El martillazo de la jueza

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La verdad es que hace años que no veo tele. La prendo pero no la veo, solo la escucho y solo a veces.

He ido lentamente dejando de depender de la tele, a pesar de que la adicción es cosa heredada de mi familia. Ver tele se me hizo productivo cuando empecé a escribir comentarios sobre televisión en el diario La Época, donde había trabajado como periodista. Estaba en cuarto año de la carrera de Arte y el ambiente de familiaridad que me daba la tele prendida me ayudaba a trabajar, a producir «obras de arte» bajo el influjo de la pantalla encendida y el audio sonando. Recuerdo haber hecho tareas de todos los ramos posibles, desde estudios de color hasta esculturas, arriba de la cama, con la tele prendida. Aunque los programas tenían un sesgo más cultureta, especialmente todas las películas que dieran en TNT, en blanco y negro o color, ojalá de entre los años cuarenta y sesenta. De hecho, mi seudónimo –Jezabel Rojas– viene de una de esas sesiones, de cuando una película de Bette Davis acompañaba mis tareas manuales.
En ella, una esclava negra le dice a Bette Davis: «Eres como Jezabel, haces el mal en el nombre de Dios». La frase no se me olvidó y me pareció pertinente el personaje para escribir comentarios de televisión, ya que básicamente me dedicaba a tirar mierda con ventilador en nombre de un fin noble: criticar los contenidos que nos entregaba el aparato del diablo. En ese tiempo la tele me servía para saber quién era el «enemigo».

Con los años perdí el encono y las ganas de opinar sobre todo. Pero el efecto de mansedumbre y familiaridad que me producía la tele sigue vigente hasta el día de hoy. Tal como en la psicofonía los expertos en los ruidos que vienen del Más Allá ponen una grabación de agua porque en ella se proyectan mejor las voces de los espíritus que acompañan o atormentan a los vivos, el sonido de la tele me produce la sensación de que no estoy trabajando mientras pinto, o al menos de que no estoy trabajando en algo tan importante o trascendental. O sea, me puedo distanciar del ego pictórico y concentrarme en pintar como un ejercicio más cotidiano y desprovisto de solemnidad. El sonido de la tele aterriza el exceso lírico que hay en ser artista, me pone a resguardo, trivializando mis empeños épicos de ser una buena pintora.

Todo esto para explicar que ya no veo tele, sino que la escucho y, más encima, en un horario muy limitado: solo cuando dan La Jueza en Chilevisión. Me hice adicta cuando daban el programa en la mañana y un televisor viejo había ido a dar a mi taller, a falta de bodega. Antes había pasado por distintas etapas: pintar en silencio, pintar con radio AM, pintar solo con música clásica, pintar con música popular y programas hablados. Pero llegó el día en que prendí la tele vieja en el taller y ahí estaba Carmen Gloria Arroyo, masacrando a un viejo machista. Yo pintaba de espaldas a la tele, con una sonrisa cómplice por el castigo público al veterano, pero sin desconcentrarme, muy metida en la pintura y, a la vez, sintiéndome conectada con algo distante y real al mismo tiempo. Ese algo era el Chile profundo, el país que no se parece mucho a mi vida pero que es el escenario donde estoy obligada a actuar. Uno lleno de hijos huachos, con el apellido del papá pero sin su presencia; lleno de peleas miserables por herencias ratonas; de arrendatarios que viven gratis a expensas de unas pobres señoras que tienen que operarse o a las que les van a rematar la casa; de otras pobres señoras que crían nietos porque los hijos que los tuvieron hicieron perro muerto con su descendencia; de mujeres maltratadas y con dependencia enfermiza de unos galanes de mala muerte y pésimo aspecto.

Hace años fui espectadora fiel de Caso Cerrado, especialmente cuando coincidía con los días en que hacía clases de pintura, porque me aseguraba un desenchufe inmediato y funcionaba como un limbo entre el papel de profesora y el de pintora que venía después. En Caso Cerrado la magistrada es la doctora Polo, y el programa es el origen directo de La Jueza chilena. En el espacio hecho en Miami lo que seduce es la personalidad de la abogada cubana, su exuberancia en los modos y dichos, atributos que también tienen sus «litigantes» –como ella los llama–, principalmente por cuestiones culturales: la mayoría son caribeños o latinos de países cálidos, con la extroversión que nosotros hallamos característica y que va desde una labia tremenda, y a máxima velocidad, hasta el destemplado volumen de la voz, pasando por una gestualidad corporal expansiva que incluye aleteos varios y escenas de boxeo. Pero algo pasó con Caso Cerrado que fue perdiendo en realidad y ganando tanto en show que terminó siendo televisión de entretenimiento común y corriente. Cuando me enteré de que incluso la doctora Polo admitía que algunos casos eran solo representaciones, tragedias actuadas, se me quedó el dorado del ídolo pegado en los dedos y ya no pude verlo de nuevo. Aunque han quedado inscritos en mi memoria el doctor Misael González y el sargento Peñate, quien ascendió y ahora es detective.

    La jueza chilena, Carmen Gloria Arroyo, pudo haberse iniciado en la tele como un intento de clonación de la abogada cubana, pero ha logrado imprimirle un sello propio a su personaje. Aunque no sé si vale aquí la palabra personaje, porque se desenvuelve con tanta naturalidad que

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puede suponerse que ella es tal cual se la ve en el estrado de utilería. Arroyo no viene de ningún laboratorio televisivo; antes de trabajar en la tele, aparecía en la pantalla como entrevistada: fue abogada nada menos que de Gemita Bueno y de Rodrigo Orias. Para los que no se acuerden, dos casos muy complejos para la defensa, pues Gemita Bueno estaba metida en una farsa de abusos sexuales montada contra el político Jovino Novoa, entre otros. Y el otro defendido había degollado a un sacerdote en la Catedral de Santiago, en plena misa, supuestamente en trance por una posesión demoníaca. Francamente se trataba de dos casos ultracacho, en que los acusados eran culpables de ciertas cosas e inocentes de otras, tal como la abogada pudo demostrar con éxito. Su excelente desenvoltura en entrevistas y programas de conversación la llevó finalmente a tener su propio espacio televisivo, que partió con resoluciones sin incidencia legal y que ahora ya tiene el estatus legítimo de mediación, por lo cual es reconocido en instancias de la justicia chilena.

¿Cómo lo logró? A punta de palabras certeras, conocimiento leguleyo, facilidad para enseñar y, menos mal, mucho sentido del humor. Se diferencia de la doctora Polo en muchas cosas: jamás va a llamar «degenerados» o «tarados» a los litigantes, explica con pelos y señales los tecnicismos legales y no canta (la doctora Polo interpreta su propio jingle de presentación con ritmo de salsa). O sea, se mantiene en lo suyo y sin hacer show, aunque obviamente tiene conciencia de estar en el negocio del entretenimiento y le saca lustre a los vestidos escotados, los tacos altos, las tallas de doble sentido, las emociones y su propia historia. En dos mil capítulos, su biografía de hija sin papá presente y de mujer separada con hijos se ha ido colando de a poco, sin autorreferencia constante, por lo general cuando los casos la superan y su historia sirve como ejemplo.

El Chile profundo asiste a La Jueza porque no tiene plata para abogados y con el programa ha aprendido de leyes. Una mujer casada en sociedad conyugal, por ejemplo, aunque esté divorciada sigue siendo copropietaria de los bienes con su exmarido, así que si ha comprado una casa después de la separación el exmarido es tan propietario de la casa como ella. Pero eso no le pasa a una señora fanática de La Jueza, porque ella sabe que si la compra bajo el artículo 150, la casa es solo suya. Y, de tanto ver a Arroyo haciendo el monito de la torta para explicar la repartija de la herencia, el televidente asiduo ya sabe exactamente qué porcentaje le tocaría.

El Chile profundo que ve el programa y vio a Edo Caroe en el Festival de Viña no se rió cuando al humorista se le ocurrió meterlo en un chiste al decir «más ordinario que público de La Jueza». Caroe probablemente se refería a ese Chile que arrastra la ceache cuando dice «hace mushos años que no me pagan el arriendo». Al que dice «no es que haiga sido una mala madre, es que tuve que dejar al niño en un hogar porque no tenía dónde vivir y después los dejamos de verlos». Al que se frunce por estar en la tele y trata de hablar correctamente, pero dice «puestos internos» en vez de Impuestos Internos o «posición efectiva» en vez de posesión efectiva.
O al que dice «cuando ya no me podía pegar me intimaba por teléfono», en vez de «intimidaba».
O al cada vez más tecnologizado Chile profundo que pelea publicando fotos íntimas en el feis o se manda amenazas de muerte en el wasáh.

Tomando el chiste de Caroe con una intención más benevolente, se podría decir que el humorista tiene razón porque no hay nada más ordinario, más vulgar y grosero que dejar a un hijo botado sin pensión alimenticia, que pegarle a la mujer porque no le tenía «las cosas listas» (léase comida, ropa planchada), que desaparecer de la vida de alguien y después querer quitarle la casa, que drogarse o agarrarse a combos delante de los niños.

Para evaluar la supuesta vulgaridad chirriante del programa les regalo un ejemplo de libro: una mujer agredida por su marido, joyita que en uno de sus arranques de violencia la tuvo seis horas encadenada a la línea del tren y la soltó cuando se le pasó la curadera, que sin embargo siempre les dijo a los hijos que su papá no era malo sino que estaba enfermo, y que no tenían que odiarlo; que quiere divorciarse porque su hija quiere ser carabinera y por el prontuario delictual del padre tiene miedo de no ser admitida; que conoció a un chofer de micro que en la primera salida le preguntó dónde quería ir y ella le dijo que a la Luna porque estaba aburrida del mundo, y él la llevó a El Colorado porque era lo más cerca de la Luna que se podía estar en Santiago, y ahora se quiere casar con ella para dejarle todos sus bienes. ¿Teleserie cebollenta? Nop, La Jueza. En casos paradigmáticos como ese, Arroyo ha tenido reacciones proporcionales. Se le puede ver hablando fuerte y con palabras duras cuando hay violencia física, al borde de las lágrimas cuando es mucha la injusticia, o la bondad, con ironía cuando alguien es muy arrogante. En cualquier caso, eso sí, cuando las explicaciones ya no valen o cuando su rabia o desconcierto hacen peligrar su longanimidad con el prójimo, hay una frase que la salva y que ella dice con tono imperativo: «Que pase nuestra psicóloga, Pamela Lagos».

La psicóloga es la que más sale en pantalla, pero hay también una enfermera, una asistente social, un terapeuta de rehabilitación de drogas y un psiquiatra que aparece cuando los casos de desquiciamiento mental son para llorar a gritos.
Son recursos televisivos pero sobre todo tienen un fin didáctico, porque Arroyo le ha puesto ese tono pedagógico al programa desde el principio.

Ahí se ve que el flaiterío ha cundido con su ética de que hay que ser pillo y no pavo, que ser flaite no solo pasa por el reguetón, el perreo, la admiración por la cultura carcelaria en el habla y la estética, sino por ser vivo y aprovechar la oportunidad, todas las oportunidades. El discurso del emprendedor metido hasta los huesos, atravesando toda la escala social hasta mostrar su lado más oscuro en el primer quintil.

Puede valerse tanto de los profesionales como de ejemplos, usando elementos domésticos para ilustrar la ley o el sentido común. Recurre siempre a los «guardias» como personajes de sus parábolas: «Yo veo todos los días a Iñaki, pero eso no significa que sea su mamá», dice a propósito de una mujer que no se hace cargo de la crianza de su hijo. Son las únicas veces en que los guardias tienen un papel porque, a diferencia del programa de la doctora Polo, donde los vigilantes del orden están siempre conteniendo combos y patadas, los guardias chilenos permanecen desocupados, mirando al infinito, y solo sonríen cuando la abogada los usa para ejemplificar algo.

La falta de ocupación de los guardias en La Jueza puede ilustrar la gran paradoja que se ve en el programa: se habla de casos que suponen mucha tensión emocional (rabia, tristeza, impotencia, dolor), pero con poca expresividad, sin el correlato corporal, sin conflicto material, con una actitud que de tan contenida se vuelve plana y, a veces, incomprensible. Si hubiera que hacer un escaneo de salud mental, la más sana siempre sería la jueza: si el caso es divertido, se ríe con ganas; si es triste, se emociona hasta el lagrimón; si es injusto, hierve de rabia. Los participantes, por el contrario, apaleados por la situación que arrastran por años, momificados por el sufrimiento que les ha tocado o solapados bajo la piel de oveja que les ha permitido todo tipo de pillerías,parecen haber neutralizado sus emociones para sobrevivir, como víctimas o victimarios, sin que se note demasiado lo que les pasa.

Esa paradoja –quizá uno de los nudos del Chile profundo– es la misma que aparece en las encuestas sobre nuestro país. Chile, con una de las economías más prósperas del mundo. Chile, uno de los países más tecnologizados de América Latina. Chile, el país con una de las mayores tasas de depresión. Chile, líder en suicidio adolescente. Chile, país de alcoholismo inveterado, donde la gente trabaja mucho y produce poco. La Jueza es la imagen televisada de esa dolorosa paradoja: lo que pasa es distinto de lo que se ve.

Carmen Gloria Arroyo se ha mantenido sensible a ese solapamiento tan característico de la identidad nacional y por eso interroga hasta el cansancio para llegar a lo que no se ve. Y cuando lo que descubre la espanta, toma partido: «Mis colegas pueden pensar que soy parcial y a veces lo soy, pero esa es la gracia de no ser un tribunal de la República sino una instancia de mediación.
Así que a usted no le pienso explicar el trámite que hay que hacer –le dice a una mamá que abandonó a sus hijos–. Se lo voy a explicar a él», y señala al papá, al que le decían «el venado» porque la señora le era infiel y que recuperó a sus hijas hace más de veinte años, sacándolas de hogares de menores.

Al programa le viene bien el cliché de radiografía social y en esa imagen colectiva pueden encontrarse aberraciones que se repiten y que a la abogada le llaman la atención tanto como a uno. Por ejemplo, que cada vez es mayor la cantidad de gente que toma lo que no es suyo como reparación de una carencia, como cuando alguien se queda a vivir en una casa ajena y sin pagar porque no tiene a dónde ir. Ahí se ve que el flaiterío ha cundido con su ética de que hay que ser pillo y no pavo, que ser flaite no solo pasa por el reguetón, el perreo, la admiración por la cultura carcelaria en el habla y la estética, sino por ser vivo y aprovechar la oportunidad, todas las oportunidades. El discurso del emprendedor metido hasta los huesos, atravesando toda la escala social hasta mostrar su lado más oscuro en el primer quintil.

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O que cada vez es más común que adolescentes se embaracen para subir su estatus dentro del grupo en el que viven. Niñas que no atisban una vida auspiciosa ni tienen salida frente a la precariedad económica o afectiva, que deciden ser mamás para dejar de ser unas pendejas inútiles sin futuro, o para dejar de ser invisibles.

Ahí es donde la jueza Arroyo pega martillazos, da su opinión y castiga a los participantes con adjetivos fuertes al borde del insulto –«cobarde» sería el peor– o con una gélida indiferencia, para dedicar toda su atención a quien ha actuado bien. Existe la idea de que Arroyo está abanderizada con el género femenino, pero ella está consciente del prejuicio y se preocupa de desmentirlo cada vez que puede. Ay de las mujeres que han abandonado a sus hijos o que no respetan las visitas del padre por egoísmo, o que inventan violencia intrafamiliar para su propio provecho.
Ay de los hombres que les pegan a las mujeres, que no han visto a los hijos por años, que hacen trampa para no pagar la pensión alimenticia. Y ay de todos los que agreden a los niños porque ni un coscorrón se perdona, aunque la gente no se arrugue para decir en la tele que un chalchazo es inofensivo.

La cosa enérgica siempre ha prendido en Chile, desde Portales a Lagos, incluyendo a los capitanes generales. El hablar fuerte y golpeado, el tono de autoridad, la disposición al orden. La Jueza tiene todo eso y suma el sesgo femenino, asociado a la protección de los más débiles, y el permiso para emocionarse. En un país donde todos sentimos que alguien nos está timando (para decirlo en palabras elegantes), donde se vive consciente pero obsecuente ante la injusticia en la vida cotidiana, una jueza se alza como un paliativo simbólico que resuelve desde su escenografía de tribunal los nudos que enredan las encuestas. En el artificio de la justicia televisada se desatan los nudos dejando las sucias hilachas al descubierto, un acto muy ordinario no solo para un humorista, sino para la modosita sociedad chilena toda, que prefiere lavar la ropa cochina en casa o no lavarla en absoluto.

Por razones económicas –el arte casi nunca cubre el presupuesto doméstico– he vuelto esporádicamente al periodismo, ojalá en áreas y temas que no importen, evitando el exceso de sinapsis y, sobre todo, dar opiniones. Por eso su – pongo que esta es la última vez que le cedo el paso a Jezabel Rojas. Como profesora de arte, mi opinión es requerida constantemente, y nada agota más que estar argumentando todo el tiempo sobre por qué algo está bien o mal. Además, como artista contemporánea he aprendido la lección de que el límite entre lo bueno y lo malo es cada vez más borroso y fugaz, y que uno puede pisarse la cola alabando algo que hace unos años le produjo «cáncer a los ojos», como dice una amiga artista cuando una obra no le gusta. Mis opiniones se han alcalinizado con el tiempo, la pintura ha domesticado el brío verbal y, en el bullicio permanente que produce tanto comentarista hiperventilado dando su opinión en las redes sociales, prefiero rumiar la mía solamente mientras pinto.


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