Gomina Gorila

ASÍ COMO EL PERIODISMO SE DEDICÓ a desprestigiarse de forma sistemática durante los últimos diez años –gran trabajo, muchachos–, la publicidad ha hecho lo suyo con esmero y dedicación. Se nota el entusiasmo puesto por las agencias, marcas y sobre todo por los creativos: han destruido, finalmente, toda forma de honor. Esos nobles hombres llamados los publicistas nos han persuadido de que un tumor en el brazo puede llegar a confundirse con musculatura, lo que podría transformarnos en ganadores tanto en la playa como en la UTI.

Todo es publicidad, todos estamos vendiendo algo que queremos que nos compren en una fiesta, en un funeral o simplemente al saludar a un enano sin que se note que nos estamos riendo. Gracias a una buena campaña de marketing podemos lograr que la gente vote como presidente a una rueda de auto e incluso a una pila triple A (no es mala opción). Ya sabemos que los nazis tenían su agencia publicitaria que creaba pancartas y gritos: se juntaban a hacer brainstorming –a pensar nuevos tipos de tortura– y tenían que cumplirle al cliente Hitler, que se apersonaba en la oficina una vez por semana a revisar el material diciendo “quiero algo nuevo, jugado, que llegue a los jóvenes y ayude al cuero cabelludo a respirar mejor”.

Así, de hecho, es como nacieron los cabezas rapadas o skinheads. Pero hasta el acto de raparse la cabeza da para mucho, según cómo lo vendas. Hay gente que rapada se ve amenazadora y temible. Yo, por mi parte, al ser flaco y débil, más que parecer un matón me vería como un niño con leucemia. Por lo mismo he desechado la idea y opté por ocupar en mi cabello Gomina Gorila, el producto que ha revolucionado el mercado debido a su cuasi inexistencia dentro del mismo. Todo gracias al peor posicionamiento de marca, la más miserable campaña publicitaria en calles y posiblemente el peor comercial hecho en la historia de la televisión.

En las imágenes del único comercial de Gomina Gorila, vemos a dos niños que –por efecto de un pésimo sistema digital– mueven la cabeza como perros de taxi por delirantes fondos que van desde una jungla hasta otra jungla del mismo sector. Uno de los niños cambia su peinado mágicamente y su sonrisa crece y se achica constantemente, generando una mezcla entre vergüenza ajena y epilepsia. Por su parte la chica se mueve cambiando el cabello gracias a brillos cegadores que aparecen en el monitor. Todo esto crea el terrible presagio de saber que ese niño, diez años más tarde, al buscar su apellido en la Internet se encontrará con su cara recortada, sonriente y bañada en la asquerosa Gomina Gorila al lado de una chica que posiblemente nunca conoció. Solamente ese pensamiento se cruza por mi mente al verlo bailar gracias a la tecnología en la pantalla, y siento unas ganas inmensas de hablar con el niño del comercial en el futuro, abrazarlo y explicarle que todo va a estar bien, que no es necesario comprar una soga ni tragar esa parafina frente a La Moneda, y que debería demandar a sus tutores lo antes posible. La niña, por su parte, seguramente caerá en una adicción a la gomina: rellenará una bolsa y aspirará hasta ver los entretenidos fondos que aparecen durante el mismo comercial, logrando que naturalmente su cabeza se mueva en dirección contraria a su cuerpo. El daño ya está hecho.

Los creativos de esta “entretenida nueva forma de peinarse” llegarán a las fiestas comentándole a las chicas su trabajo con actitud de publicistas y creativos súper diferentes a los ferreteros que ellas frecuentan. Siendo que lo único que acaban de crear es un terrible trauma en esos pequeños que por culpa de sus padres prestaron sus sonrisas para ser ocupadas por última vez en sus caras. Porque nadie piensa en la gente que aparece en los comerciales o en los programas humillándose a diario. Nadie ve que sus vidas se vuelven cada vez más miserables mientras más ganan los que siempre ganan. Los fantasmas de la pantalla no tienen alma, son sólo sobras en las que no buscamos verdaderas intenciones. Todos son falsos: todos están atrapados en la caja del living y eso –sin lugar a dudas– hace de este mundo un lugar maravilloso. La opción es clara: hay que peinarse bien y salir a crear con los amigos.

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