No me esperen

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La espera es el tiempo amarrado por ambos lados, como si fuera el envoltorio de un dulce. Anuda la existencia en sus extremos y nos deja atados a nuestro deseo, igual que el perro que se echa frente a la puerta tras la que ha desaparecido su amo.

Mi hija no puede esperar.

Está anclada en el presente. El regalo que le hemos prometido si es que se porta bien (y que nunca jamás ganará) está demasiado removido del instante que habita como para que sirva de estímulo o consuelo. Nos han dicho que no le adelantemos las cosas, pero es ella quien vive obsesionada por el tiempo. Nos bombardea con preguntas cuyas respuestas no logra comprender y que la dejan hecha una furia. ¿Cuánto falta para la Navidad? ¿Cuánto falta para mi cumpleaños? Una semana, un mes, un año, son esperas demasiado grandes para esa niña. Porque no hay «mañana» para Julieta. Ella, siempre poética, le dice «después de esta noche».

Los adultos, en cambio, vivimos tironeados por algo que siempre está más allá de nuestro alcance. Los gnósticos reconocieron en esa pulsión humana uno de los esquemas rectores del mundo. Colocaron un objeto al final del tiempo –el Eskatón–, la condensación perfecta de todo lo real, la perfección última hacia la cual tienden todas las formas por su propia naturaleza. Teleología llevada hasta el paroxismo, el Eskatón es la culminación de la Gran Obra, el ser del mundo, el SELF, el Atman, un polo imantado que ejerce una influencia en dirección contraria a la de la ley de la causalidad. No es fruto del pasado, sino algo que nos llama desde el futuro y hacia lo cual nos dirigimos inexorablemente, como si fuéramos atraídos por una joya de rareza perfecta, el premio final para nuestras esperas más cotidianas, el balón de gas que no llega en el día más frío de la semana, los números que no avanzan en la farmacia, los tres colores del demonio del semáforo o el tiempo dilatado y eterno que separa dos orgasmos.

«Espérenme», dijo Cristo a sus discípulos, con la misma crueldad del amante que se despide con esa maldición. Cristo muere y renace cada año, al igual que la primavera que representa y encarna, pero para los primeros cristianos, para quienes el Hijo del Hombre no era un símbolo sino la forma concreta y deslumbrante de la deidad, su regreso no era una metáfora de la vida que brota de la muerte sin cesar, sino una realidad próxima, algo que ocurriría durante sus vidas, quizás mañana mismo. Esa espera estaba llena de esperanza y les daba a los cristianos del primer siglo una fuerza invencible. De alguna manera, esa espera anulaba el tiempo en que vivían, dejándolos proyectados en un futuro lleno de gloria. Vivían ya en el Paraíso, sentados en la mesa del Juicio Final, ebrios de santidad y locura.

Pero no puedo evitar imaginar al último de ellos, el último ser humano en haber visto al Pescador en vida. Es una mujer que ha resistido la persecución de los romanos, una anciana que ha convertido todo su cuerpo en fe, que ha entregado su alma esperando que Jesucristo se manifieste en ella como lo hizo antes en la virgen. Sus pechos se han secado con la vejez, sus rodillas tienen callos de tanto rezar, su aliento se ha vuelto amargo esperando la segunda venida. Soporta apenas el invierno. Cuando brotan los cerezos, sus hijos rodean su lecho de muerte. Sólo ella sabe que algo ha comenzado a germinar dentro suyo. Su estómago se hincha cuando la primavera reverdece. Cuando caen los primeros frutos, parece una doncella encinta. Las noticias del milagro se esparcen por los caseríos. Hombres y mujeres viajan para presenciar el nacimiento. Reyes, santos y sabios peregrinan hasta su lado. Pero la mujer muere con el feto adentro. Cristo comienza a pudrirse en sus entrañas. Abren un agujero en su estómago. Lo sacan a tirones, de los pies, llenos de ansiedad. El bebé no tiene rasgos humanos. En su manito aprieta un brote reseco.

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