Luis Vaisman: «La gente que escogió a Trump evidentemente no leyó ciencia ficción»

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En 1985, cuando hablar sobre  ciencia  ficción en el mundo académico sonaba a disparate, la Revista Chilena de Literatura abrió su número 25 con un artículo titulado «En torno a la ciencia ficción: propuesta para la descripción de un género histórico». El texto estaba firmado por Luis Vaisman (1936), profesor de la Universidad de Chile reconocido por sus estudios sobre estética, narrativa y teoría del drama, por lo que ese desvío hacia un género tan popular fue visto con sospecha. Quedó claro cuando, ese mismo año, presentó el artículo como una ponencia en un congreso de la Sociedad Chilena de Estudios Literarios, en la época en que era su presidente. «Fue recibida en el silencio más absoluto. Nadie comentó nada, nadie preguntó nada. Estaban absolutamente desorientados: Vaisman habla de ciencia ficción, y la ciencia ficción no tiene cabida dentro de la gran literatura, es un género pútrido», recuerda.

En Estados Unidos el tema había empezado a estudiarse de manera seria desde los años setenta en revistas académicas como Science Fiction Studies, pero en Chile se necesitó un par de décadas más para que entrara en la universidad. Después de enseñar durante medio siglo largo teoría literaria y Proust, Aristóteles o Shakespeare, desde la década de 1990 Vaisman comenzó a impartir cursos de ciencia ficción a los alumnos de Literatura. En 2017 sumó un nuevo artículo a su osadía de 1985: «¿Haría usted el amor con un delfín? Ciencia ficción: sexualidades alternativas»,1 en el que exploró los estudios de género –otro de los ámbitos en los que fue pionero– y su relación con la ciencia ficción. Ambos ensayos serán parte de un libro compilatorio que este 2018 editará con material que publicó en sus seis décadas de carrera.

«Mi vínculo con la ciencia ficción es una relación de adolescente. Con ella tengo una deuda respecto de la terrible soledad de una diferencia inconfesable, que comparto con todos esos personajes tan raros, con todos esos mundos tan insólitos, donde todo puede ser. Yo era joven, judío y homosexual en un período en que las tres cosas eran mal vistas, y por consiguiente fue una literatura escapista para mí», cuenta el académico, arquitecto de origen, autor de Hacia una teoría de la arquitectura  (Lom, 2015)  y Semiología arquitectónica (Lom, 2018) y licenciado en Filosofía con mención en Literatura por la Universidad de Chile, donde fue profesor desde siempre.

«Después me empecé a interesar en los mundos alternativos y en la apertura de mente que te produce leer ciencia ficción de la buena, aunque nunca dejé de amar las historias de hombrecitos verdes con antenas. Era para mí una literatura de ficción-ficción, de imaginación, que me sacaba de lo cotidiano».

–¿Podría decirse que fue el primero en estudiar la ciencia ficción en Chile?

Acá no conozco otros antecedentes. En Chile, la ciencia ficción nació huérfana. En los años cincuenta hubo un autor, Hugo Correa, que alcancé a conocer, y que escribió Los altísimos, una novela que no es ninguna maravilla pero que es parangonable a las novelas buenas. Después de eso no hubo nada más, y los que se interesaron en el tema más tarde fueron Jorge Baradit y su grupo. Pero si bien empezaron como ciencia ficción rápidamente se contaminaron con fantasía. Tal como lo hice con la literatura gay, fui el primero en mi Facultad que organizó y dictó cursos universitarios sobre el tema, y lo curioso es que empecé a hacerlos después de que dejé de leer el género.

–¿Por qué perdió el interés?

A medida que  me  fui  entendiendo,  a  medida que la sociedad se iba abriendo y yo ya no era simplemente un monstruo, sino una posibilidad entre otras, perdí el interés. También porque se puso de moda. Pero quise enseñarla por dos cosas: para comunicar a los alumnos los orígenes del género, para que no pensaran que había nacido con La guerra de las galaxias, y para mostrarles de qué manera la ciencia ficción, en todos los momentos de su historia, era de alguna manera una respuesta estética a una problemática cultural. Era una puesta en cuestión. Quise mostrarles que el género siempre tenía algo importante que decirle al ser humano.

–En su artículo de 1985 delimita las fronteras del género para diferenciarlo de los relatos de fantasía, de aventuras o de la ficción especulativa. ¿Por qué es tan fácil que su identidad se desdibuje?

La ciencia ficción, como todos los géneros históricos, tiene un decurso que acompaña su existencia. Nunca fue algo, siempre estuvo siendo algo, de manera que depende de qué año se tome. Verne, Poe y Wells son antecedentes: no pensaban escribir ciencia ficción, algunos de ellos practicaban la literatura fantástica. En ese sentido, la ciencia ficción es un punto de llegada y de partida de una tradición bastante más antigua que es transformada introduciéndole la idea de la cientificidad o de la tecnología. Para mí, basta que haya una descripción científico- técnica verosímil, aun cuando sea inexistente.

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–¿Cómo podría explicarse el desarrollo escaso de la ciencia ficción en América Latina? Algunos autores dicen que en países poco industrializados no existe caldo de cultivo para un imaginario futurista.

De manera imitativa se hizo el intento de crear revistas de ciencia ficción, de las buenas, no de las pulp. Pasó en Argentina y México. Argentina traducía todo lo que se podía traducir. Se creó una revista y una editorial del género, las dos de nombre Minotauro, mientras que en México hubo revistas. La mayor parte de las obras eran traducidas del inglés. En Minotauro de repente ponían un relato de algún argentino, que eran bastante malos, y en ese sentido es cierto: falta el caldo de cultivo de una sociedad que vive en la tecnología, como pasa en Estados Unidos, una sociedad tecnificada en que los conocimientos adquieren una vertiente popular de uso, aunque eso no pasa en todo el país, porque la gente que escogió a Trump evidentemente no leyó ciencia ficción. Si lo hubieran hecho, estarían horrorizados por la teoría del monstruo con poder, que es un tema del género.

–En su ensayo «¿Haría usted el amor con un delfín?», la ciencia ficción aparece como una vía para imaginar mundos en que existen sexualidades antiguamente reprimidas, como la homosexualidad o la transexualidad. ¿Cree que el género tiene una veta subversiva?

La ciencia ficción más popular se basa en repetir el mismo esquema para adormecer al lector, de manera que reconozca a ojos cerrados el formato y vea la misma película. Esas son literaturas de distracción. Mientras que la literatura seria es de contracción, de concentración. A partir de los años cincuenta, el género cultiva literatura de buen nivel, que se sale mayormente de los esquemas de los libros masivos. Y porque puede mostrar una alternativa al mundo presente es que se puede convertir en una literatura, si no revolucionaria, al menos «de puesta en atención» sobre problemas del presente. Ahí se encuentran las sexualidades, que estaban prácticamente eliminadas desde el Renacimiento. La literatura realista empieza en el siglo XIX a prospectar la sexualidad como dos cuerpos que se tocan y que tienen orgasmos.

–¿En qué época se empieza a tratar el tema en la ciencia ficción?

Las sexualidades alternativas aparecieron a fines de los años cincuenta. Hay un cuento de 1948 de Theodore Sturgeon, «El mundo bien perdido», que para mí es el primero (es sobre dos extraterrestres enamorados que fueron expulsados de su planeta). Pero, así como hay una teoría y una historia de la escritura, hay una teoría e historia de la lectura. Hoy puedes leer una novela de Jane Austen y descubrir todo el sexo que había disfrazado. En el caso de Walt Whitman, fue la crítica literaria la que obligó a leer sus poemas en clave, pero él decía con toda tranquilidad «el amor de los hombres por los hombres». Lo bonito del cuento de Sturgeon es que descubrí que el título se funda en un poema victoriano escrito en clave, de André Raffalovitch, llamado «The World Well Lost XVIII», sobre un amor homosexual.2

–¿Cómo hace el cruce entre el género y las sexualidades alternativas?

Porque leía mucha ciencia ficción y porque me interesó, en el momento en que salieron a la luz las teorías de Foucault, la forma en que se puso en tela de juicio la sexualidad. Cuando descubrí que había toda una onda de escribir sobre el tema dentro de la ciencia ficción, revisé mi biblioteca y encontré novelas como Venus más x (1960), también de Sturgeon. La novedad que tiene esa historia es que se trata de una raza que tiene los dos sexos al mismo tiempo.

–Es una novela muy política, como lo describe en su ensayo: «… la eliminación de las diferencias sexuales había eliminado también las injusticias, [los] abusos, rencores y estallidos, incluso el deseo guerrero, que en ellas se habían basado, incluso los que habían llegado a poner en riesgo la existencia misma de la humanidad». Es una idea bastante revolucionaria para los años sesenta.

Hay otro ejemplo también de 1960: La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula K. LeGuin, en que los sexos son estacionales, o sea, uno tiene los dos, pero no al mismo tiempo. En el caso de Sturgeon, está totalmente claro que tuvo la intención de desarmar el binomio que está en la raíz de toda la problemática social y cultural. Desde ese punto de vista, eran exploraciones serias acerca de posibilidades que el mundo contemporáneo no ofrecía.

Lo distópico tiene que ver con una moda presentista, es decir, una moda de creer que el presente es todo. Ahora, si el presente es todo, entonces el futuro es negro. Dicho de otra forma, no hay propuesta para el futuro.

–Hay actualmente un interés por la distopía que coincide con los tiempos de Trump y con el auge de la extrema derecha. Por ejemplo, series como El cuento de la criada o Black Mirror.

Vi unos episodios de Black Mirror porque a mis alumnos les interesaba. Yo dejé de leer ciencia ficción el año 2000, cuando el género perdió su fisionomía y empezó a entrar en el universo de la fantasy. Pero, a partir de lo escrito en el último tiempo y de lo que alcancé a leer, creo que lo distópico tiene que ver con una moda presentista, es decir, una moda de creer que el presente es todo. Ahora, si el presente es todo, entonces el futuro es negro. Dicho de otra forma, no hay propuesta para el futuro: el porvenir es aterrador, es impensable, a menos que se mire desde el punto de vista de la degradación.

–¿Le parece que el origen de esos discursos apocalípticos podría estar en el Nuevo Testamento?

El cristianismo es responsable de haber generado una religión presentista, que tenía la promesa de la salvación a las puertas. Pablo nunca imaginó que cincuenta o sesenta años después de su muerte no iba a venir el fin de los tiempos. El creyente del cristianismo primitivo era extremadamente dogmático, porque se le prometía la salvación ya, y la salvación no llegaba. Cuando acabó la parte más negra de la Edad Media, el futuro empezó a estar regido por el año 1000, que sería el del fin del mundo, y se genera una especie de histeria que, después del año 1000, se convierte en histeria positiva. Cuando se llegó al 1010 o al 1020 y no pasó nada comenzó el estilo románico, las grandes confederaciones de monasterios. Después vino la peste negra, el año 1350, más o menos, y volvió la idea del acabo de mundo. Y así se podría seguir citando momentos históricos hacia adelante en que se instaló el pensamiento apocalíptico.

–¿Cree que la ciencia ficción permite una suerte de retrato psicológico de una época, si se mira como una estrategia reveladora de miedos, paranoias, obsesiones o trabas morales de una sociedad?

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Creo que sí, hay revelaciones sobre la psicología de una época, pero eso rinde más frutos con la ciencia ficción contemporánea que con la ciencia ficción inicial. Sí se puede hacer un análisis sociológico y eso tal vez podría rendir en todas las épocas de la ciencia ficción. Una psicología de la ciencia ficción requeriría de un género bastante más desarrollado. Huxley y Orwell nunca quisieron ser catalogados como autores de ciencia ficción: por favor, que no los metieran en esa porquería.

–Era un insulto.

Claro. En la década del cincuenta se produce una transformación estilística importante, en que nace un interés por crear obras de aspiraciones francamente literarias. Por ejemplo, Philip K. Dick o J.G. Ballard. La lista de autores que crean lo que se llamó la New Wave en ciencia ficción es muy larga, y eso produjo casos bien raros, como El arco iris de gravedad (1973), de Thomas Pynchon, que fue finalista del Premio Pulitzer y no se lo dieron por ser ciencia ficción, y que también fue finalista del Nébula, uno de los más importantes del género, pero tampoco se lo dieron por alejarse de la norma. La ciencia ficción ha influido en la «gran literatura»: Houellebecq, Murakami, Ishiburo han escrito libros con temas y estrategias propias de ella, pero se sigue viendo como un género poco serio. Es como cuando yo hice mi ponencia y se produjo el silencio mortal al final. Y creo que eso no va a cambiar nunca.


1 Aunque lo escribió para el Primer Encuentro de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción (Santiago, 13-15 de noviembre de 2017), finalmente no dio la conferencia y el texto aparecerá en el volumen recopilatorio de su obra.

2 Raffalovich era francés, pero este libro lo publicó en inglés (In Fancy Dress, Londres, W. Scott, 1886).

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