De expediciones, extravíos, exclamaciones

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Inés Bortagaray, Aventurera

Presentación de Gonzalo Maier

Creo que Noé Jitrik, el crítico argentino, decía que la buena literatura, por sobre todas las cosas, era el estilo. Que en él se jugaba todo. Si me preguntan, diría lo mismo. Y acto seguido, sólo separado por una coma, agregaría que la literatura de Inés Bortagaray, es parte de una tradición rioplatense en la que precisamente triunfa el estilo. Y el de Bortagaray es ligero y bello y alegre. Incluso, diría, supone una forma de oír, de entonar la voz. Pienso sobre todo en Prontos, listos, ya, la novela que doy por hecho que la trae a Chile, y otro poco en Cuántas aventuras nos aguar- dan, un libro  que  apareció hace sólo unas semanas, casi diez años después del anterior, y en el que esa mirada feliz aparece ahora de otra forma, más compleja, por cierto, pero con la misma naturalidad de las preocupaciones cotidianas. Entre la niña que miraba hipnotizada los postes pasar por  la carretera y la mujer que en medio de un cumpleaños re- cuerda que se le olvidó colgar la ropa, la literatura de Bortagaray mantiene el encanto de sorprender con un estilo y una voz inconfundibles.

No hay mucho misterio: supongo que conocí los libros de Inés Bortagaray  tal  como lo hizo una generación entera de lectores. O al menos los de mi edad, porque no sé cómo lo harán sus lectores futuros, que de seguro tendrá: por el boca a boca, digo, fue que supe de ella. Prontos, listos, ya  fue la puerta de entrada: un libro delgado y con un título llamativo que circulaba rodeado de comentarios entusiastas y elogiosos, que durante un tiempo fue imposible de encontrar en las librerías chilenas, que luego llegó a cuentagotas en una edición venezolana, si mal no recuerdo, y que hace poco circula como Pedro por su casa gracias a Laurel, que lo acaba  de publicar en una edición muy linda y cuidada –acaso veraniega–, que no puedo menos que recomendar.

Me gusta pensar que la literatura de  Bortagaray  lleva la contra: en ella se mezcla la cotidianidad con la calma, no sé si de la provincia, pero al menos de vidas que van a una velocidad que aún permite divagar y sorprenderse con nimiedades. Un poco como el ánimo que flotaba en La vida útil, una película de Federico Veiroj sobre un tipo que después de trabajar muchos  años, o tal vez toda su vida, en la cinemateca uruguaya, quedaba sin trabajo y debía  adaptarse al mundo, tal como los niños cuando salen del colegio, o incluso de la universidad, y viven ese momento torcido en  que las expectativas no coinciden con lo real. En esa película, Bortagaray era una de las guionistas y si mal no recuerdo, porque la vi hace varios años,  el cine, en una gran paradoja, era lo que salvaba a ese hombre un poco gris y triste, como recuerdo también las calles de Montevideo, donde todavía existía la hora de la siesta, la gente amable y las buenas librerías de viejo.

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Lo de la cinemateca no es casual. Bortagaray lleva años ligada a las películas. Imagino que ha visto muchas y que esa vocación se confirmó durante sus años en la Universidad Católica del Uruguay, donde estudió junto a Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, los directores de 25 Watts y Whisky, esta última, tal vez uno de los clásicos instantáneos del cine latinoamericano contemporáneo, donde Bortagaray trabajó en las sombras como segunda asistente de dirección. Un mundo –el de las películas– donde ella sigue  trabajando sin prisas, que al parecer es el ritmo que mejor le queda. El año pasado, eso sí, se estrenó Otra historia del mundo, que no he visto, y en la que Bortgaray hacía otra vez de guionista tal como en Mi amiga del parque, de 2015, que sí vi. En ella, junto a Ana Katz, vuelve sobre ese mundo que le queda tan bien, en este caso, un drama casi doméstico y mínimo –maternal, incluso–, con tintes de comedia, donde la gente no es quien creemos que es y en la que algunos versos de Nicanor Parra, perdonando el chovinismo innecesario, son centrales para entender de qué va el argumento.

Tal como en las películas, la literatura de Bortagaray parece un chispazo que salta cuando de pronto se cruzan preguntas u observaciones ingeniosas en escenarios donde, por regla general, triunfarían los bostezos. Hay algo de la parsimonia de Hebe Uhart y otro poco de Mario Levrero en sus textos. Creo que el mismo Levrero, a todo esto, fue el editor de Ahora tendré que matarte, su primer libro, de 2001, y también fue en su taller, en el de Levrero, donde Bortagaray se inició en el extraño mundo de los libros.

Es una lata buscar parecidos y coincidencias, además, hace unos días, en la feria del libro  de Santiago, escuchaba a dos escritores uruguayos  quejarse de que los trataban siempre de excéntricos y dislocados. Ellos querían ser normales y no vendré yo a cuestionar los deseos  ni los traumas del resto. En cualquier caso, la vida cotidiana y el simulacro de normalidad son el escenario en el que las narradoras de Bortagaray se mueven a sus anchas.

Sus libros, que están vivos como pocos, también cuestionan el ritmo de la gran ciudad  e incluso la lógica burocrática con que se suele narrar el mundo, o tal vez debiera precisar: el mundo adulto, tan estereotipado y reducido. Sus personajes aceptan la fractura y la debilidad. Me atrevería a decir que uno de los intereses  centrales de la literatura de Bortagaray apunta a la pregunta más difícil de todas, esa misma que fundó la filosofía: ¿cómo ser felices? Su fraseo son descargas eléctricas que saltan de repente –pim, pam pum– y lo hacen a través de una voz encantada, entrañable, casi mágica. Tal vez este sea el momento ideal para callarse y oír la de Inés Bortagaray.

 

De expediciones, extravíos, exclamaciones

Inés Bortagaray

 

Prólogo

Intento en este párrafo explicar, muy brevemente, de qué hablaré en esta conferencia. Lo que quiero es hablar sobre la expedición de la escritura. De la escritura como un camino sinuoso y con peligros, con serpientes venenosas, con precipicios y aguas movedizas. De la construcción de una identidad y de la exploración en esa identidad. De los extravíos, que también valen y algo enseñan. Y de los hallazgos, que no necesariamente auguran una temporada de serenidad. Quiero hablar del oficio y para eso debo volver  al pasado, a la infancia, y también a las obsesiones y a los juegos de palabras y al miedo a perderme. Empiezo.

Parte 1

Mi texto está precedido por este título que viene con una obsesión. Una simpática, tal vez, pero obsesión, sin dudas. La obsesión actual es usar palabras que empiezan con “ex”. No sé si a ustedes les pasa, ¿les pasa? ¿Tienen modas con las palabras? Yo sí, me apego mucho a las palabras. Hace un tiempo no podía parar de decir “frondoso”, hasta que me cansé y ahora siento que estoy empachada de lo frondoso, y  elijo  todas las veces “arborescente” para pensar en un monte lleno de árboles nativos, retorciéndose unos sobre otros, y el sonido de una cañada secreta sonando ahí cerca.

Desde que soy niña adopto modas con las palabras. Al principio fueron las esdrújulas. Me parecían el colmo de la distinción, una vía rápida para alcanzar el prestigio en unos poemas que escribía en cuadernos de tapa dura, poemas que además iniciaban y terminaban  siempre  con la misma frase, cosa que también anunciaba donaire.

“Madrugada… madrugada”, por ejemplo. O: “Tengo miedo de los ladrones, tengo miedo de los escalones”. Así iniciaba y remataba un poema que escribí cuando tendría siete años.

Las esdrújulas eran ampulosas. Las esdrújulas permitían demorarse en  las  inmediaciones de la enunciación, paladearla. “Crepúsculo” era mejor que el soso “atardecer”. “Tórrido” era más intenso que “caliente”, y con “luciérnaga” tenía problemas, porque decir “bichitos de luz” era  y es más bonito. Toda vez que pude usé mandrá- gora, pálida, vértigo, ábaco, pésimo.

Había encontrado un amuleto, un polvo mágico, un escudo, un salvoconducto: las palabras importaban y yo podía elegirlas. Podía parecerme a las palabras. Podía ser elegante si las palabras eran elegantes. Podía decir “escaparate” en vez de “vidriera” y eso importaba. ¿A quién? No lo sabía. Pero no faltaba mucho tiempo para que esa persona apareciera.

Aquí aparece en un texto (muy antiguo) de homenaje a esa persona:

Está mejor decir el nombre cierto: ella es Susa- na Viña de Goytisolo y es rubia y corpulenta y sentimental y tiene los labios siempre pintados de carmín y bajo la túnica ella usa esos escotes. El cuerpo podría decirse que se derrama o que  se ciñe, dependiendo de dónde uno deposite los ojos cuando la mira.

Se puede mirar su boca que parece de Sophia Loren o de Graciela Borges en el sentido orgulloso de esa descripción: tiene los pómulos altos y marcados y la boca le hace el rictus que surge cuando alguien se muerde las mejillas y entonces la mandíbula se afina al modo ciertamente francés y elegante de las actrices cuya boca parece pronunciar una letra u, eternamente.

Ella es bonita y voluptuosa. Ella es la maestra. Tiene la voz ronca y   se pinta los labios con un rouge extremadamente grácil que ocasionalmente le mancha los dientes y cuando eso ocurre le quedan salpicados de rojo punzó. Ella sabe de pedagogía y de recursos para enseñar de buenas y entusiastas maneras a los niños despiertos. Ella es un amor de señora, de vecina, de maestra. Un ruiseñor. Fuerte el aplauso para la mayestática señora. Alabémosla entonando esta canción.

La maestra (que en este texto encarna Susana, pero ahora estoy hablando de la maestra en ge- neral) apreció muy tempranamente esa afición mía por la  escritura. Me  iba  mal  en  gimnasia y me iba bien en las redacciones escolares. Las disfrutaba y podía colocar ahí todo ese lexicón que iba pescando. Pescaba las palabras en los li- bros que leía. Que eran muchos. Los leía en casa, de noche, a la luz de una lámpara articulada que enganchaba en la cabecera de la cama.

Entre los siete y ocho años empecé una época de lectura voraz de los libros que nos regalaban: Miguel Strogoff, Colmillo blanco, Los cinco se escapan, Los siete secretos se divierten, Moby Dick, Robinson Crusoe, Mujercitas, Hola Luc, aquí Mar- tina, Papaíto piernas largas, Mi planta de naranja lima, Capitanes de la arena, Tom Sawyer, David Copperfield.

Intercalaba esos con otros que sacaba de la biblioteca de casa, sin pedir permiso.

Simplemente me fijaba en el título, y los que me gustaban se iban conmigo: Papá Goriot, Los novios, Ana Karenina, Últimas tardes con Teresa, Bonjour tristesse, Lo que el viento se llevó, Cumbres borrascosas, Jane Eyre, Retahílas, Juan Cristóbal. Ahí había una cantera de palabras nuevas, que  se sumaban a todas aquellas esdrújulas y hacían una legión que podía usar a mi antojo. Pensaba que me iba bien en la escuela gracias a que sabía usar sinónimos, como si los sinónimos pudieran engañar a las maestras y hacerles suponer que yo dominaba algo sobre alguna cosa.

Yo leía sin prejuicios y sin reverencia. No sabía que debía tener miedo o respeto por los libros. No lo sentía. Simplemente leía. Y acá abro un paréntesis. Prometo que será breve.

Todavía creo que hay que ser muy irreverente con los libros. No guardar ninguna clase de respeto helado y solemne con ellos. Hay que quererlos como se quiere a los personas  que  uno más quiere. Hay que apreciar a Werther o   a Rodion Romanovich Raskolnikov como se conoce a un buen amigo y nunca con pompa y circunstancia.

Fin del paréntesis.

Las palabras: aparecían en esas redacciones escolares que me daban prestigio. Me volví mercenaria, hice algunos textos por encargo. Una vez, para mi hermano. Un cuento sobre un viejo en una tapera (reminiscencias de una época nativista y gauchesca que describiré más tarde), que él hizo pasar como su tarea domiciliaria, y que le devolvieron con una buena nota. Otras veces con una amiga. Hacíamos cartas de amor que dejábamos debajo de las puertas, intentando sembrar el malentendido. Tocábamos timbre en casas desconocidas, dejábamos aquellas cartas incendiarias y salíamos corriendo. En las cartas decíamos cosas como: “¿por qué te empeñás en engañarme, cuando sabés muy bien cuánto te venero?”. Teníamos la esperanza de que quien recibiera la carta tuviera la conciencia sucia, fuera artífice de alguna clase de traición o parte de un triángulo, y entonces la carta le estaría hablando muy directamente y se convertiría en un dardo directo al entrecejo.

Había abandonado los poemas que empezaban y terminaban con la misma frase y ahora llenaba cuadernos con borradores de cuentos gauchescos. Los protagonistas eran héroes ensangrentados, que llegaban a curar sus  heridas en una tapera. Había perros flacos merodeando. Había barbas hirsutas. Había una lavandera de manos curtidas. Había un lagarto que alguien cortaba en dos con un hacha, y que seguía moviéndose después del tajo.

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Fue por entonces cuando inicié un impulso místico. Empecé a creer en Dios y quise tomar  la comunión, pero supe que debía hacer la catequesis y entonces le pedí a mi madre que por favor me llevaran a catequesis. Además, quería trabajar por personas que lo necesitaran, entonces iba a trabajar a la guardería de una parroquia que quedaba cerca del barrio donde vivían mis abuelos. Mi abuela se sentaba en el segundo banco a la derecha en la misa de los domingos  de esa parroquia. Yo también empecé a ir a misa y cuando llegaba el momento de las canciones oía la voz desafinada de mi abuela y me daba vergüenza. Me daba vergüenza que cantara tan alto y que no se diera cuenta de que desafinaba. Breve paréntesis

Mi otra abuela también a veces me daba vergüenza. Iba a comer a casa una vez por semana. Le gustaba mucho comer, y lo hacía con  un poco de voracidad. No le importaba hacer ruido cuando tomaba sopa. Y si se me había dado por invitar a alguna amiga mientras duraba la comida yo sufría hasta que terminara la comida, e intentaba hablar alto para que no se sintiera el ruido de mi abuela tomando la sopa.

Fin del paréntesis

En la guardería donde trabajaba una vez por semana se me daba mejor el juego con los más grandes, porque con los bebés yo no sabía qué hacer. Me hice amiga del Manzana, un niño de unos nueve años. El Manzana y yo alimentábamos a un ñandú que andaba por ahí por el patio. Por fin tomé la comunión, y en esa época religiosa me volqué a lecturas que me contaminaron muchísimo. En ese momento, yo no supe cuánto, pero con el tiempo me fui dando cuenta de la dimensión de la desgracia.

Responsabilizo a Corazón, de Edmundo de Amicis y a Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach, como el binomio del mal.

Esos libros me hicieron un daño inconmensurable. Comencé a escribir pensando que debía hacer esperpentos como repartir una semilla y transmitir un mensaje. Anteponía adjetivos a sustantivos y hablaba del “cibernético sonido”, el “gris pavimento”, la “lúgubre morada”. La ciudad era culpable de todos los males. El campo siempre era puro. Las muchachas también siempre eran puras. Los hombres cargaban una mirada acerada y un corazón que la vida de la ciudad había ido corrompiendo hasta hacerle olvidar que algún día habían sido niños que adoraban pescar tarariras en el arroyo, ajenos a los tábanos y ajenos a cualquier noción de peligro, desastre  o estupefacción.

En esa época descubrí a Gabriel García Márquez con Cien años de  soledad,  y  enseguida Crónica de una muerte anunciada  y El amor  en los tiempos del cólera. Y de esa combinación entre lo bienpensante y admonitorio y una interpretación algo hueca de aquellas lecturas del realismo mágico (que recuerdo con mucho cariño y admiración), la muchacha pura y el hombre de mirada acerada tomaron nombres rimbombantes. “Éucaris Polifacética Antonieta” era una muchacha pura, recuerdo.

Yo estaba totalmente arrasada. Ese fue mi primer extravío. Entre los 15 y los 22 años dejé de escribir.

Parte 2

Tenía 22 años cuando conocí a Mario Levrero. Había estado viviendo en México un año y volví a Montevideo pensando en ahorrar y volver, por- que me había enamorado de un mexicano. Hice varios trabajos en esa época, y uno fue sumarme al equipo de colaboradores de un suplemento cultural que salía con un periódico uruguayo. Debía ocuparme de una página que se llamaba “El oidor”. La página consistía en un cuestionario Proust que se le hacía a algunos artistas. Me preguntaron por quién quería empezar. Dije, sin pensarlo, “Levrero”. Había leído a Levrero hacía poco, gracias a Daniel Hendler, un amigo que me había pasado tres libros: El lugar, La ciudad y El portero y el otro. Yo estaba fascinada con Levrero. Lo llamé, me atendió, me dijo que sí, fui a su apartamento, que compartía con Alicia, quien entonces era su mujer, y con el hijo de ella, Juan Ignacio. Me citó a las 8 de la noche, porque era noctámbulo y consideraba que las 4 de la tarde era demasiado temprano. Tomamos café y conversamos. Le hice las preguntas. La charla no paró hasta que vi la hora y era la 1 de la mañana. Yo debía irme. Se había hecho demasiado tarde. Me fui con varios deberes: renunciar al trabajo, empezar una terapia, retomar la escritura. Le hice caso con la tercera primero, y con el tiempo con las otras dos también. Creo que a todos Levrero nos mandaba a hacer lo mismo. Renunciar, empezar una terapia, escribir.

A pesar de que los ahorros me permitieron viajar a México, las cosas con el novio mexicano no salieron del todo bien y volví casi enseguida   a Montevideo. Llamé a Levrero. Empecé a ir a su taller, y lo hice, intermitentemente, durante los siguientes tres años. En ese tiempo escribí y publiqué mi primer libro (Ahora tendré que matarte) y ahí nació la semilla del segundo, Prontos listos ya.

Levrero se convirtió en un gran amigo, una persona generosa, con una gracia irresistible, que quise  muchísimo. Y  muy  lentamente, como un herido de guerra que pierde la memoria, amanece en el campo y es arrastrado por un alma piadosa (una persona que lo cuida día y noche, le cura las heridas y le humedece los labios con un paño húmedo con paciencia) gracias a su guía  fui reencontrando algo mío. Una voz. Un estilo. Algo que en el camino se me había desvanecido. Levrero me ayudó a recuperar esa voz. Nos ayudó a muchos en esa búsqueda. Nunca buscó la imitación, sino más bien ese hallazgo particular que cada uno podía hacer si lograba aguzar el oído y la mirada. Ese reflejo propio en el  espejo.

Quiero detenerme en uno de todos los ejercicios del taller. Uno que él llamaba “de la angustia difusa”. Con el dinero de la Beca Guggenheim, que por fin le habían concedido, Levrero hizo cosas sensatas y otras, acaso, menos sensatas. Entre las sensatas se cuenta vivir y escribir una belleza sublime: La novela luminosa, precedida por el diario de la beca. Entre las moderadamente insensatas (y tampoco tanto), se compró dos grandes butacas articuladas, de un material que parecía cuero y que recuerdo que de colo- res pastel, celeste y beige, creo. Le habían salido carísimas.

En esas butacas él pensaba, escuchaba tangos y ahí nos sentábamos a conversar cuando   iba a visitarlo. En esas butacas él practicaba la angustia difusa. ¿Qué era eso? La invitación era sentarse y tratar de mitigar todo ruido y todo pensamiento. Concentrarse en el vacío. Ese trayecto implicaba un gran esfuerzo de abstracción y el coraje de enfrentar la angustia. La angustia siempre sobrevendría, aclaraba él, y no debíamos amilanarnos. Había  que  aceptarla, mirarla a los ojos y sólo así la venceríamos. Cuando la angustia difusa se instalaba en nuestro cuerpo,  en un lugar que yo reconozco exactamente en la zona del esternón, algo se activaba. Algo de la memoria y algo de la imaginación. Ahí había un manantial, y tras esa angustia, con esa angustia, había que sentarse a escribir.

Con el tiempo, me di cuenta de que eso que  él proponía era un ejercicio de meditación, algo similar al rezo sin pausa que emprende Franny Glass para sortear su crisis espiritual en Franny y Zooey, de JD Salinger.

La angustia difusa es un señuelo. La música, en mi caso, un gran señuelo. Es un atajo muy eficaz para un baño sentimental, para dar con esa vibración que alumbra una historia y que sostiene una emoción. No necesariamente mientras escribo, pero antes, o después, o en las inmediaciones. El timbre de una voz. Una palabra fuera de uso. Expresiones de mi padre, de mi madre,  o de gente que conocí y que ya ha muerto. Una mixtura hecha de recelo y amor, de desencanto y curiosidad. Imágenes, imágenes, imágenes. Una estampa en la calle, en la cola del banco, o un cigarro aplastado pero todavía humeante que veo en el patio de la escuela mientras espero a que los niños salgan de clase.

Gracias a su guía  fui reencontrando algo mío. Una voz. Un estilo. Algo que en el camino se me había desvanecido. Levrero me ayudó a recuperar esa voz

Eso es pescar. Y la pesca es de las pocas cosas que se definen por el intento y no por la consecución. No se lee sin leer, pero se pesca sin pescar. Ese acto de fe siento que es similar a la escritura. Se escribe sin escribir. Muchas veces la escritura se gesta en una serie de movimientos subterráneos, placas tectónicas que se abren o se cierran, que dejan un vacío o que se embisten. Movimientos que presagian la escritura, y luego, por fin, la acción.

Vuelvo otra vez, a las expediciones. Otra vez a la pesca y la reunión con eso que es nuestro pero que con frecuencia olvidamos.

Yo no sabía que eso que se encuentra se puede volver a perder, y eso otra vez iba a pasarme. Ya verán. Hay una nueva serie de riscos y accidentes en esta historia.

Pero antes, una digresión con aquel mundo de las obsesiones.

Les contaba antes sobre las esdrújulas. Después de las esdrújulas y de toda esa pesquisa hecha de gauchos y moralina vino un ánimo supersticioso. Antes de llegar a la esquina debía decir nueve palabras que empezaran con “tro” si quería preservar mi salud y la de los míos. Rápido, rápido: “tropa”, “trompo”, “trolley”, “tromba”, “trompa”, “trocar”, “trovador”…

¿Qué otra palabra? “¡Tronco!”

¿Y ahora? Vamos, es la salud lo que está en juego. Momentos de hondo dramatismo. Momentos de suspenso. Sólo una falta. Vamos. “Trozo”.

¿“Trolley” valdría? Viene del inglés. Por supuesto que sí, vale, claro.

Para no sufrir tanto imaginando los castigos que me deparaba el destino si no encontraba rápidamente todas esas palabras, tuve que ser un poco más condescendiente. Podía  permitirme un ligero cambio en el orden de las letras. Ya no “tro”, sino “tor”. Todo resultaba más fácil, por- que abundan: “torpedo”, “tornado”, “tornasol”, “torvo”, “tordo”, “torneo”, “tórrido”, otra vez, “torcaza”, “torbellino”, “tordillo” y puedo  seguir y seguir (y entonces cuánta salud nos avecina).

Hasta que llegó el momento de las “ex”, donde hoy vivo. Expediciones, extravíos, exclamaciones, pero también excavaciones, excentricidad, extravagancia, extemporaneidad, exploración…

¿Por qué?

He aquí un intento de explicación.

Fin de la digresión e inicio de parte 3

“En medio del camino de nuestra vida me encontré por una selva oscura, porque la recta vía era perdida”, dijo Dante. Y esta parte de la historia podría llamarse: de cómo es posible perder lo que se ha hallado (la voz) y tardar, si no andamos especialmente corajudos, toda una década para volver a encontrarla.

Hace un mes publiqué en Uruguay un libro nuevo, tras varios años de silencio: un  silencio no del todo compacto, porque en el tiempo que transcurrió entre la publicación de  mi  segundo libro y este que apareció ahora igualmente publiqué relatos y algunas crónicas en revistas y antologías, y porque fue durante esta década cuando más trabajé como guionista de cine.

Este libro se llama Cuántas aventuras nos aguardan, pero hasta último momento dudé si no llamarlo Los expedicionarios. O, también: Las expedicionarias. Estaba pensando en aventuras, viajes, itinerarios, montes, junglas, trillos, baqueanos, machetes, brújulas, jabalíes. Estaba pensando todo el tiempo en Kon-Tiki. En las balsas de totora que han cruzado los océanos. En Magallanes, buscando el dichoso estrecho. En Aguirre, el de Aguirre, la ira de Dios, y su pesquisa ciega tras el Dorado. También en Humboldt, Bonpland, y los dibujantes, los viajeros. Y las viajeras.

Al mismo tiempo, andaba pensando en brócolis. En niños camino a la escuela. En charcos que pisan los niños camino a la escuela. En una legión de tareas liliputienses, diminutas, casi in- visibles, que se imantan una a una, día a día, y van formando un mamut: el mamut de la vida doméstica.

Entonces, decía, a propósito del título, quiero aquí y ahora, con ustedes, hablar de este juego. Este del palabrerío, este de las palabras como escudos o pasaportes, las palabras que se adoptan como amuleto  o  como  cábala,  y  también el último grito de la moda, o de mi moda: las expediciones.

Buscando un epígrafe para mi nuevo libro me topé con uno que se llamaba Explorer’s skecth- books (Chronicle Book, 2017). “Sketchbook” puede traducirse como bloc de dibujo o cuaderno de bocetos, algo así. En este libro había ilustraciones de varios exploradores que se asomaron a territorios desconocidos. Entre todos los viajeros estaba una dibujante botánica llamada Margaret Mee, una británica que  nació  un 22 de mayo (igual que yo) y que murió a los 79 años, en el año 1988.

Margaret Mee había vivido treinta años de su  vida  queriendo  retratar  una  flor misteriosa llamada “flor de la luna”, Selenicereus wittii, un cactus que sólo florece después de años, apenas por unas pocas horas a partir del crepúsculo. Varias veces Margaret había intentado pintar la flor (de pétalos largos y finos, de un aroma que dicen que es inolvidable), pero cuando encontraba el cactus la floración todavía no había ocurrido, o  el cactus ya estaba florecido.

En mayo del 88, pocos meses antes de morir, Margaret Mee registró en su cuaderno a esta flor, de corta vida. Se convirtió en la primera persona que pudo pintarla en su medio natural. En aquel libro, que contenía varios de sus bocetos, a cual más bonito, di con una frase que me pareció todo buque insignia para mi novela.

“Go home. You can leave me. I have slept with jaguars” / “Vete a casa. Puedes dejarme. He dormido con jaguares”

Había encontrado el epígrafe. Lo cierto es que esa mujer de aspecto frágil, una especie de Juliane Moore con pelo blanco y camisas de cuello alto, abotonadas y de colores pastel que me recordaban a las de la señora March, la madre de todas las Mujercitas, se había abismado a la jungla amazónica y había esperado noche tras noche, hora tras hora, que esa flor se abriera para poder estamparla en un retrato.

Margaret había mandado a los guardianes o protectores espontáneos a su  casa,  reclamaba soledad, con una explicación  muy  precisa: ella había dormido con jaguares. Sabía bien lo que era el peligro. Y no le temía. Eso me dejó extasiada (perdonen, en algún momento me de- tendré en mi impune misión de extraer el jugo de las ex en esta exposición, sé que es un juego infantil, y ya viene siendo oportuno que confiese que la infancia vive en mí con mucha más prestancia de la que me gustaría admitir, soy una señora monstruo). Ahí tenía a mi viajera madrina, y la idea hermosa de un jaguar y de un coraje, del trillo que se abre en medio de la jungla, de la paciencia que se construye bajo la luz de la luna  y de una confianza que no declina.

Las expediciones siempre vienen con incertidumbre, traspiés, tropiezos y peligros. Y ahora yo querría hablar de esos peligros. En Cuántas aventuras nos aguardan incluí un texto que sentí que era un prólogo, y que nombré El limbo (un prólogo). En El limbo explicaba qué había pasa- do en esos años de no publicar. Me detenía en los pasos perdidos. Los intentos fallidos. Los libros abandonados. Los inicios. Los rodeos.

Las pérdidas. En dos palabras, nuevamente, el extravío.

No voy a repetir acá lo que ya dije allá. Esa explicación pertenece a ese libro, y acá hoy estoy hablando de otra cosa, pero me gustaría sí detenerme en una veta de la madera de ese prólogo, porque atañe al oficio, y yo creo que (esto ya lo dije) hablar de “Expediciones, extravíos y exclamaciones” es hablar del oficio.

Durante mucho tiempo yo pensé que para madurar en mi camino como escritora debía ensayar una voz más distanciada y atenerme a contar una historia. Después de  Prontos, listos, ya pensé que debía madurar. Crecer. Irme hacia otros mundos. Como si ese libro (que cosechó un paquete precioso de críticas y unas lecturas  de lo más sensibles) fuera adolescente, y yo debiera cambiar de voz. Verán que andaba un poco

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desnorteada. También, por esos años en Uruguay había algunos críticos que señalaban con el índice a los que ellos llamaban “levreristas” (para entonces, Levrero ya había muerto). Los “levreristas” habían ido al taller de Levrero. Los “levreristas”, hijos del taller del mal, publicaban novelas breves, mayormente contadas desde una primera persona. Cultivaban el solipsismo y podían incluirse en una categoría que nombraron “egoísta”, y que vivía al lado de otras dos: la de los “pop” y la de los “serios”. La de los “serios” era la de los escritores buenos. O eso fue lo que yo interpreté. Mi nombre rondaba la pandilla de los egoístas.

Si ahora puedo admitir sin sonrojarme esto que confesé hace un ratito sobre la infancia viva en mí, es porque sé que el esnobismo es peligroso, y mandatos como ese de los textos distanciados, de historias que debían nacer, crecer y vivir con una intención y una tonicidad más comandadas por el argumento que por la experiencia o por cualquier clase de búsqueda más tentativa e inconsciente, no eran más que un intento casi desesperado de ser aceptada por una lectura crítica que de pronto yo consideraba bienpensante, lúcida y acertada. Lo de la lucidez sigue pareciéndome. No niego la lucidez de aquella cartografía. No dejaba de tener su vigor y una perspicacia ese reparto de dones. Y digo “dones” con total conciencia de la ironía. ¿Dónde se vio que ser egoísta sea algo bueno? ¿Alguien acá puede decir que ese no es un defecto y que es atroz?

De todos modos, el problema no fue de quienes lo formularon, sino de algo volátil en mi naturaleza. Lo que rechazo es que quienes escribimos debamos bailar esas canciones que no son las nuestras.

El caso es que me convencí de que tenía que correrme de esa primera persona y del relato más íntimo (o “autoficción”) para contar historias. Y repetía esa bobada de “contar historias” como si tuviera alguna clase de sentido, y como si las historias no fueran también contadas cuando hay un yo. Como si no fuera absolutamente cierta la oda a la mentira que habían labrado Mark Twain en Sobre la decadencia en el arte de mentir o Juan Carlos Onetti cuando dijo esto:

“Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene”.

Como si la memoria y la imaginación no fueran la misma cosa. Como si se pudiera por un instante disimular que la mentira acapara todo, y que está bien que así sea.

No seré tan injusta de achacarle a esas salpicaduras críticas mi silencio de más de una década. Ni el silencio fue tan silencioso ni eso fue lo único que me apartó de la publicación. Yo no sabía bien qué quería contar, y la exploración me llevó a un par de novelas (que quedaron inconclusas) y un ensayo contado a la manera de un diccionario, bastante ocupado en detectar lugares comunes. He de decir que el ensayo también quedó inconcluso.

No sabía bien qué quería escribir, empezaba cosas que no lograba terminar, y en las decenas de textos aislados no encontraba un sendero o un discurso.

Además, estaban los guiones de cine. En los últimos trece años he ido depurando el oficio de guionista de cine. Hoy ser guionista es la actividad profesional que mejor me define. Ahí hay un punto natural de intersección entre el cine y la escritura. Hace dos años que escribo guiones casi sin pausa, y en varias oportunidades me pregunté (con un temor muy tangible) si la escritura no habría sido avasallada por esa técnica más bien funcional, esa que pide atenerse siempre a la historia y escribir una serie de acciones y de diálogos que mañana han de permitir que con las descripciones y el registro de voces parlantes alguien pueda imaginar una película. ¿Mi pluma no estaría seca? ¿No estaría disecada?

Todo lo que escribía parecía desprovisto de ánimo. El miedo fue inmenso. Me costaba entender cuál era el libro que podía hacer y nuevamente estaba extraviada. Por segunda vez. Yo era una extranjera de mí misma.

Parte 4

Esta conferencia tiene un final, y ahí me acerco. Estoy llegando a una parte feliz. No es un final. Antes, quiero escuchar con ustedes una canción. Es corta.

Escuchamos Juana de arco en la ducha, de Sylvia Meyer: hhttps://www.youtube.com/watch?v=GT C5O5S99Sg

Esta canción es de una artista uruguaya que admiro mucho. ¿Por qué la elegí para escucharla juntos? A mí me hace acordar a esta frase: “Pues fluye siempre y concurre nuevamente y viene y va”, de Heráclito. Todo lo permanente cambia. La peregrinación muestra un paisaje mutable. Cambia lo que vemos en el camino. Cambia el suelo. Cambia la cañada, que se transforma en río allá abajo. Cambian los modos de perderse y los modos de encontrarse.

Todavía puedo seguir extraviándome otras veces, pero cuando aprendemos algo de cierto modo quedamos obligados a saber eso que hemos aprendido. Ahora siento esta responsabilidad de saber que el extravío es posible, y que estando perdidos un poco también se aprende, pero también soy responsable de saber que las coordenadas se confunden con más facilidad cuando nos corremos de nuestro reflejo. Atención, no estoy diciendo que debamos negarnos al aprendizaje y al cambio y la experimentación. Decir eso sería decir un esperpento

Lo que sí creo es que hay que protegerse de la impostura. No fingir que nuestra voz finita es ronca porque hemos tomado por cierto eso que dijo una vez alguien sobre las voces roncas que son tan sexies.

Parte 5

¿Cómo encontré la ruta? Apareció una intuición al ver el paisaje, todos esos textos que había escrito, también los inconclusos, todo los que había estado escribiendo, y encontrar entre ellos un reguero de miguitas, a lo Hansel y Gretel. Como en esos juegos de las revistas de crucigramas, esos que nos piden que avancemos con una línea uniendo los números en progresión ascendente, vi una constelación más grande, una que los contenía. Las estrellas haciendo un dibujo. Ahí Géminis. Allá Virgo. Más allá, la Cabellera de Berenice. Observé ahí un recorrido. Y esa certeza me alentó y de pronto me encontré escribiendo de nuevo. Y un texto traía otro. Y ese traía otro más. Y en las cercanías estaba la editora, que se llama Julia Ortiz. Y a ella le estoy muy agradecida, porque su mirada me ayudó mucho. (He aquí un consejo: busquemos lectores cercanos, de mirada biónica. Ellos son los baqueanos en medio del monte).

Encontré el hilo, publiqué el libro, se terminó el silencio y ahora me pregunto ¿cuánto tiempo tardaré en perderme otra vez, en contrariar mi voz o asimilar como mías las expectativas de los otros? Y también me pregunto: ¿será esta la vez en que por fin me haya encontrado?

Tal vez deba comportarme como una adicta en recuperación. Una señora que sabe que debe sujetar de la correa esa voz y esas maneras, ese aprendizaje, para que no se vuelva a escapar y no entrar en una de esas temporadas descarriadas.

Debo acordarme de que el peligro no está en las las plantas carnívoras. Más peligroso es el miedo a lo que somos. Más peligrosa es la vergüenza por nuestras abuelas, por sus voces, por sus ruidos. Ahí hay mucho más espanto y escozor. De eso hay que huir, sin duda. Y no quiero decir con esto que haya que volverse una persona horriblemente auto-indulgente y perezosa. Pero imagino que debe haber un punto en que el péndulo se suspende, un punto exactamente adecuado para nosotros. Ese punto en que nos podemos parecer más a lo que somos, o imaginar con más precisión eso que podemos ser. En La hierba roja, de Boris Vian, se dice: “luchar no significa avanzar”, pero hay que luchar.

Hay que hacerlo, porque estamos en la escritura somos peregrinos, y la peregrinación es un camino zizgagueante. Vamos por tierras extrañas. Hay que abrazar todas esas canciones de las que renegamos. Todo nuestro prontuario como amantes de la música que acompañó las horas de la siesta en la casa de nuestra infancia. Todo ese desgarro, toda esa expectación. Y vuelvo a la pesca, para terminar: como decía Clarice Lispector, hay que usar la palabra como carnada para pescar lo que no es palabra.

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