Esperanza y consuelo

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A partir de 1990, los estudios sobre el manga se han ido transformando en una disciplina consolidada en Japón. Además de contar con un corpus extenso de investigaciones, también se imparten cursos y un programa de maestría en la Universidad Seika de Kioto. Dos lineamientos teóricos priman en su análisis: el hyōgenron, o estudio de las características propias del manga, y el sociohistórico, al que le preocupan los aspectos históricos y socioculturales que intervienen en su escritura y lectura. Me interesa aquí el segundo, pues el manga de ciencia ficción es, probablemente, el que ha expresado de forma más intensa las continuidades y los cambios históricos del país.

Hay consenso en que el manga de CF se origina con Astro Boy, de Osamu Tezuka, publicado entre 1952 y 1968. Su protagonista es un androide creado por el jefe del Ministerio de Ciencia. Al darse cuenta de que su creación no podía reemplazar a su hijo fallecido, lo abandona. Años más tarde, un nuevo jefe lo encuentra y se sorprende no sólo por sus dotes sobrenaturales, sino porque puede experimentar emociones. En ese punto se convierte en un héroe que lucha contra la injusticia. La serie tuvo éxito porque funcionaba como un consuelo, tanto para los miles de padres que perdieron a sus hijos durante los bombardeos como para los huérfanos que nunca volvieron a saber de sus familias, y que crecieron viéndose reflejados en el personaje.

En las décadas de 1970 y 1980 el crecimiento industrial japonés sin parangón tuvo un fuerte influjo en el manga. Los robots dominaron la escena, al punto de crear un nuevo subgénero, el mecha, con títulos como Mazinger Z y Gundam. En otra línea aparecieron trabajos obsesionados por el apocalipsis, las mutaciones genéticas y los riesgos del abuso de la tecnología, como los clásicos Akira y Fist of the North Star. Esta última narra la historia de un mundo devastado; los fuertes dominan a los débiles, pero Kenshirō, heredero de un atávico arte marcial, los defiende. Akira representa la fascinación y el temor por la energía nuclear. Ambos relatos manifiestan una noción común a varios momentos históricos en diversas latitudes: la tecnología nos está haciendo perder humanidad, la última esperanza se halla en lo premoderno.

La fascinación por el mecha y los mundos alternativos continuó en las décadas siguientes, en las que se suma un aparente mayor intercambio cultural con Estados Unidos, que ha ejercido gran influencia en las excelentes Cowboy Beebop (estética y argumento propios del cine noir), Gantz (juegos de supervivencia al estilo de la película Saw) y My Hero Academia (un homenaje a los superhéroes de Marvel y DC). Sin embargo, la admiración de los japoneses por su raigambre cultural sigue intacta. «Samurai Heart» se titula el ending 17 de Gintama, uno de mis animés favoritos de CF y comedia. Gintoki es un exsamurai que vive en una ciudad llamada Edo, gobernada por los Amanto, alienígenas  que la conquistaron por la fuerza y luego impulsaron avances tecnológicos a cambio de eliminar gran parte de las prácticas culturales de antaño, entre ellas los samurai (¿suena familiar?). Gintoki se lo toma bien y convive en tensa calma con los extranjeros. Pero no aguanta injusticias flagrantes ni ver sufrir a sus seres queridos, y es así como siempre salva el día. Al parecer, por más cambios tecnológicos e influencia foránea, los japoneses jamás olvidarán que su elixir vital, lo que los mantiene humanos, se encuentra en lo más profundo de sus tradiciones: en su corazón de samurai, tal como ha consignado el manga de CF a lo largo de sus setenta años de vida.

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