Los huesos de García Lorca

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Parásito

Presentación de Pablo Simonetti

Enrique Amorim era un parásito con una encantadora habilidad para aferrarse a suanfitrión de turno, capaz de todos los colores que una situación ameritara, flexible como lagartija para colarse en los intersticios de la vida de los demás. Si recibía la luz de un grande, podía bailar y cantar sin descanso, como una odalisca de la mejor estirpe o como la versión más sofisticada de una quitandera rioplatense.

Si bien su atención estaba siempre puesta en otro –que a su juicio se hallaba más alto que él en la consideración de la elite artística–, como todo esnob consumado prestaba a su imagen una atención maternal, al punto de componer las ficciones que fueran necesarias para embellecerla, para hacerla crecer y así ir llenando uno a uno los cuartos infinitos de su vanidad.

Quería ser parte de la historia, pero nunca confió en el reconocimiento que pudieran traerle sus obras. Para alcanzar la posteridad, creía fundamental codearse con los protagonistas de su tiempo. Creaba escenarios con un esmero febril, procurándose el instante preciso, la frase acertada, inflamando el significado de un gesto, atendiendo al ángulo en que la luz de la estrella del momento recaería sobre él.

Su más elaborada puesta en escena fue el entierro simulado, o tal vez real, de los restos de García Lorca. La fotografía que lo muestra rodeado de los habitantes de Salto en un promontorio que domina el río Uruguay, junto a una caja blanca con las proporciones de un osario, es la mejor representación que pudo concebir. No solo porque lo ensalzaba como el sacerdote que porta los despojos del héroe hasta el mausoleo, sino porque sin quererlo representó su deseo de tener entre sus costillas el corazón de García Lorca. Amorim quiso ser Jacinto Benavente y su manera de serlo no fue trabajar día y noche en su poesía, sino seducirlo. Quiso ser García Lorca, se convirtió en su amante mientras vivía e intentó apropiarse de su memoria después de su muerte. Quiso ser Picasso, Aragon y Neruda. Para Amorim, la gloria artística no llegaba por sus propios pasos y solo podría alcanzarla si unía su destino al de los ungidos.

Cada época es pródiga en personajes del estilo de Amorim, la mayoría menos inteligentes y sofisticados que él, casi todos igual de ambiciosos. Amorim es un ejemplar del esnob latinoamericano en su versión superlativa, aquel que mira a Europa como un paraíso perdido y que recurre a las más intrincadas artimañas para volver a recorrer sus jardines. Pero no se contentó con los jardines de barrio, ni siquiera con los parques palaciegos. Anhelaba salir de paseo cada mañana a un jardín donde floreciera el gran arte, con Aragon y Picasso dispuestos a incorporarlo en sus intercambios geniales, con Neruda ofreciéndole un trato familiar en el recodo de un sendero, con García Lorca esperándolo en un claro de bosque para hacerle el amor con desesperación y después dormitar desnudos sobre la hierba hasta que la campana llamase al almuerzo. Así de idealizada era la imagen que guardaba Amorim del paraíso al otro lado del Atlántico. Quiso ser el amante latinoamericano de las glorias artísticas europeas, un amante posesivo, ubicuo y generoso.

A lo largo de la historia, los esnobs han servido de fuente de recursos y caja de resonancia para los grandes artistas. Las almas pequeñas entibian su vanidad a la luz del genio, mientras este absorbe su devoción y sus billeteras para seguir trabajando a gusto. Cada uno de estos esnobs tiene la determinación de ser parte de la historia, se cuelgan de las ropas de quienes la conducen, convencidos de que podrán así subirse a la barca de la posteridad, sin darse cuenta en su ciego deseo de que se han aferrado a los jirones de ropa que los grandes abandonan en el camino, convirtiendo a ese compañero momentáneo, si no en desecho, en poco más que anécdota o decorado.

Con el osario en las manos, Amorim creyó que alcanzaba la plenitud. El corazón del poeta granadino era suyo, nadie podría arrebatarle la eternidad. Y, sin embargo, hasta que Santiago Roncagliolo escribió este libro, la historia se había empecinado en expulsarlo de sus anales y registros.

¿Es El amante uruguayo una reivindicación? Roncagliolo no se pronuncia al respecto. Le divierte el patetismo de Amorim. Incluso hay pasajes en que las invenciones de este personaje le brindan al autor peruano el placer que se experimenta cuando otro prosista teje una narración rica en detalles de verosimilitud. No hay que dudar de la calidad novelesca de la vida de Amorim. Escribir sobre él debió de ser más bien un trabajo de ficción que de no ficción.

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Pero aun si los huesos de García Lorca se hallaran enterrados junto al río Uruguay, Amorim no ocupará más de una línea en la historia del arte del siglo XX, lo cual no era menos que su propósito en la vida.

Podrá tener la fama de los prestidigitadores, de los arlequines del gran mundo, la fama de un asombroso maromero. Pero poco más.

Amorim me hizo recordar a generaciones de homosexuales chilenos que hicieron de Europa una cantera de fantasías, a la vez que un lugar de salvación. Partían jóvenes, y cuando regresaban a Chile de visita se revestían de una nueva sofisticación, trayendo bajo el brazo un álbum fotográfico donde se los podía ver acompañados de alguna princesa alemana, o de Nureyev, o en el peor de los casos de una cantante española de moda. Mejor aun si habían alcanzado cierta cercanía con parientes de las casas reales. Para qué decir si el joven, ayudado por su belleza y encanto, ingresaba mediante el matrimonio a una familia noble o atrapaba a una rica heredera. Ser el invitado de honor de un baile en algún palacio parisino valía lo que una coronación en el exilio. Tal como Amorim, estos hombres difundían sus logros en las revistas de vida social, adornándose con aires de leyenda. El marqués de Cuevas, Cuevitas, fue el más notorio de estos gaynobs chilenos, quizás porque alcanzó el mayor de los éxitos: dejar Chile atrás. Fue amante del príncipe Yusúpov –uno de los asesinos de Rasputín–, se casó con Margaret Strong, nieta de John Rockefeller, fundó y dirigió una de las compañías de ballet más célebres de Europa. Murió rico, poseído por el espíritu de su marquesado de papel, admirado por el gran mundo, rodeado de una corte de bellas mujeres y mancebos. Pero fueron cientos los que se marcharon de Chile en busca de este otro tipo de poder, uno que les permitiera ponerles el pie encima a sus compañeritos de curso que tanto se habían burlado de ellos cuando niños, uno que los transfigurara a ojos de esta manada de hombres provincianos, quienes los habían apartado bajo la sospecha de ser maricones. El arribismo, la mitomanía y la avidez parasitaria en sus casos constituían una estrategia de poder, un engaño para dar un rodeo y con un golpe de fortuna romperle la mandíbula a la fiera machista. El ensalzamiento europeo obligaría a sus familias a celebrar los triunfos de aquel que habían despedido con un suspiro de alivio, y sus amigos de juventud deberían abrir sus polvorientos salones para ofrecerles banquetes de bienvenida. Me tocó conocer a un puñado de estos hombres, unos más brillantes que otros, hoy una especie en extinción, todos mentirosos, refinados, sensibles y secretamente vengativos.

De esta orden, Amorim fue el prior. Dueño de todas las dotes del dandy, además del dinero, no buscó los salones aristocráticos sino a los nobles de la imaginación. Y llegó lejos, convirtiéndose en una figura deslumbrante del Buenos Aires de la primera mitad del siglo XX y en un embajador comprometido con la Europa dolorida de la posguerra. Sin embargo, su voracidad lo hizo quedar en evidencia. Poco a poco fue apartado de los cenáculos artísticos, las circunstancias políticas rompieron la magia de sus invenciones, en su empeño se ganó enemistades poderosas. Su final fue más bien amargo, desterrado a vivir en su propia tierra.

La pregunta es si Amorim fue un parásito a causa de una falla tectónica en su constitución moral o fue una víctima de la cultura de su época. ¿Puede alguien ser un hombre pleno si tiene que disimular aspectos esenciales de su identidad desde que es un niño?

A lo largo de la historia han existido gays, como García Lorca, que lograron hacer de su marginación social una obra propia, de su despecho un mundo imaginario, de su secreto un altar. Amorim lo intentó, pero para él no fue suficiente. Muchos otros gaynobs también lo intentaron. A cada uno de ellos le habían inoculado la idea de que la verdadera felicidad estaba en otra parte, de que no podrían ser dueños de su propio corazón. Temprano aprendieron a aparentar, a seducir, a cantar, a hacer maromas, a robarle el corazón a quienes lo habían recibido de manos de una naturaleza arbitraria. Tal vez así, pensarían, podrían salvarse de vivir para siempre desterrados en su propia tierra.

Los huesos de García Lorca

Santiago Roncagliolo

Soy un sicario de los libros. Los hago por encargo. Si tienes una historia, especialmente una historia que te va a meter en problemas, soy el hombre al que llamas para escribirla.

El que hace el trabajo sucio. Mis libros de no ficción me han granjeado amenazas de muerte, demandas judiciales y censuras. Pero, al final del día, es un trabajo como cualquier otro.

Mi último encargo comenzó en el 2010, cuando contactaron conmigo los representantes  de una pequeña casa editorial. Yo nunca había escuchado hablar de ellos, pero evidentemente tenían influencias. El contacto entre nosotros lo hizo la presidenta del Centro Internacional de la Prensa. Y a la presentación de sus libros asistía el vicepresidente de España. Cuando alguien así aparece en tu vida, es mejor que lo escuches.

La editorial me propuso un encargo muy extraño. Querían un libro sobre un escritor uruguayo olvidado llamado Enrique Amorim. Al parecer, Amorim había sido amigo de importantes artistas del siglo XX, desde Picasso hasta Walt Disney, y había construido el primer monumento del mundo a la memoria de Federico García Lorca. Su vida podía alimentar una simpática crónica de época. Pero su nombre era desconocido fuera de su país, la investigación se prometía cara, y yo no veía una buena razón para emprenderla. Los editores, en cambio, se mostraban muy interesados en el proyecto. Dejaron claro que el dinero no sería problema. Insistieron a pesar de mis dudas. Solo después de varias conversaciones admitieron qué les interesaba tanto:

«Tenemos importantes indicios de que debajo del monumento que levantó Amorim en realidad se esconde el cadáver de Federico García Lorca», dijeron.

Al principio, pensé que esos hombres estaban locos.

Después acepté.

El misterio del monumento

Desde su fusilamiento en agosto de 1936, en los albores de la Guerra Civil Española, el cadáver de Federico García Lorca ha sido buscado por cielo y tierra. El poeta se ha convertido en el rostro de todos los desaparecidos de la guerra. Los descendientes de las víctimas de ese sangriento enfrentamiento llevan fotos del poeta a sus manifestaciones. Y, por supuesto, todo tipo de mitos se han tejido sobre su paradero.

El principal biógrafo de García Lorca, Ian Gibson, insistió siempre en que los restos descansaban en una fosa de las cercanías de Granada,donde se practicaban las ejecuciones sumarias. Pero en 2009, al amparo de una nueva ley de memoria histórica, se abrió la fosa. Ahí no había nada.

Muchos creen que Federico fue  deliberadamente enterrado en algún lugar secreto. Los más desconfiados sospechan de su propia familia, que siempre se ha negado a buscar el cuerpo. Las teorías de la conspiración se suman y se multiplican. Pero una cosa está clara: para un político, el hallazgo de ese cuerpo sería una apetitosa plataforma. Por eso, mis editores tenían tanto interés y recursos invertidos en la historia. Uno de ellos militaba en el Partido Socialista y cumplía funciones en el banco público de Granada. Su idea era contactar con el mismísimo presidente del Uruguay y tener un equipo forense abriendo nuestro supuesto sepulcro en el instante en que fuese necesario.

Yo sugerí que fuésemos con calma. Y empecé a reunir datos.

Sin duda, resulta  enormemente  sospechoso el monumento a García Lorca construido por Enrique Amorim en Salto, Uruguay, a siete mil kilómetros del lugar de la muerte del poeta. El monumento tiene forma de lápida, y lleva como epitafio unos versos de otro poeta, Antonio Machado, los cuales piden una tumba para su amigo Federico. De hecho, está diseñado siguiendo las instrucciones para esa tumba. Como propone Machado, está hecho «de piedra y sombra», sobre una fuente «donde llore el agua».

Para su inauguración, en 1953, Amorim movilizó a la población de la localidad, que fue llevada en autobuses. E incluso a cuerpos de seguridad, que rindieron al poeta honores de Estado totalmente desproporcionados. Una actriz exiliada representó escenas de Bodas de sangre. La ceremonia era tan fúnebre que los pescadores de la zona se acercaron a darle el pésame a la actriz, pensando que era la madre del difunto.

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El anfitrión Amorim subrayó el efecto al declarar en su discurso: «Aquí, en un modesto pliegue del suelo que me tendrá preso por siempre, está Federico…» Y, sospechosamente, agradeció a su pueblo salteño «lo que intuyes, lo que adivinas…».

A cien metros de ahí, Amorim ya había levantado un monumento a otro escritor, Horacio Quiroga, cuyos restos mortales recogió personalmente en  Buenos  Aires y  transportó  para que descansasen en su memorial. Con la misma lógica, detrás del monumento a García Lorca enterró una caja blanca de 40 x 50 x 60 centímetros, las proporciones exactas de un osario como los que se usan en el cementerio de Granada.

Hasta su muerte en 1960, Amorim se esmeró en dar a conocer el monumento por el mundo. Logró que un periódico francés le dedicase un suelto, y poco más. Pero sus amigos sí se dieron por  enterados. En  su  correspondencia  privada se  guardan  cartas  de  intelectuales  y  activistas que celebran el «desusado» monumento. Uno de ellos se confiesa asombrado por lo que Amorim ha hecho con él, y añade: «¡Qué grandiosamente bárbaro eres!». Otro le jura que no venderá el secreto de monumento, que lleva «en su corazón». Tras  la  muerte  de  Amorim, su  esposa  llevó flores al lugar todos los años, y cada vez que le preguntaron se negó a responder qué había enterrado en la caja.

Con todas esas  informaciones,  al  comienzo de la investigación,  yo  estaba  bastante  seguro de haber dado con el cuerpo. Los indicios que he reseñado son muchos más de los que habían apuntado antes a la fosa de Granada. Además, yo trabajaba con una documentalista que insistía al respecto. Era la esposa de mi editor socialista, y preparaba una película que saldría junto con el libro. Se mostraba francamente excitada con el cadáver. Aseguraba que varios testigos le habían confirmado que en la caja descansaban los huesos de Federico. Sugería que los poemas de Amorim estaban llenos de claves sobre ese hecho. Incluso había elaborado con ellos una compleja correspondencia alfanumérica cifrada que, para ella, tenía el valor de una confesión firmada.

Pero sus interpretaciones de los poemas eran, a mi juicio, bastante extremas. Y cuando viajé a Uruguay y hablé con sus testigos, ninguno confirmó el dato de la caja.

Mis investigaciones posteriores en archivos, además, fueron consolidando  una intuición inquietante: Amorim dejaba indicios falsos por todas partes. Más aun, era un genio de la impostura, un estratega de la ambigüedad, y un hombre capaz de convertir sus ficciones en persuasivas realidades.

Basado en hechos reales

Treinta años antes de inaugurar el monumento, en 1923, un joven y ambicioso Amorim publicó un relato con el estilo del realismo socialista popularizado por Máximo Gorki. Una especie de «basado en hechos reales». El cuento se llamaba Las quitanderas, y narraba la sórdida vida de unas prostitutas ambulantes. La crítica adoró el cuento, y la figura de las quitanderas se popularizó entre los lectores, conmovidos con la dureza de la vida rural.

Pero su realismo no era tan realista. Un filólogo desmintió públicamente la existencia de las quitanderas. En un artículo  de prensa, argumentó que nunca había habido tales prostitutas, y que ese nombre se usaba en el Brasil para las vendedoras de comestibles. En respuesta, Amorim escribió otro artículo, defendiendo la base real de su narración. La polémica puso el nombre de las quitanderas en boca de todos. El libro se vendió como pan caliente y las quitanderas se hicieron tan populares que un importante pintor uruguayo, Pedro Figari, les dedicó una colección de cuadros. Cuando esos cuadros se expusieron en París, un novelista francés quedó maravillado por las prostitutas ambulantes, en las que halló un equivalente femenino del gaucho argentino, y les dedicó una novela llena de exotismo y aventura: La quitandera.

Amorim volvió al ataque, pero ahora exactamente al revés. Si en Sudamérica había tratado de demostrar que sus personajes eran reales, ahora viajó a París para defender que eran imaginarios, y le pertenecían a él. Como resultado, se sirvió de la polémica en ambos países para popularizar sus historias y publicar La carreta, una versión extendida de la historia de las quitanderas, que se convertiría en su mayor éxito editorial.

En los albores de la industria editorial y de la mediática, Amorim había descubierto el valor de una polémica: no importa que ganes o pierdas. Lo importante es que se hable de ti.

Amorim había sido amigo de importantes artistas del siglo XX, desde Picasso hasta Walt Disney, y había construido el primer monumento del mundo a la memoria de Federico García Lorca. Su vida podía alimentar una simpática crónica de época. Pero su nombre era desconocido fuera de su país, la investigación se prometía cara, y yo no veía una buena razón para emprenderla.

Para dar más que hablar, cultivó fama de dandy y mujeriego. Contaba a los periodistas historias de sus aventuras sexuales sin rubor alguno. Declaró que había tenido que dejar Salto en su adolescencia porque le gustaban demasiado las mujeres. Llegó a inventar que una amante obsesionada con él le había robado el manuscrito de su siguiente libro. Sus entrevistas, en general, expelían un delicado aroma a testosterona:

–¿Cuál es su preocupación actualmente? –le preguntó un periodista.

–Ahora y siempre mi única preocupación importante es el amor –respondió Amorim.

–¿Por qué?

–Porque siento que no he nacido para otra cosa.

–¿Tiene usted suerte con las mujeres?

–No, señor. Las mujeres tienen suerte conmigo.

Toda esa imagen iba arropada por fulgurantes apariciones en la prensa de farándula. Las páginas sociales informaban cada vez que se iba o regresaba de Europa. Las revistas femeninas le dedicaban reportajes fotográficos para  mostrar las excentricidades que traía de esos viajes, como un gran danés llamado Byron o un mascarón de proa llamado Arabela.

Y, sin embargo, Amorim era homosexual. En su archivo de correspondencia se hallan cartas de amor de varios hombres. Ninguna de una mujer. Las más apasionadas de esas cartas son las del escritor español Jacinto Benavente, Premio Nobel de Literatura de 1922, y 34 años mayor que Amorim. La larga serie de misivas comienza con el recuerdo  explícito  –y  sonrojante– de  su  encuentro amoroso, durante una gira de Benavente a América Latina. Durante años, el español se deshace en expresiones de afecto hacia el uruguayo. Pero en sus últimos envíos le reclama amargamente a Amorim que lo ignora y lo evita.

Es posible que fuese Benavente el que le habló de Amorim a Federico García Lorca, homosexual y colega suyo en el teatro, que viajaría a Buenos Aires en  1933. Por  entonces, Argentina  era  la séptima economía del planeta, y Buenos Aires la capital cultural del mundo hispano. En sus escenarios y periódicos García Lorca se convirtió en el primer fenómeno mediático de la lengua española. No solo escribía y dirigía, sino que actuaba, tocaba música, dibujaba. Se le multiplicaron las conferencias ante auditorios abarrotados. Las señoritas lo acosaban por la calle y se le metían en la habitación del hotel.

En un esfuerzo por tener tranquilidad para escribir, García Lorca se desplazó al vecino Uruguay. Y ahí cayó en manos de Enrique Amorim. El uruguayo se convirtió en el guía de García Lorca y no se separó de él durante todo el viaje. Contrató una habitación en el hotel Carrasco, donde se alojaba el poeta. Le organizó un banquete. Lo paseó en su descapotable blanco por las playas de Atlántida y por el carnaval. Contrató una banda de negros candomberos para animar sus fiestas. Le hizo vahos de eucalipto para aliviar su ronquera. Y, tras su partida, le escribió sentidas cartas de añoranza.

Poco antes del estallido de la Guerra Civil, Amorim viajó a España, y los dos amigos se encontraron por última vez. La atmósfera política ya era muy tensa por entonces. Y según Amorim escribe en sus memorias, sería precisamente su encuentro con él lo que le costaría la vida a García Lorca:

En plena calle de Madrid, ante una temprana pregunta mía en vísperas de estallar la Guerra Civil, Federico me gritó indignado, como si mi curiosidad le hubiera ofendido: «Con Azaña, qué duda cabe…, ¡con Azaña!». Siguiéndonos los pasos iba alguno de los que dispararon contra él. Sí: pisándonos los talones marchaba el fascista que lo iba a matar.

Mis editores –y la susodicha esposa– hallaban en esa confesión la clave del cadáver. Según ellos, debido a su impertinente conversación, Amorim había sido el culpable del asesinato de García Lorca, y por eso, años después, había querido recuperar y proteger sus restos. Y sin embargo, según comprobé, no hacía falta que nadie sorprendiese ninguna  conversación. Las  simpatías de García Lorca eran evidentes para cualquiera, entre otras cosas porque salían en los periódicos. Solo era una más de las ficciones de Amorim convirtiéndose en realidad.

La fuente fantasma

Aunque sea un sicario, tengo principios. Acepto historias por encargo, pero no interpretaciones por encargo. Como será mi nombre el que aparezca en el libro, solo figurará en él lo que yo vea y pueda afirmar con pruebas. No lo que mi empleador desee.

Llegados a este punto de la investigación, el retrato de Amorim que se iba formando difería mucho de lo que mis editores esperaban. Y, sin embargo, para mí, el personaje resultaba cada vez más fascinante: un camaleón social, y un experto en marketing, con un inigualable talento para colarse en la vida de los famosos y para acomodar la verdad según su sed de fama.

Para mi suerte, algo inesperado ocurrió entonces: mis editores se pelearon. Por dinero. Fue una disputa bastante indecorosa, salpicada de acusaciones como «ladrón», «mentiroso» y «farsante». Al parecer, ninguno de ellos tenía claro quién estaba pagando todo este proyecto, que además del libro y la película incluía una exposición de fotos, numerosos viajes de investigación y mucho, mucho tiempo. Al final, el editor socialista y su esposa se apartaron del proyecto, y con ellos las presiones políticas. Eso resultó un alivio porque, precisamente en este punto, mi investigación empezaba a pisar terreno político. Aunque en el caso de Amorim todo terreno es pantanoso.

En 1936, el asesinato de García Lorca a manos del bando franquista radicalizó a muchos de sus amigos, como el propio Enrique Amorim o el poeta chileno Pablo Neruda. Después de la Segunda Guerra Mundial, todos estos artistas hispanos se inscribieron en el Partido Comunista. Pero su guerra no terminó ahí. Para los Estados Unidos, el nuevo enemigo global era el comunismo. El presidente Truman exigió a los países latinoamericanos la ilegalización de los partidos respaldados por la Unión Soviética. Y la mayoría de gobiernos obedeció. Pablo Neruda, que había llegado a senador de la República, fue destituido de su escaño y pasó a la clandestinidad.

La figura del sistema capitalista en pleno persiguiendo a un poeta desarmado convirtió a Neruda en el gran símbolo del Partido Comunista en América Latina. Más allá de las fronteras chilenas, eso le dio a Amorim una nueva idea, un novedoso asalto a los límites de la realidad.

En 1948, el momento más duro de la persecución, un periódico uruguayo publicó el siguiente titular: «reunión de líderes comunistas en salto». Sin citar la fuente, el periódico señalaba que Enrique Amorim escondía en su lujoso chalet a Neruda, el dirigente comunista más buscado. La noticia saltó rápidamente a Argentina y Chile. La policía se puso en estado de alerta, e incluso los bomberos establecieron patrullas. Para poder identificar a Neruda, los agentes compraron todos sus libros, en los que aparecía su foto. Pero nadie halló rastros de la supuesta cumbre comunista. Cuando la noticia empezaba a extinguirse, Amorim en persona publicó un artículo titulado «PABLO NERUDA EN MI CASA».

El titular debía entenderse como una metáfora: Neruda, ideológica y espiritualmente, estaba siempre con Amorim. Pero la histeria mediática era voraz y, al parecer, nadie tenía tiempo de leer los artículos enteros. La noticia se reprodujo en Chile, Perú y Ecuador, con añadidos sobre capturas y persecuciones policiales dignas de una película. En solo un mes, Amorim se convirtió en un héroe del comunismo. Y nadie preguntó nunca por la fuente original de la noticia. Aunque todos los periodistas sabemos que solo había una fuente autorizada para informar de una reunión en casa de Enrique Amorim. Y esa fuente era Enrique Amorim.

Chaplin, Picasso y alguien más

Su repentina importancia en el Partido Comunista le granjeó a Amorim el beneplácito de Moscú. Al año siguiente, recibió una invitación para un congreso por la paz en Breslau, donde encontraría a un nuevo ejemplar para su colección privada de genios: Pablo Picasso.

Entre sus memorias inéditas, Amorim dejó escritas cuarenta páginas sobre su relación con el autor de Guernica. Se trata de un testimonio fascinante, porque demuestra que Amorim  no era un hipócrita o un mentiroso. Un mentiroso sabe que lo que dice es falso. Amorim estaba convencido de que sus percepciones eran reales. Por ejemplo, tras su primer encuentro, quedó convencido de haber dejado fascinado al pintor:

Picasso me miró con esos ojos que tiene, y que nadie podrá jamás pintar ni retratar. Me miró, porque entre las palabras que yo tartamudeaba había algunas que Picasso recogía con pinzas, con tenazas, con anzuelos, que nadie más que Picasso posee… Yo sabía que con Picasso me entendería.

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Su siguiente diálogo pretendió ser una muestra de  consideración, aunque  debe  haber  resultado un tanto estrafalario. Ocurrió durante uno de los almuerzos colectivos del encuentro. Picasso llegó tarde y solo quedaba un lugar libre en la mesa de Amorim. El pintor se acercó con la intención de ocuparlo, pero Amorim se puso de pie de un salto y le dijo:

No, aquí no se sienta usted. Muchas personas querrán comer a su lado, pero yo soy una de las pocas que no quieren tener por compañero a Picasso…

Y luego, ante el estupor de Picasso, se explicó:

¿Ve usted esa puerta? Por allí pasan los mozos, y, al abrirse entra por ella un chiflón tan espantosamente helado que esperamos la pulmonía de un momento a otro… Y está bien que ese viento nos liquide a nosotros, pero no a usted… Búsquese otro lugar.

Según Amorim, Picasso partió a buscar otra silla g«dándome las gracias más fraternas que se puedan pretender».

O sea, que le dijo «gracias».

El uruguayo tenía una teoría sobre las relaciones sociales del pintor: «De Picasso o se es amigo entrañable o no se es nada». Así que, una vez establecido el contacto, decidió que eran amigos entrañables. Y más adelante, cuando Picasso lo tuteó, Amorim asumió sin más: «El tuteo de Picasso resulta una especie de pasaporte hacia la franca amistad».

La obsesión por Picasso es muy similar a la que Amorim había desarrollado años antes por García Lorca. Y del mismo modo que con la anécdota de la calle Alcalá, cuando una conversación se convirtió en una sentencia de muerte, esta vez la mente del uruguayo creó un vínculo vital, una necesidad mutua, allí donde al parecer no había más que cortesía y buenas maneras.

Al menos eso sugiere otra de las sorprendentes historias de su archivo: de regreso en París, el Partido retuvo una semana más a Picasso antes de dejarlo ir a su casa de Vallauris, y Amorim volvió a verlo durante un acto político en el Velódromo de Invierno. Más de diez mil personas habían acudido al evento, y Amorim estaba sentado en las últimas filas de butacas. En el estrado, junto a las máximas figuras del Partido Comunista Francés, se sentaba Picasso.

Confundido entre la multitud, Amorim miraba «una y otra vez» al pintor. Y entonces Picasso lo saludó. Al menos eso cree Amorim:

Yo lo observaba y no quería, por supuesto –ni pensaba siquiera–, que a tal distancia pudiera él haberme descubierto. Y mucho menos que Picasso notara mi físico desde el estrado… Pero me equivocaba. La ocurrencia de levantar la mano como un niño… el movimiento de mi diestra, como el de un vaguísimo pájaro, en la penumbra de la sala determinó que Picasso me hiciera idéntica seña, seña de baqueano, seña de hermandad, de estar de acuerdo y de tener ganas de comunicarnos a la distancia… El gesto del artista me resultó una prueba de amistad que yo no esperaba.

Amorim había conseguido que un amigo común le enviase un libro firmado para el pintor. Pero entregárselo en Polonia habría marcado el fin de su relación. En París, en cambio, podía visitarlo con la excusa de entregarle el libro. Ya en casa de Picasso, al ver sus obras de cerámica, le ofreció filmar una película sobre ellas, que él pagaría de su bolsillo. La película se veló, pero no hacía falta informar de ello al pintor. Al contrario. Amorim le pasaría dinero para sus actos de apoyo a los exiliados republicanos españoles. Y le haría creer que el dinero provenía de la exhibición de su película.

El momento culminante de esa «amistad» ocurrió en la reunión secreta entre Charles Chaplin y Pablo Picasso en París. Chaplin, acosado por el gobierno de los Estados Unidos, no quería encontrarse públicamente con comunistas destacados, de modo que la reunión se llevó a cabo en la intimidad de su hotel. En sus memorias, Amorim describe los hechos con pelos y señales. Según él, la reunión empezó con frialdad, dado que los dos grandes artistas no hablaban una lengua en común. Pero Picasso y Chaplin se pusieron a hacer cabriolas, y a reír, y terminaron en el estudio del pintor, como grandes amigos, entre un desorden de Renoirs, Rousseaus y copas de vino.

Las memorias del propio Chaplin, publicadas después de la muerte de Amorim, confirman cada detalle de su descripción. Pero, en vez del escritor uruguayo, señalan a otro comensal en esa mesa: nada menos que Jean Paul Sartre. Lo más sospechoso es la descripción de Sartre según Chaplin:

«Sartre tenía la cara redonda, y aunque sus rasgos no merecen mayor comentario, poseían una sutil belleza y sensibilidad».

Esa no es la descripción de Sartre –que entre otras cosas era bizco y no tenía la cara redonda–; es la de Amorim.

Chaplin añade que el encuentro había sido organizado por el poeta Louis Aragon, factótum cultural del Partido Comunista en París. Aragon quería complacer a Chaplin presentándole a Sartre, pero cabe destacar que tenía un problema: su relación con el filósofo era pésima. Ahora bien, eso no era un problema para Enrique Amorim, el hombre que había inventado la Internacional Comunista Sudamericana. Y por cierto, tampoco para el propio Aragon, que en sus días de poeta dadaísta había emitido falsos discursos radiales de… Charles Chaplin.

En un mundo sin Internet, y con la televisión en pañales, un buen artista podía jugar con la realidad.

Pasando a la historia

Como ya dije, tras la partida del editor socialista, las presiones políticas desaparecieron de mi proyecto de libro. Pero también desapareció el dinero, el apoyo promocional y los contactos. Pronto descubrí que el editor superviviente no era un editor: era un impresor. No podía garantizar la calidad de la edición. Ni siquiera tenía un corrector de estilo.

Sin embargo, ya no me era posible abandonar el proyecto. Llamé a amigos y editores para que revisasen el manuscrito. Llamé a mi madre –que es editora– para la corrección de estilo. Revisé el trabajo gráfico personalmente. Escribí los textos de la solapa. En un momento dado, dudé que el libro se pudiese publicar. Las disputas de los editores se habían convertido en un litigio judicial. Un juez estuvo a punto de suspender el lanzamiento. Durante tres meses tuve que tomar ansiolíticos.

En cierto modo, tenía un compromiso con Enrique Amorim. A  pesar  de  su  obsesión por la notoriedad, ni Neruda ni sus biógrafos ni los de García Lorca lo mencionan apenas. Ni siquiera mientras vivía lo tomaban muy en serio. Frecuentemente, los intelectuales y sus camaradas comunistas lo abandonaron en momentos cruciales. Y aun así, él sabía que llegaría su momento. Aparte de sus memorias inéditas, dejó un extenso archivo de prensa y su correspondencia privada con centenares de artistas, todo en la Biblioteca Nacional del Uruguay, para que fuese accesible al público. Sabía que muchos de los temas documentados en ese archivo no podían ventilarse en los años cincuenta. Pero llegaría el momento de darles luz y taquígrafos. Sabía que su mejor historia tendría que contarla otro.

Y, por supuesto, con su extraordinario talento para el marketing, sabía antes que nadie, antes de que se pudiese hablar de ello siquiera, cuánto valdría el cadáver de Federico García Lorca.

Si, en efecto, bajo el monumento de Salto yacen los restos del poeta, Amorim habrá conseguido pasar a la historia. Pero lo curioso es que, si no, también. La sola posibilidad de que estén ahí motivó el libro que saca del olvido a su personaje, y que, finalmente, conseguí publicar, incluso con éxito.

Aún no sé si el cuerpo de García Lorca está en ese lugar. Y en realidad, ya no me importa. La historia de Amorim es un retrato de cómo se forjó el arte del siglo XX, moldeado por las grandes guerras del mundo, pero también por las pequeñas mezquindades personales. Es un retrato contado desde la perspectiva del personaje que no aparece en las fotos, del que los artistas nunca reivindicaron, y por eso mismo, podría ser la última burla, el sarcasmo final de un hombre que convertía sus invenciones en portentosas realidades

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