Marta Rivas

La biblioteca

Así completamente inmovilizada, trató de releer uno a uno los libros que más le gustaron cuando joven. Como si supiera que yo los usaría como principal guía a la hora de escribir esto, anotaba en las primeras páginas la fecha y el lugar de las primeras lecturas, su opinión anterior, su opinión actual. Indicios para el arqueólogo que seré, despedida quizás también de esos libros a través de los que la miro, la busco, la pierdo, la encuentro. Vanity Fair que lee mi esposa en cama como lo leyó usted (en Roma con una gripe), su ejemplar (o el de su hermana Margot) del Adolfo de Benjamín Constant que se me fue descomponiendo en la micro, los tres tomos de Montaigne en edición de bolsillo llenos de fechas en lápiz rojo, que mi hija reparte por el departamento.

Una historia de su vida contada solo a partir de su biblioteca. Las señas en sus libros, la selección que el tiempo y las mudanzas hicieron en ella, el día, el año, la librería en que los compró, hasta qué punto la influyeron. La idea no es mía, leí un libro sobre Hitler que es así. Lo escribió un gringo de Harvard con un nombre típico de gringo de Harvard, Timothy W. Ryback, quien descubrió que Hitler era un fanático de La cabaña del tío Tom y que prefería Shakespeare a Goethe.

Los libros de Hitler perfectamente empastados, con las iniciales de su dueño y un águila de oro en su lomo. Los libros de Pinochet –dice otro reportaje, esta vez de Cristóbal Peña– igualmente impecables, igualmente empastados, fúnebres, caros y difíciles de encontrar.

Su biblioteca, abuela, que era justo lo contrario, sus libros descosidos, forrados con cualquier papel, de alguna forma eran una defensa contra el totalitarismo, una forma de rebelión contra esos amantes de los libros capaces de quemar en piras los que no les gustan. Usted que mezclaba las obras maestras y los test IQ, usted que anotaba pero no subrayaba casi nunca, usted que destrozaba los libros que amaba y los volvía a reconstruir a golpe de parches y pegamentos. Usted que no pensó nunca que sus libros fuesen útiles, armas, muebles, cosas siquiera, siempre al ras del suelo en sus estantes blancos, como la base sobre la que se levantaba, el tesoro hacia el que había que bucear, al fondo de la moqueta.

–No la mires a huevo, Bum Bum, tengo todo el estructuralismo. Kayser, que es una lata, lo más interesante que hay. Barthes todo. Hasta la última clase de Foucault –grabada por usted misma en Francia–. Tose todo el tiempo el pobre Foucault, está completamente sidoso, se murió como un mes después.

Y todo Jane Austen y todo Shakespeare en un solo libro, seguía enumerando.

–Apúrate, se está llevando todo tu papá. Lee todo tu viejo –me amenazaba.

–Tengo el diccionario de Balzac, estupendo. Salen todos los personajes. Estoy leyendo a Balzac todo de nuevo, por Dios que escribe mal pero son fascinantes las cosas que cuenta. Lo más siútico que puede haber en el mundo el gallo, un gordo horrible al que le encantaban los guantes color mantequilla.

Su biblioteca, abuela, de la que finalmente solo recuperé fragmentos, libros forrados en papel mural de los que leo ahora solo las dos primeras páginas anotadas hasta el último borde, márgenes adentro, separación de capítulos, pie de imprenta y colofón lleno a rabiar de su letra cada vez más cortante y minúscula.

–Como Montaigne. Anotaba todos los libros, ¿sabías tú? Que tipo más encantador que Montaigne –anotaba entonces usted como él para luchar contra su mala memoria, que era en ambos casos excelente pero que viciosamente querían que fuese mejor, siempre mejor hasta restituir el tiempo, pararlo, controlarlo. Cifras y no letras, enormes tortas de cumpleaños de números que iban torciéndose, desarmándose como una crema, corriendo cualquier espacio en blanco, torciendo de entrada la raya para la suma, signos, pesos o francos, más y más árboles genealógicos, nombres en clave o no, páginas llenas a rabiar, sin arriba ni abajo, un pueblo entero, una multitud sin fin que espera que una ola la moje, la limpie, la bendiga. Su vieja jubilación en francos que ahora era en euros, que no lograba convertir del todo por esa imbecilidad de los ceros que se le escapaban y rebotaban sin su permiso en las cuentas que ahora olvidaba dónde estaban. Los cálculos al margen del libro se le escapaban, y se escapaba también el libro, luego el tema, el argumento, las letras, los personajes. La catarata en los ojos primero, la desconcentración después. Se hundía en la montaña de sumas, en la lava de las restas, los números borroneados que crecían y se achicaban, que parecían querer gritar, arrancar, apostrofar, perderse, volver cuando ya no los esperaban, multiplicarse en fetos de logaritmos y más exámenes, más bonos de Fonasa, más visitas del “encantador gordo Ríos” de la coronaria móvil, que no sabía dónde poner para que cuadraran en la suma y en la resta, ya no sabía, ya no importaba, el chaleco ese de la Manuela, ¿es prestado o es comprado? ¿Cuánta plata tengo en el banco? La Martita se sabe la clave pero no me quiere decir cuánto tengo. Hay una plata en París, en el banco de la Poste que no sé si llegó.

–Dame dos azules y yo te doy dos rojos –negociaba finalmente con Marco.

–Pero eso es una estafa, abuelita –se reía mi primo al otro lado del teléfono. Los rojos son de cinco mil pesos y los azules de diez mil.

–Es que me gustan mucho los azules –hacía un puchero–. Son tan lindos los azules. Dame uno mañana, uno solo –cuando los conseguía los besaba lúbricamente para guardarlos dentro del volumen de la Pléiade de las cartas de Madame de Sévigné, o en el segundo tomo de Los Miserables de Victor Hugo.

–Si vendo París, si echo a la Martita… –llamaba alarmado a mi hermano Ignacio en medio de la noche. Con toda suerte de acrobacia aritmética lograba volver a hacer encajar su presupuesto que no cuadraba por ninguna parte. Una pobre pensionada, se consolaba, una miserable montepiada, pero con un departamento regio en París.

–Me costó cuatro pesos cincuenta. Era un barrio de mierda antes. Es regio el departamento, me lo envidian todas mis amigas. Es el barrio de los maricones ahora, es lo más elegante que hay en París. Si estoy muy cagada vendo el departamento y quedo regia hasta que muera.

Ignacio no sabía cómo contarle que París ya no era suyo, que había pasado desde hacía ya algunos años de su hija a su hijo y luego nuevamente a su hija, sin que ninguno dejara mes a mes de depositar el arriendo como si estuviera aún a su nombre. Sus cuentas sin fin ya contaban solo supuestos, abuela, caudales que no eran suyos, pensiones que no eran lo que parecían, falsas alarmas y síntomas engañosos que la hacían aletear con su mano en el aire, buscando en el vacío algún objeto reconocible, un muro, un límite para saber hacia dónde avanzar.

Eso es morir, pienso ahora; no saber. No hay definición más completa de la muerte que esa, abuela: No saber.

Las Torres de Tajamar
Para el año 2003 ya solo abría los libros por costumbre. Sin libros, con pocas visitas, vivía así toda la semana hasta la noche del sábado en que mi hermano dormía en su casa. Conversaban largamente. Sorprendida, levantaba las cejas, decretando:

–Tú eres muy inteligente –para luego descubrir que yo, el ausente, el traidor, el complicado, el neurasténico Bum Bum por el que tan ciegamente había apostado tantos años, no era tan inteligente–. No es tan inteligente justamente porque se cree demasiado inteligente.

Hablaban luego de Marco, mi primo.

–Cómo le gusta la familia a ese niño: siempre trasladando tías lejanísimas de hogar de anciano en hogar de anciano, cumpliendo con sus seis pares de abuelos (reales, postizos o imaginarios). Y la Pilucha, la novia de Marco que es un encanto.

–Pero has de saber tú que trató de envenenarme una vez en Cachagua. Me dio unas pastillas que me hicieron cagar toda la noche. Es mala la Pilucha.

Luego volvía a poner a prueba a mi hermano.

– ¿Quién es el mejor pintor del mundo?

–Velázquez, abuelita –respondía Ignacio por enésima vez. Sacaba usted solemnemente su mano de entre las sábanas y se la daba a mi hermano en señal de aprobación total. Por otra media hora iba usted probando lo de acuerdo que estaban en casi todo, hasta que finalmente lo dejaba ir a dormir en la que fue la pieza de su marido.

A las tres de la mañana, a pesar de las pastillas para dormir que tomaba usted como si fuesen de menta, se levantaba a lavar los platos por tercera vez esa noche o se quedaba escuchando libros leídos en casete por Fanny Ardant, “que tiene la voz más siútica del mundo”, Michèle Morgan contando La princesa de Cleve de manera aceptable, o Jean Louis Trintignant leyendo a Proust con una voz demasiado seria para ser creíble.

Esperaba despierta el día, y sin dar la menor señal de cansancio se vestía para almorzar en la casa de mi padre.

–Rafaelis que es lo más buenmozo que hay, Rafaelis que es lo más bueno que hay –le hacía propaganda a su hijo mayor.

Era el final de su obra, lo pienso ahora, el sentido de todo eso. La trampa que se cerraba sobre mis piernas. Había venido a mi vida y a la de mi hermano como una reemplazante de mi padre; a través de infinitas horas de té y relatos también infinitos había cuidado ese patrimonio para entregarlo intacto de vuelta a mi padre. Las dos líneas que se separaron al comienzo de esta historia, el camino de mi padre a los suburbios Orly Les Saules, el camino al Marais y a usted, que volvían a unirse en su territorio nuevamente: las Torres de Tajamar. La perfecta mezcla de los dos mundos, un edificio de hormigón armado y vidrio, un HLM (como decían en Francia) pero sofisticado. Mi padre, que dio la vuelta entera al mundo corriendo en ese campeonato interescolar de 1954 para llegar al mismo punto de partida, viviendo estos últimos años solo donde vivió usted antes (Tajamar primero, Napoleón después), en el departamento de mi tío Juan, también siguiendo sus huellas, nunca del todo lejos suyo, abuela, de su forma de vida, sus colores, sus muebles, sus libros de los que ninguno de sus hijos quiso, pudo, alejarse demasiado.

Su poder que llega hasta nosotros, los nietos, en los ríos mismos de la influencia, en la corriente de las ideas y las modas, ¿cuántas napas subterráneas, cuánto afluente invisible como el suyo marcan familias, procederes, asesinos en serie, países, pintores, guerras? ¿La historia de esas mujeres disueltas en los hombres que las imitan, en el estilo de su mobiliario, en sus libros llenos de anotaciones, una historia así tendría sentido? ¿Esa es la historia privada de las naciones de la que hablaba Balzac?

Las Torres de Tajamar, su primer acto de independencia, comprar departamento en esas torres diseñadas por su amigo Fernando Castillo y sus socios (Bresciani, Valdés y Huidobro). Las torres un poco más arriba de la frontera de Providencia, en esa tierra de nadie que quería ser el nuevo centro sin lograrlo porque las tiendas y los restaurantes pasaron de largo hacia Pedro de Valdivia y Lyon (donde vivo yo ahora) y más arriba, mucho más arriba después. El hormigón a la vista, los mosaicos de piedra de río, las estatuas abstractas que ya nadie sabe a quién homenajean, las peluquerías abandonadas, las fotocopiadoras ahora, los café internet, las putas semicaras, las librerías de libros usados, las sucursales de líneas de bus. Las Torres de Tajamar y Luis Prieto Vial, el jefe de proyecto, que se vio obligado a mudarse al último piso del edificio más alto para probarle a los posibles compradores que no era una locura vivir tan alto en un país que tiembla entero cada 20 años. Una torre de 28 pisos, mayor que cualquier otro edificio que se hubiese construido hasta entonces en Santiago. Un milagro de la ingeniería para el que hubo que conseguir ascensores dos veces más rápidos que los conocidos en Chile hasta entonces.

Las mismas torres casi 30 años después, el mismo portero, el mismo grabado de patos salvajes y caza de zorro en Inglaterra, el mismo ascensor que la llevaba con sutileza hasta el décimo piso, el departamento de mi padre donde ya no le importaba brillar o seducir y jorobada y apurada comía con ganas todo lo que le ponían en el plato como si llevara meses sin hacerlo. Esa tibieza era suya, ese hijo pródigo le era suyo, flotaba ausente, completa, desconocida, feliz. Estiraba los brazos hacia mi hermano, que la llevaba entonces hacia la cama de mi padre, donde en perfecta calma se acostaba. Lograba retener a mi hermano a su lado o a mi papá. Le ponían alguna película de Marlene Dietrich o un documental de la Segunda Guerra Mundial. No importaba, ni siquiera trataba de seguir la trama. Volvía en medio de caricias infinitas a dormir y a confesarse, confesarse y dormir, retrocediendo siempre alrededor del mismo tópico:

–Rafaelis que fue el niño más lindo del mundo. Rafelis que sabe todo, Rafaelis que es demasiado lindo, y las tontas que querían que trabajara en una gasolinera, y el cura tonto que quería que repitiera más cursos de los que repitió, y están secos los calcetines mamá y la Cueto School for the Indian Boys (como le decía al Instituto Carlos Casanueva, el colegio alternativo en que mi padre terminó sus estudios), y las niñas que le hacían las tareas de puro lindo que era, y te quiero tanto, tanto te quiero.

Sus brazos abuela, su chaqueta, su suéter, su pecho todo mezclado, una sola realidad informe, Marlene Dietrich cantándole a contraluz a Gary Cooper en un Marruecos que nunca existió, y ese sol de invierno en pleno cielo, el río Mapocho tan diminuto entre dos flujos de autos cuando llega la noche, los plátanos orientales resecos, la gasolinera por donde seguía una periodista rubia cuando trabajaba en el canal 7 escribiendo anuncios de películas de karate. El domingo que se acaba y su miedo a volver a su casa sola y la semana que se lleva a todo el mundo a la oficina y el teléfono no responde.

Su departamento unos pisos más arriba que el de mi padre, en un invierno igual a este, en 1969. El año en que el hombre llegó a la luna. La empleada de la señora Concha de Fierro a la que obligaron a sentarse a ver el acontecimiento y comentó con un suspiró cansado: Lo que hace la ociosidad.

Su departamento como una cabina suspendida en el aire. Los muros blancos, los muebles azules, las nubes sobre el cerro San Cristóbal, el río Mapocho a sus pies arrastrándose por entremedio de la ciudad con menos luces, edificios, árboles incluso. Acostada en su sofá, cubierta por una ruana roja leyendo Cien años de soledad por primera vez. Por primera vez en un libro los mitos de Margara Montanaré, los miedos de las tías solteras de Rafa al fondo de la casa de tres patios. Y las guerras civiles, Aureliano, Rafael, José Arcadio, Manuel Ramón y los nombres que se repiten junto con su maldición, la maldición de los Gumucio, la maldición de los Rivas, la misma, “la soledad”, para decirlo de manera bonita, esa cierta sordera en que se movieron los hombres a su alrededor, abuela, ese empeño en conquistar lo que van a destruir justo después.

–García Márquez fue íntimo amigo mío –eso muchos años después, en París, donde buscaban desesperados en la colección infinita de música concreta de Bernard Collins, un disco que pudieran escuchar juntos–. Aunque después le presenté a la Tencha y se deslumbró con la esposa del héroe.

En las Torres de Tajamar García Márquez era solo un nombre, alguien que por primera vez escribía en la voz de la tribu. Esa voz traducida ahora al francés, al ruso, al inglés, que podía sin maquillarse o disimular triunfar en el mundo. Los libros que parecían recorrer el camino inverso al habitual, de Colombia, de Perú, de Chile (su amigo Pepe Donoso) hacia París. Esa independencia literaria, política, esa inesperada madurez, abuela, cuando cumplía por entonces 56 años y Christopher, un joven fotógrafo alemán –“fatalmente buenmozo pero completamente gay”, se apuraba en aclarar para que no fuéramos a pensar mal ni dos segundos– le sacó una foto que le gustó tanto que la hizo ampliar a tamaño póster y la colgó en la pared de su dormitorio.

–No la tengo porque salga yo, no seas tonto, la tengo porque la foto es buena como foto en sí –se disculpaba.

Martas Rivas de Gumucio, profesora de francés, 57 años, una mujer ya madura, hecha y derecha, que sin embargo por primera vez en su vida puede jugar a ser joven y ponerse unas botas de cuero, para mostrarle al momiaje asqueroso que la gente de izquierda cuando quiere se puede vestir bien. La señora rubia e impecable que baja a una manifestación de cientos de obreros, empleados, estudiantes, la columna del norte, la de los cordones industriales del sur, la de los profesionales de la prensa, la de los escolares, los socialistas, los comunistas, el escaso piquete de la Izquierda Cristiana, el partido del Rafa, y de pronto una mujer gorda que le pide que lleve su cartel. Usted que, feliz de colaborar, le agradece a la compañera y lleva su pancarta generosamente mientras el resto de los manifestantes ahogan la risa, llaman a otros compañeros a que miren el espectáculo. Hasta que intrigada mira al fin la leyenda de su pancarta:

“¡¡LLEVO CINCUENTA AÑOS SIRVIENDO AL PUEBLO!!”, lee sin poder aguantar la risa.

Momios culeados
Más eslogan, más signos exclamativos, más manifestaciones. De pronto los porteros del edificio la denunciaron a la junta de propietarios por haber rayado en la caja de la escalera.

“¡¡MUERAN LOS MOMIOS CULEADOS!!”, mostraba el portero la prueba del crimen.

–No sea intrigante –alegaba usted–. ¿Cómo sabe que fui yo?

–Solo usted puede escribir culeados con tan buena ortografía –probó su acusación el portero.

El asesinato del edecán Araya, y antes el de Edmundo Pérez, y luego el intento vano del Chicho de ponerse de acuerdo con “el cargante de Frei que nunca aceptó que ya no era presidente, siempre rodeado de pateros que le decían poco menos que dios”.

El acuerdo entre la Unidad Popular y la Democracia Cristiana que choca, entre otras cosas, con la existencia misma de mi abuelo, al que su ex partido acusa de toda suerte de traiciones terribles. Los acontecimientos que se precipitan, esa frase tan cómica, esa frase tan cierta, esa frase tan tonta, esa frase tan inevitable. Los acontecimientos se precipitan, no hacen más que precipitarse, no parecen saber hacer otra cosa que multiplicar su velocidad.

Apurada en medio de seiscientos exámenes que corregir, le escribe a su hermana Margot que se quedó en París con su marido francés. Llena los márgenes del papel, aprovecha cada centímetro de la carta para insultar a los momios de mierda que conspiran como locos todo el rato, sin dejar de asegurarle a su hermana que a pesar de todo sigue habiendo sol en Chile –“tú sabes, Margot, lo que me gusta el clima de Chile”–, y hay fines de semana muy divertidos en Viña donde viven Rafaelito, la señora Isabel y sus niños. Un regio hotel en la calle Quinta, al lado de la Quinta Vergara y después en Reñaca donde compran casa finalmente. Te encantaría, Margotina, en primera línea de mar. Uno olvida ahí hasta el boche tremendo que arman los momios, el acaparamiento, la conspiración, el pobre y heroico general Prats al que las viejas momias le hacen la vida imposible para que renuncie. En clave le habla del noviazgo secreto de su hija Manuela con el dirigente máximo y clandestino del MIR, al que mi abuela tuvo solo derecho a entrever lejanamente en una recepción en la embajada de Cuba. Una pesadez que su hija le mandó a decir a través de los bigotudos combatientes (que no habían combatido para ese entonces nada más que la desaprobación de sus padres) y todo el resto del romance en secreto y misterio hasta que finalmente resulta del embate la hija embarazada. Usted que intenta razonar con la falta de criterio de su hija. Y luego otra filípica contra los momios de mierda, Margotina, la gente está tan tonta en este país, y una larga lista de amigas y amigos de ambos con los que no se puede hablar ya. “Ven, Margotina, tienes que ver esto, tenemos tanto que hablar”, ruega, pide, propone sin sospechar que el viaje lo hará usted hacia París, paraíso, infierno, limbo, nunca lo tuvo claro, la otra vida, eso está claro, el otro lado de cualquier espejo.

De pronto una adivina confirma el diagnóstico hecho por otra síquica 20 años antes:

–Un señor muy importante vuelve a Chile a morirse. Su marido lo va a reemplazar. Ahí veo el viaje, luego, muy luego… ¿Cuánto tiempo?… No, no veo regreso, señora… Deje ver, deje ver…

¿Quién puede ser el señor importante? –se pregunta usted–. ¿Algún ministro? ¿Un senador? ¿El Chicho mismo? Es Neruda, finalmente, que renuncia a la embajada en París. Allende le ofrece el puesto a Rafa quien, pensando en su mala salud –que resultó buenísima al final–, acepta. Mi tía Manuela que da a luz a su hijo clandestino. Mi madre que no sabe si seguir o no con mi padre y que pasea por Viña con la minifalda más corta del mercado. París que parece ser la salvación, la posibilidad de ser por fin dos viejos tranquilos que hablan de otra cosa que política (omnipresente, innegable política todos los días en todas partes).

¿Sin vuelta, dijo la adivina? –le queda resonando la idea–. ¿Sin vuelta? ¿Qué quiso decir con eso? –Una mañana nublada de septiembre, un silbido en el aire, como si se aspirara a sí mismo hasta perderse. Tres aviones que bombardean La Moneda a conciencia. Rafa que no está. El teléfono que suena desesperadamente, las últimas palabras tan tremendas, tan perfectas del Chicho en la radio.

Invadida de noticias contradictorias decidió no moverse del departamento de las Torres de Tajamar. Cuestión de horas, le advirtieron, mejor no estar cuando aparecen los milicos a quemar los libros y hacer preguntas a gritos. Historias tremendas, golpes, torturas, gritos que la llamaban a la prudencia.

–No me apunte con eso, no sea tonto –le dijo sin embargo al conscripto armado al que le tocó la mala suerte de entrar a patadas a su departamento. Metralletas, uniformes, y civiles engominados y rubios hablan por radio con el cuartel.

–Tú que eres alto –le dijo a uno de los informantes de civil que acompañaban a los militares–, saca esas cajas de ahí arriba. Aprovecha de pasar el plumero, esto está hecho una porquería allá arriba.

Los miembros de la patrulla, sorprendidos por el trato, le explicaron que los civiles eran casi todos de Patria y Libertad, que luchaban por la recuperación de los valores patrios.

–No me vengan con cosas, son mucho más rotos que los rotos ustedes, y déjeme eso donde lo encontró. Limpie más arriba. Aprovecha que eres alto. Ya pues. Más arriba, está lleno de polvo arriba, no seas flojo, deja todo como está, no seas intruso, cabro tonto.

La patrulla obedece y sale del departamento del ex presidente del partido federado de la Unidad Popular, sin otra cosa que algunas libretas llenas de nombres aparentemente en clave.

–Yo les dije, no van a encontrar nada, van a encontrar libros de carrera y números de adivinas. Yo no sé por qué mierda iba como una tonta a las adivinas. Las estúpidas, ninguna me dijo que iba a pasar esto. Si quieren fusilarlas, fusílenlas, no sirven para nada esas tontas.

La vieja de mierda encantadora
¿Dónde está Rafa? –le preguntaron 200 mil veces esa segunda quincena de septiembre de 1973.

–No tengo idea –respondía sin mentir del todo–. ¿Qué voy a saber yo de lo que hace ese viejo descriteriado?

Informaciones contradictorias: una fábrica donde los dirigentes máximos de la Izquierda Cristiana debatían el futuro inmediato del poder popular mientras baleaban a los compañeros en la calle. Una tarde sin noticias y luego un llamado desde la casa de los Pérez Walker. Otros llamados después, desde la embajada de México, donde forzado por la dirección del partido se asiló finalmente el ex senador Gumucio.

–Ven a buscarme –le ordenó su marido a los pocos días. No le parecía justo estar a salvo mientras arrestaban y deportaban uno por uno a los ministros del gabinete de Allende.

No discutió la orden de su marido y fue a buscarlo a la entrada de la embajada. No cruzaron palabras mientras su auto recorría los barrios llenos de enredaderas donde todo seguía casi normal, casi tranquilo, la primavera, los alimentos que reaparecen, la perfecta paz en el cielo transparente, el Mapocho ya desinfectado de cadáveres de los primeros días de la junta militar. El lecho del río tanto más enorme que el agua que lo recorre rabiosa, el cerro insolentemente verde.

–Tuvo algo de bueno el Golpe –comentaba usted muchos años después–: fue la primera vez que yo manejaba sin que Rafa me retara.

Bajaron en su edificio de siempre. Subieron las escaleras desde la explanada hasta la entrada de su torre donde se encontraron con un rayado en el ascensor:

“¡¡ALLENDE CAGÓ, GUMUCIO VOLVIÓ!!”
Usted respondió inmediatamente escribiendo con su propio rouge:

“En este edificio no hay más que siúticos, arribistas, momios, fascistas. ¡¡Son todos unas buenas mierdas!!”

Llegaron al departamento, limpio, fresco, luminoso, impecable. Su marido ni siquiera preguntó si los militares se habían llevado algo, ni qué hacían en el suelo las cajas de sombreros que los milicos imbéciles tuvieron que sacar de la biblioteca y limpiar. Retomaron sus lugares en un escenario bruscamente sin público, suspendidos en el aire, sin idioma, sin contexto en que seguir, sin manera de parar tampoco, de dar un paso atrás, adelante, al costado. Una pareja que se conoce tanto que no necesita verse, transparente como las ventanas, la ciudad, los autos en silencio que bajan apurados la costanera para que nadie note su vergüenza. Las noticias y los rumores que tampoco se atrevieron a poner en orden. Su decreto de expulsión con deshonor de la Universidad de Chile. La Manuela clandestina. El papá de su hijo recién nacido en la lista de los más buscados del país. Mi madre arrestada por los marinos en la escuela naval donde torturaron al resto de sus compañeros. El oficial que la liberó le dijo antes de hacerlo:

Se encontró así ocupando dos metros cuadrados de suelo del salón de la embajada de Venezuela.

–Fui lo más feliz que hay. Bajé diez kilos, terminé regia.

Doscientas personas donde cabían cincuenta paradas, cuerpos torcidos, bigotes fláccidos, ponchos resfriados, gemidos y risas también, a veces, bruscas risas más tristes aún que todo lo demás. Un solo baño, llanto de niños a toda hora, olor a vómitos y orina, todo interrumpido por el murmullo eléctrico de una radio a pila que a las dos de la mañana canta marchas militares y bandos ídem. Ese fue su reino, el de “la vieja de mierda encantadora”, como la llamaban los sindicalistas y dirigentes de base que ocupaban codo a codo, entero, el suelo de parquet del salón de actos.

-Dígale a su suegro que no haga tonteras, que se asile luego. Se lo dice un amigo, hágame caso. Míreme a la cara, no se olvide de mí. Corra ahora, señora, no miré atrás, corra lo más rápido que pueda.

El ex senador Gumucio trató de no hacer caso. Destrozadas las comunicaciones, esparcida la militancia, Rafa vagabundeó por casas de amigos, hasta que, cansado de ser un problema para ellos, decidió obedecer definitivamente las órdenes del partido y volver a asilarse. “A ti no te busca nadie, Marta –le explicó–, tú puedes hacer tu vida como siempre”. Y no quería que nadie se siguiera sacrificando. “En unos meses más sabrá qué hacer y será más útil aquí en la casa, a cargo de lo que queda, los niños, los nietos”.

–No seas roto, Rafa, no me vas a dejar sola en este departamento de mierda –ordenó usted–. O te asilas conmigo o te vas a la mierda.

Imperturbable en su rincón perfectamente azul, usted recibía las visitas como si llevara años ahí esperando. Les daba té, galletas, y solo a veces, cuando lo merecían, unos dulces de la Varsovienne que una amiga le tiraba de la ventana de su departamento al jardín de la embajada.

No preguntaba nada. Si se quedaban demasiado callados les hablaba de la vida sexual del calentón increíble de Francisco de Miranda, ese mismo, con su peluca y su barriga, en el cuadro del salón del lado.

–Estuvo con Catalina la Grande, que era lo más puta que hay. El pobre Potemkin tuvo que aguantarle no más. ¿Cómo no sabes quién era Potemkin? Un tipo genial, lo más inteligente que hay, pero cornudo el pobre. La Catalina no era muy bonita pero tú sabes que eso al final no importa nada…

Entonces, como si éste fuese el salón que era, la embajada que fue, los dirigentes y dirigidos, héroes o fugitivos, recuperaban algo que no solo les había quitado Pinochet, algo a lo que tampoco tenían derecho en la Unidad Popular, la terrible frivolidad de una vida privada.

–Mira mijita, ese niño te está diciendo un sí que es un no –le aconsejaba a la cantante Isabel Parra, que de pronto olvidaba el exilio, el campo de concentración donde estaba su hermano, la muerte de tantos compañeros, el suicidio de su madre, y volvía a ser lo que era, una niña enamorada que no sabía si su novio la amaba o no.

–Nunca fui más feliz –volvía a recalcar. ¿Exageraba para ganarle a los milicos hasta en eso? ¿Era su manera de burlar al régimen, convertirlo en eso, justamente, en un régimen para adelgazar que le vino regio para llegar a París hecha una sílfide? Como Fabrizio del Dongo en la cárcel, la felicidad no sabe dónde cae. Eso es lo que la caracteriza, la sorpresa. Sinceramente convencida de su felicidad inesperada, no dejó salir ni una lágrima durante los dos meses que permaneció encerrada en la embajada. Y ni una lágrima en los próximos 17 años de exilio en que contaba su asilo en la embajada como si se tratara de un pijama party interminable.

Solo una tarde, 20 años después, de vuelta en Chile, en un cóctel de recepción del nuevo embajador venezolano, usted reconoció su rincón, su exacto metro cuadrado de parque reseco ocupado ahora por un macetero. Una flauta de champaña en la mano estallando en incontrolables lágrimas que sorprendieron desprevenidos a todos los invitados. Fue feliz, muy feliz, siguió convenciéndose, mientras sentía el peso enorme disolverse, mojarse, quemarse, carcomerse en su pecho hasta que no quedó casi nada de esa imagen despeinada, alerta, más viva, más rubia, más erguida que nadie en ese salón ahora vacío, tan terriblemente vacío.

¿Qué hace esa vieja pije ahí?, se preguntaban los recién llegados a la embajada. Esperaba igual a todos. Tenía esa elegancia, esperar sin que nadie lo notara. Disimular que usted también necesitaba noticias de su hijo asilado en la sede de Colombia, de su nuera en la de Francia, de su otro hijo llevando a riesgo de su vida a otros compañeros a asilarse o de su hija perseguida por la mitad de la policía política a la que desde los ventanales del segundo piso vio bajarse de un auto raro, rodeada de desconocidos.

–Rafa se volvió loco, pensaba que la querían canjear los milicos, se ofreció a cambio de ella, pero no era tan grave la cosa, la venían a dejar.

Entro así mi tía Manuela de vuelta al cuidado de sus padres (de unos padres sin casa, sin país, sin pertenencia alguna, que apenas podían ofrecerle otro rincón más en el suelo). Despeinada y rabiosa aún de que no la dejaran sacrificarse por la patria, le entregó a su padre, mi abuelo, a mi primo Marco.

En medio de la multitud en colchoneta, el hermano sacerdote de mi abuelo bautizó al niño. Mi abuela, sintiendo que había encontrado ya el cuesco duro de su blanda vida, el centro oculto de su azarosa aventura, la clave de su propio arco, una razón para ser valiente hasta en el fondo mismo de su frivolidad, sostuvo con su mano la cabeza del recién nacido, su nieto. Su nieto, repito, ahí entre sus manos, el cráneo tan débil, el llanto tan fácil, su nieto.

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