El pequeño Leonel Ilustrado: Breve diccionario de periodistas deportivos chilenos

Si se fijan, en mis columnas sobre televisión suelo echar mano a analogías con el mundo del fútbol. Aquello responde al simple y triste hecho de que soy en realidad un periodista deportivo. Frustrado, claro está. De niño recuerdo que vibraba con los ridículamente escuetos interrogatorios del informador de cancha Víctor “Cañón” Alonso (“el gol” o “la lesión”, preguntaba al tiempo que enchufaba el micrófono en la cara de sus sorprendidos entrevistados al borde del campo). También con los épicos speechs de Julio Martínez y con los relatos de memoria que hacía Raúl Prado (“tiro libre que entraña incuestionable riesgo para la portería defendida por Adolfo Nef”, era una de sus frases características). Los dos últimos pasaron a mejor vida, más arriba de la marquesina. Y cómo olvidar a Vladimiro Mimica y jugarretas tan pioneras como su legendario “tuya, mía, para ti, para mí, ¡tac, tac, tac!, la pelota es azul”.

Hecho este preámbulo, vamos con una descripción de los principales especímenes del periodismo deportivo criollo.

Abarzúa, Esteban (Las Últimas Noticias): desde su columna “Pelota muerta” es la pluma más virtuosa del medio. Ha sacado un par de libros con anécdotas de camarín. Su oficina en Las Últimas Noticias es una pequeña pero poderosa biblioteca de literatura deportiva de todo tipo.

Arcos, Cristián (Chilevisión): es un maestro de la entrelínea picarona. Por ejemplo, puede decir “Chile debe buscar llegar a la LÍNEA de fondo” justo cuando en la caseta hablaban de Maradona… No deja pasar ocasión para recordarnos que es hincha de Curicó Unido.

Bacarreza, Soledad (Canal 13): la única mujer y la más matea. Donde la pongan rinde, ya sea comentando gimnasia olímpica, en tenis, hablando sobre un reality o siendo jurado en un concurso cazatalentos. Aplicada a rabiar. Y eso que es sicóloga de profesión, no periodista.

Bianchi, Felipe (CDF, Chilevisión y El Mercurio): a través de sus columnas en El Mercurio ha creado un estilo muy particular, donde las ideas suelen ser expresadas en palabras solitarias (pero no por ello menos poderosas semánticamente), separadas de puntos seguidos. Ejemplo: “Los dirigentes de nuestro fútbol han demostrado ser inoperantes. Chantas. Mulas. Flojos. Picantes. Cabrones”. Su tono es precisamente ése, crítico sobre todo con las autoridades del deportivismo criollo, rozando la diatriba. Los blancos para su ira son ofrecidos muchas veces generosamente por los propios criticados. Pese a esta postura grave, no se hace problemas para paralelamente conducir un programa en el cable donde abundan descalificaciones entre los hinchas representantes de cada equipo de fútbol y modelos ligeras de ropas, como sucede en “Show de goles”. Se operó la vista con láser y ya no usa esos anteojos anticuadísimos (marco negro) con que solía aparecerse en pantalla. Antes era un rostro familiar para los televidentes, pero muy feo. Ahora ha pasado a ser un desconocido muy feo.

Bonvallet, Eduardo Guillermo: ¿dónde está? El paradero del gurú es un absoluto misterio. A comienzos de este año asumió la dirección de un equipo de tercera división de Peñaflor pero duró menos de un mes en ese cargo y acto seguido se vio involucrado en un confuso incidente en que habría agredido a un funcionario de Metrogas. El hecho se suma a acusaciones de acoso sexual, pugilatos callejeros y hasta una extraña “abducción” que lo mantuvo desaparecido varias horas en medio de una desenfrenada ingesta de alcohol. Ya no tiene las tribunas desde las que (según él y muchos) llevó a Chile al Mundial de Francia ’98 (era algo así como el “motivador virtual” de la selección). Se lo puede escuchar, eso sí, a diario, en programas como “C.Q.C.” y “Yingo”, donde repiten hasta la saciedad sus expresiones “Avíspate, ah…”, “da lo miiiiismo” y “mamón”. Por esa vía se ha transformado en una suerte de animita que nos pena a todos. Más que un comentarista deportivo, Bonvallet fue el instaurador y mejor exponente de un estilo imitado (por Mauricio Israel entre otros) pero nunca igualado, el del cautivador predicador deportivo, un verdadero aporte al humor televisivo y radial y al arte de la oratoria.

Carcuro, Pedro (TVN): el relator televisivo por excelencia. Clavó en el inconsciente colectivo chileno el mítico “¡me pongo de pie!” con el gol de Marco Tardelli a Alemania en la final del Campeonato Mundial de España de 1982, pero en Francia 98 guateó con los dos goles del matador Salas a Italia y el prodigioso tiro libre de Sierra a Camerún. Este Mundial es su gran oportunidad para batir sus propias marcas. En sus intentonas fuera del fútbol (“De pe a pa”, “Sudáfrica mía”) ha evidenciado un nerviosismo tal que se ha vuelto fácil presa de imitadores.

Facuse, Juan: integrante de la misma generación de Juan Cugniet, Hans Marwitz, Max Walter Kautz, Tito Awad y otros tantos próceres del periodismo deportivo radial, ha pasado a consolidarse como notario. De hecho, su muda figura ha pasado a ser parte del paisaje televisivo.

Fouillioux, Alberto (Agricultura): aunque es el más pedagogo del medio para los auditores (a su experiencia como ex futbolista suma una fugaz carrera de entrenador y una preparación que incluye estudios de Derecho), sus chistes y juegos de palabras son definitivamente fomes.

Gilbert, Sergio (El Mercurio): teórico sempiterno del decano de la prensa escrita. He compartido carretes con él y puedo decir que sus columnas serían mucho más entretenidas si sacara al menos por un minuto la cabeza de la engorrosa pizarra táctica que lo obsesiona y mostrara un poco más de humanidad en sus escritos. Leerlo nos transporta en el tiempo a las eras de la “Naranja Mecánica”, pero también nos hace pensar por un momento que caímos contra nuestra voluntad en medio de una árida clase sobre táctica futbolística, de la que no sabemos cómo salir sin que el estricto profesor Gilbert nos descerraje una fulminante mirada de reprobación (con la consiguiente y funesta repercusión en la nota final del curso, claro).

Guarello, Juan Cristóbal (ADN, El Mercurio y Red TV): una enciclopedia con cejas. Maneja al dedillo datos históricos del fútbol chileno y mundial y los entrega con una propiedad y conocimiento de causa que hacen pensar que efectivamente estuvo allí como testigo ocular, así se trate de hechos ocurridos antes de que naciera. Es atípico en muchos aspectos. En más de una oportunidad se ha referido como un hincha más en medio de un debate con colegas que a su lado parecen los más circunspectos y conservadores del medio. En cierta ocasión, en la radio, contó que gustoso le habría pegado con un fierro en la cabeza a una revendedora que le ofreció una entrada al llegar a un estadio. Su estilo directo le ha acarreado conflictos con varios entrenadores, entre ellos el ya fallecido Luis Santibáñez, que se refería a él como “el señor Guarén” y Nelson Acosta, a quien ha acusado de ser beneficiado económicamente por la venta de algunos jugadores que ha dirigido.

Livingstone, Sergio (Agricultura y TVN): el “sapito”, por su mismo apodo (originado por su habilidad para saltar bajo los tres palos) es pasto permanente para el doble sentido en rutinas humorísticas. Emplea palabras en absoluto desuso, como el ya clásico “morrocotudo”. No tiene el menor sentido del ridículo, lo que lo ha hecho acceder a disfrazarse hasta de Viejito Pascuero en cámara. Notables son sus encaradas a los coordinadores de piso, que le hacen señas para ir a comerciales o a una nota, según sea el caso.

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Luchsinger, Sebastián “Tatán” (ADN y Chilevisión): presentado como “el relator de los sueños”, amasa frases como “¡pare la bola!”, “un titirito”, “canta, canta, canta la casa blanca (el estadio Monumental)” y “piiiitazo”. Es innegable que los encargados de narrarnos las alternativas de los partidos son mucho más histriónicos que los de la época del contenido Sergio Silva, por ejemplo.

Millas, Milton (Agricultura): apodado “Milton Teras” por razones que es fácil adivinar, son ya incontables y parte del inventario de la radiotelefonía chilena las veces en que se ha enfrascado en agrias discusiones con su subordinado radial Juan Carlos “Caco” Villalta. No mezquina recursos para lograr una exclusiva. Por ejemplo, le regaló un celular a Nelson Acosta para tener contacto permanente con él cuando dirigía la selección que clasificó al Mundial de Francia.

Ochoa, Igor (Cooperativa): es la voz de la seriedad. A veces excesiva. Es un experto en buscarle la quinta extremidad al felino. Chupete Suazo podría sacar campeón mundial a Chile con un gol sobre la hora y Ochoa sería el único que le reprocharía el sacarse la camiseta al celebrar. Cuando le llega la palabra en “Al aire libre” el ritmo del programa se petrifica.

Palma, Claudio Rodrigo (ADN, CDF y Direct TV): el mejor relator de la actualidad. Famoso por su speech al final del partido que Chile ganó en Colombia a la selección local y que le significó su paso al Mundial de este año. Esa vez realizó un vibrante recordatorio de figuras ligadas al fútbol chileno que pasaron a mejor vida. Algunos de sus giros más populares son “¡Sentarse, caciques!” (o “cruzados” o “azules”, según corresponda) luego de que alguna peligrosa carga de algún equipo no terminara en gol. Otros: “zambombazo” y “pedazo de gol”.

Sagredo, Francisco (El Conquistador y TVN): es el marido de Mónica Pérez, pero poquito a poco se va sacando ese estigma mediático. Se nota que luego brillará con luces propias. Para empezar, es mucho más jugado en sus juicios que Solabarrieta.

Schiappacasse, Aldo Rómulo (Canal 13 y Cooperativa): un comediante innato. Se ríe de sí mismo y de su voluminosa humanidad casi con saña. Las impresionantes tasas de sarcasmo que aporta son un plus para el análisis futbolístico. Además escribe sobre cine.

Sepúlveda, Rodrigo (ADN, Mega y Terra): el Larry King de las pelotas. En su programa de radio “Tercer tiempo” le preguntó a Coke Contreras (ex futbolista) si trafica droga. Tiene un sorprendente talento para verter los comentarios más descarnados con un encantador tono de cabrito dije.

Solabarrieta, Fernando (TVN): se ganó el mote de llorón tras su hiperventilado relato de la obtención de las medallas olímpicas de Nicolás Massú y Fernando González en los Juegos Olímpicos del 2004. Curiosamente, en lugar de aprovechar ese vuelito para su carrera, volvió a su tradicional segundo plano en TVN, detrás de figuras sagradas para él como Livingstone y Carcuro. Da la impresión de que solo el deceso de ambos le daría a Solabarrieta la tranquilidad moral para asumir que hace rato es el relevo de los aludidos. En “Zoom deportivo” solía enfrentarse a Guarello adoptando siempre las posiciones más conservadoras. Hace rato que dejó de ser promesa. El problema es que no asume su protagonismo.

Urrutia O’Neill, Luis “Chomsky” (La Nación): todo un mito. De apariencia de ermitaño bolchevique, maneja una cantidad de datos impresionante acerca de la actividad deportiva y puede llegar a ser majadero cuando corrige a un colega. Es un devoto de la información rigurosa. Ha hecho libros con Guarello.

Valenzuela, Ignacio (Canal 13 y ADN): el niño bonito. En el relato le falta soltarse, definir su estilo. Coquetea entre el estilo chato de Néstor Isella y el chacotero de Claudio Palma.

Yáñez, Patricio (Canal 13 y radio Bío-Bío): es el contreritas del curso. Cuando todo Chile quiere ir poco menos que a la guerra por una polémica decisión referil, él es la única voz disonante. Eso pasó con ocasión del dudoso penal que cobró el árbitro de Níger Lucien Bouchardeau contra la roja, en el vibrante partido inaugural del Mundial de Francia ’98, contra Italia. Estábamos a las puertas de una hazaña histórica: ganábamos 2-1, quedaban 5 minutos y en una avivada el rival Roberto Baggio hizo estrellar la pelota en una mano de nuestro defensa Ronald “Chilenita” Fuentes (apodado así por Bonvallet, por una fallida “chilena” que intentó dos años antes jugando una Copa Libertadores por la “U” y que significó un gol en contra). El juez cobró la pena máxima, transformándose de inmediato en sujeto de las maldiciones de todos los chilenos. De todos salvo del autor del inmortal gesto bautizado con su nombre una noche de 1989 en el estadio Maracaná. Por si no recuerda cuál es, consiste en llevarse ambas manos a la zona genital (de preferencia por sobre la ropa) y una vez allí sacudir enérgicamente dicha parte del cuerpo en dirección a los destinatarios. El gesto podría traducirse como “tenga a bien tu persona ser depositaria de todo mi desprecio”.

BONUS TRACK

¿Qué cantan las barras?
Episodio negro: Ha habido episodios de racismo perpetrado por las barras. Por ejemplo, cuando la Garra Blanca le cantó al delantero colombiano Faustino Asprilla, que defendía entonces los colores de Universidad de Chile “negro conch…, el (doctor) Orozco te paga con maní”. De haber ocurrido eso en países como Italia bien pudo costarle los puntos al equipo apoyado (en este caso, Colo Colo), sin perjuicio de otras sanciones contra una fanaticada así de intolerante y retrógrada.

No les importó a los ofensores que uno de sus jugadores históricos (el brasileño Severino Vasconcellos) haya sido de raza negra. Ni sospechaban en esa época (2003), que otro importante jugador de la actualidad también tendría ese color de piel (el también colombiano Macnelly Torres).

Junto con el enfrentamiento entre dos hinchas a cuchillo limpio (el Barti contra el Huinca) en la galería del estadio Monumental, ése ha sido el capítulo más negativo vivido por la barra del club albo en toda su historia.

Los campeones imaginarios: “Dale campeón, dale campeón” cantan siempre los hinchas de Universidad Católica cuando su equipo salta a la cancha. Y esto es muy extraño, porque al revisar las estadísticas es posible determinar que la última vez que ese club dio una vuelta olímpica fue en el torneo de clausura del 2005. ¿Será una práctica masiva de la “ley de atracción”?

Cánticos ambigüos: Desde fines de los 70 la hinchada de Universidad de Chile es reconocida como la más fiel, fervorosa y vistosa del fútbol chileno. Sin embargo, hay cantitos suyos que no dejan de ser inquietantes. Por ejemplo, “quiero dejarlo todo por ver a los azules porque sus jugadores me van a demostrar que salen a ganar, quieren salir campeón, quieren llevarlo adentro como lo llevo yo”. ¿Qué es eso? Salvo que se tratara de una hinchada compuesta solo por mujeres, no me calza ese culto al “llevarlo adentro”. Si estos cabros se asesoraran adecuadamente gritarían: “quiero dejarlo todo por ver a los azules, porque sus jugadores me van a demostrar que salen a ganar, que desean coronarse campeones, que su aspiración máxima es abrazar un sentimiento de devoción por el club similar al que siento yo”. Quizás les falte el aire en algunas partes, pero vaya que se entendería mejor la idea.

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