La gente, la señora

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¿Por qué nuestra industria de ficción televisiva está tan atrasada en cuanto a contenidos y modelos de producción, que es un aspecto importantísimo e inseparable del ámbito de la creación?
La respuesta tiene que ver con un par de conceptos recurrentes en el mundo de los productores y ejecutivos de la televisión chilena: la Gente, la Señora. Los productores y ejecutivos parecen conocer todo acerca de ese espectador potencial, sea a través de la intuición o de los innumerables estudios que encargan a los departamentos respectivos. Como si fuera una profecía, o una constante, esos estudios, más su intuición, apuntan siempre a una conclusión absoluta y que no admite cuestionamientos: la Gente, la Señora en la Casa, quieren productos de ficción sencillos de consumir, con personajes reconocibles y admirables, con elementos narrativos sin complejidad. Y entonces las posibilidades de dedicar el trabajo a productos más sofisticados, con estándares narrativos y de realización fílmica más altos, se anulan y los guionistas deben moldear sus proyectos a la mirada de esos ejecutivos y productores dueños de la verdad, respaldados por focus groups de seis a diez espectadores pertenecientes al grupo objetivo, que suben o bajan el dedo para aprobar o anular proyectos.
Así, series de televisión con estructuras desarrolladas con ojo clínico y un trabajo de dramaturgia más complejo, con personajes llenos de conflictos internos y una moral ambigua, pasan a ser un problema para nuestros ejecutivos y productores, porque la Gente no tiene tiempo para descifrar qué ocurre en pantalla. El precepto de quienes piensan y deciden nuestra ficción televisiva es que la Señora en la Casa no está dispuesta a transar sus valores y acompañar en pantalla a personajes cuya moral se ha visto forzada a ceder.
Es un hecho que esos arquetipos sí funcionan y atraen a espectadores de diversas partes del mundo: The Soprano, Breaking Bad, Mad Men están entre las series de mayor éxito y más recordadas del último tiempo.

Sus personajes experimentan un proceso que para Aristóteles era el centro de la tragedia: el cambio de fortuna. Uno modelado por el conflicto al que se enfrentan esos personajes, y que los lleva a tomar rumbos que jamás imaginaron. Es un mecanismo de construcción dramática identificado hace muchísimo tiempo, y que sigue funcionando como fuente de la fuerza y el interés que las historias suscitan en el espectador. Pero nuestras mentes brillantes de la industria temen a los personajes con constructos morales atípicos, y como los ejecutivos y productores saben más que Aristóteles, nuestras ficciones se vuelven predecibles y carecen de ese conflicto de esencia que da vida a personajes inolvidables. ¿Por qué nos los perdemos? Porque, dicen, a la Gente y a la Señora no les acomoda exponerse a estos relatos.
Quizás sería injusto hacer un análisis totalmente desesperanzado. La serie Los 80, con siete temporadas al aire y altos estándares de calidad tanto en la dramaturgia como en la factura cinematográfica, demuestra que la Gente, y también la Señora, son capaces de disfrutar y ser fieles a un producto más complejo. Los archivos del cardenal y El reemplazante son otros ejemplos de calidad. Pero son pocos. Muy poco y muy tarde.
A causa de este retraso complaciente nuestro futuro es el presente en las industrias de vanguardia. El modelo de Netflix, donde el espectador elige directamente qué ver, sin horarios ni límites de capítulos, va a ser el próximo dolor de cabeza de los ejecutivos y productores y sus estudios. Cuando eso ocurra, la Gente y la Señora ya no estarán escondidos tras una lejana pantalla de televisor, a merced de la intuición y de estudios de audiencia cuestionables; por primera vez, quienes deciden qué se hace y qué no enfrentarán el desafío de construir historias que ya no expresen sus temores comerciales sino que simplemente narren historias donde personajes robustos y verosímiles se enfrenten al devenir del mundo, un mundo en que no todo es blanco y negro ni cómodo para el espectador. Tal vez entonces podamos tener, ni más ni menos, ficciones televisivas parecidas a las que vemos a diario en el computador.

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