De París a Tierra del Fuego

Olivier Rolin: un cazador de ficciones

Presentación de Mauricio Electotat

Está de más decir que Olivier Rolin es uno de los escritores que vienen sonando y contando en el panorama de la narrativa francesa de los últimos decenios. Desde Fenómeno futuro a Un cazador de leones, o sea, desde 1983 a la fecha, mediante unas diez novelas y otros tantos libros de viajes y ensayos, Olivier Rolin se ha impuesto como un autor singular: hijo (es un decir) de esa primavera parisina conocida como Mayo del 68, formado en la intensidad histórica de los años 60, cuyos escenarios se desplazan, con la velocidad vertiginosa de la modernidad, desde la guerra de Vietnam a las (primeras) independencias árabes (fundamentalmente, tratándose de Francia, la argelina), sin olvidar la revolución cubana, Olivier Rolin se sitúa, como casi todos los intelectuales de su generación, en ese espacio cambiante en el que la lucha política (hoy día hablaríamos de participación cuidadana) urge. Se es intelectual en la medida en que se toma posición, dicho de otro modo, la palabra no puede rehuir el imperativo de la acción, a riesgo de quedar enclaustrada en el limbo de la estética o de la filosofía puras. Toda escritura, todo objeto de arte, todo pensamiento están así sometidos a una doble tensión: la de la creación y la de la acción. El creador debe presentar sus batallas no solo en el terreno de la estética o del debate de ideas, es indispensable que la escritura, el arte, el pensamiento se confronten de manera inmediata, radical y, a veces, definitiva, con esa máquina de parir monstruos y monstruosidades que es la Historia. Dije que la de Rolin es una generación fundada en la prueba de fuego (o de piedrazos y poesía mural) del Mayo del 68 francés, pero, obviamente, son hijos de los intelectuales europeos de los años 40 y nietos de los de los años 30; las sombras tutelares (a veces no tan “sombras” ni tan “tutelares”) son Sartre, Camus, pero también Malraux (uno de los grandes enemigos, en 1968), sin olvidar a Bernanos y tantos otros. En realidad, el gran cambalache del siglo XX no da tregua. Ahí está Rolin, Olivier, con apenas veinte años en 1968, buscando, a lo mejor, un lugar, “su” lugar, en ese gran musical (variadísimo, ligeramente horroroso, ligeramente heroico, esperanzador y decepcionante al mismo tiempo) que es la historia europea y la de sus apéndices americanos y africanos, que no termina de caerse a pedazos, desde las colonias y 1914, desde Auschwitz y Treblinka, hasta nuestras dictaduras y exterminios, adaptaciones locales, no menos briosas, de las grandes piezas maestras europeas. En esa encrucijada, pero estoy tentado de decir en esas ratoneras, Olivier Rolin mira hacia la experiencia china, a lo mejor la sabiduría oriental encuentra la síntesis, ese concepto tan vapuleado y vaciado, pero digamos que necesario para poder labrarse un lugar al sol, entre el horror y el beato optimismo revolucionario. Pero, claro, la música maoísta resulta ser más beata que la tradicional orquestación marxista occidental. En la Izquierda Proletaria, grupo al que Olivier Rolin se suma, junto con otros intelectuales parisinos, se predica la humildad del burgués ante el proletario, se prohíbe todo placer desviacionista: el placer de leer textos, lo que va de par, se comprenderá, con el placer de leer cuerpos. Una revolución sin sexo, sin lecturas, sin alcohol, una revolución de santos. Olivier Rolin no ha bajado a la calle, no ha entrado al trapo, como se dice en español de España, para privarse, no por una particular afición a los placeres, carnales y/o textuales, sino porque sabe que una revolución sin cuerpo y, por extensión, sin intelecto o (lo que es lo mismo, con perdón de algunos) sin alma, es una revolución condenada al fracaso. Pudo haber triunfado (o sobrevivido) en China, pero nunca lo hará en París, ni en Buenos Aires, ni en Santiago de Chile. ¿Qué queda cuando los modelos fracasan estrepitosamente al contacto de eso que llamamos, a falta de una mejor definición, lo real? ¿Qué queda cuando las teorías no resisten la prueba de la ambigüedad y de la volatilidad de lo real y sin embargo nuestro deseo de decir una palabra sobre el mundo permanece intacto? No hace falta ser un lector avezado de Camus para saber que quedan dos vías: el suicidio –físico o moral– o la ficción. Y el joven y ya ex militante que propone la fundación de una Sociedad para la Promoción de una Ligera Intemperancia Internacional, cuyo acrónimo sería Spliin, ¿por qué vía creen ustedes que optará?

Aquí está, pues, Olivier Rolin, treinta y tantos años y alrededor de veinte libros más tarde. Y estoy seguro de que si le preguntáramos al joven que luchaba en la clandestina oscuridad de los años 70 por un mundo más brillante, si se hubiese imaginado, 30 años más tarde, hablando de su última novela, la décima, a no ser que sea la novena o quizás la octava, poco importa, en la Feria del Libro de Santiago de Chile, en el marco de una Cátedra que lleva el nombre de otro escritor que no tuvo por revolución sino la que él mismo se creó a fuerza de tesón y búsqueda solitaria, si le preguntáramos a ese Rolin, Olivier, de veinte y pocos años, estoy seguro de que sonreiría y no lo podría creer.

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Pero aquí está, con Un cazador de leones, su última novela, que esperamos esté muy pronto en nuestras librerías. Y hablo de este libro, no solamente porque es el último (el último conocido, al menos), sino porque tengo la impresión de que en esta novela, Olivier Rolin logra –a su manera, o sea, a la manera de la ficción– esa síntesis que la política, siempre mezquina, le negó a él y a los de su generación. Me explico: en esta novela, Olivier Rolin, o mejor dicho, el narrador que despliega la historia (o las historias) se comporta como una especie de passeur.  Esta es una figura bien conocida en el mundo francés: se habla de passeur para designar a aquellos intelectuales que introducen en la cultura francesa a escritores de otras latitudes. Roger Caillois, introduciendo a Borges; Valéry Larbaud, corrigiendo la traducción del Ulises de Joyce y, a su manera, Christian Bourgois, importando la sorprendente obra de Gombrowicz, son conocidas figuras de passeurs, literalmemente, “pasadores”, gente que pasa contrabando (humano o no) entre las fronteras. Pues bien, el narrador de Un cazador de leones se comporta como un passeur, enuncia desde un lugar equidistante entre París (el París finisecular de Manet y de su amigo, Pertuiset, el cazador de leones) y Valparaíso. Entre las costas del África y Lima, Santiago, Punta Arenas, Porvenir… Hay también en esta novela, como en toda novela que se precie de tal, un tono, una dicción, diríamos casi, de ese sujeto que narra. En el caso de Rolin, ese tono es el de la recuperación no del tiempo perdido, sino de los tiempos perdidos, porque asistimos a una recuperación de lugares y hechos mediante el habla de una memoria melancólica, algo triste, algo desencantada, ligeramente irónica. A ese cazador de leones, un poco pompier como se dice en chileno, grandilocuente y torpe, se oponen las figuras de Manet, el artista sobrio, culto, escéptico, tenaz. Ese Manet, que lucha por cazar su verdadero arte, es como un correlato del narrador, que persigue su propio pasado, sus propias huellas, en Valparaíso, en Punta Arenas, en Tierra del Fuego. En esta novela, como en las de Patrick Modiano, hay una verdadera topografía de los lugares perdidos. Un París desaparecido, que en el discurso del narrador suena así: “No se andaban con bromas, en el Edén. En el número 9, de la avenida de Clichy, allí donde estaba el Guerbois, una tienda de zapatos Bata. En el 11, la tienda de Hennequin, el vendedor de colores de Manet, es ahora una ferretería, se venden allí, con los cuchillos y las tijeras, todo tipo de objetos agradablemente pasados de moda (…) La verde fachada de mosaicos verde bronce y roja, adornada con una paleta y dos pinceles cruzados y la inscripción ‘Casa fundada en 1830’ no ha cambiado desde el tiempo de Manet. Al frente, del otro lado de la avenida, el pasaje Lathuille, con adoquines gruesos como jorobas, mezcla los rasgos del París popular de antaño y de hoy día, pequeños edificios con techos de tejas, persianas blancas, viejos talleres, hoteles para trabajadores inmigrantes”… Un poco antes, después de brindarnos una animada descripción del Valparaíso de 1870, en el que desembarca el cazador de leones, dispuesto a conquistar el tesoro de los incas que se esconde en la Tierra del Fuego, el narrador vuelve a conectar con su propio pasado: “Hace 25 años, cuando viniste por primera vez, te alojabas en el Hotel Prat. Los somieres crujían al ritmo de los amores venales; en cuanto a ti, no tenías para compartir tu cama, sino los chinches de un tamaño poco común. El Hotel Prat existe todavía, la entrada se encuentra en una galería siniestra, sucia, entre las calles Condell y Donoso. Cuando uno pasa de noche por la calle Condell y levanta la cabeza hacia el hotel, se dibujan sombras en rectángulos de luz pálida, como radiografías. Una de esas sombras, sueñas, es a lo mejor la tuya hace un cuarto de siglo”. Hay algo proustiano en esta novela, un movimiento pendular entre varios pasados, entre varias vidas, diríamos, la de Manet, la de la bella Clochette de Miraflores, la del cazador de leones, pero también las varias vidas de ese narrador errante en lugares tan improbables como las calles de un París definitivamente sepultado o el Club croata de Porvenir. Pero al contrario de Proust, Rolin no pretende recuperar el tiempo perdido, fijándolo en la fabulosa caja de resonancia de la memoria, sino más bien invitarnos –como alguien que nos habla al oído, en la penumbra de un bar de algún mundo desaparecido– a contemplar con él el triste, el melancólico paso del tiempo. Este quizás sea el único secreto al que no podrá responder nunca ninguna teoría revolucionaria, el del abismo del tiempo y los lugares y las palabras perdidas. Se me viene a la memoria uno de los mejores poemas de Jorge Teillier, que a lo mejor sería una buena manera de cifrar la novela de Olivier Rolin. Su narrador, sin duda alguna, podría haber firmado estos versos; a lo mejor, Olivier también:

“Me despido de los
amigos silenciosos
a los que solo les importa saber
dónde se puede beber algo de vino
y para los cuales todos los días
no son sino un pretexto para entonar canciones
pasadas de moda
(…)
y me despido de estos poemas: palabras, palabras
–un poco de aire movido por los labios– palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar”.

De parís a Tierra del Fuego

Olivier Rolin

La última novela que escribí, Un cazador de leones, se desarrolla a finales del siglo XIX, en parte en París, y en parte en América del sur, en Lima y especialmente en Chile, en Santiago, Valparaíso, Punta Arenas y en Tierra del Fuego. Cuenta las historias cruzadas de Edouard Manet, el gran pintor precursor inmediato del impresionismo, amigo de Baudelaire, de Zola, y sobre todo de Mallarmé, el artista que escandaliza el gusto académico y burgués de la época con pinturas como Desayuno en la hierba u Olympia, y de un personaje pintoresco y ridículo, cazador de fábulas y de tesoros, hipnotizador, traficante de armas y explorador, de nombre Eugène Pertuiset. Manet fue un hombre fino, cultivado, y un gran artista, en cambio Pertuiset, tosco e ignorante, más aun, ridículo, fracasó en casi todas sus empresas. Ellos no tenían en principio ninguna razón para conocerse y apreciarse, pero los seres humanos (y sobre todo los que se convierten en personajes de una novela), son más complejos y contradictorios de lo que parecen. Pertuiset fue lo que se llama en francés un “gros lard”(un tonto), pero también un pintor aficionado que admiraba a Manet a quien compró varios cuadros. Uno podría pensar que fue admirador de pintores académicos de su tiempo, pero no, era la pintura “revolucionaria” de Manet la que a él le encantaba. Desde este punto de vista, fue más inteligente y audaz que el gran escritor Teófilo Gautier, admirador de Delacroix y que dijo de Manet que “se proponía como meta el feo ideal”. Por su lado, Manet, que era un parisino de alma, sentía una especie de admiración, o por lo menos curiosidad, por el aventurero que era Pertuiset, un tipo que cazaba osos en Rusia, leones en Argelia, y el tesoro de los incas en Tierra del Fuego. En 1880 Manet hizo un retrato de él vistiendo su traje de cazador, con su fusil, e incluso, un león disecado detrás, uno de sus últimos grandes cuadros puesto que iba a morir en 1883 y que en los últimos años de su vida la enfermedad que contrajo, una forma de sífilis conocida como Tabes Dorsalis, casi impedía que pintara.

Este cuadro es el origen de la novela a la que da título. El cuadro se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Sao Paulo, donde lo descubrí el año 2006. Cuando digo que la “descubrí”, quiero decir que no sabía de su existencia hasta entonces. No es una pintura muy famosa de Manet, incluso es una pintura que los historiadores prefi en pasar por alto. Puede ser porque hay en ella una especie de brutalidad que no se corresponde con la manera de Manet. Cuando la vi en agosto de 2006 en Sao Paulo, reconocí en seguida el personaje porque lo había encontrado un cuarto de siglo antes, en 1983, un siglo después de la muerte de Manet, en Punta Arenas. No en carne y hueso, por supuesto –yo no sé cuándo ni cómo murió– pero sin duda, alrededor del siglo XIX o a principios del siglo XX. Lo había encontrado en un libro comprado en una librería de Punta Arenas, llamado Pequeña historia austral. Habla este libro de los exploradores de las regiones australes de América y aprendí gracias a él que el primero que intentó hacer una exploración de Tierra del Fuego había sido en 1873, ese gordo francés que el autor, Armando Braun Menéndez, califi aba de “funambulesco”. Había en el libro un grabado que lo representaba de cuerpo completo: vestía un saco oscuro de cuello redondo ceñido por un cinturón de cuero, el pantalón encajado dentro de las enormes botas, su rostro grueso, sanguíneo, bastante inexpresivo, enmarcado con patillas anchas bajo un sombrero alto. Había permanecido en un rincón de mi memoria, en parte porque parecía bastante raro o funambulesco (los ingleses dirían “quijotesco”) y porque su expedición había sido un fracaso total. Acabó por ser expulsado de Chile, un poco como otro francés medio loco que se había proclamado rey de Araucanía y Patagonia, Orélie Antoine de Tounens, que una novela del escritor Jean Raspail, en los años sesenta del siglo pasado, había sacado del olvido. Siento simpatía, como hombre y como novelista, tanto por los iluminados como por los que fracasan en sus empresas. Por otra parte, una de sus actividades que consiste, como ya dije, en la venta de fusiles a varios partidos de golpistas en América Latina, a Perú sobre todo, me recordó a Rimbaud que en ese momento lideraba la caravana cargada de fusiles a otra parte del mundo, a Abisinia (y que también fracasó en sus empresas comerciales). Lo cierto es que no tenía el genio de Rimbaud ni su belleza, pero me gustaba imaginar que tal vez se encontraron y hablaron de negocios. Por último, me recordaba a otro personaje, imaginario esta vez, uno de los tíos fantásticos que Blaise Cendrars evoca en su gran poema Panamá o las aventuras de mis siete tíos: el sexto, que salió “con una compañía de astrónomos a inspeccionar el cielo bajo la costa occidental de Patagonia”: “Los instrumentos en equilibrio / Electromagnético / En los fi dos de Tierra del Fuego / En los confi del mundo / Ustedes pescaban espumas protozoares a la deriva entre dos aguas a la luz de los peces eléctricos / Ustedes coleccionaban aerolitos de peróxido de hierro”. Total, cuando me encontré con el retrato de Pertuiset por Manet, en Sao Paulo, de inmediato lo reconocí. Tenía el mismo traje que en el grabado de la Pequeña historia austral, que evidentemente fue dibujado a partir del cuadro, más bien de unas fotos que fueron sacadas durante las sesiones de pose. El grabador se conformó con borrar el león que se veía bizarro en Tierra del Fuego.

En 1983, ¿qué es lo que yo estaba haciendo en Punta Arenas? Aún no había escrito ningún libro y ya era corresponsal y escritor de reportajes sobre la guerra en Malvinas, del lado de Buenos Aires, para un gran semanario francés. Me beneficié de mi presencia en el Cono Sur para pasear un poco. En verdad, si pedí que se me enviara a Argentina, fue sobre todo para ver esos lugares: el estrecho de Magallanes, Tierra del Fuego, Valparaíso, que soñaba con ver desde mi niñez. Y ¿por qué? Sin duda la magia de los nombres. Hay un poeta belga, un tanto olvidado actualmente, Marcel Th y, cuyas obras han sido recogidas bajo un bello título: Tú, que palideces ante el nombre de Vancouver. Hay nombres que hacen palidecer, que hacen latir el corazón. Tierra del Fuego es para mí uno de esos nombres. Valparaíso también. La primera película que vi en mi vida fue un documental acerca de una familia de viajeros franceses de apellido Mahuzier. Yo tenía seis o siete años, mi abuela me llevó al cine de una pequeña ciudad bretona, todavía lo recuerdo. La película, precedida por una conferencia, tenía por título “Tierra del Fuego-Alaska” y contaba el viaje de la familia del extremo sur al extremo norte del continente americano. Esas obras fueron, sin duda, sin que me diera cuenta, mi primer modelo de vida. En aquella época cuando el mundo escondía aún tantos misterios, Tierra del Fuego parecía extraordinariamente lejana e inaccesible, los aviones no eran todavía capaces de atravesar los océanos en un solo vuelo, la televisión no era tan común, mucho menos las fotografías, y la gente se trasladaba para escuchar aburridos conferencistas que les hablaban de India o de la Patagonia.

Tal vez recordé en aquel entonces El faro del fin del mundo, una novela póstuma de Julio Verne que trata de la lucha desesperada del guardián del faro de la Isla de los Estados contra una banda de piratas diabólicos, pero para ser honesto no puedo asegurarlo. Sé que es cierto, en todo caso, que la Tierra del Fuego me parecía, como a Julio Verne, el fi del mundo, y siempre ha tenido para mí un encanto irresistible porque sus tierras desiertas son propicias para la melancolía. Todos sienten la misma atracción que yo cuando niños. Desde ese punto de vista, yo nunca he dejado la infancia.

Escribí dos novelas que transcurren en Sudán, que es también un país semidesértico y bastante incómodo. Mi último libro publicado tiene por nombre Siberia, y en él cuento varios viajes hasta el Polo Norte y Kamtchatka que es otra forma de fin del mundo, visto desde París. Esos lugares tienen para mí mucho más encanto que Venecia. Entonces yo tenía esas ideas, más bien esas ensoñaciones, cuando decidí en 1983 dar una vuelta por las regiones magallánicas. No quiero pasar por alto el libro que me había infundido el deseo austral. Me refiero, por supuesto, a En Patagonia de Bruce Chatwin. Fue a través de este libro que conocí tantas historias apasionantes, a menudo siniestras, muy novelescas como por ejemplo la de un indio escocés de nombre Alexandre MacLennan, alias “El cerdo rojo” que sería finalmente atrapado no por la justicia de los

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hombres que no se preocupaba mucho por la matanza de los indios, sino por la justicia inmanente, porque iba a morir alcohólico, loco, creyéndose un toro. Una historia que Francisco Coloane podría contar. También aprendí con el libro de Chatwin que (e iba a confirmarlo más tarde) en el palacio que Maurico Braun hizo construir en Punta Arenas, y que funciona como museo de la ciudad, hay un cuadro de José Ruiz Blasco, padre de Picasso, que representa el cortejo nupcial de una pareja de gansos.

Tal como Bruce Chatwin no guardo muy buenos recuerdos de Ushuaia. Como no había muchas cosas que hacer pasé mucho tiempo mirando el mar, más bien el Canal Beagle. Esperé para ver pasar una ballena, o al menos una foca. Unos policías me arrestaron diciéndome que quedaba prohibido mirar el mar, pero es cierto que la proximidad de la guerra de las Malvinas los tenía paranoicos. También conocí a una mujer joven que enseñaba un francés bien rudimentario a los adultos. Cuando le pregunté por qué los fueguinos aprendían francés ella me respondió “porque se aburren”, lo cual era cierto. Su marido, que trabajaba en la base naval, me tenía por amante de su mujer y por espía. Lo cual explica que un día la policía me haya despertado temprano y sin aviso para ponerme en un avión de vuelta a Buenos Aires. En Punta Arenas yo había visto demasiados militares desfilar por las calles, y había leído la historia de dos jóvenes que habían sido atropellados en la mañana en Avenida Bulnes. “Esperaron la muerte abrazados” era el titular que se leía en la primera plana de El Magallanes, y me pareció una vez más muy novelesco, del tipo Pequeña historia austral en el que descubrí el personaje del tipo que será, veinticinco años más tarde, héroe picaresco y grotesco de una de mis novelas, Eugène Pertuiset, que Manet pintó como Cazador de leones, viva caricatura del siglo XIX europeo. Él fue, como dije, trafi ante de armas e inventor de una bomba explosiva que trató de vender al emperador Napoleón III, a un zar, al emperador de Brasil; era el terror de los grandes hoteles internacionales puesto que viajaba con lo que llamaba su pólvora portátil que le servía para llenar las balas de su invación. Además, para su felicidad, encontró una carta escrita por Rimbaud en Abisinia, en la cual pedía que se enviaran más de esas famosas balas. Pertuiset fue un encantador en una época que creía mucho en los atributos de aquello que llamaban “magnetismo animal” (si han leído Bouvard y Pecuchet de Flaubert, sabrán que los dos personajes que personifi an el espíritu o más bien la estupidez de su época, son muy afi nados al magnetismo y los encantamientos); fue un buscador de tesoros, en un siglo que se fascinó por ellos: hay que tener en cuenta el tesoro del Conde de Montecristo de Dumas, o La isla del tesoro de Stevenson. Ellos fueron, después de todo, buscadores de fábulas y exploradores, personajes que pasaban por representantes de la civilización de una época que es también la de la conquista colonial. Pertuiset fue todo eso, además de ridículo: no consiguió vender su chatarra bélica, pero sus pretendidos dones como encantador lo llevan a creer, absurdamente, que el tesoro de los incas, a consecuencia de un naufragio, está escondido en Tierra del Fuego; montó una expedición, a fines de 1873 y principios de 1874, que daba la vuelta a Bahía Inútil, pero todo terminó mal: no encuentra nada sino indios a los que trata con cierta amabilidad. Sus hombres acaban por pelear entre ellos, cuestión que lo obliga a renunciar a Chile. En mi novela, me inspiré en la historia detrás de este equipo –parece que fui también un escritor pomposo muy amigo del lugar común–, pero hice del fi de la expedición algo más lamentable, y aunque no diré de qué modo, espero que lo descubran en el libro cuando sea traducido.

Enfrente, del mando de Manet, está la invención de la pintura moderna, que los impresionistas consideraban su precursora, pero que los críticos y el arte oficial no cesan de insultar, con una constancia y una violencia que ningún otro pintor, creo, ha sufrido. De manera que, tal vez, la verdadera aventura no fue el cazador de leones que él pintó, sino a sí mismo, que tuvo el coraje de luchar solo, toda su vida, contra las convenciones artísticas de la época. La modernidad revolucionaria de Manet consiste antes que nada en asfaltar el uso libre de los colores en vez de los tonos oscuros de “betún” de la gran pintura francesa. El realismo cruza las escenas que pinta: un bebedor de absenta, un cantor callejero, una prostituta con aire de chica de pueblo y no de Venus mitológica; y, contradictoriamente, es la afi mación del hecho que la pintura es una fi n, una imagen que vale por sí misma, una superfi coloreada y no una ventana abierta del mundo, una representación y no una parte de la realidad. La pintura no es solo el lado parisino de esta historia, con Manet, Berthe Morisot, Degas, sino también el lado chileno: está, en efecto, en Valparaíso, unos años antes que Pertuiset desembarcara allá, Whistler pintó frente a la bahía sus primeras telas nocturnas, Crepúsculo en color piel y verde y Nocturno en azul y dorado, y este que lleva por título un nombre maravilloso: La mañana después de la Revolución. Whistler vino a Valparaíso a pelear del lado de Chile contra los españoles, en 1866, tal como Byron voló a socorrer a Grecia contra Turquía. Finalmente, no peleó esa batalla porque la fl española, como ustedes saben, se contentó con bombardear la ciudad después de lo cual se encontraban en tan malas condiciones que no les quedó más remedio que irse. Así, Whistler pudo tranquilamente desplegar su atril y sacar sus pinceles.

Mientras tanto, su amante, una irlandesa llamada Jo que él había retratado en Sinfonía en blanco, descansaba en París y posaba para el muy célebre e impúdico cuadro de Courbet El origen del mundo. Y hasta el Estrecho de Magallanes se merece un lugar en la pintura moderna, no solo por las mamarrachadas con temas animalistas que Pertuiset hizo pintar de sí, sino porque el padre de Paul Gauguin murió y fue enterrado en Puerto del Hambre. Fue un periodista republicano salido al exilio en Perú tras el golpe de Estado de Louis Napoleón Bonaparte, futuro

Napoleón III (un destino que años más tarde también afectaría a Chile). Él viajaba con su mujer, hija de la militante socialista y feminista Flora Tristán, que se decía a sí misma hija de Simón Bolívar, y su niño, el futuro pintor, que tenía tres años. En la escala de Puerto del Hambre, él murió repentinamente, al parecer por un ataque cardíaco causado por una violenta pelea con el capitán del barco: él murió, literalmente, de rabia. Está enterrado en un lugar desconocido, pero sabemos que Gauguin cuando fue marinero, a bordo del barco Chili, vino a visitar la tumba. Vargas Llosa lo recuerda en El paraíso en la otra esquina.

Estas y muchas otras historias son las que cuento en Un cazador de leones. Pero no es solo eso, hay otro nivel en la novela. La llegada a Sao Paulo y el cuadro de Manet, a 25 años de mi primer viaje por las orillas del Estrecho de Magallanes, son lo que ha vuelto a mi memoria. El cazador gordo posando con su fusil delante de un león disecado son los objetos a través de los cuales el pasado volvía hacia mí: mis viajes, mis libros, mis amores, mis tristezas. Por eso es que decidí casi al mismo tiempo que iba a escribir su historia y la de Manet. A través de los intersticios de dos historias principales se resbala también mi historia personal como en contrabando. Además, me recuerda qué hay en mí de Pertuiset y de Manet: como uno, tengo ciertas disposiciones al viaje, como el otro, me dedicaba al arte; sin dudas yo era un poco menos ridículo que Pertuiset, felizmente, y menos artista que el gran Manet, desafortunadamente. Tierra del Fuego donde Pertuiset había llevado anteriormente una expedición de la que doy cuenta en mi libro, también es mi pasado, el cuarto de siglo transcurrido desde que yo experimenté, ambas, la gran isla y el explorador payaso. La última línea del libro dice: “El león que cazas, la Tierra del Fuego que exploras, el tesoro que buscas, son, como siempre, el tiempo perdido: un lugar donde la vida pasada es aún la vida de los sueños, caza en que se sabe con certeza que al fi la bestia te mata, sola exploración que se acaba entre los dientes de los antropófagos”.

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