Mi singularidad quiere bailar con tu singularidad

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Estoy obsesionada con encontrar coincidencias en la diferencia y diferencias en lo que parece igual. Como una palabra, cuya función es transmitir una idea común pero a la vez, dependiendo de quién la diga y quién la reciba, puede significar cualquier cosa.

Una vez se me ocurrió un libro: Cosas que no puedo hacer por mí misma. En él, entrevistaría a personas que hacen cosas que yo no sé y que necesito que existan para vivir. No sé, gente que sabe cultivar marihuana o programar. Les necesito porque no puedo hacerlo sola. Me gustaría mostrar también que aunque esos oficios son distintos igual tienen algo común, igual hay belleza, hay expresión del ser. Como eso que dijo Bolaño: ojalá conversar con un carnicero y descubrir su moral a partir de la forma en que afila los cuchillos.

Me gusta buscar patrones, descubrir si hay algún término en arquitectura que hable de la estructura y que al analizarlo encuentre su equivalente en la estructura en storytelling. No sé, cuando trabajaba en el MIM me subí al giroscopio, esa exhibición que te pone como un Hombre de Vitruvio de cabeza, y aprendí que la fuerza del cuerpo humano proviene del interior del abdomen. Años después escuché lo mismo en una clase de pilates. Hace un mes un amigo cantante me explicó que la voz proviene del centro, del interior. Como si todo lo que hiciéramos naciera de un mismo lugar. Como si vivir fuera sacar energía de adentro.

Quiero lograr eso mismo con la singularidad.

Invito a un amigo a almorzar para hablar de esto. Me da dos definiciones de singularidad, a ver si encontramos puntos comunes. La primera: singularidad tecnológica. Es el supuesto de que los robots piensen por sí mismos y se reproduzcan sin necesidad de las personas y, por lo tanto, liberándose, lo que tiene un potencial amenazante. Es como en la Matrix: las máquinas nos oprimen para ser libres. Nos da miedo ser esclavos, así que usamos a otros para que lo sean.

Segunda definición: la singularidad como concepto político. Mi amigo leyó Imperio, de Hardt y Negri, y me explica o yo entiendo que la singularidad es la suma de las múltiples características que constituyen nuestra identidad. Como la interseccionalidad, no sólo soy mujer, soy morena, latinoamericana, hétero, periodista, etc. Soy todas esas cosas a la vez y cada una por sí misma y juntas son más que la suma de las partes.

Mi amigo me presta el libro y leo dos frases bellas. Una: «…cuando la multitud trabaja, produce autonónomamente y reproduce la totalidad de la vida. Al trabajar, la multitud se produce a sí misma». Que es  lo que yo decía al comienzo: las personas nos vaciamos en lo que hacemos. Coincidimos con nosotros mismos. Es esa honestidad salvaje la que nos hace sentir y ser belleza. Y en esa belleza o felicidad o plenitud surge otra cosa, que se resume en otra cita del libro: «La multitud afirma su singularidad invirtiendo la falsedad ideológica de que todos los seres humanos que pueblan la superficie global del mercado mundial son intercambiables». Es decir, la singularidad aparece sólo en la aceptación radical de la diferencia. Todas las personas somos iguales en que sentimos, lo que nos hace diferentes es cómo expresamos lo que sentimos. Es la estética de nuestro ser. Esa es la singularidad. Y aquí nos damos la vuelta: sólo lo que asume su completa singularidad, su completa identidad, su completa diferencia, puede ser libre, porque se obedece a sí mismo.

Es tan bello. Ahí encajan singularidad tecnológica y singularidad  política. Son lo mismo, son libertad, aunque provengan de vaciados diferentes.

A veces creo que esa definición también calza para el amor.

Otro día, en un carrete, me encuentro a mi amigo, sin querer. En medio de cervezas y reguetón, me dice «mi singularidad quiere bailar con tu singularidad» y a mí me impacta, me cambia, me aterra; porque llevamos tiempo hablando de singularidades, pero por primera vez hablamos de «bailar».

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