Homenaje forzoso

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Cuando Sebastián Piñera fue informado de la muerte de Sergio Onofre Jarpa en abril, seguramente se le revolvieron las emociones. Escenas fragmentadas de los 90 deben haber desfilado por su cabeza. Por una vez, en lugar de maldecir la pandemia es probable que haya agradecido el contexto, que hacía inadecuados los grandes y masivos homenajes en el Palacio de Gobierno.

Dicen que siempre se sintió democratacristiano, como su papá. Que negoció su ingreso al partido cuando ya había triunfado el NO y los partidos dibujaban el mapa de las primeras elecciones libres desde 1973. Que habría pedido –cómo no– cupos o cargos de poder, pero ya estaban asignados a militantes históricos. El ascenso en la DC incluía dejar pasar a muchos antes y la paciencia no es uno de sus atributos. Andrés Allamand, favorito y protegido de Jarpa, le abrió la puerta de RN, a Piñera y a su amiga y socia en Bancard por esa época, Evelyn Matthei. Los tres, junto a Alberto Espina, conformaron una «Patrulla Juvenil» que primero Jarpa vio con buenos ojos, pero en la que rápidamente comenzó a sobrarle el «potrillo» Piñera, como le decían en la interna, por su ímpetu. De hecho, una condición para retirarse y pasarle el báculo de RN a Allamand, según Rafael Otano, habría sido no subir a Piñera en la mesa directiva. Comenzaba la transición y Jarpa ya había vetado al más ambicioso de los cuatro.

«A pesar de que tuvimos legítimas diferencias, siempre aprecié su calidad humana», dice Piñera con una sonrisa forzada bajo la mascarilla, mirando a una lontananza que no existe en el Patio de las Camelias, ante una veintena de militantes de su partido, varios bastante mosqueados porque no se decretó duelo nacional.

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Con el lema «Una locomotora para Chile» Piñera se convirtió en el senador más joven del primer Congreso posdictatorial. Iniciaba su vida política. Jarpa iba por su último período. Al principio se cayeron bien, a pesar de que Piñera se jactara de votar por el NO y de que Jarpa lo encontrara mezquino de modales y rápido de ambiciones. Al parecer, la fase decisiva de la enemistad partió con una de las proverbiales desubicaciones de Piñera: una broma sobre la novia de Jarpa y otro hombre. Esa intrusión en la vida privada de un viejo chapado a la antigua le costó cualquier posibilidad de cercanía. Jarpa no solo lo vetó en la mesa de RN: también les tocó enfrentarse en el Senado, a propósito de la discusión de la reforma tributaria y, más gravemente, la defensa del estatus jurídico de Colonia Dignidad, estrategia de la que Piñera se descolgó, arrastrando con él a la juventud del partido. Nada raro entonces que en 1992, cuando Allamand lo promovía como precandidato presidencial, Jarpa ayudara a levantar la postulación de Matthei.

Jarpa fue el primero en criticarlo al estallar el Piñeragate. Emitida la grabación en que Piñera y Pedro Pablo Díaz acordaban cómo hacer una encerrona a Matthei, Jarpa acusó al precandidato de «falta de hombría» por tratar así a una compañera de partido. Meses después, esa compañera de partido reconoció haber entregado ella misma la grabación al dueño de Megavisión. La escucha ilegal procedía de un miembro del Ejército, y muchos se preguntaron si era posible que Sergio Onofre Jarpa, ministro del Interior de Pinochet, no supiera de esa emboscada antes de que ocurriera.

«Un factor de discordia», decía Jarpa por Piñera. Hoy el mandatario repasa los rostros alrededor: Mario Desbordes, líder de su partido que a ratos parece opositor; Andrés Allamand, alguna vez amigo del alma y que el 2005 fue «samurái» de Lavín contra Piñera; Alberto Espina, con quien más de una discusión a gritos ha tenido en los últimos meses.

Se retira a su despacho. Al viejo líder se lo ha llevado una pandemia mal manejada por el Gobierno. Abajo quedan los dirigentes RN a solas con la foto de Jarpa, y más de uno intenta responderse qué habría pasado hoy si en el 90 lo hubieran escuchado.

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