras de Ernesto Hernández Busto, quien en una lúcida recensión sobre Diarios 2004, publicada en febrero de este año en Letras Libres, hizo ver cuánto de tenso y contradictorio es el empeño de este hombre al sostener su boletín de guerra cotidiano. “Espada ha escrito varias veces sobre el problema del tiempo, del “plazo”, en el periodismo. También para criticar que la opinión impere, y que en la cuenta de los hechos lo que sucede al hecho acabe convertido en lo único que sucede”, dice Hernández Busto. “Sin embargo, al mismo tiempo que la reconoce como un rasgo congénito del oficio, (Espada) parece incapaz de aceptar de facto la caducidad esencial de lo cotidiano; reflexiona sobre lo escrito en los periódicos con el rigor moral que exigiríamos a la escritura de “lo definitivo: cada palabra aparece cargada de un peso específico, que debe calcularse tomando en cuenta el coeficiente que expresa su proximidad a lo acaecido.”.

Síntoma más que elocuente de la época que vivimos, podría agregarse. Sostener contra viento y marea una ética del lenguaje en la velocidad del oficio periodístico, en efecto, es igual de arduo y difícil que absorberla en la lentitud de la ficción novelesca. Pero en ambos casos es necesario, imprescindible. Tanto Espada como Costello deben romper lanzas y llevar a cabo una disección parasitaria del parasitismo, develar lo falso en la opinión y el estilo, hacer ver lo que hay de verdad y especificidad propia de sus géneros, así la derrota sea inevitable en manos de los colegas de la ficción y de la no ficción.

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