La vida es una nube azul

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La llave de Elicura

Presentación de Rodrigo Rojas

La relación entre dos culturas, especialmente entre aquellas que comparten (o disputan) un territorio, nunca es simétrica. Suponer que el desarrollo económico y el acceso al poder, entre muchas otras variantes, se dan de forma ecuánime para ambas es suponer que el desarrollo cultural es un proceso único y homogéneo para todos los pueblos.

Estas fricciones tienen eco a nivel simbólico y material, y sus consecuencias se prolongan por siglos. Quizás uno de los ámbitos donde esa asimetría abre mayores heridas es en aquel que define lo que vale la pena acumular y sistematizar como conocimiento, que delimita la experiencia estética definiendo qué es lo bello, qué debemos preservar, cultivar como representación de una sensibilidad, una lengua o una era. No importa cuántas frases bien intencionadas ni cuánta censura políticamente correcta nos impongamos, dichas fricciones son inevitables, pero no por ello insalvables.

Una lectura atenta de la poesía mapuche no puede pasar por alto cada una de las fricciones de la cultura del Estado-nación con los diversos pueblos y culturas precedentes.

En este contexto, algunos críticos hacen uso de conceptos como aculturación forzada o desequilibrio intercultural. Los medios de comunicación vociferan la palabra conflicto y solo la apellidan mapuche, como si se tratara de una crisis monoparental y no de una criatura mestiza. Mención aparte merecen los editoriales que sigue publicando el diario El Mercurio, donde se insiste que el pueblo mapuche no existe, que su cultura no es más que una romantización de un pasado rural ya perdido.

Frente a ese panorama es fácil abrazar un discurso incendiario y cuando menos confrontacional. El problema de ese camino es que no es de largo aliento. Cae fácilmente ante la tentación demagógica o de la insistencia obtusa, sin construir un espacio donde sea posible escuchar al otro. En este escenario la voz de Elicura Chihuailaf siempre se ha esmerado en desplazar las diferencias hacia aguas más profundas, aguas azules, donde se privilegia la enunciación pausada, la observación atenta y, por sobre todo, la voz sensata. Elicura es un poeta que ha decidido redefinir el ámbito de su creación para establecer un terreno intermedio, el famoso intersticio, que revela finalmente lo absurdo de las polaridades entre civilización y barbarie, alta o baja cultura, oralidad o escritura, que por muy absurdas que sean siguen supurando.

Desde su primer libro este autor ha desarrollado la oralitura, una práctica que deshace la jerarquía del texto por sobre la voz. A ambos les entrega su importancia en función de un diálogo en el que se prolonga la memoria y el presente adquiere peso y conciencia.

Podría aprovechar estas breves líneas para hablar de la calidad de su poesía, de la reflexión política, lingüística y antropológica que ha asumido en sus ensayos. La verdad es que no me faltarían ejemplos convincentes. Libros como De sueños azules y contrasueños (Editorial Universitaria, Santiago, 1995; Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2002) y Recado confidencial a los chilenos (LOM, Santiago, 1999) entregan una cantidad de material literario que nos permitiría discutir apasionadamente por horas.

Sin embargo, me gustaría abordar otro aspecto. Hay libros singulares donde Elicura Chihuailaf no figura como autor sino como traductor. Yo he tenido la fortuna de revisar los destinados a traducir el Canto Libre de Víctor Jara y otro donde ha reunido cuarenta poemas de Pablo Neruda titulado Todos los Cantos. Alguna vez soñé que había un tercero destinado a Violeta Parra. Digo que fue un sueño porque no lo he logrado cazar en librerías.

Estos libros no se han analizado mucho, pero la verdad es que creo que es en ellos donde corre los riesgos más provechosos. Son muchos los teóricos y críticos que al hablar de la traducción de poesía terminan por explicar que se trata más bien de una reescritura. Advierten que al llevar un poema de una cultura a otra es necesario hacerlo de nuevo, al menos si se pretende ser fiel será necesario manipularlo, recrearlo.

Comprenderán entonces lo que significa recrear a estos gigantes del canon nacional en mapuzungun.

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El acervo cultural de un pueblo se mantiene vivo dentro de una lengua. Allí actualiza y prolonga costumbres del pasado, decodifica el mundo desde su vocabulario y también procesa nuevas experiencias que termina incorporando dentro de su léxico. En el caso del mapuzungun, este acervo se ve amenazado por décadas de políticas destinadas a borrar costumbres y el mismo idioma. Poetas como Elicura Chihuailaf libran una batalla en varios frentes, pero pocos han decidido destinar energías a raptar figuras del canon para descubrir, develar sus raíces mapuche ocultas o disimuladas. En el caso de Neruda, Chihuailaf escoge poemas como lo haría un lector extranjero que busca en ellos un eco, sonidos, imágenes que le apelen directamente.

Quizás el ejemplo más notable es cuando Elicura Chihuailaf descubre en el poema Angol de Neruda la descripción de una práctica mapuche propia del solsticio de invierno.

Angol sucede seco

como un golpe de pájaro en la selva,

como un canto de hacha desnuda

que le pega a un roble, Angol, Angol, Angol, hacha profunda,

canto

de piedra pura en la montaña

Neruda describe cómo un árbol recibe los golpes de un hacha, similares a la costumbre de despertar a los árboles para avisarles que el sol se sentirá cada día más cerca. Un ritual que se lleva a cabo en Wexipantu destinado a ahuyentar a los malos espíritus y preparar la abundancia del verano despertando la savia.

Revisando entonces el criterio de selección y poniendo atención a las versiones que reescribe Elicura Chihuailaf, se puede ver que el tránsito de una lengua fuente hacia una lengua destino será estratégicamente esquivo. El poeta y traductor, en este caso, habla de un encuentro de culturas en sus diferencias, mas tras una lectura atenta esas diferencias aparecen borradas por el codo del traductor. Los lectores que finalmente acuden a los poemas en mapuzungun lo hacen por medio del texto original, pero este ya ha sido transformado, desvestido y vuelto a arropar por el traductor, porque el cambio (el rapto) se ha ejecutado en la selección, descontextualización y luego en la reescritura en lengua mapuche. Esta operación, pues, se propone revelar la existencia de una sensibilidad en Neruda que encaja en la visión de mundo mapuche. Es decir, Neruda como un autor que le debe parte de su obra a esa visión de mundo y, por ende, también a esa lengua, la cual sería no solo la lengua destino, sino también la fuente de la mirada poética.

Lo que se quiere lograr en esta traducción literaria, entonces, es la visibilización de una lengua, como el mapuzungun, en su potencia creadora.

Visibilizar esa lengua  como un idioma capaz de sustentar no solo belleza natural, sino que los propios cimientos de un Premio Nobel. Es en ese sentido que se trata de una estrategia política, una aspiración mayor, porque lo que intenta Elicura es la traducción de una cultura, que más que una operación lingüística en la cual se transfieren palabras, es la transferencia de visiones de mundo desde una cultura hacia otra.

Por supuesto que esto debe ser entendido en términos metafóricos y no literales.

El poeta Vicente Huidobro, a principios del siglo xx, redefinió la poesía cuando exigió que el verso sea como una llave. Sesenta años más tarde Rodrigo Lira trastocaba esa llave por una ganzúa y nos invitaba a entrar por la noche a robar al diccionario. Estas artes poéticas son ingeniosas y cumplen con su función de desafiar a los pares y de redefinir el arte de la escritura. En este juego Elicura también participa, pero lo hace sin la estridencia del macho alfa literario y escribe que la poesía es la llave que nunca habíamos perdido. Esa llave le permite entrar al canon, invitar a Neruda a unas copas, sacar a Víctor Jara de paseo y recordarles que su lengua, su forma de ver el mundo, el acervo cultural del cual provienen es también en parte mapuche.

La expresión que se usa en mapuzungun es Az mapu. Literalmente significa costumbre de la tierra. Elicura Chihuailaf muestra que no solo se trata de un territorio común, que hay algo más que paisaje que nos une, porque en ese Az Mapu hay experiencias y palabras y poesía completa que habitamos y que precede a todas las diferencias.

 

La vida es una nube azul

Elicura Chihuailaf

 

 

 

 

1

Ñi Kallfv ruka mu choyvn ka ñi tremvn wigkul mew mvley wallpaley walle mu, kiñe sause, kamapu aliwen, kiñe pukem chi choz aliwen rvmel tripantv mew, kiñe Antv allwe kochv ulmo reke ka tuwaymanefi chillko ta pu pinza rvf chi kam am trokiwiyiñ kiñe rupa kvnu mekey! Pukem wamfiñ ñi tranvn ti pu koyam ti llvfkeñ mew wvzam tri- palu. Zum zum nar chi antv mu tripakiyiñ, pu mawvn mu ka millakelv nar chi tromv mu yeme ketuyiñ ufisha -kiñeke mu gvmañpekefiñ ka kura ñi nvtramkaken ta kulliñ lan mu egvn weyel kvler- pun mu pu ko egvn.

Mi gente dice que somos hijos e hijas de la Madre Tierra. Que así como nuestra Madre vive bajo el influjo de Kvyen, la Luna y de Antv, el Sol, que la privilegian con las denominadas Estaciones del Año, cada uno de nosotros es habitado también por todas ellas, aunque siempre hay una que nos preside, dicen. Así, cuando una persona se caracteriza por su solemnidad, se dice que está presidida por la Luna de los Brotes Fríos, el Invierno; si una persona es alegre, está presidida por la Luna del Verdor, la Primavera; si es apasionada, está presidida por la Luna de los Frutos Abundantes, el Verano; si su actitud frecuente es de nostalgia, se dice que esta presidida por la Luna de los Brotes Cenicientos, el Otoño. Hoy, cuando empiezo a ordenar estos apuntes que como Sueños han entrado a habitar mis pensamientos y giran, ruedan, en la conversación que se hace cada día más intensa y tal vez más profunda entre mi espíritu y mi corazón… En su amanecer, la causalidad me despertó con el sonido del viento que ha golpeado mi ventana y la ha vuelto mustia, ocre, color de despedida.

«Llegó la Luna de los Brotes Cenicientos», me está diciendo.

Ayer, después del mediodía, en el otoño que me preside (mi interior-exterior), el sonido del aún caudaloso río Allipén –que está al norte de nuestra comunidad– vino a adormecerse entre las ramas del notro, de los hualles y castaños, y en el antiguo bosque que bordea nuestra Casa Azul. Por todas partes anda ensoñándose el río. Cuando sucede esto es señal de que vendrá la lluvia, sigue diciendo nuestra gente, y así lo comprendemos y constatamos todos.

Llueve, llovizna, amarillea el viento en la memoria de mi niñez y de mi ancianidad. La condición dual que nos rige en la totalidad de nuestra existencia. Itro Fill Mogen, biodiversidad: la totalidad sin exclusión, la integridad sin fragmentación de la vida, nos está diciendo la sabiduría de nuestras Ancianas, de nuestros Ancianos. ¿Recuerdas que somos apenas una pequeña parte del universo, abrazados por la dualidad de su energía, a la que nos abrazamos? Porque somos hermanos y hermanas de las estrellas y de la brizna del más grande y del más pequeño ser vivo aún no nombrado que nos mira en todo instante desde lo aparentemente invisible, y que nos nombra y nos pide que lo nombremos para por fin mirarse y mirarnos – cara a cara– desde las flores del jardín que son nuestros pensamientos… Por eso, nos seguiremos diciendo: Los insectos cumplen su  función.

Nada está de más en este mundo. El universo es una dualidad, lo positivo no existe sin lo negativo. La tierra no pertenece a la gente. Mapuche significa Gente de la Tierra.

Mas hay también aquellos seres vivos que estaban y desaparecieron, y esos que apenas asoman desde sus estaciones para recordarnos que la palabra añoranza nos acecha desde la acción depredadora de unos pocos que acometen a nuestra Tierra con su codicia y egoísmo, parapetados en la debilidad de nuestra defensa de la naturaleza.

Frente a esa triste realidad, nos preguntamos: ¿qué fue de los pudúes, de las tornasoladas cantaurias, de las pequeñas serpientes, de las diversas ranas, del michay? ¿Qué ha sido del saúco que con sus flores blancas y sus bayas azul negruzco retrocede lentamente hacia las sombras, y de los coleópteros que con su azul acuatizaban sobre el refulgir de los esteros? ¿Qué fue de los ciervos  y guanacos y de la dura madera de la luma, y de los saltillos de agua que resplandecían en los cerros de Werere? Ahora, las últimas lloicas y pájaros carpinteros vienen de cuando en cuando a consolarnos.

Está amaneciendo y ha dejado de llover. Las bandurrias llenan con sus graznidos nuestro despertar. En el oriente las nubes blancas se transforman en arreboles de la mañana, en esperado fulgor de la imaginación. Después, la luz del optimismo hace suya la tarea de mostrarnos otra vez el cielo azul. Y el sol, el Sol que se ocupa de animar la palidez de nuestra Luna Llena –amada madre Luna– que parece avergonzada por no haber alcanzado a esconder la desnudez de su fertilidad.

Bajo los ramales de los castaños y del nogal se van quedando las huellas del otoño. Caen, vuelan las hojas que parecen pájaros que remontan hacia abajo. Poco a poco se irá borrando también la Luna de los Brotes Cenicientos. La vida es breve y maravillosa, nos están diciendo nuestras Abuelas, nuestros Abuelos. Me apresto entonces a contemplar intensamente este tiempo de mi espíritu. Respiro y me dispongo a escuchar la memoria de lo venidero que –como antaño– retorna y es nuevo… una vez más.

2

¿Pewmaymi? ¿Pewmatuymi? ¿Soñaste?, me dice la lluvia. ¿Qué soñaste? Y busco una respuesta en los días en que empiezo a vislumbrar las primeras imágenes de mi infancia a orillas del fogón de la ruka, la casa familiar en nuestra lof-comunidad, en Kechurewe. En el centro de sus llamas las pequeñas tormentas del Sol, y en su humareda el misterio de Wenuleufv, el Río de Cielo, mientras en el constante chisporroteo de los leños nacían y morían las estrellas. Lo cotidiano e inmediato es la réplica de lo que sucede al mismo tiempo en el universo infinito; la resonancia del pasado y del futuro. Así dice nuestra gente.

¿En qué momento –me digo– tomé conciencia de los relatos de mis abuelos y de los cantos de mi tía Jacinta y del aroma del pan cociéndose en la ceniza caliente? ¿Y de las manos sanadoras de mi madre y de mi padre? ¿Y del agua de la tetera haciéndose neblina en el centro del fuego o brillando en los pequeños pocillos del mate que animaba la conversación?

Rememorando esos días, me digo: en este sur, ¿hay algo más hondo que el silencio después de la lluvia? ¿Hay algo más evocador que el silbido del viento resbalando entre las cornisas de una casa de madera? La Casa Azul de piso y medio (aledaña a nuestra ruka, nuestra casa mapuche-pewenche) construida sobre esta colina abrazada por la arboleda y por la verdeazulada proximidad del bosque que oigo resollar. ¿Cuál es tu palabra, tu pensamiento?, me dice junto al silencio de la noche.

No sé, no sé. Sólo puedo decir que tuve el privilegio de nacer y crecer en el diálogo constante entre nuestra tradición y la denominada «modernidad». Mirando y escuchando desde la plenitud de la naturaleza. Soy el menor de cinco hermanos (tres hombres y dos mujeres). Elicura significa Piedra Transparente; Chihuailaf, Neblina extendida sobre un lago; Nahuelpán, Tigre Puma.

Nuestra ruka familiar tenía dos puertas, una–la principal– que se abría hacia el este y la otra hacia el sur, que era la más próxima a la entrada oriente de la Casa Azul. Tenía una abertura –con una cubierta– en el techo para la salida del humo, y dos aberturas a la altura de ambos extremos, que cumplían también esa función y a la vez de entrada de la luz. La sombra y la luz, la penumbra precisa para la honda intimidad del silencio, el canto, el relato, el consejo, la Conversación.

3

Por las noches oímos los cantos, cuentos y adivinanzas, a orillas del fogón, respirando el aroma del pan horneado  por  mi abuela, mi madre o la tía María, mientras mi padre y mi abuelo –Lonko, Jefe de la comunidad– observaban con atención y respeto. Hablo de la memoria de mi niñez y no de una sociedad idílica. Allí, me parece, aprendí lo que era la poesía. Las grandezas de la vida cotidiana, pero sobre todo sus detalles, el destello del fuego, de los ojos, de las manos.

Sentado en las rodillas de mi abuela oí las primeras historias de árboles y piedras que dialogan entre sí con los animales y con la gente. Nada más –me decía– hay que aprender a interpretar sus signos y a percibir sus sonidos que suelen esconderse en el viento… Así me digo y les estoy diciendo en mi poema Kallfv Pewma mew, Sueño Azul.

Las voces, los sonidos, las imágenes de mi infancia son las que –me parece– permanecen con mayor nitidez en mi memoria. Me  emociona con frecuencia la clara sensación de libertad y ternura de esos días, rodeados por las y los integrantes de nuestra numerosa familia, incluidos tías, tíos, primas, primos (algunos aparecían y desaparecían en diferentes lapsos de tiempo) y también por otras personas –familiares o no– que llegaban de visita o, simplemente, porque por los más diversos motivos habían sido acogidas por mis padres y mis abuelos. Entre ellos recuerdo a Hipólito, azadón al hombro, cantando: «Las campanas del rosario, por qué no repicarán…». El fuego de nuestra ruka estaba siempre encendido. Por las noches se cubría con una delgada capa de ceniza (de la Luna, decían). Las llamas del fogón representan las llamas del Sol que nunca deben apagarse para que continúe la vida en la Tierra.

Con cierta frecuencia –sobre todo por las tardes– nos gustaba columpiarnos sentados en el extremo de una rama de coigüe o sobre una tabla amarrada a un cordel que pendía del castaño. Pvllchvwkantun, se dice columpiarse. A veces mi hermano y hermanas mayores organizaban juegos a los que nos «invitaban» a participar a mi hermano Carlitos y a mí. Jugábamos al awarku-zen –el juego de las habas–, a las visitas, a las escondidas, al pillarse, al lefkantun –carreras a pie desnudo–, a las carreras en zancos de coligües, a buscar objetos escondidos entre el pasto o en los huecos de los árboles o entre las raíces de los árboles que habían sido destroncados y se ocupaban como cercos (para nosotros casi todos los lugares eran un awkantuwe, espacio de juegos para los niños y niñas).

Pero lo más memorable para mí eran las «tardes culturales» dirigidas por mis hermanos Arauco y América. Hacíamos representaciones de escenas cotidianas o de escenas rituales, especialmente del choykepurun o tregvlpurun –el baile del avestruz o del treile–, que requería de indumentaria y plumaje; yvl –cantos–, konew y epew –adivinanzas y relatos de la tradición protagonizados por zorros, perdices, garzas, pumas y otros animales y aves–, o diversos textos aprendidos por nuestro hermano y hermanas en la escuela de la comunidad.

A Carlitos y a mí nos agradaba mucho salir a caminar por los bosques próximos a nuestra casa y, sobre todo, cabalgar en pelo y saltar sobre los troncos de los árboles que habían sido derribados por el viento (más de una vez nos caímos, aunque los golpes eran atenuados –pensábamos– por el colchón de hojas del bosque); mi hermanito montado en la Kurv / Kurü, Negra, y yo en la Zomo, Dama, siempre acompañados por nuestros perros. Con frecuencia cumplíamos también con la recomendación de ver si los vacunos andaban juntos y lo mismo las ovejas, a las que detectábamos rápidamente porque a la oveja-guía le colgaban un cencerro en su cogote. A veces teníamos que arrearlas hasta el corral aledaño a la casa.

Cuánto recuerdo esas travesías en las distintas Lunas del año: la diversidad de hojas, de pájaros, de insectos, de animalitos. Las ramas movidas por el viento que revela las distintas cadencias de la arboleda; cada árbol posee su ritmo, su pausa propia, como las personas o los animales al andar. Y a veces la neblina o el aire tibio, la nieve, la llovizna o la lluvia maravillosa. El sonido de los esteros, la intensidad de sus aromas, la luz. ¡La luz!, la humedad, las texturas de las hojas y los troncos de los árboles: canelos, coigües, hualles, robles, ulmos, laureles, radales, lingues, avellanos, olivillos, mañíos, tepas, lumas, arrayanes, temu, maitenes. El colorido de las bayas –azules y blancas– de los espinos y de las flores silvestres, de las enredaderas y de los diversos hongos. El misterio de la negatividad y positividad esplendorosa.

En mi pensamiento está también la blanquecina aparición de los digüeñes que cuelgan resplandecientes –o se aferran a los nudillos– en los hualles de la primavera. Hongos que bajábamos sacudiendo las ramas con largos coligües, y que comíamos hasta hartarnos mientras también los acumulábamos en una bolsa para en casa cortarlos en delgadas rodajas para preparar una ensalada, agregándole trocitos de ajo, cilantro picado, una pizca de ají seco y ahumado (merkén), sal y vinagre de manzana (mi aderezo predilecto). Un platillo con un fresco y sabroso color anaranjado que la familia compartía y disfrutaba acompañándolo con papas cocidas.

4

A lo menos una o dos veces en la semana nos despertábamos al amanecer / wvn con la letanía de mis abuelos que solos o acompañados por mis padres y/o por alguno de mis tíos y tías realizaban la llellipun, rogativa en el sitio destinado para ello en el lado oriente de la huerta. Es en el momento en que se asoman los primeros rayos del Sol, ligaf pvrapan Antv. ¡Oo, Kushe – Fvcha Genechen; Kushe – Fvcha Genmapun! Anciana-Anciano Sostenedor de la Gente; Anciana-Anciano Sostenedor de la Tierra, decían vueltos hacia el levante. La reiterada interjección que siempre me conmovía: ¡Oooo…!, decían.

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En los días de primavera y verano, la familia se afanaba en el proceso de ordeñar las vacas cuyos terneros y terneras habían sido encerrados en un pequeño corral contiguo al galpón. La primera fase era el acarreo del agua desde el witrunko, estero a unos cien metros de la casa, o desde la wvfko, vertiente, que está algo más distante; todo dependía del caudal. Esta era una tarea en la que nos gustaba colaborar.

Este quehacer en torno a la ordeña era solo un corto período en el año. Lo habitual era que después de la llellipun de  nuestros  abuelos y el acarreo del agua, la familia se reuniera a compartir el desayuno. ¿Soñaste? ¿Qué soñaste? Y se iluminaba el sol de la conversación. Nuestro laku, abuelo paterno, a quien los niños llamábamos «Malle, tío» porque de ese modo lo nombraba un nutrido número de parientes que llegaba de visita a nuestra casa, nos ofrecía sus papas doradas y, a veces, camotes o trozos de zapallos recién sacados del rescoldo del fogón y a los que nosotros agregábamos miel, de esa que él mismo había cosechado. Nuestra abuela Pa-pay (mamita) nos ofrecía mvltrvn, catutos, panes de trigo cocido en olla de greda. Los granos los trituraban en la kuzi, piedra de moler, y con las manos le daban la forma tradicional de extremos aguzados. Nuestra mamá nos daba la leche, a la que de cuando en cuando agregaba chocolate en polvo que compraba a los vendedores que venían de Cunco; y panqueques o pan con algún dulce que ella misma fabricaba con membrillos, frutillas, moras, murtillas, ruibarbo, mosquetas (que ha sido siempre mi preferido). Nuestra tía María era quien preparaba los huevos cocidos, fritos o revueltos; huevos azules de las kollonkas las gallinas nativas. Los hombres de la casa, que al atardecer del día anterior habían amontonado los leños en el inatuwe, costado de la ruka, se preparaban para después ocuparse de los animales o de los sembrados.

Nuestras y nuestros mayores siempre cuidaban que el agua contenida en las meñkuwe estuviera a la sombra y con su correspondiente cubierta, ya fuera en el exterior o interior de la casa; sobre todo, y esto sigue siendo muy importante, se preocupaban de que ello se cumpliera estrictamente con el agua que permanecía en la noche, pues decían y nos siguen diciendo que los espíritus negativos pueden apropiarse de ella (como lo he referido) y generarnos pensamientos proclives a su energía. Por eso el primer quehacer de la mañana era traer agua de la vertiente.

5

Hablo de ese tiempo en que las forestales con sus plantaciones de eucaliptos y pinos en las cercanías de nuestra comunidad, y en las comunidades aledañas, no existían aún. Asomaba el año sesenta. Las estaciones eran todavía más nítidas que hoy. Las tormentas eléctricas se sucedían con frecuencia, especialmente en el verano eran un verdadero espectáculo que en su dualidad nos regalaba la naturaleza: relámpagos que iluminaban grandes espacios de cielo y arboleda; truenos que hacían temblar las casas y los corazones; rayos cuyo serpentear era como un látigo en la quietud del aire tibio o en la agitación de la ventolera desatada. Era la vida en su expresión nativa. La vida.

Los árboles sobre los que caía algún rayo solían arder varios días, pues casi siempre dicha descarga eléctrica actuaba combustionando sus raíces… Un mediodía de  fuerte tormenta  corrí hacia el estero en ayuda de mis tías María y Jacinta que habían ido a buscar agua fresca. Cuando iba recién en el primer tramo de la bajada de la colina el bosque fue iluminado por un relámpago que seguido por el estruendo de  un trueno sobre las nubes más pareció una explosión, luego un chasquido –al que sucedió un leve silencio– sobre la copa de un enorme roble. Desde su follaje se asomó el rayo dibujando su perfecto zigzag a lo largo del tronco hasta desaparecer entre el pastizal que rodeaba a este formidable árbol. Herido de muerte, el roble titubeó un instante. Como un hombre altísimo y fornido que intenta dar un último paso comenzó a quejarse, a crujir, hasta caer desplomado –remeciendo el suelo–, partido irremediablemente en dos. Al comenzar a abrirse, como gruesos hilos de sangre brotó su savia desde su pulpa rosada. Me pareció que ese fluido era la vertiente sobre la que navegaban mesas, sillas, platos, cucharas; casas, catres, cunas, ataúdes…

También los meulen, remolinos del  espíritu del viento, eran más numerosos e intensos. En otoño me impresionaban verdaderamente los pequeños o enormes conos de hojas mustias, girando, recorriendo la colina y los caminos en torno del lugar que habitamos.

Las noches de más oscura oscuridad, desde el entorno de nuestra ruka o desde el ventanal del segundo piso de nuestra Casa Azul, solíamos atisbar la aparición de la Anchimallen / Antv, Malen la Niña del Sol, que es una luz como llama de fuego (semejante a un fuego fatuo); una niña que salta, que juega, que va y viene recorriendo un área bien definida a orillas de un bosquecillo en el bajo de nuestra colina. Se dejaba ver sobre todo en noches de verano, pero también en noches de invierno sin lluvia, para después de un rato adentrarse en la arboleda (¿sabrá –me pregunto– que los niños la seguimos aguardando?).

No sé a qué hora de la noche pasábamos desde la ruka a la Casa Azul a dormir; aunque desde mediados de la primavera –y sobre todo en el transcurso del verano– era frecuente que mis abuelos y nosotros o toda la familia se quedara disfrutando de la calidez del fogón, sobre los mullidos / cardados cueros de ovejas. Arrullados nosotros por el murmullo de la conversación.

6

«La física cuántica es la ciencia que estudia los fenómenos desde el punto de vista de la totalidad de las posibilidades; es decir, de todas sus posibilidades de positividad y negatividad y de aquella forma aún no nombrada (es el Rewe). Contempla aquello que no se ve y explica los fenómenos desde lo no visible. Contempla lo no medible (los seres humanos, por ejemplo). Postula que el vacío en sí no existe. Que todos somos parte de esa cuántica. Que pertenecemos al universo; que estamos hechos de polvo de estrellas. Que la materia no es estática, que la energía es movimiento, que es una vibración que se sucede en el espacio y en el tiempo. Que el pensamiento que nosotros emitimos vuela como moléculas que van al aire. Una de ellas se hace realidad creada por nosotros mismos. Que todos somos energía y estamos conectados. Que cada uno de nosotros somos parte del otro…» Itrofill Mogen, dice nuestra gente.

Por eso me digo: «El vacío es un lugar lleno de nombres / trinan los pájaros al amanecer. /   El vacío es un abrazo que vaga en el recuerdo/ o que aguarda en la florida lumbre de la Primavera. / El vacío puede ser una puerta / una ventana, una gota de rocío / que brilla aún sobre el atardecer. / El vacío es una casa, una cortina/ el eco de los niños que jugaron / en el patio del Verano. / El vacío es la mirada del Otoño/ desde la que nos contemplan los Ancianos. / La ternura que viste con su aroma el colorido del amor. / El vacío puede ser una sombra, un cántaro, una manzana, / la palidez del Invierno / en la que duermen y sueñan / la Luna y el Sol». Como a muchos, imagino, me interesa indagar respecto de esa conexión. Las sincronías. El intento constante de comprender mejor lo que acontece en nuestro universo interior, la materia que lo expande o lo contrae. Las ondas, las moléculas de luz que lo atraviesan o se quedan para siempre a punto de revelarse, de escapar desde ese misterio –resplandeciente, penumbroso, oscuro– que es lo aún no pensado.

Como se sabe, en la Vía Láctea / en Wenulewfv, el Río del Cielo, nacen y mueren las estrellas, como los seres humanos nacemos y desapare- cemos, nos invisibilizamos en el gran Río de la Vida. Ante la brevedad del existir en nuestros cuerpos la tarea principal debiera ser superar la precariedad de las Palabras, me están diciendo. Ante la codicia depredadora de su fuente, la Naturaleza, ejercer el acto de  Soñar  (que  hoy es en sí mismo un acto de subversión para al- canzar la Paz, la verdadera), «soñando todo lo vivido / viviendo todo lo soñado». Recuerden, nos dicen, que en la dualidad del tiempo circular habitamos la frontera finita de lo nombrado, in- tentando siempre atisbar la infinitud –pletórica de significados– de lo por nombrar.

Desde la ciencia occidental, el sabio físico inglés Stephen Hawking, nos está diciendo: «Se puede decir que el tiempo tuvo un comienzo en el big bang, simplemente en el sentido de que no pueden definirse tiempos anteriores». «Hoy sabemos que nuestra galaxia es solo una entre las aproximadamente 100.000 millones de ellas que pueden verse utilizando  telescopios  modernos, y cada galaxia contiene unos 100.000 millones de estrellas».

Recuerdo que cuando escuché y posteriormente leí acerca de los «agujeros negros» (el espacio donde la materia es consumida por la antimateria) en el estudio de Hawking, retorné   a la conversación de mi abuelo que –como antes conté– nos invitaba frecuentemente a contemplar el cielo y sus constelaciones: «Vyew taiñ Wenulewfv, tiyew ti Pvnon Choyke. Allí nuestro Río del Cielo, allá el Rastro del Avestruz». Y el Consejo (habíamos crecido): «No sostengan la tristeza más de lo necesario porque ella consume la alegría que se hace cada vez más difícil de alumbrar». «No hay que olvidar que nuestros pasos cotidianos en el mundo de lo visible –lo nombrado– son a la vez pasos trascendentes en el mundo de lo invisible, lo que aún no tiene nombre».

Ha llegado otra vez el viento norte arrastrando su rumor de río. ¡Viene la lluvia!, nos decían nuestros abuelos y nuestros padres, y hay que arrimar la leña en la ramada. Bajábamos entonces corriendo con la ventolera por la colina para traer brazados de ramas secas recién caídas de los hualles. En la arboleda algunos pájaros se posan –meciéndose– sobre las copas de los coigües, en tanto otros eligen la danza más leve de los álamos; mientras los tiuques se encumbran en el sueño del cielo y parece que de pronto se fueran a caer. En el silencio del anochecer en nuestra Casa Azul hablan los aromas de las hierbas medicinales que mi madre ha puesto en jarras sobre los carbones del brasero y sobre la cubierta de la cocina a leña. El silencio, me digo, ¿será quizás el zumbido del tiempo que no existe?

Y en ese silencio mi espíritu está recordando a mi querido hermano maya, Cocom Pech, diciéndome: «Cuando llegue el invierno, y sientas que te besa el aire frío de sus días, deja a la palabra arder en los leños, que su calor será el cobijo de tu cuerpo; pero si sientes que tus palabras bullen, saltan, gritan, rugen y cantan en tus adentros, y este canto es parecido al trino del sacbakal, paloma blanca, no lo ahogues en silencios. No temas. ¡Ese es el lenguaje de tu alma!

¡Esas son las palabras de tu espíritu!».

Mas mi espíritu y mi corazón se agitan porque sienten pena al constatar la realidad de cómo hemos venido enturbiando nuestro caudal de palabras; su colorido de jardín diverso; su movimiento de oruga imperceptible. Avanza el incendio de los bosques nativos, están diciendo las noticias. Son miles de hectáreas consumidas por el fuego; miles de animalitos y aves muertas y desplazadas; millones de insectos desaparecidos… En medio de bocinas y ulular de sirenas, en la complicidad del callarse, del no ver, del «no es para tanto», «si lo hubiera sabido», «estuvo / está más allá de nuestras posibilidades», que intenta justificarlo todo. El poder del dinero. La cuotita de poder. La terrible complicidad. En lo dual del mundo, el lado burdo del rostro de la realidad. La innombrable violencia de unos pocos que están mutilando el lenguaje, el idioma de la Naturaleza: nuestro pensamiento: nuestras canciones y poemas. Esa es, me digo, la verdadera y más nefasta precariedad: el olvido, la desmemoria.

En esta época en que parece haberse olvidado que todos los seres humanos, sin excepción, provenimos de culturas nativas / de pueblos aborígenes, con su hermosa blanquidad, negritud, amarillentud y morenidad, y que –por lo mismo– todos los idiomas fueron aprendidos al escuchar a la naturaleza, a la Tierra y al infinito. Por eso el habla empieza en el destello de las onomatopeyas que tejen a la oralidad mucho antes que a la escritura.

En esta época de utopías desaparecidas o soterradas, en que parece que se ha olvidado que las culturas son hermosas y delicadas flores que surgen desde la profundidad que es el pensamiento: el terreno más fértil, amalgamado por el diálogo entre el espíritu y el corazón de la humanidad, y que conforman el maravilloso jardín del mundo. Es en esta época, ahora, cuando tenemos que descolonizarnos y regresar al arte de la Conversación, nos están diciendo nuestras Ancianas, nuestros Ancianos. En el círculo del tiempo nuestro futuro es el pasado pletórico de aire limpio, bosques, ríos, piedras, pájaros, peces, insectos, animales, seres humanos y estrellas. Un pasado y un presente que se han nutrido también con todas las transformaciones que todos los organismos vivos asumen en su condición de tal, para adaptarse –respetando las normas de la Naturaleza– y ser parte de una gran comunidad que, en sincronía, sigue respirando.

Hebras nada más en el gran tejido universal.

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