Harto/grafía

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Escribir mandatado por las circunstancias y por el corsé asfixiante de la pauta que dicta la escaleta es también saber que, por entre las rigideces del género y de los moldes de lo pedido por las jefaturas, emerge cada tanto algo de nosotros. Miente quien dice que los personajes de un guion no poseen de vez en cuando mucho de las obsesiones o miradas de quien los crean; engaña quien afirma que el destino de las historias no se tiñe en ocasiones de la propia suerte del escribano; altera quien declara que los temas que aparecen en el folletín telesérico no contienen nada de los sueños o pesadillas de aquellos que lo escriben.

Es imposible no jugar a meter mano con lo propio en las historias, aun a riesgo de ser sorprendido. Quizás ahí está el mayor disfrute. Alertado por esta exposición masiva que supone que esas historias llevadas a la pantalla grande serán procesadas rápidamente al amparo de la evanescencia de la tele, muchas veces el guionista cae en la tentación, no solo de hablar de sí, sino también de ser él mismo en algunos personajes. Aunque lo más justo sería decir que lo que se cuela en ocasiones en el trabajo de escaleteo y en mayor medida en la escritura de los diálogos son fragmentos de la conducta, trazos de gestualidad, palabras, ritos personales, objetos escenificados, que conforman luego un todo en las voces de los personajes. Un rompecabezas en el que algunas de esas partes cóncavas de la biografía se arman con la convexidad de un todo más heterogéneo.

En más de una ocasión presencié cómo el jefe de equipo debía argumentar la inconveniencia de la evidente carga biográfica que algún personaje de la historia empezaba a adoptar, incluso a riesgo de que ese gesto censor le hiciera perder fuerza en su trazo. Por cierto que el guionista aludido, expuesto en su vivaracha maniobra de ego, se esforzaba en intentos retóricos por defender el arrebato personal. ¿Tenía la razón el propositivo guionista o el despierto jefe creativo? Si no hubiésemos conocido los sabrosos datos de las cuitas personales del escritor, difícilmente habríamos podido advertir las coincidencias entre los vericuetos del personaje y la biografía del guionista. Pero no era el caso. Conocíamos las dos historias y advertimos el calco. Ahí el punto. Dos historias.

Aguzar el ojo para construir y/o detectar lo biográfico que se cuela en las historias, en los guiones, en los textos dramáticos, implica hacerse cargo de un procedimiento mayor de apreciación, y que consiste básicamente en leer la biografía como una suprahistoria, una peripecia mayor, un dispositivo narrativo que se está gestando, un work in progress pero de verdad en desarrollo. De este modo, cuando lo biográfico empieza a teñir la escritura, en el fondo lo que está ocurriendo es que la suprahistoria se tensiona y en sus arrebatos tectónicos, en sus pliegues de ostentación, lo que hace es salirse, aparecerse en medio de la otra, de la historia; como esos misteriosos agujeros terrestres que de vez en cuando se tragan casas en alguna lejana latitud.

En cierta ocasión, y para saldar las diferencias diríamos de carácter ético que tuvimos con un oscuro funcionario estatal, procedimos con un colega a denominar con su apellido a un ruin personaje de una obra de teatro que luego ganó algún premio. Cada frase, cada mínimo parlamento que le endilgábamos al personaje en cuestión nos supuso una satisfacción infinita. Era el fulano diciendo una idiotez y éramos nosotros también carcajeándonos al leer los diálogos. En la estupidez conductual que le construimos al penoso sujeto de marras estábamos también nosotros y nuestra venganza. Era la vida del personaje y era nuestra vida que de esa forma se liberaba de la ofensa inicial. Un truco irrelevante, pero que de alguna forma calmó el deseo de imaginar un encuentro real para zanjar la disputa.

Escribir para diferir, para demorar, para hacer más vital la grafía, la biografía. Escribir para diferir, para demorar, para hacer más vital la grafía, la biografía. Escribir ficción escondiéndose en el entramado protector de las vidas de otros, para ocultar la sombra de la vida propia que se intuye en esas líneas. Jugar el juego de las palabras que ocultan otras. Mentir para decir la verdad. Sincerarse en la mentira.

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