Hay una línea delgada entre el odio y el odio

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Fue una gran verdad cuando la cantó Florcita Motuda. Las canciones del te odio y del te quiero ya están hechas, decretó ese cantante irrepetible en 1981. Pero no fue menos cierto cuando lo contradijeron diecisiete años después los Fiskales Ad Hok. Odio, odio, odio-odio-odio-odio, dijo e insistió cuantas veces fue necesario el vocalista de esa banda punk en 1998, para rubricar luego la declaración con el verso «sentimiento de verdad». Florcita Motuda tenía razón: el amor y también el odio pueden volverse lugares comunes en el negocio de la música. Pero, sea sustantivo o, mejor todavía, verbo conjugado en primera persona singular, ese odio en Fiskales muestra cuán genuina va a resultar una canción hostil si el sentimiento es de corazón.

El repudio ha sido buen consejero para escribir letras y ponerles música. Definir a un enemigo y cantar esa enemistad es también una toma de postura, y funciona en ajustes de cuentas a escala personal, como los de John Lennon versus el Maharishi Mahesh Yogi en «Sexy Sadie», o Álvaro Henríquez en versos del estilo de «La vida ajena es tu especialidad» y «Hasta cuándo te dan pega / por dar pena a los demás», y también en definiciones frente al mundo, ese mundo que es sordo y es mudo como ha enseñado el tango, y que fue y será una porquería según sabemos por la misma fuente. Lo hace Rage Against the Machine cuando exhorta a conocer a tu enemigo en una de las rabiosas canciones de su primer disco. Lo hace Serrat cuando retrata a cierta gente con frases como «y la culpa es del otro si algo les sale mal» y fija su posición: entre esos tipos y yo hay algo personal. Y lo hacen sus maestros, cuando Georges Brassens escenifica su mejor fantasía anti-gendarmes en «Hécatombe», para corroborar que la animadversión por las policías es tema universal, o cuando Jacques Brel desliza en el estribillo de «Les bourgeois» una invectiva gruesa a la burguesía en una composición que de paso es mucho más que eso, es resumen de la vida completa en tres estrofas y un estribillo nada menos.

No siempre es cuestión sólo de desprecio ni descalificación de algo ajeno. También se ha tratado de la intimidad del odio como antónimo de amor. Si el amor es un campo de batalla, dicho por la rockera Pat Benatar, entonces su colega Joan Jett está situada en medio de ese campo cada vez que oímos su mayor himno junto a los Blackhearts: me odio por amarte. No anda lejos Morrissey con uno de sus muchos autorretratos hechos verso y título de canción: soy odiado por amar.

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Y ahí está también Andy Bell cuando entona una de las mejores melodías del dúo Erasure para cantar y bailar: me encanta odiarte, o «amo odiarte», para traducirlo con el anglicismo más habitual ahora. Hay una línea delgada entre el amor y el odio, según escribió Chrissie Hynde en uno de los mejores elepés de los Pretenders, y si tenemos presente de acuerdo a la experiencia que tan sólo se odia lo querido, entonces lo dejó establecido aun antes la suprema Palmenia Pizarro al interpretar los versos del autor y compositor peruano Rafael Otero López. La enemistad raya en una forma de afecto, como pueden atestiguar Fito Páez y Joaquín Sabina, quienes al parecer terminaron peleados tras hacer a dúo un disco que por algo se llama Enemigos íntimos.

Presuntuoso

Esa línea delgada es la que transita con el máximo estilo Carly Simon, la que podrá ser recordada por la ternura de esa melodía para la niñez llamada «Itsy bitsy spider», pero que mostró todo su filo en «You’re so vain», una canción de revancha por todo lo alto. Por la pizca de maldad con que está aliñada. Las mejores palabras suelen ser las que se resisten a ser traducidas, y «vain» bien puede ser una de esas: resulta «vano», en correspondencia literal; o bien «vanidoso», o «fatuo», o «egoísta». «Presuntuoso» es la mejor, pero aun así no hay caso, falta vocabulario para retratar el tono exacto de desprecio y burla apenas esbozada con que ella canta ese estribillo: «Eres tan presuntuoso / Apuesto a que crees que esta canción es sobre ti / ¿No es cierto? ¿No es cierto?».

Supuestamente está inspirada en Warren Beatty o alguna otra celebridad. Poco importa. Sea para quien sea la dedicatoria, es una jugada maestra al menos por tres dobles razones. No sólo interpela sino que increpa al sujeto en cuestión, pero sin hacerle el favor de nombrarlo. Al no nombrarlo no sólo lo descalifica, sino que además lo hiere en esa misma vanidad, porque lo confunde (de nuevo en dos sentidos: le niega la certeza de un nombre propio y lo diluye entre una masa). Y Carly hace todo esto público, y en ese punto «You’re so vain» no sólo es oprobio colectivo, además permite a cada persona que escucha identificarse con la historia. Es una canción de enemistad utilitaria, lista para usar, como comenta Paula Molina en una de las primeras emisiones de su podcast «La Franja»: «Es un hit donde Carly Simon no tiene tantos. Pero si hago una canción donde me quiera vengar de ti, la voy a hacer lo más popular posible».

El odio, tal como la nostalgia, ya no es lo que era. Queda pensar que se trate sólo de un asunto semántico específico y que sigan disponibles tantos otros términos afines, algunos de los cuales pueblan estos apuntes, entre repudio, diatriba, invectiva, enemistad, hostilidad, animosidad, animadversión, desprecio, venganza, represalia, revancha, rencor y, por qué no, maldad.

Pero a veces las sutilezas no bastan. Y ha hecho falta irse a las manos, en sentido figurado. La breve batalla de canciones que siguió al término de los Beatles en 1971 es un ejemplo de manual. La gatilló Paul McCartney con «Too many people», de su disco Ram, y más conocida es la respuesta de John Lennon con «How do you sleep?», del LP Imagine. Son dos rounds de meta y ponga, donde si uno reprocha «Ese fue tu primer error / tomaste tu golpe de suerte y lo partiste en dos», el segundo responde: «El error que cometiste estaba en tu cabeza». Si McCartney repasa no sólo a su excompañero sino también a Yoko Ono entre líneas del estilo de «Demasiada gente en busca de un pedazo del pastel», Lennon retruca «Vives con straights que te llaman rey, saltas cuando tu mami te dice algo». Insiste el primero: «Demasiada gente sermoneando sobre qué hacer». Se exalta el otro: «El sonido que haces es muzak para mis oídos / Debiste haber aprendido algo en todos esos años».1 Y, al menos en la estadística de diatribas, Lennon duplica a McCartney por la vía de lavar la ropa sucia en público. Todo vale. «Así que Sgt. Pepper te tomó por sorpresa», le recuerda para empezar. «Lo único que hiciste fue Yesterday / Y desde que te fuiste eres sólo otro día más», agrega, con cita a «Another day», canción de McCartney solista. «Esos freaks estaban en lo cierto cuando dijeron que estabas muerto», remata, en alusión a la ridícula leyenda urbana de que, tras la supuesta muerte de McCartney, un impostor ocupaba su lugar en los Beatles. Si hay que arbitrar esa contienda es claro que, por capacidad de rencor, es Lennon el que gana por puntos.

Smells like teen spirit

Más allá de las escaramuzas verbales, hay momentos en la vida en que irse a las manos en sentido figurado tampoco es suficiente y ha hecho falta pasar a la acción concreta. Y nadie lo hizo como Nirvana. Fue en vivo. Fue en directo. Fue ante miles de personas. Fue en Argentina, sin ir más lejos. Y fue en respuesta a una muestra de intolerancia colectiva. En octubre de 1992, un año después de haber publicado el disco con el que tomaron el mundo por asalto (Nevermind, 1991), y cuando las guitarras de «Smells like teen spirit» ya se habían vuelto sonido generacional, el grupo llegó a Buenos Aires para tocar en un festival en el estadio de Vélez Sarsfield. El público hostigó a Calamity Jane, banda de rockeras que actuó como telonera, hasta bajarlas del escenario. Fue suficiente para prender la animosidad de Nirvana y en especial de Kurt Cobain, quienes salieron a escena para, como primera cosa, hacer dos veces el amago de tocar «Smells like teen spirit» y frustrar con esa falsa partida a la audiencia, que se tuvo que ir de vuelta a la casa sin haber escuchado la canción por la que probablemente había pagado.

Pero además se dedicaron alegremente a arruinar una a una versiones de éxitos como «Lithium», «Come as you are», «Polly», «In Bloom», «On a plain» y otras, a modo de justa represalia. «Somos unade las bandas más excitantes de la faz de la Tierra, como pueden ver», ironizó en un momento Krist Novoselic, el bajista, en medio del concierto más displicente de sus vidas, nominado desde ya al premio a la mejor venganza en la historia del rock en vivo. O al menos en la historia del rock en vivo en grandes estadios de fútbol del mundo, que no es poco decir.

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Hasta algún momento de este recorrido valió considerar el odio como manifiesto social o sublimarlo como expresión poética, y ahí está, a modo de última cita, ese disco hecho de canciones de amor y odio en 1971 por un autor tan reconocido y aplaudido como Leonard Cohen. Pero es necesaria una actualización. Ya no son esos tiempos. Y es llamativo ver cómo odio resulta una palabra no sólo revulsiva o romántica, que es lo que pudo tener de bueno, sino violenta y abusiva, que es lo que tiene de doble filo hoy, en una época en la que, si el asunto es el odio, hablamos y oímos hablar sobre todo de incitación al odio, de odio social, de crímenes de odio y de discursos de odio. Entonces tiende a hacerse más bien frívolo exaltar la pasión frente a la frase hecha del llamado «crimen pasional», que por años fue leída (en la prensa, por ejemplo) como parte de alguna clase de orden aceptable. Entonces, y lo seguimos aprendiendo sobre la marcha, ya no es sólo por corrección política que se vuelve banal apreciar lo maldito, porque los verdaderos malditos están llegando a las sedes de gobierno gracias a esos discursos de odio, y el cuadro que resulta no es poético ni maldito sino de plano grotesco.

Es la misma razón por la que gente atenta como Café Tacuba anunció hace tres años la decisión de dejar de tocar uno de sus mayores éxitos: porque ya no es aguantable en el mundo una canción del 94 que termina con algo tan explícito como un par de balazos contra una mujer «ingrata», por parodia que haya sido del machismo de un género popular latinoamericano cualquiera. La delgada línea a la que cantó Chrissie Hynde en los Pretenders ya no sólo separa al amor del odio. Ahora es necesaria para separar formas de odio entre lo artísticamente aceptable, en el mejor de los casos, y lo humanamente intolerable. El odio, tal como la nostalgia, ya no es lo que era. Queda pensar que se trate sólo de un asunto semántico específico y que sigan disponibles tantos otros términos afines, algunos de los cuales pueblan estos apuntes, entre repudio, diatriba, invectiva, enemistad, hostilidad, animosidad, animadversión, desprecio, venganza, represalia, revancha, rencor y, por qué no, maldad. Todo un género poético y musical como, sólo a modo de ejemplo, el de las baladas o canciones de crímenes, desde François Villon en el medioevo hasta Nick Cave en la posmodernidad, vive en esas palabras, a las que sería una pérdida renunciar por completo. Al menos hasta que el espíritu de la época diga otra cosa.


* Esta nota contiene fragmentos de las canciones «Si hoy tenemos que cantar a tanta gente, pensémoslo», de Florcita Motuda; «Odio», de Fiskales Ad Hok; «Sexy Sadie», de The Beatles; «No hables tanto», de Pettinellis; «Marcas en la piel», de Los Tres; «Yira yira» y «Cambalache», de Enrique Santos Discépolo; «Know your enemy», de Rage Against the Machine; «Algo personal», de Joan Manuel Serrat; «Hécatombe», de Georges Brassens; «Les bourgeois», de Jacques Brel; «Love is a battlefield», de Pat Benatar; «I hate myself for loving you», de Joan Jett and the Blackhearts; «I am hated for loving», de Morrissey; «Love to hate you», de Erasure; «There’s a thin line between love and hate», de The Pretenders; «Ódiame», de Palmenia Pizarro; «You’re so vain», de Carly Simon; «Too many people», de Paul McCartney; «How do you sleep?», de John Lennon, e «Ingrata», de Café Tacuba.

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