Esa no soy yo

UNO

“He pasado escondiéndome toda mi vida”, dijo la mujer a mi lado en el vagón del metro. Lo dijo exactamente así, con esas seis palabras y una media sonrisa entre triste y resignada. Se lo dijo al que presumo era su marido o amigo eterno, un señor de manos doctorales, volviendo al barrio alto de quizás qué trámite desagradable en el centro, ella con su vestidito verde musgo de señora bien, con nietos y anillos finos. No escuché más porque soy pava y mala periodista, pero no he olvidado esas palabras. ¿De qué se habrá estado escondiendo la veterana durante toda una vida? ¿Y cómo, cuál habrá sido su táctica, su modo operativo? Imaginé una oscura herencia, un talento perdido. ¿Modelo de postales porno en los años cuarenta? ¿Ayudista de Patria y Libertad? ¿Amante del viejito que iba a su lado en el metro, una mujer que se ha sentido por años y años como un libro sacado en préstamo de la biblioteca, como dice Lorrie Moore en un cuento sobre mujeres que son amantes, es decir seudónimos del amor?

DOS
Hay quienes han pasado escondiéndose toda su existencia, pero nunca se lo cuestionan porque esa es su forma de vida: los ladrones profesionales, los tímidos sin remisión, los falsificadores de cuadros, los conductores de trenes nocturnos (¿quién los ha visto?). También artistas y plumíferos de todas layas que no quieren o no pueden ver sus nombres de bautismo junto a las obras que interpretan o producen. Algunos lo hacen a plena luz porque el ocultamiento se produjo temprano y por razones vulgares, relacionadas con la chequera o los requerimientos mínimos de una carrera al estrellato. Farooksh Bulsara usó el nombre inventado de Freddie Mercury para vender más discos, y la transformación nominal de Marion Morrison en el rudo John Wayne digamos que es bastante autoexplicativa. En la literatura hay una tradición del pen name que no creo necesario volver a contar aquí, sobre todo porque no me la sé, aunque en el caso chileno, hablo de hace cien años o algo así, imagino que correspondía más a un gesto estético que a una compulsión por pasar inadvertido. Elvira Santa Cruz Ossa, Inés Echeverría y Mariana Cox Stuven firmaban como Roxane, Iris y Shade, respectivamente, pero no creo que eso haya despistado a nadie sobre su verdadera identidad, en una sociedad de escasos lectores y donde es muy posible que todos supieran quiénes eran, dónde vivían y hasta cuánto calzaban estas señoras regias con sensibilidad. Alberto Edwards publicó La fronda aristocrática en forma de fascículos en El Mercurio bajo las iniciales E.U.P., El Último Pelucón, como al parecer lo llamaban sus amigos, pero, ¿quién, de los quiénes que importaban, no iba a saber que se trataba de Alberto Edwards? (A propósito de este apellido ineludible, el inútil de la familia, Joaquín Edwards Bello, tan brillante el hombre, no se esmeró mucho para ocultarse al firmar su vanguardista poemario Metamorfosis, publicado en París con el seudónimo de Jacques Edwards.)

Tilda Brito escogió llamarse María Monvel, Benjamín Subercaseaux publicó sus primeros libros como Lord Jim, Alberto Rojas Jiménez fue Pierre Lhéry, Emilio Vaisse firmó como Omer Emeth (en hebreo, “el que dice la verdad”), Hernán Díaz Arrieta (nuestro Greto Garbo) fue Alone, Mario Silva Ossa tomó su Coré del nombre de un ángel rebelde y César Müller se fabricó su inolvidable Oreste Plath con la rebuscada mezcla del hijo de Agamenón y la marca de una cuchillería alemana (su mujer, Josefina Pepita Turina, no necesitó inventar nada). Todos nombres artísticos resonantes, bellos, gruesos, pensados y repensados con varios propósitos, entre los cuales esconderse toda la vida no debe haber sido de los más importantes.

TRES
Me interesan más los seudónimos que se escogen por su cualidad invisible. En los años de represión militar, los dirigentes políticos en la clandestinidad debieron usar “chapas”, nombres falsos, para sortear la persecución y reorganizar o mantener las redes partidarias y de resistencia a la dictadura. Camilo Escalona pasó a ser Sebastián, Carlos Altamirano fue Roberto y Eugenio Tironi un tal Martín. Jaime Gazmuri fue sucesiva o simultáneamente Hugo José Manuel González y Joaquín Alfaro. Gladys Marín, la de la minifalda y las lindas piernas, debió aprender a volver la cabeza si oía que alguien llamaba a Virginia Castro, Cecilia Fritz, Carmen Rojas e Isabel Rojas. Ella fue todas ellas.

Uldarico Donaire, consciente, supongo, de que no había ninguna posibilidad de pasar inadvertido en Chile con su nombre visigodo y su apellido de vodevil, fue previsor y ya llevaba veinte años encargado de control y cuadros del PC con la chapa de Rafael Cortés cuando fue apresado en la ratonera de calle Conferencia, en mayo de 1976.

Todos nombres perfectamente olvidables, sin sustancia, sin sonoridad, inasibles, transparentes, delgados como mi hijo visto de lado, como un suspiro que pasa y nadie oye. ¿Quién se va a acordar de un Rojas, de un González? (Y en otra época, otro sino, ¿quién, buscando las cuentas bancarias de una persona de ínfima calidad llamada Augusto Pinochet, iba a dar fácilmente con un opaco millonario llamado Daniel López?)

Algunos, sin embargo, y quién podría culparlos, no pudieron resistir la tentación de retener algo de sus vidas pasadas, algún elemento que les hiciera compañía en la impostura heroica y obligada, un nombre o un trozo de nombre que tuviera alguna relación con lo que era su mundo antes de la debacle y la muerte. Gazmuri cambió su Jaime por un Joaquín teniendo en mente al Joaquín Murieta de Neruda. Gladys Marín usurpó la identidad de Cecilia Fritz, hermana de su gran amiga de la infancia Marta Fritz.

Uno de los pocos ejemplos que conozco de dirigente político que no hizo el menor caso de la prudencia más elemental fue el de Eugenio Díaz, de la Izquierda Cristiana (qué tiempos), quien usó la chapa de Ignacio Cienfuegos. Quizás fuera una buena idea. Pero todo indica que era pésima, si el objetivo era pasar piola. The real Ignacio Cienfuegos fue un cura patriota, héroe de la Independencia, en algún momento presidente de un joven Senado y luego obispo de Concepción. Un cura revolucionario. Por todo Chile hay calles que lo recuerdan; en Santiago es aquella donde durante cincuenta años estuvo la sede de Colo-Colo. Y estaba el espinoso asunto de Camilo Cienfuegos, revolucionario cubano que no alcanzó a poner las barbas en remojo porque murió el mismo año 1959, en lo que cómodamente llamaremos “un confuso incidente”. Desde entonces era reverenciado en los círculos de izquierda y más conocido que el hambre en todos lados. ¿Por qué entonces abandonar un nombre blanco, inocuo, liso como el agua, como la nada, y adoptar uno tan marcado, tan rojo y definitivo?

Porque hay momentos en la historia en que un nombre no es solo un nombre sino una señal, una actitud, una bandera. Y así Eugenio Díaz pasó a llamarse Ignacio Cienfuegos. Pero también Bosco Parra fue Ignacio Cienfuegos, y todos los jefes políticos de la IC en la clandestinidad fueron Ignacio Cienfuegos. Qué tiempos.

CUATRO
Tengo debilidad por los nombres que parecen seudónimos. Es un gusto infantil, si se quiere, pero no los colecciono mentalmente para reírme de ellos sino porque me producen curiosidad. Pero mucha curiosidad. ¿Cómo viven sus vidas el conserje Ángel Custodio y los destacados académicos Chamarrita Farkas y Perfecto Cuadrado? ¿Qué especie de justiciera enseña radical andante quisieron conformar José Acuña y Mercedes Mena al bautizar a sus hijos como Justicia Espada –la primera ingeniera chilena–, Sansón Radical, Arquímedes Capitán, Australia Tonel, América del Sur, Tucapel Arauco, Chile Mapocho y Grecia Brasil? ¿Y los padres de Luxem y Edim Burgos, candidatos a concejales DC en varias ocasiones? Los hermanos de Arcalaús Coronel, político radical también, se llamaban o llaman Lohengrin, Esplandián, Moctezuma, Mistral, Lila, Beethoven, Galatea y Scherezada; de niños, ¿cómo los habrá llamado su madre para que entraran a tomarse la leche? Del contador Luis Cajas cualquier cosa que se diga es un pleonasmo. Otros nombres de personas reales que parecen de cuento son Percy Panduro, un joven peruano que conocí hace años, y por supuesto Aristóteles España. En el fútbol, Alicio Solalinde, Emanuel Centurión, Darío Muchotrigo o Razak Pimpong tienen asegurada la lámina en el álbum de la memoria. Quizás sus nombres me sorprenden por pura ignorancia y Pimpong es un apellido corriente en Ghana. Quizás Filma Canales nunca pensó que iba a dedicarse a la crítica de cine. Quizás a ninguno de ellos esto les parece extraño.

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CINCO
Yo tuve seudónimo alguna vez. Paso volando por encima del horroroso “Hécate” con que firmé un opúsculo colectivo, no sé ya si en contra o a favor de la pena de muerte, en mis años de estudiante de derecho. También planeo sobre el “Señorita Avellaneda” con que se me conoció por un tiempo determinado en un lugar determinado, básicamente porque no he podido resolver qué es más ridículo, si inventar o decir la verdad sobre el apodo: la opción a) me llevaría a decir que era por el personaje de La tregua de Benedetti; la opción b), a reconocer que por entonces trabajaba de secretaria sin la menor experiencia en un negocio llamado Comercial Avellaneda. Disculpe, eran tiempos extraños. Luego escribí, siempre poco, y me daba vergüenza ver mi nombre en letra impresa. Demasiados años de tediosos chistes escolares con mi apellido: oye, Paleta, pucha que eres Paleta, etcétera. Entonces escogí firmar como Inés Colombo. Fiel a mi siutiquería infinita, el nombre era por los versos del Juan Tenorio de Zorrilla (“Doña Inés del alma mía. / Luz de donde el sol la toma, / hermosísima paloma / privada de libertad; / si os dignáis por estas letras / pasar vuestros lindos ojos, / no los tornéis con enojos / sin concluir, acabad”). El apellido fue por un recuerdo del siglo pasado; fue porque, desde los nueve o diez años, yo quise tener precisamente ese apellido.

SEIS
Como en los cuentos, eran tres hermanas. Las conocí una noche en el comedor de un hotel talquino que ya no existe. Eran mayores que yo, eran lindas, tenían la piel de una campesina rumana –como decía Albert Cohen–, eran las primas de mis primas, y me hicieron tanto caso como a un zancudito invisible. Para peor, o bien para mi maravilla, tenían unos nombres preciosos, raros encontraba yo, inolvidables: Carmina, Lía, y la tercera no me acuerdo (parece que no eran tan inolvidables). Su apellido era Colombo, y desde entonces pienso que la vida no es justa. Colombo es de una sonoridad portentosa. Oh, el efecto tranquilizador de la triple “o”. Y suena a Cristóbal Colón, a palomas, a mambo, a poesía mulata: Colombo sóngoro cosongo. Años después me apropié del botín sin dolo pero sin permiso, y siempre me he sentido algo culpable, como si no tuviera derecho a ser la cuarta hermana imaginaria del clan Colombo, el de las campesinas rumanas de nombre inolvidable.

SIETE
En los concursos literarios los seudónimos son moneda corriente; así el jurado puede elegir a los mejores sin verse influido por la fama o el mal genio de los escritores conocidos. El sistema de plica o lema también sirve a los concursantes: se ahorran la vergüenza de perder ante un par al que detestan, y pueden volver a enviar el cuentito al siguiente concurso. En un mundo ideal los seudónimos escogidos no deberían importar, ser solo un asunto mecánico, neutro; pero somos humanos y el cuore nos traiciona a cada rato. Son escasos los escritores que usan el nombre de un hermano y el apellido de una tía querida, por ejemplo. La mayoría aprovecha la instancia para mandar un mensaje, para hacer un guiño inteligentísimo que solo los jurados que ellos admiran están destinados a captar. Manuel Rojas mandó lo que luego sería Hijo de ladrón a un concurso de la SECH con el título de Tiempo irremediable. Le fue pésimo, los jurados (entre ellos Eduardo Barrios) no entendieron nada y le dieron el premio a Infierno gris, de Joaquín Ortega Folch, que no sé quién fue. Pero si no entendieron la obra maestra que tenían delante, menos les hizo sentido el seudónimo escogido por Rojas, Torestin. Era su homenaje a una novela de D.H. Lawrence, Canguro, donde había un hotelucho llamado To Rest Inn.

Por supuesto muchos usan su imaginación genuina y su espíritu juguetón en buena lid: Alejandra Costamagna fue finalista del Planeta-Casa América 2007 concursando como A. Torrant. Le ganó un tal Salvatrio, que resultó ser Pablo de Santis. Pero otros esplenden de fuegos artificiales queriendo llamar la atención y solo producen repelús, como dicen en la metrópoli [inserte aquí su anécdota favorita]. Esos seudónimos boicotean a su dueño sin querer, porque el juego de palabras fome no presagia un buen manuscrito; quizás exagero con esta maña, pero los “Roberto Delaño”, “John Chévere” o “Ernestina Sábata” dan un poco de sueño. En el concurso Roberto Bolaño 2006 fue finalista un cacofónico Nicanor Cortázar, pero lo ganó, en dos categorías, novela y cuento, Felipe Becerra con el lema de Juan Raro. Seguro que el premio está muy bien dado, pero reconozcamos que además el seudónimo era irresistible.

OCHO
Otro festival del seudónimo es Twitter. En esta red social, gente perfectamente adulta no usa su nombre sino un nombre inventado. Claro, son gente seria, a veces importante, son funcionarios, o tienen cargos académicos, o trabajan en una empresa y quieren decir cosas que su jefe no quisiera que dijeran. O quizás simplemente no les da la gana de poner su nombre, tal como no les da la gana de poner una foto suya. Yo no pongo una foto mía: no doy la cara porque la necesito para otras cosas.

Pero no hablo de eso. Si quisieran esconderse bien escondidos usarían nicks como @juangonzalez o @xyz. Hablo de esos seudónimos que revelan mucho más que un nombre. De esos que son todo un programa: @curvaspoliticas, por ejemplo. O @matadero5, lindo homenaje a Kurt Vonnegut. O @elquenoaporta, que aporta humor y clases de ortografía, o @Juanarivers y @anahuintur, graciosas policías de la moda en la política chilena. La cosa se pone aun más interesante cuando al anónimo más absoluto se agrega una declaración de principios imponente y misteriosa: «@Señorita Pe: Guachaca intelectualoide», o «@La Artifice: Señora amante de las medias de seda, la política, las artes y la ultrapornografía. Dedicada a la prostitución y la docencia». ¿No quiere usted desesperadamente conocerlas?

Yo sé que @lacolorina no es colorina, pero me gustaría saber si @tamaritabiscuit tiene cara de galleta. A @zoltankarpathy lo conocí en su versión amigo de mi padre, por eso me hace gracia que escoja llamarse como el guatón húngaro de My fair lady, el rival del profesor Higgins. La académica y crítica literaria Patricia Espinosa es @frauelse en Twitter, lo que no deja de ser inquietante. @Insurrecta es una excompañera de universidad a la que me gusta imaginar como una operadora política de las que el gobierno dice que permanecen en el aparato estatal, como el agente 13 de Maxwell Smart, filtrando instructivos mientras espera a la 99 escondida dentro de un mueble.

Estas personas no son artistas y no todas quieren realmente ocultar su identidad, puesto que estampan sus datos en su biografía. Lo que hacen es mostrar algo de sí mismos que nadie sabía: que les gusta cantar, que tienen talento para el aforismo, que les importa la geografía, que tienen un pequeño fascista interior, que anhelan algo más de la vida. Lo que hacen es darse un espacio para jugar, para adoptar rasgos de sus héroes personales, para admitir que son solo niños con ropa de grande. A veces me parece que no se dan cuenta del efecto que produce su nombre falso, lo que vuelve todo aun más interesante. De nuevo, los seudónimos son un disfraz con zonas transparentes, uno que muestra mucho más de lo que oculta, un antifaz que exhibe, con o sin querer, todo eso de lo que hemos estado escondiéndonos toda la vida.

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