Daniel Alarcón: La radio es una extensión de mi literatura

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Son las tres de la tarde del miércoles 11 de marzo de 2020 en Santiago. Por el mundo ya se expande el Covid-19, pero Chile tiene otras preocupaciones. A casi cinco meses del 18 de octubre, el descontento sigue intacto: cada día se reúnen manifestantes en las plazas, en las calles, en los improvisados puntos de protesta. Cada día los carabineros disparan, gasean, reprimen. La mayor atención está puesta en el plebiscito del 26 de abril, en el que la ciudadanía decidirá si quiere o no una nueva Constitución Política.

Daniel Alarcón, escritor peruano criado en Alabama y radicado en Nueva York, fundador de Radio Ambulante, primer podcast narrativo en español, y de El Hilo, plataforma radial con contenidos de actualidad pronta a debutar estos días, ha venido a Chile a reportear el proceso constitucional para la revista The New Yorker. Lleva menos de una semana en Santiago y se ha hecho una idea de la revuelta aún en curso, pero piensa adelantar su vuelo de regreso porque ve cómo avanza la pandemia en Estados Unidos. Le da pavor quedarse varado en Chile. Le da pavor no estar con su familia. Aunque aún es temprano para saber que en cincuenta días más Estados Unidos será el país con mayor cantidad de contagios y muertes en la región, le da pavor el futuro.

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Nos juntamos en un café de Ñuñoa cuyos ventanales han sido tapiados para evitar los perdigones de las protestas anunciadas para marzo. Pero Daniel intuye que el peligro es otro y desliza una toallita con alcohol gel sobre la mesa que ocupamos. A los que estamos en el café nos parece una medida exagerada. Aún nos saludamos de beso, nos abrazamos, vamos al cine, andamos en grupo. Aún es temprano para saber que dentro de una semana Chile decretará Estado de Catástrofe por la pandemia y empezará el conteo de las muertes.

Vamos a congelar el tiempo y situarnos en ese lejanísimo 11 de marzo de 2020. O vamos a ir incluso más atrás, cuando Daniel Alarcón, autor de Guerra a la luz de las velas (2007), Radio Ciudad Perdida (2009) o De noche andamos en círculos (2013), decide dejar la literatura en suspenso y dedicarse a la radio. También destina parte de su tiempo a escribir crónicas periodísticas, pero lo que consume mayormente sus días entonces es el proyecto Radio Ambulante, con el que su equipo hará alianzas con las cadenas BBC y NPR y ganará premios como el Simón Bolívar en 2013 o el Gabriel García Márquez en 2014.

Este giro en el oficio no sólo implicará pasar al periodismo desde la ficción –que escribe en inglés y en la que aborda los procesos migratorios y las cicatrices de la violencia política en Latinoamérica–, sino de lo escrito a lo sonoro. Alarcón, quien hoy hace clases de radio en la Universidad de Columbia, tiene clara la molestia que gatilló el cambio de formato:

Yo no sé si los mismos chilenos han asimilado el tamaño de esa victoria política [la asamblea constituyente]. Pero es impresionante.

«Escribir una novela es muy desgastante, acabas hecho mierda físicamente, intelectualmente, sicológicamente. Es un esfuerzo titánico. Y con mi última novela, De noche andamos en círculos, fue particularmente difícil. Ese libro casi me mata. Terminé un borrador, lo leí, no me gustó, lo boté al tacho y comencé de nuevo. Varias veces dije no voy a terminar esta novela, tengo que buscar otra carrera, tengo que estudiar Derecho y olvidarme de la literatura, no puedo seguir en esto. Me sentía absolutamente solo en el océano. Y en medio de este proceso empecé a jugar con radio, con audio. Había grabado un par de entrevistas y me puse a editarlas, a ponerles música y a pensar seriamente en lo que sería Radio Ambulante».

–¿Qué te movía a hacerlo?

–¿Qué te movía a hacerlo? Tenía la idea de que, si sabes contar una historia, de pronto mirándola con otro soporte, otro género y otras herramientas, puedes ser más creativo. Lo que me movía era sobre todo el reto creativo de hacer otra cosa. Dejar de lado la novela y la sensación de fracaso total y comenzar de cero. Eso fue muy liberador. Es lo que pasa en el proceso de cualquier actividad: uno aprende mucho al inicio. Cuando estás partiendo hay una diferencia muy grande entre el primer y el segundo trabajo. Es como Wow! Vas creciendo a pasos agigantados y descubres cosas que son obvias para cualquier persona que ya lo hace.

–¿Como qué?

Como que se escribe diferente para radio. Si la voz revela algo sobre el personaje –su género, su estatus social, su subcultura– tú no tienes que decirlo. En ficción tendrías que encontrar la manera elegante de retratar el detalle íntimo y específico que le diría al lector «esta persona es así». Vas aprendiendo esas cosas, vas descubriéndolas y tienen como the power of revelation. Yo no había tenido esa sensación de aprender algo nuevo desde que era adolescente.

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–Alguna vez contaste que el carácter de Radio Ambulante tuvo que ver con un reportaje que hiciste para la BBC, donde las voces en español quedaron fuera. ¿Cómo fue exactamente eso?

Yo había publicado Radio Ciudad Perdida y me llamaron de la BBC para hacer un documental de radio. Propuse que fuera sobre los pueblos que iban desapareciendo de la zona andina del Perú, porque la gente se iba mudando a Lima. Entonces hice un montón de entrevistas en Áncash, que es de donde viene mi abuelo materno, y luego en Lima con comunidades de origen andino. Como era para la BBC, cuando alguien era bilingüe en inglés hacía la entrevista en inglés. Y cuando no, muchas veces el productor me pedía que hiciera traducción simultánea. Pero al final usaron casi todas las entrevistas en inglés y relativamente pocas de las que se hicieron en español.

–Y te quedaste con la inquietud.

Sí, me pareció frustrante. Yo no sabía nada de radio y entiendo que había razones estéticas para hacerlo así, pero igual me pareció frustrante. Esa fue la incomodidad inicial que me llevó a pensar en cómo sería un espacio en radio que celebrara las voces en español.

–Es interesante el plural ahí. Porque Radio Ambulante, que lleva más de 170 capítulos de una veintena de países, trabaja con una diversidad de acentos.

Eso me encanta. Cuando era chico me parecía que mis papás tenían un superpoder. Íbamos por la calle, pasaba una pareja conversando al lado nuestro y mis papás decían «ah, los argentinos». O «ah, los mexicanos», «ah, los colombianos». Y, claro, el único español que yo conocía era el peruano porque me crie en una comunidad pequeña en Alabama. Los únicos que hablábamos español éramos nosotros. Entonces no entendía cómo mis papás podían distinguir los orígenes. En algún momento me volví como estudiante de los acentos, de los dejos, del vocabulario. Y es lo que está en Radio Ambulante.

Cuánta gente conocemos que le das un par de cervezas y en una sala llena de amigos cuenta una historia que tiene a todos muertos de la risa, haciéndose pipí de la risa, tirados debajo de la mesa de la risa, y luego le pides que escriba esa historia y no puede.

–¿Nunca pensaron hacer algo en un español «neutro», al que en algún momento parecía aspirar la Real Academia de la Lengua Española, por ejemplo?

No, eso jamás. O sea, la Real Academia tiene su rol y bien. Nosotros celebramos la diversidad de vocabularios, de acentos, de conjugaciones, de gramáticas. A mí eso me encanta. Si me quedo diez días más en Chile voy a terminar hablando en chileno. ¡La raja!

–¿En qué idioma piensas?

Depende con quién estoy.

–¿En Estados Unidos piensas en español a veces?

Por supuesto. Estar en Estados Unidos físicamente es cuestión del azar. Mi trabajo en Radio Ambulante es en español. A veces en spanglish. Pero en mi casa hablamos en español. Con mis hijos en spanglish. Quizás con mis hijos es con quienes más tengo que pensar, decidir en qué idioma voy a hablar.

–¿Lo literario lo sigues escribiendo en inglés?

Sí, y las crónicas para el New Yorker también son en inglés.

–Las de Radio Ambulante en cambio las escribes directamente en español, ¿tienes que hacer un esfuerzo muy grande?

No, porque sé hablar. La radio en particular, o la radio como la hacemos nosotros, es de la tradición oral. Entonces no tengo que escribir como Borges para contar una buena historia de radio. Cuánta gente conocemos que le das un par de cervezas y en una sala llena de amigos cuenta una historia que tiene a todos muertos de la risa, haciéndose pipí de la risa, tirados debajo de la mesa de la risa, y luego le pides que escriba esa historia y no puede. En la radio no importa. Cuando estoy escribiendo guiones de Radio Ambulante, estoy hablando en voz alta y pensando todo el rato cómo lo diría. Y se vuelve súper natural y no tengo que sonar, más bien no quiero sonar, formal. Quiero sonar correcto, no quiero sonar como un imbécil, pero quiero sonar como alguien approachable.

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–A diferencia de la escritura literaria, acá parece importar más el montaje y el armado de una estructura.

La estructura es todo, todo. Y la vas pensando incluso antes de escribir, cuando estás haciendo la entrevista. O cuando estás preparándola.

–¿Crees que la radio ha cambiado en algo tu escritura literaria?

Tendríamos que ver qué tipo de escritor soy cuando vuelva a la literatura, no sé. Pero hay algunas cosas del mundo literario que no extraño en absoluto.

–¿Cuáles?

Primero, la soledad. Tengo una dosis de soledad que me gusta y me parece necesaria, pero pasé años demasiado solo. Lo otro son los festivales. Los detesto, los detesto, los detesto.

–En la radio hay menos exposición, ¿no?

Pero me han pasado cosas extrañas. Una vez estaba en la escala de un vuelo y me llamaron por altoparlante. «Señor Daniel Alarcón, acérquese al mostrador para chequear su tiquet». Fui, me chequeé y se acercó un fan que escuchó mi nombre. Y me dice: «¿Eres tú? ¿De verdad eres tú?».

–¿Te reconoció como escritor?

No, por Radio Ambulante. Es muy bizarro, pero hay gente que me dice «oye, no sabía que eras escritor». Eso me parece súper raro, porque yo siempre me identifico como escritor, a pesar de que no ejerzo. Pero es lo que soy. Claro, no tienen por qué saberlo, pero para mí es como ser hombre o ser peruano o ser de Nueva York. O sea, core identity. Y no es a la inversa. Porque hay gente que empieza en radio y luego escribe un libro, pero para mí la radio es una extensión de mi literatura.

Nosotros celebramos la diversidad de vocabularios, de acentos, de conjugaciones, de gramáticas. A mí eso me encanta. Si me quedo diez días más en Chile voy a terminar hablando en chileno. ¡La raja!

–Alguna vez definiste las crónicas radiales como «novelas en tercera dimensión».

¿Dije eso?

–Sí.

Ah, qué chévere.

–Decías que cuando uno lee una novela de alguna manera está escuchando a otro. Y acá ese elemento es literal.

Claro, se parecen mucho la literatura y la radio en ese sentido, porque es como alguien susurrándote una historia. Sobre todo hoy en día que escuchamos tanto con auriculares. Es algo súper íntimo y se parece mucho a la experiencia de leer. Una novela es realidad aumentada y una historia bien contada en audio es como sumergirte en una narrativa.

–Ser peruano, ser de Nueva York es parte de tu identidad, dices. Y eso ha estado presente en lo que has escrito y en lo que trabajas en Radio Ambulante. ¿Cómo llevas esa experiencia migrante?

Tengo que decir que soy un migrante súper privilegiado. Primero por clase económica. Mis papás llegaron como profesionales a una universidad para trabajar como médicos. Segundo porque llegué muy chiquito, entonces mi inglés es como el de un nativo. Y tercero porque no se me ve muy latino. Esos tres elementos son súper importantes. Porque me han permitido toda la comodidad que uno se puede imaginar en una sociedad que se ha vuelto mucho más racista hacia los latinos y los inmigrantes en general y que, de alguna manera, se ha ido cerrando.

¿Te preguntas, a veces, qué habría pasado si hubieras crecido en Perú?

Sí, claro. Me imagino que sería escritor también, aunque probablemente no trabajaría en radio. Creo que igual hubiera migrado a Estados Unidos para estudiar Literatura y me hubiera quedado. En realidad, no creo que mi esencia de narrador hubiera sido tan diferente.

–Pero quizás la experiencia de haber vivido desde tan chico en esta doble identidad cultural es lo que ha hecho que tus temas sean los que son.

Mira, yo tengo un primo que es escritor y creció en Perú. Él vive ahora en Nueva York también y ha escrito cosas ambientadas en Estados Unidos, pero en español. Y a veces lo hace con los mismos ojos de extranjero con los que yo retrato el Perú. Cuando voy al Perú o a Latinoamérica en general puedo identificar las cosas que veo y que la gente piensa que son normales. O sea, te puedo decir con objetividad gringa que serán normales en Perú pero no son normales en Estados Unidos. Entonces siempre pienso que tengo mucha suerte, porque no necesito ser ni buen escritor ni particularmente buen observador. Simplemente describir las cosas que veo, y ya con eso al gringo le explota la cabeza. Lo digo medio en chiste, pero tiene un elemento de verdad. El otro día le mandé un memo largo a mi editora con casi cero interés en frases bonitas. Vomité tres mil palabras sobre lo que había visto en estos primeros cuatro días en Chile. Y, claro, simplemente flipó porque ¡¿cómo es eso que cambiaron todos los nombres de la Zona Cero?! ¡¿Qué?! ¡¿Se ve como Nueva York en los 80?! ¡¿Qué?! Le hice un listado de grafitis que había visto. Lo que escribí no era particularmente artístico ni literario, era simplemente describir las cosas que vi. Pero cuando esas descripciones llegan en inglés a Nueva York, Wow!

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–¿Con qué impresión te quedas de Chile?

Sin decir si es positivo o negativo, me impactó la destrucción de la Zona Cero. Es visualmente chocante. Me sorprendió la presencia constante de los carabineros y los gases lacrimógenos en momentos como las dos de la tarde, caminando en una calle tranquila. Y me sorprendió el odio absoluto y el repudio hacia Carabineros. Es algo que nunca había visto.

El otro día estaba en Plaza Ñuñoa, diez de la noche, comiendo algo, y pasó un camión de Carabineros. Y de todos los restaurantes se pararon a gritarles «¡Pacos culiaos!». Con mucha rabia. Y luego todos se sentaron y siguieron en lo suyo. Hombres, mujeres, jóvenes, viejos: todos. Yo no soy alguien pro police, at all, pero me impacta. Una sociedad funcional requiere de policías. Y una sociedad en la que la relación entre la policía y la población está así de rota va a pasar por un muy mal momento. Porque si a mí me roban en la calle tengo que poder confiar en que puedo hablar con la policía y no me van a acusar de algo, o violar o pegar o detener. Supongamos que estoy caminando y alguien me roba el celular y yo lo veo y es un chico joven, con tatuajes, con shorts largos. Yo tengo que confiar en que si le digo a los pacos «ahí está el joven que me robó», no lo van a reventar. Qué pasa con una sociedad si no hay ningún garante medianamente respetado de la paz social, más allá de los cambios políticos a la Constitución y lo demás.

–La reformulación de Carabineros es algo que se ha planteado frente a los informes internacionales sobre violaciones a los derechos humanos, pero no ha pasado nada.

Yo no soy experto, pero no veo otra salida. O sea, cerrar y refundar la vaina. Porque, ¿cómo van a hacer? Es un país demasiado grande para no tener una policía respetada. Eso quizás es lo más chocante. La otra cosa que me causó impresión estos días fue la rapidez de todo. Algo que era impensable hace seis meses, la asamblea constituyente, algo que se viene pidiendo desde hace muchísimo tiempo, ahora está a la vuelta de la esquina. Yo no sé si los mismos chilenos han asimilado el tamaño de esa victoria política. Pero es impresionante. Y esto lo digo como pregunta, sin juicio, sólo de curiosidad: me pregunto si, entre medio de todo este movimiento y este caos y esta incertidumbre, ha habido un momento en que el pueblo haya podido parar y reflexionar y sentir un poco de satisfacción y orgullo por el tamaño de esa victoria.

Fast-forward. Son las tres de la tarde del jueves 7 de mayo de 2020 en Santiago. En los cincuenta y siete días transcurridos desde esta conversación, todo se ha dislocado: el tiempo, la cotidianidad, el trabajo, los planes, la convivencia, el vecindario, la vida. El plebiscito constitucional en Chile fue pospuesto para octubre y la crónica de Daniel Alarcón para el New Yorker se canceló. Daniel voló de regreso a Nueva York dos días después de esta entrevista, el viernes 13 de marzo, y llegó directo a encerrarse con su familia para no salir más a la calle durante las siguientes semanas. Excepto para pasear al perro. Cuando escribo esto los contagiados en Estados Unidos son más de un millón doscientos mil y los fallecidos superan los setenta y cuatro mil. En Chile vamos en más de mil casos por día y cerca de veinticinco mil personas contagiadas. Cuando circule esta entrevista las cifras se habrán multiplicado por quizás cuánto. Y seguramente no habremos podido reflexionar aún sobre el tamaño de nuestra victoria.

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