Las tres urnas, o la salvación de la patria, por un viajero aéreo

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Me llamo Toxicodindronn.¹ Vengo del país de los locos. Acabo de llegar del Monomotapa. Recorrí las cuatro esquinas del mundo, más en sueños que de verdad, porque nuestra vida no es más que un sueño. En todas partes vi a los mismos hombres, necios y crueles, incautos y bribones. En todas partes vi errores o crímenes. Pero, como los extremos se tocan, y detrás de algo malo siempre viene algo bueno, pareciera que la esencia de las revoluciones es regenerar a los gobiernos con el exceso mismo de su depravación. Franceses, deténganse y lean esto: tengo mucho que decirles.

Dudo sinceramente que el mundo haya comenzado con Adán y Eva, y que vaya a terminarse con la revolución francesa. Son cuentos usados por los sacerdotes corruptos del antiguo régimen para adormecer a nuestras crédulas mujeres.

En cambio, lo que sí ve nuestra razón, lo que nos enseña la historia antigua y moderna, es que nunca un pueblo ha muerto en la época de su regeneración. Aun así, Francia, dividida en tres partidos de gobierno, parece anunciarnos una próxima disolución. Pero la voluntad suprema de un ser invisible, que dirige los destinos de los imperios, parece frenar la furia patricida de los facinerosos de todas las facciones, que solo quieren destrozar la república para repartirse sus restos. Si somos realmente dignos de ser republicanos, sus esfuerzos han de ser inútiles.

(…)

¿Qué motiva sus desacuerdos, franceses? La muerte del tirano. Y bien, ¡está muerto! Las separaciones entre partidos deben caer con su cabeza. (…) Y bien, franceses, esta es nuestra posición actual: Luis Capeto está muerto; pero Luis Capeto sigue reinando entre ustedes. No lo escondan más, es hora de que caiga la máscara y que cada uno de ustedes diga libremente, a rostro descubierto, si quiere o no quiere la república. Es hora de parar esta guerra cruel, que solo ha servido para devorar sus tesoros y diezmar a sus mejores jóvenes. ¡La sangre ya corrió suficiente!

Con la república en la boca y el reino en el corazón, están haciendo que los departamentos se alcen en armas unos contra otros. Poco les importa cuál será el desenlace de este drama sangriento. Veo bien la inconsecuencia y la ligereza de sus horribles encubrimientos, y quiero, a pesar de ustedes mismos, ayudarlos y salvarlos.

Un dios benéfico parece inspirarme en este momento. Sí, franceses: grita desde el fondo de mi alma. Y esto es lo que me dice, retengan estas palabras:

(…) «Los franceses, divididos, combaten por tres gobiernos opuestos. Como hermanos enemigos, corren hacia su pérdida. Si no los detengo, pronto imitarán a los tebanos y terminarán degollándose unos a otros hasta que no quede nadie. Quiero que reinen con mejores auspicios: no me gustaría que se diga en el futuro: ¿Y qué supieron hacer los franceses? Degollar, masacrar, dilapidar, agotar la más fecunda, la más rica de las tierras. Tampoco quiero que el extranjero, envidioso de su gloria, ávido de sus tesoros, venga a invadir su territorio. No ha sido por culpa de la muerte de Capeto, ni por el orgullo ofendido de los nobles, ni por los altares volcados, que los tiranos unidos en coalición armaron a sus esclavos. Su único objetivo es fragmentar Francia y acabar con su esplendor. Y para fortalecer sus propias coronas, buscan poner en el trono, no a un rey de picas, sino a un rey de diamantes.

»¡Oh, tiranos de la tierra, tiemblen: no estoy con ustedes! Si la suerte de un pueblo dividido es verse obligado a decidir definitivamente sobre el tipo de gobierno, al que habrán de someterse sin apelación las diferentes opiniones, quiero al menos que los franceses tomen su propia decisión, y que se atribuyan el gobierno que les parecerá más conforme a su carácter, sus costumbres, su tierra, para que su revolución se convierta para siempre en un aprendizaje para los tiranos, y no para los pueblos.

»Los franceses ya no pueden retroceder. Llegó la hora de ponerse de acuerdo. Llegó el día de establecer un gobierno sano y enérgico con el rigor de las leyes. Llegó el día de ponerle freno a los asesinatos y suplicios que causa la oposición de las opiniones. El día en que todos deben consultar el fondo de sus conciencias, para observar los males incalculables generados por una larga división (la caída total de la patria). El día en que cada cual ha de pronunciarse libremente sobre el gobierno que desea adoptar; y ganará la mayoría. Llegó la hora de que la muerte descanse y que la anarquía vuelva a los infiernos.

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»Muchos departamentos se agitan y se inclinan por el federalismo. Los realistas tienen una posición fuerte adentro y afuera: el gobierno constitucional, único e indivisible, está en una posición minoritaria, pero valiente. La sangre corre por doquier. ¡Esta lucha me resulta horrible, espantosa! Es tiempo de que cese.

»Quisiera que la Convención restituya el espíritu del decreto que voy a dictarte –me dijo este dios–. En primer lugar, la Convención, vivamente afligida por la división de Francia sobre los principios del gobierno que debe salvar a la patria, y en nombre de la humanidad, les propone una tregua de un mes completo a los rebeldes, e incluso al extranjero, para permitir que la nación completa tenga tiempo de pronunciarse sobre los tres gobiernos que la dividen. Se les ordenará a todos los departamentos que convoquen asambleas primarias: tres urnas serán situadas sobre la mesa del presidente de la Asamblea, y cada una llevará esta inscripción: “Gobierno republicano, único e indivisible”; “Gobierno federativo”; “Gobierno monárquico”.

»El presidente proclamará, en nombre de la patria en peligro, la elección libre e individual de uno de los tres gobiernos. Cada votante tendrá tres papeletas en su mano; su elección estará escrita en una de estas; no podrá equivocarse sobre la urna y la papeleta que su probidad le habrá dictado. Pondrá en cada urna la papeleta. El gobierno que obtenga la mayoría de los sufragios deberá prestar un juramento solemne y universal de compromiso, y este juramento será renovado en la urna por todos los ciudadanos de manera individual. Una fiesta cívica acompañará este acto solemne. Y así este medio, tan humano como decisivo, calmará las pasiones, destruirá la división en partidos… Los rebeldes se disiparán, las potencias enemigas pedirán la paz. Y el universo, con una admiración equivalente a la atención que le presta (desde hace mucho) a los desacuerdos de Francia, exclamará: “¡Los franceses son invencibles!”».

Sí, ciudadanos, fue un dios que me habló para ustedes. Ahora es el autor quien hablará por sí mismo. Tomen en cuenta que soy un espíritu aéreo, que llega del país de las hadas. Por eso puedo hablarles. Sí, como ustedes, diciendo locuras, hago buenas cosas. Como ustedes quiero a la patria y la igualdad. Viviría encantado bajo un gobierno realmente republicano. Pero ese tipo de gobierno, como ya saben, necesita ser regido por hombres virtuosos y desinteresados. ¿Quién será el mortal, el genio, que les hará ver esta verdad? ¿Tú, Héraut-Séchelles? ² ¿Serás tú el medio que permita que se cumpla mi deseo? Examina sin espanto, si eres capaz, los males de Francia. ¿Ves esos brazos arrancados a esta tierra fértil? Mira cómo caen por millares los cultivadores en el campo de batalla. Mira nuestras finanzas, nuestros recursos agotados. Mira la disolución completa de Francia. Mira cómo esos hombres pérfidos y sedientos de sangre nos venden a las potencias enemigas; juran lealtad a la república, pero solo esperan el colmo del desorden para proclamar a un Rey.

Hace falta un pronto remedio a tantos males. Hace falta que el deseo nacional por fin se exprese solemnemente, y que esta decisión sea definitiva, para que ni las rebeliones ni las potencias extranjeras puedan seguir diciendo que la mayoría de los franceses quiere una monarquía o algún otro tipo de gobierno. Aún no he dicho mi nombre; pero si así he de salvar a mi patria del abismo donde la veo caer, diré mi nombre, arrojándome con ella.


* Afiche impreso el 17 de julio de 1793 (en las primeras pruebas de imprenta se titulaba «El combate a muerte de los tres gobiernos»). Olympe de Gouges cuestiona el concepto de la república indivisible, y defiende la necesidad de un plebiscito nacional para decidir entre tres tipos de gobierno: una república unitaria, un sistema federal o una monarquía constitucional. En el contexto de 1793, con el rey guillotinado y la Montaña en el poder aplicando la ley del Terror ante cualquier idea monárquica, este afiche bastaba para condenar a su autora. Olympe de Gouges fue prontamente arrestada, el afiche se presentó como prueba ante el Tribunal Revolucionario y el 2 de noviembre este la condenó a la guillotina para el día siguiente.

1 «Árbol venenoso.» Nombre en referencia al Toxicodendron, un género de árboles ya identificado y descrito a mediados del siglo XVIII, que produce un aceite que irrita la piel y puede causar reacciones alérgicas.

2 Marie-Jean Hérault de Séchelles (1759-1794) fue uno de los principales redactores de la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano. En junio de 1793 se le encargó elaborar un informe sobre el proyecto de constitución, y que se convirtió en la Constitución del Año I (24 de junio de 1793), pero cuya aplicación fue pospuesta para después de la guerra. De julio a diciembre de 1793, Hérault fue miembro del Comité de Salud Pública. Tras una falsa acusación, fue guillotinado en abril de 1794.

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