La espera imperceptible

Descarga este número

Hace algunos meses viajé a Islandia con la intención de escribir. Estuve alojada en Gunnarshús, una residencia para escritores en Reikiavik. Estaba convencida de que alejarme de mis rutinas me permitiría terminar algunos escritos y en el mejor de los casos, empezar alguno nuevo. Ya instalada en el estudio, seleccioné algunas lecturas y alisté mis cuadernos pero, tras varios días encerrada y sin lograr escribir, pensé que salir me sentaría bien.

Cada día que pasaba me iba involucrando en otras tareas, y sin embargo estaba convencida de que mi única actividad, sin importar el lugar o la situación, era esperar las palabras. Lo que en realidad sucedió fue que, sin darme cuenta, me puse a esperar otras cosas: autobuses, turnos en el supermercado, mesas disponibles en restaurantes; terminaba una espera e iniciaba otra.

El tiempo es oro, dicen. Yo perdía el tiempo en Reikiavik, o eso creía. Si ya estaba perdiendo oro, podía bien perder un poco de dinero. Digo «perder» porque reservé un par de excursiones guiadas, a pesar de que esto nunca me ha gustado. Tenía la intención de acercarme a la naturaleza de la manera más rápida. Sí, me había embargado la impaciencia al punto de cambiar mi habitual manera de viajar. Sin embargo, no era consciente de esa impaciencia y confundía ese sentimiento con el entusiasmo por conocer esos lugares exóticos. Al abordar el bus turístico tuve la esperanza de que podían surgir algunos esbozos de historias a partir de ese encuentro con la naturaleza.

Recuerdo en especial la excursión al géiser de Strokkur. El guía nos había dicho que las erupciones se daban cada veinte minutos. Las hordas de turistas abandonaban los buses y se apresuraban al géiser y yo también. Corríamos a esperar la erupción con cronómetros y cámaras en mano, con un dedo listo para apretar el disparador.

Al fin el géiser hizo erupción. Una mujer reclamó «¡Ma questo è piccolino davvero!» y perdió el interés. Ella y muchos otros se desilusionaron y se marcharon del lugar. Los demás nos quedamos a esperar la siguiente erupción. Fue en esa espera que noté que un hombre sin cámara mantenía la mirada en el cielo. ¿Qué era lo que llamaba su atención si no era el géiser que todos mirábamos? ¿Qué esperaba? Cuando el Strokkur volvió a arrojar agua, el hombre siguió quieto y con la mirada fija en el cielo. Nunca sabré lo que ese hombre esperaba. Quizás se contentó con la sola existencia del géiser o con las gotas de agua tibia sobre su cara. Quizás no esperaba nada.

Ahora que vuelvo a Islandia a través de estas palabras, pienso que las palabras no llegaron durante mi estancia en Gunnarshús porque yo era consciente de que las esperaba con anhelo.

«I said to my soul, be still, and wait without hope / For hope would be hope for the wrong thing», decía Eliot en sus versos, y tenía razón. Y es que el poeta pensaba en inglés, así que tenía tres palabras en su lengua para «esperar»: wait, expect y hope. Nosotros solo tenemos «esperar» y quizás es por falta de palabras que pasamos la vida creyendo estar esperando algo, pero en realidad no sabemos bien qué estamos haciendo.

Creemos estar esperando cosas fundamentales y no nos percatamos de las esperas mínimas. Ignoramos que esas cosas que esperamos y que creemos fundamentales, lleguen o no, con el paso del tiempo se van a convertir en asuntos cotidianos y hasta insignificantes; se van a confundir entre esas otras esperas minúsculas e imperceptibles. Por eso no nos enteramos de que, justamente, son esas esperas mínimas las que nos van a entregar los asuntos verdaderamente fundamentales. Si no somos conscientes de la espera, naturalmente, cualquier cosa que suceda entonces será algo inesperado. Lo inesperado es casi siempre trascendental: desde el granizo en una primavera que nunca olvidaremos hasta el terror al descubrir una tumoración en la ducha.

Me pregunto ahora: ¿cuándo esperamos genuinamente? No por ser un cliché dejará de ser cierto que lo único que esperamos es la muerte. Entonces: vivir es una espera, o una manera de distraerse de la espera. Creo que la espera auténtica tendría que ser inmóvil, una espera que nos vuelva inertes. Los que creen en la vida eterna podrían decir que la muerte es la espera genuina y que de ella solo puede resultar lo único trascendental, la eternidad; pero ya sabemos que antes de que se nos abran las puertas del cielo o del infierno tendremos que pasar por el purgatorio. Inevitablemente, habrá que seguir esperando.

Sigue con...