El malo de la obra

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Releer una obra después de tres décadas sirve al menos para percatarse de lo que uno ha cambiado en ese lapso. Leí El mercader de Venecia en el colegio, y recuerdo la decepción que me provocaron las célebres frases en que Shylock afirma su humanidad. «¿Que no tiene ojos un judío? ¿Que no tiene un judío manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? –reclama–. ¿Si nos pican, acaso no sangramos? ¿Si nos hacen cosquillas, no nos reímos? ¿Si nos envenenan, no nos morimos? ¿Y si nos ultrajan, no nos vengaremos?» Yo tenía una pregunta: ¿por qué seinsistía en lo de los ojos y las manos, si el punto era que los judíos son cagados? El profesor, buen hombre y venerable entusiasta de la literatura, se quitó los anteojos y me contestó dulcemente: «Ahorrativos, Davidson. No cagados, ahorrativos». Para el lugar y la época –un colegio rural de Dorset en 1982–, fue una gran refutación de los prejuicios ancestrales.

También recuerdo que los chistes de los payasos de Shakespeare –Launcelot Gobbo en este caso– me parecían insoportablemente pueriles. Ahora me dan risa. Pero volvamos a Shylock,el usurero a quien el mercader de la historia, Antonio, termina debiendo una libra de su propia carne tras faltar al pago de un préstamo. Para efectos publicitarios, Shylock era el malo de la obra, como consta en la portada de la edición de 1600: «La excelente historia del mercader de Venecia, con la extrema crueldad del judío Shylock para con dicho mercader, al cortarle una justa libra de carne». Pero en los hechos Antonio se salva, y Shakespeare, sea porque sabía que su audiencia era más reflexiva de lo que los publicistas creían, sea para no aburrirse él mismo, matiza el argumento dándole a Shylock excelentes motivos para odiar al mercader. Antonio, ese «caballero tan auténtico», como lo describe su amigo Lorenzo, le había escupido en la barba y lo había sacado de su casa a patadas: por usurero, en la versión de Antonio; por judío, en la de Shylock.

Cuanto más coherentes sean los personajes de una obra, más verosímiles. Pero Shakespeare rechaza esa lógica literaria. Antonio es cortés y grosero; y Shylock, sensible y terco, reivindica la humanidad común a la vez que se niega a compartir una comida con sus vecinos cristianos. Son las contradicciones de la vida misma, donde toda combinación es posible, pero llevadas en El mercader de Venecia a un nivel cuántico por la bufonada y el final feliz, además de una serie de discrepancias en la mecánica del argumento mismo. Lo que hace que esa maraña prospere es la intensidad de cada escena en sí, el poder del lenguaje.

Shakespeare no rebate los estereotipos raciales, como lo hubiera querido quizás mi profesor, sino que los retrata con una divina indiferencia, y lo mismo hace con su refutación, en una retórica que nos lleva desde detalles físicos de ojos y manos hasta esa gran frase culminante: «¿Y si nos ultrajan, no nos vengaremos?».

Nunca falta el estudioso que explique el «mensaje» de Shakespeare, apoyándose en datos biográficos. Y de hecho, algo se sabe del contexto en que se escribió la obra. James Burbage, el financista de la compañía, había construido un teatro con préstamos usurarios, para luego verlo inhabilitado por orden de las autoridades: Shylock sería una versión de los tiburones londinenses que trataron de recuperar una inversión que no rendía. Y otra cosa que se sabe es que Shakespeare volvió unos años después a su pueblo natal de Stratford, donde se dedicó, con sus ganancias teatrales, a prestar dinero a tasas exorbitantes.

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