Milo te hace grande

“La creciente preocupación por la salud de parte de la población, ha hecho aumentar el número de personas que practica deportes ‘trote y ciclismo, especialmente’, y ha influido sobre la publicidad de diversas empresas.”

JOAQUÍN LAVÍN, La revolución silenciosa.

Dejé de tomar leche muy temprano. Mis últimos recuerdos son de un Quik con gusto a frutilla frente a un televisor cuando tenía cuatro o cinco años. Luego más bien recuerdo mis problemas por no querer tomar leche cuando iba a las casas de mis amigos y no podía participar en ese salutífero ritual. Y un poco después las amenazas de que la falta de leche afectaría mi crecimiento.

No fui un gran deportista durante el colegio, a pesar de mis naturales deseos de serlo, como cualquiera. Me iba excelente en los demás ramos, pero no en Educación Física, lo que afectaba mi promedio y mi creciente obsesión por tener buenas notas. Apenas recuerdo como un pequeño logro una vez que en cuarto básico quedé entre los ocho mejores de mi curso en salto largo (no era mucha gracia, pues apenas éramos 22). Pero en esos años previos al desarrollo de la adolescencia, mi padre me alentaba contándome su sorprendente trayectoria deportiva: si bien hasta sexto básico no había destacado, al cambiarse a un colegio donde efectivamente se fomentaba el deporte, y ser entrenado por el histórico Orlando Guaita (en cuyo honor se bautizó el Torneo Interescolar), consiguió descollar en distancias medias y lanzamiento de disco y bala. Alguna vez vi los trofeos y fotos en casa de mi abuela. Mi esperanza se cifraba, entonces, en el momento en que se produciría ese cambio.

No sólo esa historia familiar me daba ánimo: la televisión también me decía que sí, que era posible. Además de la emotiva serie de comerciales de Soprole (Lo podemos lograr) aparecían los comerciales de Milo. Acabo de encontrar un par como piezas de reliquia en la página web de esta marca cuyo optimismo aumenta con los años. Los recordaba nítidamente: en uno de ellos, un niño mira desde afuera el entrenamiento del equipo de rugby, hasta que lo invitan a participar y progresivamente (con el apoyo de su entrenador) va tomando un rol fundamental, en la misma medida que se muestra su crecimiento corporal utilizando distintos actores (no siempre muy parecidos entre sí). Todo termina en una jugada definitiva en la que se recapitula su crecimiento ante la mirada orgullosa del ahora canoso entrenador y los aplausos del público. También había otro de una niña que comenzaba a jugar tenis, y si mal no recuerdo la serie consideraba varios otros deportes. Nada de esto, por cierto, me impulsó a tomar leche nuevamente.

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Ese era el modelo del esfuerzo infantil que se me ofrecía, pero al paso que iba estaba mucho más cerca del otro tipo de modelo de la época, que también admiraba: el sapientísimo Emilio Antilef (tanto era mi interés por sus cualidades que cuando ya, cerca de los diez años, me di cuenta de que evidentemente no sería superdotado, intenté, por un día, enseñarle a leer precozmente a mi hermano para al menos conseguir que él si lo fuera). Y eso me lo confirmaron los años: al llegar el momento en que se suponía que vendría mi explosión como deportista, todo siguió igual, si no peor. De esa época, en que como cualquiera me esforzaba por ser un buen futbolista, mi mayor logro fue haber alcanzado a ser reserva en la selección de fútbol de mi curso, y jugar un tiempo en un partido contra otro colegio. Por otro lado, seguí preocupado de mis notas, e incluso un atento profesor de educación física decidió premiarme si me quedaba a entrenar algunos días extra. Fue poco lo que logré mejorar, aunque al menos en cuarto medio sí conseguí un pequeño triunfo personal. Después de innumerables fracasos en los que quedaba colgado tras apenas haber comenzado, pude finalmente subir la trepa. El problema fue que al llegar hasta arriba conocí el vértigo, y a esas alturas ya estaba suficientemente desengañado. Hasta los comerciales de Milo habían cambiado: ya no aparecían esas secuencias de rendimiento progresivo, sino un collage de imágenes deportivas, todas derechamente exitosas, donde no se mostraba el proceso necesario para alcanzar el éxito. Quizás ahora el mensaje era otro, quizás Milo ya estaba exclusivamente del lado de quienes habían nacido triunfadores.

Al entrar a la universidad era obligatorio, dentro de los cursos optativos, tomar al menos uno deportivo, como parte de la formación de un hombre integral. Pero existía un resquicio para evitarlo: tomar todos los cursos teológicos en oferta. No dudé un instante, y esa fue una de las decisiones más sabias de mi vida. Desde entonces jamás he vuelto a ponerme un buzo ni zapatillas deportivas. Había encontrado el camino en que no las necesitaría, un camino en que sólo cabe empequeñecerse hasta desaparecer.

Felipe Cussen es profesor de la Facultad de Comunicación y Letras UDP.



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