Huidobro en Cartagena

Quiso romperlo todo.

El creador del discutido creacionismo necesitaba, ante todo, demoler.

Pero ¿estaba hecho para la tarea? ¿No se consumió en ella, y fue, a su vez, destruido?

Cabe preguntárselo ahora.Y no dejarán de hacerlo con melancolía quienes presenciaron esa ceremonia triste, patética, rara, desolada y tan terriblemente significativa de sus funerales.

Una casa en la falda de un cerro y un ataúd que parecía haber escollado en playa solitaria, entre náufragos. La sensación elemental del profundo vacío, un silencio poblado de incertidumbres, abatimiento e impotencia. ¿Qué hacer, qué decir? Nada ocurría de extraño; todo sucedía dentro de la lógica y era el caos, se estaba delante de fragmentos antagónicos, partículas demasiado distantes de un total destrozado. Pesaban grandes ausencias, y lo que faltaba tenía mayor importancia que cuanto se podía ver.

Luego, aquel cortejo, esa marcha interminable tras un furgón hermético: misterio pintado de negro. Bajar hacia el mar desde la falda de las colinas y seguir por senderos de arenas, por dunas, por eucaliptos, larga, largamente, en la tarde. Un pequeño arroyo y filas dobles de eucaliptos, el árbol quejumbroso y ceniciento.

Una especie de pesadilla. Como ir al otro mundo.

De pronto, el acompañamiento se detiene. ¿Ahí, en ese corral, frente a unas casas de inquilinos? ¿Algún accidente? ¿O tal vez el sueño va a disiparse? Porque no se divisa cementerio alguno. Es que es muy pequeño; está detrás de las casas.

Cuesta entrar por la puerta con el ataúd. Una capillita mínima, en un campo de cruces brotadas del suelo árido. Ahora el ataúd está en la tierra, y alguien habla. Habla poco. El que creó familias, escuelas, partidos, capillas, cenáculos, yace profundamente solo, a distancia.

Cuando quieren depositarlo en el nicho, no cabe. Imposible. Miran entonces alrededor y divisan por allá un hueco desocupado. ¿Esa sepultura?

Una voz:
-Es de Fulano.
-No importa
-Es que la tiene reservada para él.
-Sí; pero ese no piensa morirse.
La miden con una rama, miden el ataúd.
-Cabe.
Ahí quedó.

Todo ello, sin duda, circunstancial, fortuito, transitorio e imprevisible, carece de importancia; pero la muerte, que no se repite mas impone tan hondo simbolismo a cada detalle, que la menor de sus apariencias repercute, invisiblemente prolongada, sombra adentro.

El contraste de la vida que el poeta rehusó, sus ceremonias perfectas, su orden milenario, su compás inflexible y medido, como la antigua prosa, como el antiguo verso, donde cada paso se halla calculado y cada gesto está en su sitio y esa otra existencia que quiso forjar entre los escombros, libremente, al capricho espontáneo e improvisado, cogiendo sus elementos donde los encontraba, quebrando ideas, palabras, imágenes y estrofas o versos, en busca del ritmo personal, del verbo inédito, he aquí que se entrechocan, al comienzo y al fin, y que el resultado último, la conclusión suprema, viene a caer por casualidad, diríase también por juego irónico, por broma, en un nicho desconocido que no lo esperaba. Y el que juzgaba estrecho escenario su país natal, debido a una incongruencia, por lo demás muy suya, marchó escoltado por “huasos” del fundo hereditario hasta el menos exótico de los sepulcros chilenos.

Sigue con...