El escritor latinoamericano y la lengua

Con motivo de presentar a los lectores chilenos una antología de los ensayos y artículos de Rafael Sánchez Ferlosio, creí oportuno –lo creímos– empezar por preguntarme las razones de que un autor como él, para mí importantísimo, y objeto en España de los mayores reconocimientos (“el mayor escritor vivo de la lengua castellana”, lo llama Fernando Savater), sea tan escasamente conocido en Latinoamérica. Muy aventureramente, propuse la siguiente explicación: siendo que la prosa de Ferlosio se emparenta muy deliberadamente con la tradición de “la gran prosa barroca” castellana, inevitablemente resuena a oídos del lector latinoamericano como prosa “imperial”, y por eso mismo le despierta, siquiera sea de forma subliminal, un instintivo rechazo.

Permítanme glosar con algún detenimiento los argumentos con que, en el prólogo a esa aludida antología de los ensayos y artículos de Sánchez Ferlosio, sostuve esta tesis algo peregrina, de la que pretendo, en esta charla, derivar algo improvisadamente algunas observaciones más generales.

El caso es que, en uno de los textos recogidos en la mencionada antología (concretamente el texto final, de carácter autobiográfico, titulado “La forja de un plumífero”), Ferlosio habla de su obsesión por la lengua, que lo ocupó obsesivamente durante años, y relaciona esta obsesión con “el culto y el cultivo de la hipotaxis”, nombre por el que se designan las construcciones oracionales con subordinación, un tipo de construcción sintáctica para la que el castellano, según Ferlosio, “está excepcionalmente dotado”.

Interesado por este tipo de construcción, cuenta Ferlosio cómo le dio por escribir, durante un buen tiempo, “largas y un poco innecesarias frases con combinación de muchos verbos” (semejantes a esta que Ferlosio da por ejemplo, perfectamente inteligible a pesar de su complejidad y de no llevar ninguna coma: A Cayo y Sempronio estoy empezando a sospechar que lo que les pasa es que no deben de querer volver a ponerse a hablar de tener que venir a visitarme), lo cual le llevó a Ferlosio a “reparar en la extraordinaria fluidez del verbo castellano”.

Y continúa Ferlosio: “Naturalmente, la hipotaxis en que me fui empecinando más y más no se limitaba a estas fáciles construcciones con verbos, sino que se dilataba en frases mucho más complejas, poliarticuladas y de más largo aliento, hasta llegar a veces a cubrir un folio entero. De esta manera, llegó a antojárseme que solo podía decir tal o cual cosa de un modo satisfactorio, por suficientemente preciso, circunstanciado, explícito y completo, recurriendo a largas construcciones hipotácticas”. (En el bien entendido –puntualizo yo– de que la hipotaxis reclama siempre un uso correcto de la anáfora y ha de poseer una cualidad, por así decirlo, “respiratoria”, de tal suerte que admita ser dicha sin pérdida, por parte del oyente, del hilo principal de la oración.)

Sigue diciendo Ferlosio: “Cuando dejé toda lectura de obras literarias y empecé a dedicar mis ocios a la historia y a los documentos del ayer, especialmente de los siglos XV, XVI y XVII, creí poder sacar la conclusión de que el enorme desarrollo de la hipotaxis en el castellano se fue formando especialmente a partir del lenguaje administrativo y sobre todo el de la administración de las Indias, que acabó coronando en lo que yo llamo ‘la gran prosa barroca’”.

Y en este punto menciona Ferlosio “una relación del marino don Antonio de Vea sobre una expedición naval de 1675-1676, desde el Callao hasta el estrecho de Magallanes”. Dicha relación incluye un “informe oficial dirigido al gobernador y redactado –o firmado– el 18 de noviembre de 1675, sobre un naufragio sufrido por uno de los navíos de la expedición en aguas de la isla de Chiloé” que, siempre según Ferlosio, constituye “una excelente muestra de mi hipótesis, empezando a disipar el prejuicio corriente contra la pretendida ociosidad puramente retórica de las complejas construcciones hipotácticas de largo aliento del barroco”.

Ferlosio se ocupa muy bien de distinguir, de la idea común que nos hacemos de la prosa barroca, del llamado barroco literario o artístico, el lenguaje administrativo de Indias. Si para ilustrar el mérito de la gran prosa barroca dejamos de lado las formas pomposas y declamatorias que prosperaron por la misma época y “vamos a buscarlo en la documentación administrativa de las relaciones, consultas, ‘suplicaciones’ (id est: apelaciones), dictámenes, informes, alegatos, etcétera, siempre obligados por la escrupulosa precisión de su funcionalidad en los complejos asuntos administrativos, con sus intersecciones e interferencias simultáneas entre lo fáctico, lo técnico, lo económico, lo jurídico y lo político, toda esa aparente gratuidad declamatoria que se le atribuye se verá justificada, en máxima medida, por la exigencia de rigor en sus necesidades funcionales. El contenido naval del informe de Antonio de Vea”, escribe Ferlosio, “me sugirió representarme la ‘gran prosa barroca’ como un gran galeón, con todo su aparejo múltiplemente combinable de mástiles, botavaras, botalones, jarcias, rizos, poleas, gavias, foques, cangrejas…, todo un complicado organismo sinérgicamente articulado, tan distinto de las barquitas de una sola vela latina que puntean, por no decir pespuntean, el manso y soleado Mare nostrum de la costa alicantina, a semejanza de las breves frasecitas paratácticas de la prosa de Azorín, mientras los galeones de la gran prosa barroca se enfrentaban con todas las galernas del Mare tenebrosum”.

Siguiente columna

Y bien: la sola perspectiva de ver acercarse estos soberbios galeones de los que Ferlosio habla figuradamente produce en el lector latinoamericano, me parece a mí, una alarma y un rechazo instintivos. Rechazo que, según pretendo, arraiga en la casi automática identificación de esos galeones retóricos con los muy reales que una y otra vez llegaban a las costas de Latinoamérica desde la Península, cargados de toda suerte de documentos escritos.

Escribe Ángel Rama: “Entre las peculiaridades de la vida colonial, cabe realzar la importancia que tuvo una suerte de cordón umbilical escriturario que le transmitía las órdenes y los modelos de la metrópoli a los que [los letrados] debían ajustarse. Los barcos eran permanentes portadores de mensajes escritos que dictaminaban sobre los mayores intereses de los colonos y del mismo modo éstos procedían a contestar, a reclamar, a argumentar, haciendo de la carta el género literario más encumbrado, junto con las relaciones y crónicas”.

La árida naturaleza burocrática de esta incesante y procelosa documentación escrita hace que resulte muy difícil apreciar en ella, cuando las tiene, esas virtudes que Ferlosio atribuye a la prosa en la que a menudo –pero no siempre, desde luego– aparece redactada. Lejos de eso, mueve a desdeñarla con muy buenas razones, y ha terminado por asentar, en el oído del lector moderno, un hondo prejuicio hacia ella. Ese prejuicio habría coartado el interés y la afición, por parte tanto del lector como del escritor latinoamericano, hacia aquellas modalidades de la escritura en que, a la búsqueda de la máxima precisión y rigor en la adecuada expresión de un concepto, el castellano despliega sus formidables aptitudes sintácticas. Ferlosio se ha referido al castellano como “el más complejo y refinado sistema gramatical de entre los de las restantes lenguas de Occidente, el más capaz de diversificar y graduar direcciones de sentido y de disminuir las posibilidades de equívoco”. Explotando a fondo esta virtud del idioma, el mismo Ferlosio ha desarrollado en sus escritos una extraordinaria capacidad “discriminante, especificadora, circunstanciadora, explicitante y, en fin, intelectiva y comunicativa”. Ahora bien: el resultado es una prosa poderosísima que, insisto, se le presenta al lector latinoamericano, a estas alturas, bajo el intimidante aspecto de esos viejos galeones de la gran prosa barroca, de los que no quiere saber nada.

Esta ajenidad respecto de una prosa como la de Ferlosio, delata un conflicto en la relación que el latinoamericano suele mantener con la lengua que emplea para escribir. Conflicto que arraiga en la compleja relación que el latinoamericano culto mantiene con su propia lengua.

A continuación voy a extenderme sobre esto, siguiendo muy de cerca las tesis expuestas por Ángel Rama en La ciudad letrada y otros lugares. Éste ha discurrido con gran perspicacia sobre el desencuentro que en toda América Latina se produjo, ya desde los primeros tiempos de la Conquista, “entre la minuciosidad descriptiva de las leyes y códigos y la anárquica confusión de la sociedad sobre la cual legislaban”. Ello dio lugar, dice Rama, a “la diglosia característica de la sociedad latinoamericana”, en la que al habla popular y cotidiana se superpuso una lengua pública y de aparato “que resultó fuertemente impregnada por la norma cortesana procedente de la península, la cual fue extremada sin tasa cristalizando en formas expresivas barrocas de sin igual duración temporal”.

“En el comportamiento lingüístico de los latinoamericanos quedaron nítidamente separadas las dos lenguas”, dice Rama, quien insiste en la condición esencialmente escrituraria de esa lengua pública y de aparato, estrechamente aliada al poder, “al que sirvió mediante leyes, reglamentos, proclamas, cédulas, propaganda, y mediante la ideologización destinada a sustentarlo y justificarlo”.

De esta forma, cabe observar cómo, durante la etapa colonial, “un intrincado tejido de cartas recorre todo el continente. Es una compleja red de comunicaciones con un alto margen de redundancia y un constante uso de glosas: las cartas se copian tres, cuatro, diez veces, para tentar diversas vías que aseguren su arribo; son sin embargo interceptadas, comentadas, contradichas, acompañadas de nuevas cartas y nuevos documentos. Todo el sistema es regido desde el polo externo (Madrid o Lisboa) donde son reunidas las plurales fuentes informativas, balanceados sus datos y resueltos en nuevas cartas y ordenanzas. Tal tarea exigió un séquito, muchas veces ambulante, de escribanos y escribientes y, en los centros administrativos, una activa burocracia, tanto vale decir, una abundante red de letrados que giraban en el circuito de comunicaciones escritas, adaptándose a sus normas y divulgándolas con sus propias contribuciones”.

Esta es la situación que hereda la clase letrada en Latinoamérica después de la emancipación política, y a la que, a partir de entonces, se ve obligado a hacer frente cualquier proyecto de emancipación cultural. Nos las tenemos con un extenso cuerpo de profesionales objetivamente investidos por el monopolio del uso supuestamente legítimo de una lengua impuesta como legítima, que producen para su propio uso una lengua especial, que cumple “una función social de distinción en las relaciones entre clases y en las luchas que les oponen en el campo de la lengua” (Pierre Bourdieu).

Esta situación es afín, en términos generales, a la que, con mucho menos dramatismo, se reconoce por idénticas fechas en buena parte de las sociedades europeas, sin ir más lejos en la francesa, en la que la política de unificación lingüística de la Revolución otorgó estatuto de lengua nacional a la lengua oficial que se usaba para fines burocráticos y literarios, reforzando los privilegios de quienes, por su educación, estaban mejor capacitados para emplearla, es decir, los miembros de la burguesía ilustrada.

Va siendo hora de que el escritor latinoamericano, y sobre todo el novelista latinoamericano, revise su relación suspicaz con ese tipo de escritura que, como la de Ferlosio, se esfuerza en decir las cosas “de un modo satisfactorio, por suficientemente preciso, circunstanciado, explícito y completo”.

Pues hay que decir que esa diglosia característica de la sociedad latinoamericana, a la que Rama aludía, es, todavía hoy, en Latinoamérica, característica del individuo culturalmente pertrechado, consciente de emplear dos lenguas distintas según se exprese en un ámbito cotidiano, familiar, social, laboral, o lo haga por escrito.

“El hombre culto, en Latinoamérica”, dice Rama en otro lugar, “sabe de la existencia de España, de la literatura española, sabe sobre todo de la existencia de la Real Academia, conoce desde la escuela la imposición de las normas de prosodia y sintaxis determinadas, en última instancia, por esa Real Academia, y a la vez tiene clara conciencia de que él es, idiomáticamente, un ser híbrido: tiene una expresión propia, íntima, familiar –la de la infancia, la del amor, la de la amistad–, que es distinta, a veces mucho, de la expresión pública –del aula, del tratamiento ceremonioso, de la escritura, del periódico–. Desde luego que toda lengua acepta distintos grados de intimidad y complicidad, y en todas ellas hay un gradual pasaje de lo socializado a lo privado, pero en el caso concreto del hombre culto americano, hispanoparlante, tenemos dos personalidades idiomáticas simultáneas y no siempre armónicas”.

El malestar ante este hecho sería el determinante de las actitudes adoptadas, en el transcurso de dos siglos, por el común de los escritores latinoamericanos. Cabría releer la historia entera de la literatura latinoamericana, desde la emancipación hasta la actualidad, en función de las diversas estrategias adoptadas para resolver este malestar. De esa relectura se desprenderían elocuentes conclusiones acerca del modo tan diverso en que han procedido ensayistas, poetas y novelistas.

Quiero ahora fijarme especialmente en estos últimos, en los novelistas. Para Ángel Rama, al novelista hispanoamericano se le plantea, desde muy pronto, una disyuntiva cardinal: “o utilizar un idioma escrito o utilizar un habla”. En un primer momento, esta dicotomía se manifiesta como esta otra: “utilizar un ajeno lenguaje académico o utilizar una jerga popular provinciana”. Posteriormente, la cuestión se complica, y las dos alternativas ofrecen, a su vez, distintas disyuntivas, cuyos rumbos a veces se entrecruzan. Pero en la base de la actitud del novelista latinoamericano hacia la lengua que escribe se reconoce esa disyuntiva primordial: “utilizar un idioma escrito o utilizar un habla”. La conciencia activa o pasiva de la enorme distancia entre lengua hablada y lengua escrita hace que para el narrador latinoamericano el empleo de esta última resulte de alguna forma conflictivo.

He leído estos días una recopilación de los artículos de Alejandro Zambra recientemente publicada por la UDP. En una de las piezas reunidas (“De novela, ni hablar”, 2007) me encuentro con el siguiente pasaje:

“Así somos en Chile: desconfiamos de la fluidez, de la facilidad de palabra, por eso tartamudeamos tanto. No es una crítica: es una descripción. Desconfiamos, también, de la escritura. Tartamudeamos, también, en la escritura. Un nítido divorcio persiste entre la lengua hablada y la lengua escrita: son muchas las palabras y las frases que, entre nosotros, se dicen pero no se escriben. Contra ese divorcio lucharon Gabriela Mistral, Nicanor Parra, Enrique Lihn o Gonzalo Millán; se atrevieron, cada uno a su modo, a escribir, a buscar un lenguaje chileno. Violeta Parra se atrevió a descubrirlo, a crearlo y, por si fuera poco, a cantarlo. El gran secreto de la literatura chilena es ese abismo entre lo que se dice y lo que se escribe. Lo que Neruda inventó fue, en realidad, un balbuceo elegante, un fraseo literario que favorece el rodeo y la eterna divagación. La antipoesía nos salvó de esa retórica instantánea. La dirección que empieza con Parra sigue con Lihn y con Juan Luis Martínez, pero éstos son solo nombres de una lista interminable. Con Juan Luis Martínez, de hecho, la poesía chilena abandonó el verso. Ahora son muy pocos los poetas chilenos que escriben verso. No sé si escriben en prosa, pero estoy seguro de que no escriben en verso. Los poetas chilenos olvidaron hace rato a Neruda. Pero los narradores chilenos escriben, escribimos adentro, como si la novela fuera, en realidad, el largo eco de un poema reprimido. Habría que encontrar, tal vez, el poema no escrito pero presente en las novelas chilenas. Habría que escribir el poema y algo más; algo que lo niegue”.

Así pues, el problema, no solo para los narradores chilenos, sigue siendo, al parecer, “ese abismo entre lo que se dice y lo que se escribe”.

Una poderosa tradición de la narrativa latinoamericana ha intentado una y otra vez, de las más diversas maneras, incorporar a la lengua escrita la lengua hablada, hacer que ésta resuene en aquélla. Tal fue, por ejemplo, el empeño de los criollistas chilenos, con Mariano Latorre al frente. Pero los resultados de estos intentos resultaron paradójicamente artificiosos, valorados al menos en su conjunto.

En el extremo opuesto, otros novelistas trabajaron a partir de la escritura misma, de las posibilidades inventivas que ella les abría, de su capacidad para crear una lengua propia, y no solo para representar el mundo. Del llamado “barroco americano” a la “estética de la dificultad”, el siglo XX explora en Latinoamérica distintas direcciones en que la escritura, despegada de la lengua hablada y de cualquier propósito mimético con respecto a ella, alcanza por sí sola un espesor, una materialidad o bien un vuelo que hicieron de la narrativa del continente una de las más llamativas y poderosas de todo Occidente.

La herencia principal del boom ha consistido en la implantación de la narrativa latinoamericana en los circuitos de circulación internacional, a los que se abrió y se sigue abriendo a partir sobre todo de la industria editorial española, que es la que, en última instancia, determina lo que cabe entender por “mercado lingüístico”, aquel en el que, al margen de cualquier imposición conscientemente sentida, sanciona y promueve unas opciones lingüísticas sobre otras, conforme a dinámicas propiamente mercantiles, relativas a los beneficios tanto materiales como simbólicos que procuran unas y otras.

Entiendo que, al menos en literatura, el boom consolida en Latinoamérica el proceso de emancipación cultural emprendido a partir de la emancipación política. Borrado casi por completo el rastro de la colonia, ya mucho antes que el boom, pero definitivamente a partir de él, los narradores latinoamericanos dejan atrás esa sensación de tener que trabajar, cuando escriben, “con un instrumento prestado, que muchas veces encaran como ajeno”. [Y digo casi porque la mentalidad colonial no deja de reconocerse en algunas de las estrategias narrativas que modulan más característicamente lo latinoamericano. Sin ir más lejos, el llamado “barroco americano”, al que me acabo de referir, puede servir de muestra al respecto. Es conocido el pasaje en que Alejo Carpentier justifica la necesidad de la expresión barroca en América. Dice en él: “La palabra pino sirve para mostrarnos el pino; la palabra palmera basta para definir, mostrar la palmera. Pero la palabra ceiba no basta para que gentes de otras latitudes vean el aspecto de columna rostral de ese árbol gigantesco. Esto solo se logra mediante la polarización certera de varios adjetivos o, para eludir el adjetivo en sí, por la adjetivación de ciertos sustantivos que actúan, en este caso, por proceso metafórico. Si se anda con suerte –literalmente hablando en este caso– el propósito se logra. El objeto vive, se contempla, se deja sopesar. Pero la prosa que le da vida y consistencia, peso y medida, es una prosa barroca, forzosamente barroca”…]

La herencia principal del boom, en cualquier caso, no ha sido ni la consolidación de una nueva escritura, resueltamente decidida a explotar sus virtualidades como tal (virtualidades que van de lo puramente imaginativo e intelectivo a lo políticamente subversivo), ni tampoco el achicamiento de la distancia entre lengua hablada y lengua escrita, y del malestar que suscita.

En días pasados asistí en Rosario, Argentina, a un encuentro internacional sobre las literaturas americanas doscientos años después de la emancipación política. Participé allí en una mesa redonda que tenía por lema: “España, centro de legitimación de las literaturas americanas”. En mi intervención, recusé el término legitimación y propuse emplear el lema: “España, centro de homologación de las literaturas americanas”. Este papel homologador se desprende de la función distribuidora que España realiza de las literaturas americanas, y se aplica tanto sobre las convenciones literarias como, muy particularmente, sobre la lengua empleada para escribir.

La lengua literaria que circula internacionalmente suele ser, en lo que al castellano respecta, “una lengua normalizada, lista para ser emitida por un emisor y un receptor cualquiera, que ignoran todo el uno del otro, como requieren las exigencias de la previsión y del cálculo burocráticos, que suponen funcionarios y clientes universales”.

Pierre Bourdieu emplea estos términos para referirse a la constitución, en la Francia posrevolucionaria, de una lengua nacional, normalizada, que es por fuerza una “lengua estándar, impersonal y anónima como los usos oficiales a los que sirve”.

Ahora bien, en la Latinoamérica emancipada del poder español, constituida por múltiples naciones independientes, muchas de ellas con realidades lingüísticas muy complejas, más allá de los usos locales del castellano, ¿cómo se ha impuesto esa lengua normalizada y estándar? ¿No es la abstracción misma de Latinoamérica la que, como un señuelo, ha preservado, en el plano de la lengua, una construcción de corte colonial? ¿Cómo se explica que, al igual que el latín en la Edad Media, el castellano repartido en casi una veintena de países desunidos cuando no enfrentados políticamente y a veces muy remotos entre sí, no haya generado unas divergencias dialectales capaces de reflejarse en la lengua escrita? ¿Cómo se explica que el castellano se perpetúe como koiné, como código “que rige la lengua escrita, identificada con la lengua correcta, por oposición a la lengua hablada, implícitamente tenida por inferior”?

Cito ahora a Héctor Libertella y su ensayo sobre Nueva escritura en Latinoamérica, de 1977. Leo allí: “Sociedades de consumo, medios masivos, producción escrita respondiendo a modos de organización social y económica… Cultura y mercado de Occidente. Desde allí, la propia producción latinoamericana se marca en la actitud del escritor (imagen de sí mismo, deseos y fantasías de ‘comunicación’) y en su consecuente elección de herramientas, códigos, géneros literarios”.

Libertella habla aquí de un tipo de escritura “eficiente, esclava de modelos prescritos por el capitalismo”; habla de “lenguajes de puro intercambio personal autor-público”, de “estructuras mansas que buscan ‘transparencia’” y de “la obsesiva búsqueda de un ‘fondo’ (información, argumentos, temas)”, todo ello conforme a una especie de legalidad universal en la literatura.

Se trata, en definitiva, de un nuevo colonialismo cuyos efectos, según Libertella, “pueden observarse en cierta voluntad de normativizar […] que respeta sumisa una economía de estilo –el estilo sencillo– estimulada por su éxito en ciertos circuitos de consumo”, y que “similarmente niega toda propensión al trabajo ‘barroco’, ‘hermético’ o ‘complejo’ inciertamente llamado, entonces, experimental”.

A la luz de estas palabras, considero ahora esas otras en que Alejandro Zambra, después del pasaje ya citado, declara percatarse que, de un tiempo a esta parte, los novelistas chilenos –los novelistas latinoamericanos en general, insisto yo– parecen haberse armado de valor y haberse entregado por entero a la facilidad de palabra, confiándose “a ciegas en la idea de representatividad”.

Pareciera que, por fin, los narradores han superado “el complejo de no ser poetas”, añade Zambra, y que de este modo han obviado, parece sugerir, “ese abismo entre lo que se dice y lo que se escribe”. Ahora bien, ¿hasta qué punto no está siendo así a fuerza de haber adoptado como lengua propia una especie de código internacional: un español fuertemente marcado por los medios de comunicación de masas y adaptado a la circulación, al intercambio dentro del espacio triangular que forma Latinoamérica con Europa y los Estados Unidos?

Bien está que los narradores renuncien a la poesía y superen, como dice Zambra, “el complejo de no ser poetas”. Nicanor Parra, en efecto, marcó un antes y un después en la poesía de Latinoamérica, al establecer de una vez por todas que el territorio en que aquélla se afinca es el del habla.

Siguiente columna

Pero el habla es un territorio que no pertenece a la novela, por importantes e insistentes que hayan sido los esfuerzos por incorporarlo a ella.

Durante siglos, el acercamiento del habla a la escritura ha tenido, y sigue teniendo en ocasiones, efectos subversivos, como bien demuestra la aventura de la antipoesía, como –en un registro muy distinto– demostraron en su momento las crónicas de Pedro Lemebel. Pero nunca se considera suficientemente que la novela, en cuanto género moderno, es un género escriturario, asociado al nacimiento de la imprenta, a la difusión de la lectura silenciosa en solitario y al desarrollo de la prosa científica.

En un trabajo publicado hace ya más de un año en la revista de la Universidad Diego Portales, dentro de un dossier dedicado a la alta y baja cultura, postulé que la historia de la novela moderna, del siglo XVIII en adelante, puede leerse en buena medida como el tránsito de la novela como género de baja cultura a género de alta cultura. Admito que esta apreciación está sujeta a toda suerte de puntualizaciones y de impugnaciones, pero insisto en subrayar la importancia que para la novela tuvo el cultivo de una lengua cada vez más adiestrada en la minuciosa captación de la complejidad del mundo y del hombre, de los sutiles procesos de la conciencia.

Los nuevos novelistas latinoamericanos, sin embargo, no trabajan en este frente, en esta trinchera. El coloquialismo del que hacen gala no se corresponde exactamente con un intento de traducir el habla común. Más bien parecen haber adoptado un estándar lingüístico en el que la preocupación por el habla ha sido desplazada por la de la claridad y transmisibilidad.

En “Los mitos de Cthulhu”, Roberto Bolaño se preguntaba por la razón que hace que algunos escritores alcancen éxitos de ventas, y se respondía: “Venden y gozan del favor del público porque sus historias se entienden. Es decir: porque los lectores, que nunca se equivocan, no en cuanto lectores, obviamente, sino en cuanto consumidores, en este caso de libros, entienden perfectamente sus novelas o sus cuentos”.

Más adelante aún, en esa brutal conferencia inconclusa destinada a ser leída en un encuentro de jóvenes escritores latinoamericanos celebrado en Sevilla, Bolaño se decía que ahora, sobre todo en Latinoamérica, los escritores buscan “el reconocimiento del público, es decir la venta de libros, que hace felices a las editoriales pero que aún hace más felices a los escritores”. Y añadía Bolaño: “Algunos utilizan más el cuerpo, otros utilizan más el alma, pero a fin de cuentas de lo que se trata es de vender. ¿Qué no vende? Ah, eso es importante tenerlo en cuenta. La ruptura no vende. Una escritura que se sumerja con los ojos abiertos no vende. Por ejemplo: Macedonio Fernández no vende. Si Macedonio es uno de los tres maestros que tuvo Borges (y Borges es o debería ser el centro de nuestro canon), es lo de menos. Todo parece indicarnos que deberíamos leerlo, pero Macedonio no vende, así que ignorémoslo. Si Lamborghini no vende, se acabó Lamborghini. Wilcock solo es conocido en Argentina y únicamente por unos pocos felices lectores. Ignoremos, por lo tanto, a Wilcock. ¿De dónde viene la nueva literatura latinoamericana? La respuesta es sencillísima. Viene del miedo. Viene del horrible (y en cierta forma bastante comprensible) miedo de trabajar en una oficina o vendiendo baratijas en el Paseo Ahumada. Viene del deseo de respetabilidad, que solo encubre al miedo”.

A la sombra de estas palabras conviene reconsiderar ese rechazo al que aludía al principio a una escritura como la de Rafael Sánchez Ferlosio. He empezado por decir que ese rechazo obedece a una inmemorial susceptibilidad hacia “la gran prosa barroca” castellana en cuya tradición se inserta muy deliberadamente la obra de Ferlosio y que resuena a oídos del lector latinoamericano como prosa “imperial”. Pero entretanto he dejado dicho también que en la conciencia de los nuevos escritores latinoamericanos apenas queda el rastro de la colonia, lo que me invita a complicar mi tesis de partida y sugerir que dicho rechazo se dirige, más profundamente, a toda manifestación de escritura que transgrede ese principio de comunicabilidad que, como Libertella decía, se ha consagrado como legalidad universal en literatura.

Theodor W. Adorno, en un pasaje que invoco en toda ocasión en que, como en el prólogo a la selección de los artículos y ensayos de Ferlosio, me ha correspondido salir al paso de las acusaciones que recibe su prosa de resultar difícil, compleja, dice (leo por extenso el parágrafo 64 de Minima moralia):

“El escritor siempre podrá hacer la experiencia de que cuanto más precisa, esmerada y adecuadamente se expresa, más difícil de entender es el resultado literario, mientras que cuando lo hace de forma laxa e irresponsable se ve recompensado con una segura inteligibilidad […] El abandono, el nadar con la corriente familiar del discurso, es un signo de vinculación y contacto: se sabe lo que se quiere porque se sabe lo que el otro quiere. Centrar la expresión en la cosa en lugar de la comunicación es sospechoso: lo específico, lo que no está acogido al esquematismo, parece una desconsideración, una señal de hosquedad, casi de desequilibrio. La lógica de nuestro tiempo, tan envanecida de su claridad, ingenuamente ha dado recibimiento a tal perversión dentro de la categoría del lenguaje cotidiano. La expresión vaga permite al que la oye hacerse una idea aproximada de qué es lo que le agrada y lo que en definitiva opina. La rigurosa, en cambio, contrae una obligación con la univocidad de la concepción, con el esfuerzo del concepto”, que reclama del lector “la suspensión de los juicios corrientes respecto a todo contenido”, exponiéndolo a un desamparo al que enérgicamente se resiste. “Solo lo que no necesita entender le es inteligible; solo lo en verdad enajenado, la palabra acuñada por el comercio, le hace efecto, familiar como es.” De ahí el rechazo o el vacío que suele rodear a quien se empecina en el rigor de la expresión. “Pocas cosas hay que contribuyan tanto a la desmoralización de los intelectuales”, concluye Adorno: “Quien quiera evitarla deberá ver en todo consejo de atender sobre todo a la comunicación una traición a lo comunicado”.

Me voy acercando ahora a mis particulares conclusiones. Hace ya tiempo que la telefonía móvil e internet vienen potenciando la expansión de una nueva era letrada, en la que la escritura y la cultura letrada en general, a la que tantas veces se le había pronosticado su ocaso a consecuencia de la imparable emergencia de la cultura de la imagen, ha recobrado una inesperada vitalidad. Cabe referirse, algo abusivamente, a una nueva escritura “coloquial”, que funciona como una suerte de habla, en el sentido de que cumple funciones muy similares y adopta similares características. Se trata de una escritura funcional, sometida a una mutante dinámica de eficacia y de transparencia, de univocidad, que descarta palmariamente todo atisbo de complejidad, de complicación, de ambigüedad. Y da la impresión de que es en este registro híbrido de la lengua, a medio camino entre el habla coloquial y la lengua escrita, en el que viene instalándose mayoritariamente la lengua empleada por la mayor parte de los novelistas contemporáneos.

El ya citado Héctor Libertella cifraba el futuro de la nueva escritura latinoamericana en su capacidad para emprender “un trabajo de distinta cualidad comunicativa” que la del grueso de lo que hoy pasa por literatura, para proponer “un cuestionamiento radical del hecho literario” y dedicarse frontalmente “al texto como objeto incluso ¿opaco? para que primariamente se lo vea como tal. Carne, grosor, densidad textual que establece en principio”, dice Libertella, “la diferencia material de América Latina”. Esa diferencia la estarían marcando, cuando Libertella escribía esas palabras, autores como Enrique Lihn o Severo Sarduy o Reinaldo Arenas, por poner ejemplos complementarios de esos otros –Macedonio, Wilcock, Lamborghini– evocados antes por Bolaño.

Hemos visto que el continente entero fue constituido y recubierto por una tupida red de escritura que, como dice Ferlosio, se vio obligada a desarrollar una extraordinaria capacidad de adaptación a las complejidades a que hacía frente. Ocurrió así no solo con la prosa administrativa de los funcionarios de la Corona, sino también con la de las llamadas crónicas de Indias. Una y otra contribuyeron decisivamente a dibujar América Latina. Y lo hicieron no tanto por la vía del castellano como lengua de poder y de opresión, como por la de una escritura que floreció simultáneamente a la prosa científica que, a su vez, tan determinante iba a ser, como ya he señalado, para el impulso de la novela moderna.

Va siendo hora de que el escritor latinoamericano, y sobre todo el novelista latinoamericano, revise su relación suspicaz con ese tipo de escritura que, como la de Ferlosio, se esfuerza en decir las cosas “de un modo satisfactorio, por suficientemente preciso, circunstanciado, explícito y completo”.

Las palabras de Alejandro Zambra citadas más arriba fueron inspiradas por un pasaje de una crónica de Clarice Lispector, en el que se dice a sí misma: “Estoy escribiendo con mucha facilidad y con mucha fluidez. Hay que desconfiar de eso”.

Mucho antes, en Los apuntes de Malte (1911), Rainer Maria Rilke había hecho decir a su personaje: “No, no hay nada en el mundo que se pueda imaginar, ni la menor cosa. Todo se compone de tantos y tantos detalles únicos, que nada se puede prever. Al imaginar se pasa sobre ellos, y con tal rapidez que no se da cuenta uno de que faltan. Pero las realidades son lentas e indescriptiblemente circunstanciadas”.

La escritura eficiente que en la actualidad emplea la mayor parte de los narradores, sean de donde sean; el castellano comercial en el que se escriben la mayor parte de las actuales novelas latinoamericanas, pasan por alto esos detalles. Apenas penetran, con su facilidad y su fluidez, en la lenta y compleja realidad.

No habría que darse por satisfechos con eso. No habría que darse por satisfechos con los logros del lenguaje coloquial, de una lengua colonizada por el periodismo, por la publicidad, por la televisión, con tendencia a ratificar el curso de las cosas.

No es en el plano del habla, ni siquiera en el del habla escrita, sino en el de la escritura misma, con toda su capacidad de penetrar en la complejidad, donde cabe avanzar en esa “ciencia del hombre” a la que, según Musil, debería aspirar la novela moderna. Dice Ángel Rama con ocasión de analizar las formas siempre marginales en que, durante la colonia española, se expresaron las discrepancias contra las imposiciones que aparejaba la lengua de los conquistadores: “Podría decirse que la escritura concluye absorbiendo toda la libertad humana, porque solo en su campo se tiende la batalla de nuevos sectores que disputan posiciones de poder”. Por su parte, Adorno dice en otro pasaje de su Minima moralia (el 65): “Solo el hablar que conserva en sí el lenguaje escrito libera al habla humana de la mentira de que ésta es ya [plenamente] humana”.

La escritura se convierte en herramienta de conocimiento y de liberación, y no solo de entretenimiento, cuando se resiste, como dice Lispector, a su propia facilidad.

Lo decía Rilke –otra vez Rilke– en uno de sus poemas de juventud, en el que vuelve la mirada hacia sus predecesores y se dice a sí mismo y a los suyos:

Querían florecer, y florecer es ser bellos;
pero nosotros queremos madurar,
y eso significa ser oscuros y esforzarse.


REFERENCIAS

Rafael Sánchez Ferlosio, Cáracter y destino. Ensayos y artículos escogidos, selección y prólogo de Ignacio Echevarría y Carlos Feliú, Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2011.

Ángel Rama, La ciudad letrada (1984), Arca, Montevideo, 1998.

Ángel Rama, La novela en América Latina. Panoramas 1920-1980, Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile, 2008.

Pierre Bourdieu, ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos (1982), trad. de Esperanza Martínez Pérez, Akal, Barcelona, 1985.

Alejandro Zambra, “De novela, ni hablar” (2007), No leer. Crónicas y ensayos sobre literatura, Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2010, pp. 145-150.

Héctor Libertella, Nueva escritura en Latinoamérica, Monte Ávila, Caracas-Buenos Aires, 1977.

Roberto Bolaño, “Los mitos de Cthulhu”, El gaucho insufrible, Anagrama, Barcelona, pp. 159-177.

Theodor W. Adorno, Mínima moralia (1951), trad. de Joaquín Chamorro, Taurus, Madrid, 1987.

Rainer Maria Rilke, Los apuntes de Malte Laurids Brigge (1911), trad. de Francisco Ayala, Alianza, Madrid, 1981.

Sigue con...