La feminista odiosa

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Odiamos porque amamos, el amor es ambivalencia. El reverso del amor es el olvido, la indiferencia, y eso, cuando no lo han enseñado los libros, lo han dicho los boleros. Odiamos también porque deseamos, no es posible desprender el deseo de las bajas pasiones: de la envidia, de la competencia, del rencor y el despecho; odiamos aquellos objetos que nos muestran nuestro deseo.

¿Qué odiamos las feministas? ¿Es el odio aquello que nos moviliza políticamente? Pensar los afectos en la política ha abierto la posibilidad de comprender y tematizar aquellos grupos que profesan el odio como forma de acción, como sustento ético. No es poco común que ciertos «grupos de odio» se sustenten en el amor: «el amor a la patria», «el amor a la familia». Y el amor es allí la manera de atizar el odio. Aquí pareciera que más que ambivalencia hay conversión, o así lo cree la feminista aguafiestas Sara Ahmed, quien se ha encargado de hilar fino en los sentimientos pegajosos, los conceptos sudorosos y los cuerpos inadecuados. El odio, entonces, no es tan fácil de asir. Tal vez no solo oculta lo que amamos sino que enmascara, contrabandea.

Ahmed ha sido entusiasta en defender una suerte de modo silvestre (y también aprendido) del feminismo: el aguafiestas. La feminista killjoy es esa que incomoda en la mesa familiar, la que le recuerda al tío insufrible que su chiste es machista, la que arruina las navidades y en los lugares de trabajo hace notar cada vez los paneles de hombres, echa en falta las políticas de cuidado y no acepta chistes subidos de tono. Entonces bien, qué odiamos cuando odiamos las feministas, si acaso aguar la fiesta es una práctica odiosa. O, de otro lado, cuáles son las emociones que nos arrojan al mundo como feministas. ¿Nos hace un favor hablar de emociones, cuando pareciera que el problema, precisamente, es que estas dominan sobre la racionalidad de una política feminista haciendo proliferar a militantes de pequeños o grandes odios y venganzas?

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Sí, hay que pensar y habitar las emociones, no hay política sin ellas. Dar forma a otros amores y odios es parte de la potencia emancipadora del feminismo y su espíritu crítico. Seremos nosotras mismas quienes dotemos al cuidado, lo íntimo y las pasiones de nuevos relatos e imaginarios.

Dirán que el feminismo es justicia, lucha por lo derechos. Lo cierto es que también es arrojar un balde de agua fría (real o metafórico, yo he lanzado agua a varones que me han «piropeado» en la calle en verano) a quien todavía no alertó que ese lenguaje misógino ya no es aceptable, o a quienes imponen ideales de felicidad para las mujeres que terminan forzando la inadecuación como resistencia. ¿Será que odiamos o más bien somos objetos de odio?

No es tan fácil ya decirse odiosa ni odiadora. Una serie de definiciones finas de las mismas feministas y de siglos de pensar las pasiones nos sitúan en el atolladero de tener que separar pajas y trigos. Pero digamos así, como quien habla entre compañeras y amigas: las feministas somos odiosas y odiadoras. Aguamos la fiesta en todo el mundo a través del feminismo, y en los espacios feministas también. Odiamos a los varones porque buena parte del tiempo lo merecen, aunque en realidad siempre hay que apurarse en defender que no es odio sino una legítima lucha contra el patriarcado y el sexismo. Pero lo cierto es que odiamos: cada exclusión, cada burla, cada sobrenombre que nos pusieron por reclamar, por feas, por incomodar. Amplificamos el odio cuando nos reconocemos semejantes y nos vemos en la historia de la otra. Entrenamos el odio, porque la verdad es que no nos han acostumbrado a rebelarnos a entender que hay que odiar cuando nos pasan a llevar, cuando nos excluyen. Odiamos prestando atención a los marcos teóricos de la palabra odio, los finteamos, decimos que no odiamos cuando hay que disimular y le llamamos amor a nuestros lazos, e ímpetu y decisión a todo eso sobre lo que ya no nos callamos.

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