Escribir como negro

La expresión “escritor fantasma” sería poco más que un anglicismo traducido a la carrera –la invisibilidad está mejor asociada con los espíritus que con los fantasmas en español– si no la hiciera un poco antipática su corrección política. En México, como supongo que será en la mayor parte del territorio de la lengua –aunque en realidad eso no tenga ninguna importancia–, el encargado de concederle cierta ortodoxia gramatical y un orden narrativo a lo dicho por alguien que no tiene ni el tiempo ni la gracia que se necesitan para poner algo por escrito se llama “negro literario”: el ya venerable racismo hispánico en su expresión más jugosa y brutal.

Así como hay algo de espiritual en la palabra “ghost” que definitivamente no tiene la palabra “fantasma” –nadie diría en español que los apóstoles fueron iluminados por el fantasma santo–, ese rotundo “negro” que apeló en algún momento a expresar la noción de esclavitud, remite menos a la invisibilidad de los fantasmas que a un vacío. El negro literario es una persona ocupando un lugar que carece por completo de existencia para los demás: está más allá de lo que sea porque es abyecto, alguien cuyo don es la negación perfecta de sí mismo.

En años de necesidad, que son casi todos si uno además de ser escritor tiene la facultad de reproducirse, he escrito muchos y horrendos libros de temas de superación personal o supercherías posmodernas: neotemplarios, ángeles, vibras, curas milagrosas. Todos los he escrito con seudónimos que ya nadie recuerda y que se irán conmigo a la tumba: fui, en esos casos, el negro de mí mismo; elegí no la invisibilidad, sino la negación de lo que soy, que está casi todo contenido en el nombre que porto con la dignidad que puedo.

No he escrito un libro que firmara otro. He, sin embargo, escrito todo lo demás que podría requerir alguien que necesita un poco de ayuda. Soy un negro, más que literario, fragmentario.

Hice y sigo haciendo de vez en cuando prólogos y cartas que otros mandan. He alzado artículos, escrito correos electrónicos, alocuciones, notas, incluso polémicas. Siendo joven trabajé para un autor famoso cuyos libros de promoción para un número infinito de periodistas dedicaba incansable y sentimentalmente en la oficina. El trabajo que he hecho para políticos de todas las raleas –incluidas las buenas– es inabarcable. En una ocasión mi mujer reconoció mi estilo en alguna de las tarjetas que se habían colado en un discurso del presidente. Que haya notado mis discretas aportaciones era lo menos que se hubiera esperado de ella, aunque su reacción fue más bien inquietante: no me apretó la mano sino la entrepierna.

También le he aplaudido a algún ministro un párrafo que me quedó francamente emotivo. Mi figurón favorito era una secretaria de Estado a cuyo establo pertenecí –el verdadero caché estriba en tener más de un negro– y que decía mis discursos con todos sus puntos y comas sin consultar nunca el papel que llevaba solo como un amuleto. “Los lee en el coche y se los aprende”, me dijo un día uno de sus asesores. Yo recordé la historia de las exequias de López Velarde, que no se consagró por ser el mejor y más delirante poeta de un siglo mexicano cuajado de mejores poetas delirantes, sino porque José Vasconcelos le acababa de publicar “La suave patria” en la legendaria revista El Maestro y el presidente Obregón se había aprendido el poema cuando lo leyó por primera vez en el coche justo en la madrugada de su muerte. Pidió ir al sepelio y lo repitió completo ante el asombro de la modesta República de las Letras del año 21 del siglo pasado. Obregón era ese tipo de general: su intervención en un acto público más bien sin importancia terminó para siempre con la carrera de Alfonso Reyes como primer poeta del país y lo enclaustró, para nuestra fortuna, en el mundo del ensayo.

En los años noventa trabajé durante unos ocho o diez meses en la redacción de una revista de muchísimas páginas cuyo contenido escribíamos casi completo mi compadre –hoy un poeta muy reconocido– y yo. La revista no pagaba colaboraciones y tenía tan poca circulación, que no escribían en ella ni siquiera nuestros amigos, de modo que teníamos tantos seudónimos que nos confundíamos. En algún número el crítico de arte resultó autor de los horóscopos. Para que no nos volviera a suceder, elegíamos nombres al azar y los mezclábamos. El juego de las combinatorias acabó en desaguisado legal: integramos un nombre inventado y resultó el de un articulista de la prensa vespertina. Lo estadísticamente imposible no era, por cierto, que le hubiéramos atinado al grupo de sílabas que respaldaba a un autor –si no de verdad cuando menos con existencia cuantificable–, sino que ese autor hubiera tenido acceso a nuestra revista, que por su volumen de devoluciones no podría haber tenido muchos más lectores que él mismo.

Por esa misma carretera, la del negro fragmentario, corre el que tal vez haya sido el más singular de mis empleos. Durante el año imperdonable en que supuse que mi vocación era hacer películas –los 19 son siempre imperdonables–, me inscribí en una escuela de cine que siempre me hizo sentir que era mejor que yo. No aprendí nada y me aburrí muchísimo, pero conocí a La Huesos Castillo, que además de hacer cortometrajes que se arrastraban como largos de Fassbinder, era hija de un productor de truculentas películas de policías y matones.

Las películas de Benjamín Castillo –padre de La Huesos– ni contaban para la industria de por sí triste del cine nacional, ni duraban mucho en las carteleras de la capital, pero se mantenían para siempre en cines de provincia en los que la gente iba a verlas más de una vez, supongo que para demostrarse a sí misma que había algo peor que el pueblo asfixiante en el que vivía. Además tenían la misteriosa peculiaridad de ser éxitos de videoclub entre los inmigrantes hispanos en Estados Unidos. Se estrenaban al mismo tiempo en los cines nacionales que en los circuitos de video norteamericanos, lo cual hacía de don Benja, ahora que lo pienso, un pirata de sí mismo.

En el año tan tedioso en que yo le recomendaba a La Huesos que experimentara con el cortometraje de dos minutos como medio único para mantener a sus espectadores despiertos durante toda la historia que contaba, Castillo y Asociados pegó un hit formidable recreando la vida y milagros de un jefe de policía tan inverosímilmente corrupto que se construyó en las faldas del Ajusco una réplica del Partenón como casita de fin de semana. El palacio habría sido idéntico al de Atenas –salvo porque el mármol era negro– de no ser porque el policía le agregó en los sótanos sofisticadas mazmorras de tortura para cuando se llevara el trabajo a casa.

El éxito de aquel clásico del biopic nacional fue tal, que don Benja decidió repetirlo en una escala menor de producción: no hacer una película mensual sobre un escándalo político, pero sí una fotonovela quincenal, que además tenía la ventaja de poder ser ligeramente más pornográfica. Me mandó llamar porque le parecía que el género suplicaba un autor más literario y La Huesos le había contado que yo vivía de escribir sobre libros en un periódico. Lo fui a ver.

No había nada en el mundo de don Benja que fuera siquiera comprensible para un universitario de laboriosa clase media intelectual como yo. Su despacho ocupaba el fondo de un galerón que debió ser originalmente una nave industrial, quiso ser un foro y era más bien una bodega. El área de oficinas, adosada violentamente al fondo de la nave, había sido remodelada de modo que recordara la arquitectura californiana de los años cincuenta: tejas, balaustradas, muros blancos –todo empotrado en una superficie a la que ni siquiera le daba el sol.

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El umbral mismo de las oficinas aniquilaba lo que hubiera podido quedar de la fantasía hollywoodense –si la precariedad la hubiera permitido de verdad–: adentro de las oficinas la luz era como de quirófano, había muchos escritorios destartalados y vacíos, archiveros de periodos disímiles, todos abiertos como si hubieran sufrido un cateo; una única secretaria de tetas imposibles a la que ya había visto hacer de vedette en la película sobre el escándalo del policía corrupto.

Lo está esperando el ingeniero, me dijo la exótica con una eficiencia y seriedad tan inopinadas como la voz tipluda que la había imposibilitado para hacer papeles que involucraran vestuario de cualquier tipo. Crucé la puerta de la oficina de don Benja francamente aterrado y me senté frente a su escritorio dispuesto a sacar en claro que a lo mejor dedicarse al arte anímicamente letal de hacer películas tal vez no estuviera tan mal.

Era un hombre mayor de 50, con calvicie prematura y un churro de pelo mal arremolinado en la cabeza. Fumaba Benson and Hedges. Me tendió la mano con una sonrisa estupenda y se levantó a servirme –sin preguntar– un gintonic que acompañara al que ya reposaba en su escritorio sobre el portavasos robado de un hotel de Las Vegas. Tardamos un tanto en entrar al tema, pero nos caímos muy bien. Tanto que antes de discutir el negocio que nos juntaba ya me había hecho un tour por la suite de hotel de paso que escondía detrás de un librero abatible de su despacho.

Algo de lo anterior que he dicho podría estar un poco exagerado o hasta ser mentira, pero lo del departamento oculto tras la oficina de don Benja juro que era verdad. El cuarto tenía una cama circular con sábanas satinadas, jacuzzi, un silloncito rojo pasión. Mira nomás qué buenas telas, me dijo palpando con devoción entre dos dedos unos cortinajes de terciopelo que parecían más bien la capa de un luchador.

Por esos tiempos yo no había visto nada, de modo que me sentía incómodo, tal vez no tanto por la cercanía que por entonces ya tenía con su mujer y sus hijas, como por el hecho de que la cama estaba deshecha y tachonada de medallas. No sé si se pueda decir de don Benja que era un gran conversador, pero era gentil y decía una cosa hilarante tras otra, tirando sin preocupación la ceniza de su cigarro en una alfombra blanca y muy afelpada que a mí me incomodaba pisar con los converse raídos que había traído de la calle.

Ya de vuelta en el escritorio, platicamos un poco más de mi circunstancia y la suya y terminó por venderme magníficamente el negocio de las fotonovelas softporno. Me convenció con dos sonrisas como zarpazos de que con mis conocimientos del arte tan misterioso del guión era suficiente: Si ya te dedicas a reseñar libros de Cicerón todas las semanas, me dijo enigmáticamente y sin ironía, hacer esto no te va a costar nada.

Una vez que me tuvo en la bolsa, me explicó las reglas del juego: las fotonovelas tenían 32 páginas y había que elegir cada 15 días un escándalo político que resistiera varias semanas. Había que plantear el relato en contextos ficticios y cambiar los nombres de los personajes, pero los hechos tenían que ser reconocibles por cualquiera que viera la tele. Me iba a pagar un dineral y dar crédito de portada si mis guiones funcionaban, o un muy buen dinero y coautoría si él tenía que trabajarlos.

Al final de nuestra entrevista, me dijo: Tiene que haber mucho sexo y mucha violencia, pero las historias tienen que ser bonitas: finales que hagan llorar a los lectores. Los malos tenían que perder obligatoriamente, aunque no importaba si en el camino se morían los buenos. Todos los personajes femeninos se tenían que ir a la cama con alguien, menos la heroína; el héroe, si uno quería, se podía acostar con otras.

La velocidad a la que se bebía sus gintonics y la cortesía salvaje con que rellenaba mi vaso cuando se terminaba el suyo me puso en plan de cerrar el trato con seguridad. Te traigo el primero la próxima semana, le dije, convencido de que el reto era minúsculo para alguien que, como yo, reseñaba libros de Cicerón todo el tiempo.

Me pasé un día completo estudiando periódicos de nota roja en que se alternaban cadáveres y culonas, en busca de la escaleta maestra para la entrega de la siguiente semana. Al final encontré una historia que tenía sexo, violencia y duración. En una redada en un barrio mortal había caído una banda de traficantes de drogas y mujeres; los arrestados confesaron pronto que el cerebro de su negocio era el cónsul de un país centroamericano que, debido a su estatus de diplomático, no podía ser detenido. La república hermana a cuyo cuerpo diplomático pertenecía el personaje de marras había tomado a ofensa la denuncia del gobierno mexicano y las relaciones entre ambas naciones estaban en un impasse que no se superaría hasta que el cónsul fuera expulsado, despedido y perseguido por la Interpol.

La historia tenía la ventaja de poder rebosar de cogidas siniestras y festines distinguidos. Además nutría la xenofobia mexicana: los malos eran extranjeros. El secreto del cónsul podría costar un buen par de muertos y se podía incluir escenas de tortura de los maleantes antes de que confesaran quién era el autor intelectual de sus delitos. Los periódicos llamaban al político en desgracia “el narcónsul” por lo que modifiqué sus calidades y llamé a mi guión “El narcoembajador”. A la semana exacta cumplí con la entrega, que en mi opinión era durísima.

Don Benja leyó el guión frente a mí. Estaba un poco hinchado, sin saco ni corbata. No todos los botones de su camisa coincidían con sus ojales. Al final infló los cachetes y chasqueó los labios, sacudiéndose la cascadita de pelo del coco. Le falta carácter, concluyó tendiéndome los papeles en señal de que aún debía trabajarlos. Se despidió de mí ya de pie y empujando el falso librero que conducía a su guarida.

Volví a la semana, con una genuina marranada entre manos. Si en la primera versión había descrito escenas de fantasía adolescente, para ésta incluí cuadros amorosos que habrían ameritado la puñeta de alguien sano y escenas de violencia sexual que habrían merecido la de un enfermo. Las muertes de los malos eran obscenamente lentas y sangrientas.

Don Benja leyó la segunda entrega sin desmelenarse, tal vez porque no tenía prisa: todavía llevaba el traje completo. Al final movió la cabeza de lado a lado con los hombros alzados, como para afirmar que no estaba tan mal. Dijo con firmeza: Coautoría, y abrió un cajón de su escritorio del que extrajo un sobre de efectivo para mí. Luego se animó a opinar: Has leído demasiado, mi Álvaro, los personajes están románticos, como de Shakespeare. Tomó su pluma fuente del lapicero y cruzó mi nombre de la portada del manuscrito. Alzó la cara para decirme: A la siguiente ponle más fibra. Regresó a los papeles para escribir debajo del tache que me había borrado: Benjamín Castillo.

Ni esa ni ninguna de las demás fotonovelas llevó mi nombre. Nunca tuve la curiosidad de abrir una para ver cómo le había arrancado lo shakespearano a mis matones.

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