Enterrar al enemigo

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1

Veo en la imaginación un funeral en el que abundan los enemigos de la muerta. Han ido a mostrar sus respetos –¿han ido a qué?– solos y en grupos.

La muerta tuvo muchos enemigos en vida. Algunos de ellos fueron a su funeral. Algunos de ellos son muchos.

Una muerta no tiene enemigos.

En el funeral, los enemigos se encuentran, se reconocen, se congregan. Allí se forma y se reforma una sociedad. Imagino la escena en una iglesia u otro templo, o en un jardín rojizo (amoratado) frente a un horno crematorio. Los enemigos zumban en ese nuevo lugar de la concordia que la muerte de la enemiga les ha dado; en la convicción recién asumida de que «en verdad la enemistad es inconcebible». Parecen desbordados. Parecen haber accedido al otro lado de la vida. Es como si hubieran superado el tiempo. Han ido al entierro para que se sepa que no serían enemigos de nadie. O han ido a mostrarle su respeto a la muerte; o a pagarle.

Los veo de pie en la nave de la iglesia, mientras pasa el féretro, como si fueran los deudos. Allí me veo odiarlos. Me declaro su enemiga; pues me imagino adversa al enemigo de quien tiene muchos enemigos. Luego, imagino que siento y formulo el deseo de no sobrevivir yo a mis adversarios. Me digo algo sobre la vergüenza de vencer. Sobre la irrisión de vencer. En la fantasía, me enseño a perder.

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Pienso que no es insultante que ellos hayan ido al entierro de la enemistada a jactarse por haber durado un poco más que ella bajo el Sol. Insultantes son su satisfacción melancólica, su idea de que la enemistad se ha cancelado, su sapiencia con respecto a la brevedad de la vida, su «qué tonto habernos gastado en aquellas lides, ya que todos éramos mortales», su «pensar en cuánto nos peleamos, para nada», sus consideraciones sobre el tiempo perdido.

Me enemisto con cada antiguo enemigo de la muerta –no para siempre, pero sí por la duración de la historia humana– para saludarla a ella en la vida. Para defender el tiempo contra la noción de que lo sucedido fue perdido. Me hago amiga de la muerta, de la enemiga, de la mortalidad y del pasado.

Imagino que digo: «Ella tenía estos enemigos. Serán los míos».

No emprendo, sin embargo, una venganza —que es acopiar la herencia de la enemistad. No me dispongo a hacer nada. Sólo digo lo que digo.

Voy a seguir viéndolos en la imaginación durante un minuto más, en aquel funeral, antes de olvidarlos; antes de parpadear en la fantasía y que ellos queden, con mi parpadeo, muertos y enterrados para siempre. Veo su rictus de compunción, que en cualquier momento se resquebrajará en una sonrisa. Los empleados fúnebres meten al fuego o en la tierra a la enemiga, y los antiguos enemigos se creen en el cielo; encima de los días, en el rapto sintético de la reconciliación.

Ser enemigos es estar trabados en una relación que tiene y cuenta una historia; es formar un vínculo con junturas y separaciones: una cadena.

(¡Ah, en cambio, la adversa muerta, quién sabe en qué más allá inesperado, en qué gloria inimaginable esté!)

Los veo salir de la iglesia o alejarse del horno o el cementerio. Llevan las manos juntas al frente, una sobre la otra, sobre la parte baja del abdomen. Salen y miran hacia abajo. Parece como si acabaran de comerse a su enemiga y acabaran de iniciar una «profunda digestión». Pero no se la han comido: no son exactamente sus depredadores. Ni siquiera creo que estos que he estado viendo en la mente, en ese entierro imaginario, y de los que he estado reportando, hayan sido enemigos de la muerta. Han sido sus maledicentes, sus detractores, solamente.

Además, tal vez sí sean sus dolientes. Tal vez a ellos, que la malquerían, les faltó que ella les diera algo.

En la memoria veo que el año pasado murieron dos colegas míos, escritores, con dos días de diferencia. Yo solía ser contraria al primero –a quien casi nunca veía–, mientras que con el segundo –a quien veía muy poco– tenía una relación de respeto y cariño. Pienso más a menudo en el primero que en el segundo, y el primero me hace más falta en el mundo. Con el segundo yo solamente tenía una historia completa y sabida: entre nosotros no podía tener lugar otra cosa que la reiteración de nuestra benevolencia. Cuanto iba a pasar entre nosotros tuvo tiempo de pasar. En cambio, la incordia con el primero limitaba mi imagen propia y mi previsión. Dictaba la esperanza de un enfrentamiento o de una resolución. Nunca tuvimos tiempo. No tuvimos ningún tiempo, pues nunca coincidimos. Nuestra oposición daba un porvenir.

La pendencia es lo pendiente.
La enemistad promete el duelo. Es el futuro.

Pensar en que hay algo pendiente entre amigos es dudar de la amistad.

¿La enemistad es cosa de esta vida –de toda la vida–, mientras que la amistad es de la otra vida?

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2

Es fácil pensar en la rivalidad, en los rivales: en personas que aspiran a un mismo bien y que, para obtenerlo, buscan la exclusión del otro. Toda pareja de hermanos es un par de rivales. También los contrarios en una guerra son rivales. ¿Pero qué cosa son dos enemigos y qué es la enemistad? Ser enemigos es estar trabados en una relación que tiene y cuenta una historia; es formar un vínculo con junturas y separaciones: una cadena. Ser enemigos es haber convertido, a través del drama de la adversidad, la fuerza en lenguaje.

En la Ilíada, si Héctor no hubiera matado a Patroclo, no habría sido enemigo de Aquiles, sino tan solo su rival: su igual en el campo contrario. Pero Héctor mató al amigo amado de Aquiles. No sólo decimos que mató a Patroclo, sino que le mató a Aquiles a Patroclo. La enemistad viene de un daño recibido y percibido. Siempre viene de antes, de un hecho cumplido –de una muerte y de un cadáver del que se ha dispuesto, al que se le han celebrado funerales– y, por tanto, es vengativa.

Al considerar a Aquiles, a Patroclo y a Héctor, una puede querer decir que la enemistad es triangular. El enemigo es quien quita a un amigo, que puede ser un tercero, o puede ser el enemigo mismo. El enemigo es aquel que me dejó sin mi amigo, o que se me quitó como amigo, como igual.

Aquiles mata a Héctor –pues este ha matado a Patroclo– y se pone a arrastrar su cadáver. Ya no hay Héctor sino un cuerpo muerto, y ese escamotearse el enemigo es un nuevo motivo de rabia, un nuevo agravio enemistador. Al arrastrar el cadáver del otro, Aquiles no está rematándolo; de alguna manera, quiere revivirlo, actualizarlo: lo mueve. Quiere que se mueva. Lo pone a dar vueltas como la vida. Aquiles no quisiera permitir que Héctor se le ocultara después de que lo ha dejado sin la imagen amada. Por eso no puede entregarlo para que arda en la pira.

El enemigo es quien no deja querer ni dejar de querer.

Tal vez el enemigo de la liebre no es el león, que lo puede devorar, sino el topo, tan parecido a ella pero más lento.

Luego llega Príamo, el padre de Héctor, a pedirle a Aquiles que le entregue el cadáver de su hijo. Hace que el héroe recuerde a su propio padre y lo vea a él, padre de su víctima, como su padre. No hace que Aquiles se compadezca por el sufrimiento del otro, sino que hace que entienda que él mismo es Héctor. Que un hombre es su enemigo.

El enemigo te muestra (en su cadáver, que es la materialización de tu enemistad) que eres una persona, como todas las personas. El amigo, en cambio, siempre te ha dicho que eres único, distinto de todos. El enemigo te enseña que eres mortal. El amigo te engaña.

Aquiles entrega el cadáver y se celebran los funerales de Héctor, domador de caballos. Se interrumpe la guerra. Se interrumpe el tiempo. Terminan la épica, el poema, la cólera.

3

El final de una historia –o de una obra dramática– es el momento de la amistad: la conjunción, la reconciliación, la anudación, la paz.

Ese momento es el entierro del enemigo: la compleción.

El resto de la historia –o del drama–, lo que está antes del final, es el desarrollo de la enemistad.

El discurso de la amistad es elegíaco: hablamos del amigo muerto, de nosotros en la muerte del amigo, de nuestra compañía perdida. El discurso de la enemistad es dramático, dinámico: hablamos de nuestra vida diciéndola con y contra la vida del enemigo.

La contienda es aquello de lo que se puede dar testimonio.

El discurso de la enemistad –la forma como la enemistad se dice– parecería más dialógico que el de la amistad. En el discurso de la enemistad –de los contrarios, de los que no se desean mutuamente el bien, de aquellos cuyas supervivencias son mutuamente excluyentes– podría parecer la puesta en escena y la construcción posible de la amistad.

Escribir del enemigo –pensar en él, ser activamente su enemigo– es hacer amistad con él. Pues la amistad es una obra. La pura enemistad que no se ocupara de sí misma, que no se expresara, sería, en cambio, un descanso.

¿«Practicar la enemistad es hacer la amistad» se diría en un sentido análogo a «copular es hacer el amor»?

Sancho y don Quijote son los grandes amigos de la literatura: los que caminan lado a lado. Su historia es una conversación en la que ellos dos interpretan tanto los personajes de compañeros como los de contrarios. No son amigos como hermanos a fines, sino que son intercambiablemente amo y sirviente, y maestro y reacio discípulo. Si fueran solamente amigos, y no también enemigos –si anduvieran siempre hombro con hombro en la misma dirección, y no se encontraran también detenidos y enfrentados, peleándose por el espacio–, no se haría literatura entre los dos, o al menos no una literatura que diera cuenta de cuando están juntos a solas.

¿La enemistad es más imaginaria que la amistad?

¿Es, por tanto, más íntima?

No se me olvida que tengo enemigos, pero se me olvida quiénes son. Cuando estoy distraída, creo que mi mente toma a mis enemigos por amigos.

Uno hace amigos hablando de sus enemigos. Pero al hacerlo hace, además, amigos de sus enemigos.

Para vivir la enemistad nos caracterizamos y caracterizamos a los otros; para vivir la amistad, no. Por eso es fácil hablar de un enemigo y difícil hablar de un amigo, y, cuando empezamos a hablar de un amigo, por un instante sentimos que tenemos que hacerlo a la enemiga.

El enemigo es un personaje, no una persona. Es un rasgo y un destino; es uno de los personajes que puede convivir con otros dentro de un mismo individuo. Al determinar a nuestros enemigos, desarrollamos en nuestra emoción un proceso jurídico. Y una fábula.

4

El león es enemigo de la liebre, pues la acecha, la caza y la devora. El león es el fin de la liebre, o la liebre va a terminar en el león. El cuerpo de él es la tumba de ella. La persecución es el funeral.

La liebre, en cambio, no es enemiga del león, pues no puede matarlo ni comérselo. O la liebre sí es enemiga del león, pues tiene algo que él quiere; pues siempre está empeñándose en no darle lo que él necesita para vivir.

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Ya la liebre está dentro del león: destrozada y dormida. Acontecida. Es parte del león. ¿En esa incorporación hay amistad?

El lugar de sepultura del enemigo en las historias de caníbales es su enemigo, que se lo come para adquirir su fuerza o su virtud, para incorporarlo (la digestión es la hoguera funeraria). Nuevamente, el hombre es su enemigo.

En el cristianismo, con la eucaristía se entierra y arde el cuerpo del amigo en el amigo. Y revive. En las Mil y una noches, para salvar la vida de un hombre a quien un efrit va a matar por una antigua deuda de sangre (pues el hombre ha matado inadvertidamente al hijo del efrit), tres jeques cuentan sus respectivas historias. Por cada historia que lo satisfaga, el efrit concederá un tercio de la sangre del hombre condenado. Así, si las tres historias le gustan, lo liberará. El enemigo es, pues, reemplazable por las historias de tres desconocidos. Al contar las historias, los desconocidos se vuelven amigos del efrit –no solo de su víctima– y hacen que olvide la enemistad en virtud de la amistad triplicada.
Tal vez el enemigo de la liebre no es el león, que lo puede devorar, sino el topo, tan parecido a ella pero más lento.
Y, si hablamos de los animales como animales y no como tropos, también está el problema de si el hombre considera como sus enemigos a todos los otros animales (¿menos al perro?).

5

Tengo un solo amigo. Me conoce hace veintinueve años. Me conoce bien. Es indiferente a mí. Es como el Ojo de Dios. El amigo siempre es único. No hay más que ese.

Tengo muchos enemigos. Saben poco de mí, pero me inventan mucho. O sea que también me conocen mucho, en otros sentidos. Me miran todo el tiempo, con otro ojo de Dios. Me miran versionándome, no como en mi funeral, sino como si yo llevara siglos enterrada.

Mis enemigos son como ese diablo que no tiene hambre pero siempre tiene ganas de comer –tanto leones como liebres–, que es legión y siempre aparentemente miente.

El enemigo te miente, aunque también eso es mentira, pues termina diciéndote con su mentira una verdad sobre quién eres; que eres el hombre, un mortal, cualquiera.

A veces tengo este temor, esta fantasía: todo el mundo es mi enemigo. Mis enemigos son tantos que llegan a ser todo el mundo. Escriben una carta contra mí; una petición de que se me saque del mundo, una sentencia. ¿A qué se me condena?, ¿se decide que no existo, o que soy otra? Eso: se decide que en adelante me llame de otro modo –Leona, Liebre, Topo–, como si en vida estuviera sepultada y sin lápida.

6

Al enemigo público –al enemigo de la cultura– se le deja insepulto –no se lo cultiva– para no recordarlo, para no olvidarlo; para que sean los animales carroñeros y no los hombres quienes lo incorporen. Es el caso de Polinices, asesino de su hermano y asesinado por este, traidor a Tebas, sobre quien Antígona, la hermana, espolvorea arena en desobediencia a los decretos del gobernante, que ha prohibido que se lo entierre.

En la fantasía, una puede llegar a ser la enemiga pública. La no amistada por nadie. La insepulta. Y entonces una dice que todo esto que escribe es la liturgia de su funeral, por si le niegan uno; la carta preparada para el momento de la proscripción. La traición de la traición de la traición.

La enemiga se da con su escritura su entierro, su Antígona.

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