Espacio eterno

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Ya que se han escrito bibliotecas sobre las bibliotecas, para no naufragar antes de ponerme a remar pensé que podía ser un buen punto de partida examinar qué dice el doctor Johnson sobre ellas y luego ponerme a escribir algo. Hombre de lecturas colosales, Samuel Johnson recibió encargos eruditos que lo llevaron a convivir largamente con libros –«hizo en solitario tareas que eran para academias enteras», se ha dicho más de una vez–, de manera que su juicio sería sin duda útil por tratarse de un conocimiento de primerísima mano. Qué mejor que comenzar comentando lo que dice una autoridad del más alto rango. Sentado en los hombros de un gigante, gran parte del trabajo ya estaría hecho; bastaría darle vueltas a un detalle por aquí y a otro por allá, agregar un toque personal en una tradición ya constituida o quizás del todo cerrada, y ya está. Para mi sorpresa, me encontré con un muro contra el que chocaron mis intuiciones sobre el valor de una biblioteca. Allí donde yo adivino un espacio eterno en el que nuestras vidas podrían proyectarse hasta su final, en una serenidad protegida y perfectamente climatizada, el doctor Johnson no ve más que un cementerio de egos portentosos, un lugar en el que las esperanzas humanas se desvanecen dando prueba de su futilidad.

A  Johnson  no  pareciera  interesarle  el  lugar en que los libros están; le importa el significado moral que provocan  cuando  son  contemplados en conjunto. Dice sobre las bibliotecas públicas en un ensayo publicado en 1751 en The Rambler: «Sus paredes enteramente tapizadas de gruesos volúmenes, fruto de laboriosas meditaciones y minuciosas investigaciones, hoy reflejadas únicamente en los catálogos y conservadas solo para ornato del pomposo saber, ¿quién sabría contemplarlas sin pensar en las horas perdidas en empeños vanos, en fantasías de postrer reconocimiento, en innumerables estatuas que solo admiró el ojo de la vanidad?». La idea de que la pequeñez del hombre es proporcional a su soberbia entraña una ceguera ante los bienes heredados. La existencia de las bibliotecas es antes que nada un triunfo de la civilización, independientemente de que mucho de cuanto guardan no sea más que papel impreso, un acopio de documentos sin destino. Esto lo tenemos bastante claro quienes nacimos y vivimos en países en vías de desarrollo. Hace poco escuché decir a una gestora cultural de renombre: «Fui criada en un lugar en que no había nada, ni cines, ni teatros, ni libros: Tocopilla».

El modo en que Johnson se relaciona con el pasado –con las obras del pasado– nos produce hoy extrañeza. En el prefacio de su Diccionario de la lengua inglesa, escrito en la misma época del ensayo que he citado, encontramos ideas que hoy difícilmente podríamos justificar, por ejemplo cuando dice que «las palabras obsoletas son admitidas cuando pueden encontrarse en autores no obsoletos, o cuando tienen una fuerza o belleza que merece ser recuperada». Como sabemos, Johnson fue un vigoroso crítico literario –T.S. Eliot lo ubica en el nivel más alto, siendo él también un crítico espléndido– y, en quien tiene el mayor sentido que hable libremente de la «fuerza» y la «belleza», censurar estas categorías por subjetivas sería censurar el ejercicio mismo de la crítica. Lo que llama la atención es qué puede significar hoy un «autor obsoleto». A mi entender, su opinión sobre las bibliotecas está determinada por el concepto de la obsolescencia, algo que parece ser definitivo: el autor cae en un pozo del que no lo sacará nadie.

Pero, ¿acaso no es nuestro modo de leer lo que vuelve a un autor vigente? Pongo en cursiva la palabra modo para subrayar la idea de que la vigencia no reside en que un autor sea de hecho leído. Vistas así las cosas, una biblioteca está poblada de eventuales sorpresas; sus más recónditos anaqueles seguro que esconden maravillas que perviven en las mareas del tiempo. Concluyo así que el alma de las bibliotecas reside en su condición latente, suspensiva. Quizás por eso nos llaman: algo nuestro –unas líneas en que nos reconozcamos y alegremos– puede que nos esté esperando allí, al abrir un tratado de botánica del siglo diecinueve en el que unas líneas luminosas nos describen una flor extinguida, o al observar un atlas astronómico en que se muestra la topografía lunar tal como era soñada hace cuatro siglos. Esto también vale para ciertas librerías de viejo, como en Santiago la librería El Cid de la calle Merced, o la de don Héctor Muñoz Tortosa en San Diego con avenida Matta, que en el fondo no son otra cosa que bibliotecas laberínticas con libros a la venta.

Biblioteca en el recreo

Estudié en el colegio Saint George.Tenía –tiene– una biblioteca bien provista. El lugar es amplio y a uno le daba la impresión de que estaba lleno de libros; aunque no todos estaban a la vista, había una sección oculta tras unos mesones. Solo el personal autorizado tenía acceso a ellos, pero a veces te daban permiso para meter la nariz en esas zonas poco iluminadas, cosa fantástica. Ya en kínder era costumbre visitarla en los recreos y entiendo que eso sigue siendo así. En la sección de literatura infantil había cojines y un amoblado de casa de muñecas; los libros de Teo de Violeta Denou, compuestos sobre todo de ilustraciones, y los títulos de la editorial Altea Benjamín –especialmente los de Janosch y Tony Ross– eran muy solicitados. Si la memoria no me falla, nunca dispuse de un Teo para mí solo: había que verlo de a varios, negociando cuándo pasar la página; tal vez había en ello un fi pedagógico. Nos encantaban los cortes transversales que te permitían ver el interior del avión donde Teo viajaba. He preferido no volver a mirar estos libros porque podría romperse el hechizo.

La biblioteca de mi colegio se volvió para mí un lugar familiar; en mi casa no había prácticamente nada que leer, salvo dos o tres novelones lateros y una enciclopedia española que logró aliviarme innumerables tardes de aburrimiento veraniego, mientras esperaba «en reposo» que pasara el tiempo después de almuerzo para ir a bañarme a la piscina sin correr el riesgo de morir ahogado por un calambre. Pero los servicios que puede prestarle una enciclopedia a un niño son muy limitados. Me gustaba sacar de la biblioteca libros que no eran parte de las lecturas obligatorias o recomendadas. No sé cómo estaban organizadas sus secciones; quizás empleaban un criterio de relevancia, pues con mi amigo Tomás Sanfuentes  dimos  con  un  anaquel  compuesto exclusivamente de títulos que no sacaba nadie, algo así como un depósito de poco uso pero accesible. Nos gustaba olerlos y mirar las tarjetas de préstamo de esos libros para ver cuándo se habían pedido por última vez. El caso de la novia curiosa, por ejemplo, no había sido sacado desde 1955. Naturalmente, nos interesó; un libro que lleva treinta años cerrado algo debe guardar. Lo leímos: no estaba mal.

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También nos atraían las nuevas adquisiciones, especialmente las que estaban en la mesa («hola, soy nuevo aquí, léeme») y aún no habían sido prestados. Un hallazgo fue El largo camino de Lucas B., una historia de la que he olvidado todo salvo la existencia de un anciano que hablaba de su pasado a cambio de ron, no recuerdo si en la cubierta o en la bodega de un barco a vapor. Me identifiqué con el protagonista; más exactamente, quise ser él. Tenía catorce años y yo doce. Me pareció plausible que en dos años pudiera llevar una vida aventurera similar a la suya. No fue el caso y no me importó, pues al poco tiempo caí en la cuenta de que ya había sido ese tal Lucas y que podía convertirme en otros, por ejemplo en Daniel, el héroe sufriente de El diario de Daniel, a quien padecí durante un par de semanas, en las que sentí el deseo de estar enamorado y «compartir mi cuerpo» –el libro abundaba en eufemismos de inspiración católica– con una mujer que me quisiera de verdad. Tuve que esperar mucho para que siquiera la sombra de eso cuajara en el mundo real.

Pero cuando más quise estar en la biblioteca de mi colegio fue cuando partí, a los quince, a mochilear al sur con el grupo de boy scouts al que pertenecía. Mi amigo Juan Pablo Soucy se quedó en Santiago durante enero. Fue algo voluntario. Nos dijo que sus vacaciones consistirían en ir todos los días a la biblioteca a leer la serie completa de Lobsang Rampa. Me lo imaginaba absorbido por esos libros en el rincón que a mí gustaba usar, en el segundo piso, junto a los raídos mamotretos de la Espasa Calpe. El mochileo fue óptimo (al bajarnos del tren en Victoria nos cortamos el pelo como mohicanos); sin embargo, los recuerdos más nítidos que guardo son de mi amigo leyendo en la biblioteca, solo, rodeado de cientos de miles de palabras que estaban a la espera de sus lectores.

Un fin en sí mismo

Para escribir estas páginas he venido a sentarme con mi computador en la biblioteca Marcial Martínez de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Es un lugar donde solo se admiten –lo dice una hoja tamaño carta en la entrada– estudiantes de posgrado; hay silencio y, si uno aguza el oído, puede sentir a veces cómo alguien pasa las páginas de un libro. Está en el subterráneo de un edificio de los años treinta. Tiene estantes de madera, lámparas verdes y retratos de ancianos con monóculo y la mirada pensativa. Hay algunos bustos solemnes de sénecas y cicerones, seguramente donados por egresados de esta escuela que dieron vueltas por Europa y nunca olvidaron su alma máter. Redacto estas líneas mientras en plaza Italia, al otro lado del río, hay disturbios, estudiantes que marchan y exigen educación de calidad y políticas de financiamiento que no hipotequen su futuro (cito de memoria lo que dijo ayer un diputado). Me pregunto cuántos de ellos habrán visitado una biblioteca como esta, y si alguno tiene en mente por qué un lugar así debe ser defendido en nombre del espíritu y no solo de la educación.

Releo los párrafos autobiográficos de  arriba. Las bibliotecas educan a su manera: en la disciplina del silencio y el estudio –en concentrarnos durante horas en una misma actividad intelectual, cosa cada día más difícil–, y también nos recuerdan los océanos de ignorancia en que navegamos. Océanos muchas veces saludables, la verdad sea dicha, ya que un exceso de saber puede paralizar la acción o incluso el pensamiento, y es liberador ver en los anaqueles aquellos títulos de los que podemos prescindir no solo nosotros sino la especie humana en general, salvo los investigadores académicos profesionales.  La  curiosidad  sobre la que he hablado corre por un carril distinto de aquel por donde va el conocimiento. Los tomos dormidos no son una tarea pendiente, son la antípoda de ese personaje deprimente de La náusea de Sartre, quien pasaba sus días en la jaula de un plan absurdo: leérselo todo.

Desde mi mesa veo, empastados en cuero viejo, los cien tomos de la Colección de documentos inéditos para la historia de España. Le pregunto a uno de los bibliotecarios si desde que él trabaja aquí alguien le ha pedido alguna vez la llave de esa sección para consultar un volumen. «No que yo recuerde.» Jubilará dentro de poco y podría decirse, sin dramatismo, que ha envejecido desde que era joven al interior de esta formidable cripta. Un poco más allá hay libros de filosofía cuyo aspecto parece todavía más antiguo: se los indico. El bibliotecario parece comprender  en qué ando; abre la puertecilla de vidrio y me anima a tomar uno, donde se lee: George Berkeley, De motu. Es el breve escrito del pensador irlandés sobre el movimiento. Qué paradójico: el libro ha estado quieto quizás desde el día en que se fundó la Universidad de San Felipe –de la cual nació la Universidad de Chile–, rigurosamente no leído durante siglos. Lo abro, paso los dedos por el polvo acumulado en su canto superior y regreso con él a mi mesa. Leo al azar:

Revera, ope sensuum nihil nisi effectus seu qualitates sensibiles, & res corporeas omnino passivas, sive in motu sint sive in quiete, percipimus: ratioque & experientia activum nihil praeter mentem aut animam esse suadet. Quidquid ultra fingitur, id ejusdem generis esse cum aliis hypothesibus & abstractionibus mathematicis existimandum; quod penitus animo infigere oporter. Hoc ni fiat, facile in obscuram scholasticorum subtilitatem, quae per tot saecula, tanquam dira quaedam pestis, philosophiam corrupit, relabi possumus.

No sé latín, pero eso no me impide mirar el texto, de la misma manera en que miro el libro y el lugar donde estoy. Puedo intuir el significado de la expresión obscuram scholasticorum subtilitatem, que debe referirse a las alambicadas sutilezas de la escolástica, y puedo imaginar casi automáticamente una escena remota: un grupo de monjes ataviados con sacos harineros tejen en una mazmorra los sofismas que siglos después serán empleados para justificar una dictadura como la nuestra. Mirar así un texto es un fin en sí mismo, similar a dar un paseo o escuchar la lluvia sobre el tejado. Las bibliotecas son también un fin en sí mismo, en las que se junta el amor a los libros y la buena costumbre de contemplar el vacío; desde luego lo es la biblioteca del monasterio Strahov de Praga –en la que se conservan alrededor de 200.000 libros antiguos y es algo así como un paraíso en la Tierra, según me han contado, pues de ella solo he visto fotos–, pero también lo es la de mi amigo Óscar Velásquez, donde he pasado semanas editando con él un diálogo de Platón, o la mía propia, sin duda modesta, pero que alcanza a producir eso que podría llamarse la «sensación de las bibliotecas», especialmente de noche, cuando las persianas se han cerrado y todos se han dormido.

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