Dame un malvado y te daré un titular

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A mediados de los años ochenta, cuando muchos periodistas sobrevivíamos a duras penas en el gris horizonte de la prensa chilena, fui corresponsal durante varios años para el diario español El País, por ese entonces un verdadero faro de la prensa democrática en español. Cobraba por cada artículo que me aceptaban, así que cada vez tenía que buscar algún tema de interés para los españoles. Un día en que no sabía qué despachar, llamé desesperado a mi editor en Madrid y este me dio una fórmula salvadora: «Tú pon en la primera línea la palabra “Pinochet” y te garantizo que cualquier cosa que sea te la compramos».

Esa fue mi primera revelación acerca del valor del villano en el periodismo.

A la gente le gusta vivir en un mundo de malos y buenos, de héroes y villanos. Son los dos arquetipos básicos en cualquier relato, sea real o de ficción. Si el periodismo tiene el deber de simplificar un tema lo suficiente para que cualquier persona lo pueda entender, entonces construir la estructura de la información en torno a la idea de un villano, así como la de un héroe, es la piedra angular para captar la atención del público.

Alguien a quien odiar y alguien a quien admirar: esa es la base de toda estructura dramática.

Puestos a elegir, la mayoría de los periodistas prefiere tener un buen villano que a un héroe, entre otras cosas porque el primero tiene más desarrollo dramático y la atención del público se sostiene por más tiempo que aquella dispensada a los buenos. Una campaña para echar de la banca de la selección chilena a un mal entrenador, convirtiéndolo en un villano nacional, es mejor negocio para la prensa que defender a uno bueno, porque a este será difícil justificarlo ante una derrota. Por la misma razón, seguir las andanzas macabras de un asesino en serie es más negocio para la prensa que cubrir los esfuerzos que hace la policía para capturarlo.

Amin, Pinochet, Orrego

El primer villano universal del que tengo recuerdo en mi vida profesional fue el dictador africano Idi Amin Dada, que simbolizaba todo lo que se podía despreciar en la esfera del poder. Si bien había otros dictadores o líderes mundiales detestables, muchos de ellos eran malos para algunos y buenos para otros, como Fidel Castro o Richard Nixon. Pero Idi Amin era negro, violento, grosero, corpulento y feo, y no tenía el apoyo de ninguna de las potencias de la Guerra Fría. Sobre él se podía escribir cualquier cosa terrible impunemente. Así que se convirtió en el villano universal. El «aprendiz de Hitler» o el «carnicero de Kampala», como fue llamado por una prensa encantada de atacarlo, gobernó Uganda con mano brutal entre 1971 y 1979, causando un estimado de 500.000 muertes. En pocos años se labró tal reputación de villano que hasta se le atribuyó, sin mucha confirmación, el rótulo de caníbal que se comía el corazón de sus víctimas.

Derrocado Amin, el mundo volvió sus ojos a nuestro villano particular, quien encarnó el prototipo del brutal general sudamericano, un militarote de lentes oscuros que había derrocado a sangre y fuego a un socialista romántico y carismático. Sin defensores posibles fuera de Chile, su nombre en un titular era sinónimo de morbo político y la justa indignación de los lectores permitía lavar conciencias en el llamado Primer Mundo.

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Desde el mismo día del golpe, la dictadura no tuvo problemas en regalar imágenes dramáticas a la prensa internacional que contribuyeron a estigmatizarla, como el bombardeo de La Moneda, los cuerpos en el Mapocho, los estadios convertidos en campos de concentración o la quema de libros en las torres de San Borja. ¡Y esos lentes oscuros! «Tú dame la foto y yo pondré la guerra» es una frase que se le atribuye a William Randolph Hearst, el magnate que prácticamente inventó la prensa sensacionalista de Estados Unidos. Y con fotos como esas de Pinochet, con cara de perro y anteojos de sol, era casi imposible no convertirlo en el villano preferido de la prensa mundial. «Dame un malvado y yo te daré un titular» podría ser una variante de la máxima atribuida a Hearst.

En casos como los de Pinochet o de Idi Amin, el periodismo tenía todos los incentivos para fortalecer el mito en lugar de matizarlo. Durante muchos años, los corresponsales extranjeros instalados en Chile daban inicio a sus crónicas incluyendo el nombre de Pinochet en el título, con lo cual garantizaban editores encantados y lectores seguros. Hubo en esos años grises –en los que el gran cuco masivo era el «chacal de la trompeta», del programa Sábados Gigantes– un gran éxito periodístico basado en un villano cuyo rostro el público solo conoció tiempo después. El diario La Tercera publicó una serie de reportajes titulados «La cárcel por dentro», una historia testimonial del periodista Rubén Adrián Valenzuela que se introdujo en un penal y relataba por capítulos sus vivencias entre delincuentes y gendarmes. Paradójicamente, el animal más bestial, el individuo de peor calaña en esa historia no era un reo sino un vigilante con uniforme, el «cabo Orrego», un individuo que se convirtió rápidamente en un villano nacional. Nadie le vio la cara durante la publicación de los reportajes dominicales de Valenzuela, pero era tal la capacidad de proyección del personaje que las mamás asustaban a sus hijos con que iban a llamar al cabo Orrego si se portaban mal. Tal vez la historia de ese hombre de uniforme que violaba los derechos humanos más básicos, publicada en un diario de amplia tirada nacional, fue un espejo involuntario de todo lo que estaba sucediendo de verdad en esos días en las cárceles secretas y que ningún diario osaba siquiera investigar. Lo cierto es que la historia nacional de la infamia no estaría completa sin las fechorías que se atribuyeron al «cabo Orrego», al amparo de su uniforme y de la impunidad que le daba el poder.

El fin de la dictadura fue pródigo en villanos que encarnaban todo lo reprobable para el imaginario popular: Manuel Contreras, Michael Townley, Álvaro Corbalán y muchos otros se forjaron a pulso una fama que hasta hoy los persigue. Impunes durante muchos años, llenaron el espacio mediático que les dejó la frágil transición, durante la cual la figura de Pinochet todavía era intocable.

Un personaje modélico en ese sentido fue Osvaldo Romo, más conocido como «el Guatón Romo», que desde la cárcel donde estaba condenado por crímenes contra los derechos humanos dio en 1995 una entrevista para la cadena Univisión tan brutal como sus sesiones de tortura. Sin medir sus palabras, medio ciego y debilitado por la diabetes, el Guatón Romo recordó cómo a los cuerpos les cortaban los dedos con un napoleón, cómo ponían electricidad en pezones y vaginas a las mujeres y, lo que es peor, aseguró que lo volvería a hacer y esta vez no dejaría «periquito vivo». Una de las entrevistas más fuertes de la historia.

Si el periodismo tiene el deber de simplificar un tema lo suficiente para que cualquier persona lo pueda entender, entonces construir la estructura de la información en torno a la idea de un villano, así como la de un héroe, es la piedra angular para captar la atención del público. Alguien a quien odiar y alguien a quien admirar: esa es la base de toda estructura dramática.

Durante la larga transición fueron apareciendo otros nombres más contemporáneos que odiar, como ocurrió por ejemplo con Paul Schaeffer, el líder de la Colonia Dignidad que cayó en desgracia entre los mismos medios que antes lo elogiaban, al conocerse la larga lista de sus abusos sexuales con niños de la Colonia. El reportaje del programa Contacto, de Canal 13, que en 2005 lo ubicó siendo un prófugo en Argentina, es tan modélico en la persecución de un enemigo público como lo fue la captura del pedófilo Zacarach ante las pantallas del mismo programa.

«Busquemos al responsable»

Todos los grandes sucesos que conmueven nuestra agenda mediática suelen tener un personaje que permite concentrar las iras de la población.

Cuando el avión CASA 122 se desintegró sobre el mar frente a las islas de Juan Fernández, los periodistas supieron desde el primer minuto que entre los veintiún muertos tenían a un héroe, el animador Felipe Camiroaga, y que había que identificar lo más pronto posible al villano: primero fue el piloto del avión, de quien se exhibieron rápidamente sus malas calificaciones como alumno; luego fueron los oficiales de la Fach que no habían reparado unos pernos (aunque esos pernos luego nada tuvieran que ver con el accidente); más tarde los altos mandos de la Fach, que no habían previsto que el avión podría estrellarse, hasta que, al final, la historia se fue diluyendo sin grandes culpables. Pero cada vez que la prensa encontraba un nuevo objetivo se elevaban los ratings de los noticieros y subía el interés por la noticia, confirmando una vez más –como si fuese necesario– la tesis de que los malos venden más que los buenos.

Lo mismo con el otro gran momento mediático de los últimos años: el derrumbe en una mina del norte de Chile, con 33 mineros atrapados a 700 metros bajo la superficie. Había que buscar al villano y ahí apareció el dueño de la mina, Alejandro Bohn, con credenciales impecables para convertirse en el despiadado culpable de turno: apellido raro, empresario sin mayores redes, escaso manejo comunicacional y cubierto de multas anteriores. Incluso en una de sus primeras entrevistas llegó a decir que no era «el momento de buscar culpas ni pedir perdones». Mientras su socio y tan responsable como él Marcelo Kemeny se mostraba nervioso y huidizo, Bohn transmitía frialdad y distancia, justo lo contrario de lo que se necesitaba en un momento tan emocional. Justo lo necesario para volverse personaje: el del villano de turno.

Lo cual nos lleva a las elegantes oficinas de las agencias de relaciones públicas, empresas encargadas de dulcificar el rostro de los villanos a cambio de bien remuneradas cuentas. En estas empresas de embellecimiento de personajes repelentes existen manuales tácitos o explícitos que explican cómo evitar convertirse en el villano de turno. O, en el peor de los casos, cómo dejar de serlo. Lo primero que enseñan esos manuales es que la prensa es efímera y que los periodistas son como perros que se entretienen con un hueso hasta que ya no le sale jugo y entonces lo abandonan y buscan otro hueso. Es decir, que se puede ser villano por un rato, pero no por siempre. El juego consiste en quién aguanta más tiempo sin abandonar.

Entre las recomendaciones profesionales se encuentran consejos prácticos. No se pelee con los periodistas, por mucho que usted se sienta injustamente acorralado; empatice con las víctimas, ya que es preferible pasar por cínico que por insensible; pida perdón lo antes posible, aunque sea de los dientes para afuera; repare con abundante publicidad el mal causado; busque victimizarse, porque es mejor inspirar lástima que odio.

En las salas de prensa casi nunca se pregunta algo de tan mal gusto como «¿quién es el villano?». La orden de rigor es «busquemos al responsable». Es una ley del periodismo en Chile que ante cualquier accidente o catástrofe se busque al responsable, aunque sea evidente que se trató de lo de siempre: un accidente, una mezcla de azar, fuerzas de la naturaleza y pequeños errores humanos amplificados por la tragedia. Así pasó ante la mayor catástrofe ocurrida en Chile en los últimos años: el terremoto y tsunami del 27-F. Durante meses el Shoa, la Onemi y hasta la ex Presidenta Michelle Bachelet desfilaron ante el inmaginario colectivo como responsables de las muertes tras la falta de alerta de tsunami. ¿Cómo iba a quedar esa catástrofe gigante sin su correspondiente villano?

Periodistas al banquillo

Por cierto, los periodistas también hemos sido los malvados. Cada vez que una sociedad completa comete un error de juicio y desea redimirse, acude a los periodistas como el chivo expiatorio de sus excesos. Ocurrió por ejemplo con el caso de Gemita Bueno, que ensució el nombre de un senador ante el regocijo desembozado de una buena parte del país, la misma que al final culpó a los periodistas de haberle dado valor a un testimonio que se reveló falso. «¿Quién mató a Marilyn? La prensa fue, la radio también», cantábamos todos con Los Prisioneros.

Periodistas villanos hay. Corruptos, falaces, tramposos y traidores al oficio. Son la escoria de la profesión y se presentan a sí mismos como adalides de la libertad. En gran parte debido a su infame cometido, los periodistas en general somos vistos más como villanos que como héroes. Inmorales, desvergonzados e inescrupulosos. Se nos encarna en aquella frase apócrifa y cínica que espeta: «No dejes que la verdad te estropee una buena historia». El cine –que también muchas veces ha convertido a reporteros en héroes– ha sido pródigo en retratos de periodistas cínicos, desde Ciudadano Kane, que satiriza a un periodistaempresario con más poder que muchos políticos, pasando por El gran carnaval de Billy Wilder, donde un reportero mantiene atrapado a un hombre en una mina para lograr la exclusiva, hasta Network, donde los periodistas de un canal no trepidan en sacrificar la verdad en el altar del rating.

Recuerdo por ejemplo el affaire del Presidente Bill Clinton con la becaria Mónica Lewinsky, durante el cual la prensa norteamericana trató de ser fiel a su historia de vigilancia del poder, pero al final salió trasquilada ante una opinión pública a la cual le pareció que los periodistas se ensañaron con un Presidente que había cometido un simple desliz de alcoba. Mientras los periodistas creían ser los héroes que desenmascaraban a un mandatario mentiroso, la ciudadanía molesta los relegó al papel de simples entrometidos.

Este caso puede ilustrar los problemas con que se puede topar la prensa cuando quiere convertir un héroe en villano, como ocurrió en Chile cuando muchos periodistas se subieron sin mayores cuestionamientos al carro del presunto hijo no reconocido de Don Francisco, el principal rostro mediático del país. Cuando la justicia dictaminó su inocencia, las voces críticas desaparecieron de la prensa tan rápido como pudieron.

Ángeles en el fango

Pero, ¿puede un villano reconvertirse en héroe? ¿O al menos retomar su vida anterior y volver a la escena pública sin mayores daños a su imagen? Pienso por ejemplo en Evelyn Matthei, quien alguna vez aceptó su culpa en una operación contra Sebastián Piñera, reconoció ante el país haber mentido en un tema crucial y su futuro lejos de la vida pública pareció sellado. Hoy de ese episodio pocos se acuerdan y ambos políticos se dan la mano en los consejos de gabinete donde la primera es ministra y el entonces indignado Piñera es el Presidente. Otro caso representativo es el del empresario José Yuraszeck: vapuleado hasta el cansancio por la prensa durante la «Operación Chispas», hoy es un reconocido dirigente de uno de nuestros clubes de fútbol más populares y exitosos.

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Pero si a los periodistas nos encantan los villanos, lo que nos desata el delirio son los ángeles caídos, aquellos personajes que gozaban de una posición relevante y que se revelan como delincuentes o inmorales. El cura Karadima es el ejemplo perfecto en los últimos años. Océanos de tinta de periódico, horas de radio y televisión, varios libros y un puñado de fotos han convertido al otrora poderoso sacerdote de la clase alta en el señor de los infiernos, como lo bautizó uno de los gruesos volúmenes periodísticos que se han escrito con sus fechorías. Marcel Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, con su doble vida, sus secretos deliciosamente expuestos, es otro ejemplo clásico.

El ángel caído es maná de los cielos para la prensa. Vende mucho y vende bien. Son historias que rezuman morbo, que es el combustible primordial a la hora de encender la hoguera del interés ciudadano sobre un tema. Si alguien a quien todos tomaban como un modelo se hunde en el fango, esa es una gran historia.

Por eso muchas veces la prensa busca con denodado afán «botar» a un ministro o a una alta autoridad, descubierta en una mentira o en una actuación reprobable. La autoridad, entonces, debe morder el polvo de los medios de comunicación, los mismos que alguna vez lo adularon por su poder y lo buscaron como fuente relevante. Cuando el ministro del Interior del gobierno de Frei, Carlos Figueroa, trató de votar con su licencia de conducir y fue sorprendido por la TV intentando saltarse una regla válida para todo el resto del país, la de que solo se puede votar con el carné de identidad, la prensa supo de inmediato que había encontrado una presa de caza. Lo mismo pasó con un ministro de Vivienda que había encontrado de lo más normal recibir de regalo un caballo de raza de parte de uno de los mayores empresarios de viviendas sociales del país. Admitirlo en público fue su perdición, y así se convirtió en el primer ministro derribado de su cargo por un caballo.

Se funden en estas historias todas las frustraciones y furias del ciudadano común, que espera de los periodistas que actúen como justicieros de la buena conciencia. Se trata de una verdadera epifanía para la prensa: se pueden enfocar los cañones libremente sobre ciertos poderosos caídos, porque eso es lo que las audiencias quieren. Ahí se amalgaman el afán carroñero clásico del periodismo –no olvidemos que el ser más íntimo de los periodistas es ser buscadores de basura– con el ansia de venganza de las masas, que quieren desquitarse de quien les metió el dedo en la boca, quien violó su inocencia. Como ocurre con «Dos caras», el villano clásico de Batman, se trata de mostrar el rostro desfigurado del ángel que alguna vez fue adorado.

¿Será por eso que Pinochet ha sido por décadas la mejor historia periodística salida de Chile? Pinochet no solo fue un villano universal durante toda su larga dictadura. También fue un héroe para aquellos que lo consideraban un salvador de la Patria. Y por eso su destino final, tras revelarse sus manejos de dinero a nombre de Daniel López, lo convirtió para sus antiguos admiradores en un ángel caído. Un bocado para la prensa que todavía mantiene el viejo truco de poner su nombre en la primera línea para vender más.

Villanizando al villano

La peor noticia para un periodista es que no haya noticias. Y aunque pocos llegan al extremo de inventarlas, muchos manejan a la perfección otro de los trucos del oficio: convertir hechos relativamente comunes en noticias que venden. Destacar los aspectos negativos de alguien es uno de ellos. La prensa policial está llena de giros idiomáticos que identifican sin lugar a dudas a los «malos»: son los «sujetos» o «antisociales» que atacaron «a sangre fría», dispararon «a quemarropa» o golpearon «sin piedad» a las víctimas. Un relato policial neutral con las palabras, que no cargue de intención la línea narrativa, sería sospechoso de complicidad con el delincuente.

Hasta hace poco, además, se podían agregar impunemente descriptores raciales, sexuales o de nacionalidad para añadirle más color al villano de turno. Así, un «peruano que abusó de un menor» o «un sangriento crimen homosexual» eran formas comunes del léxico periodístico. Felizmente eso está cambiando, debido a la aprobación de leyes antidiscriminación y a la imposición de manuales de estilo más cuidadosos en las redacciones profesionales, así como a la mayor vigilancia que ejercen las personas a través de las redes sociales.

Recuerdo que hace años pululaba por los cafés del centro de Santiago un personaje que gritaba a voz en cuello quiénes eran, según su afiebrado juicio, los responsables de todos los males del país: los detectives. Se acercaba a la puerta de un café abarrotado de parroquianos y comenzaba a enumerar los problemas sociales: pobreza, prostitución, drogas, delincuencia, y de todo esto,¿quiénes tenían la culpa? «¡¡Los detectiiiives!!», gritaba sin freno. Desconozco qué fue de él, pero sospecho que hoy día lo llevarían detenido por vulnerar la ley antidiscriminación.

Odiado o admirado, nunca ignorado

Pero hay quienes buscan deliberadamente el rol de villanos, bajo la premisa de que en la vida pública, si no se puede ser admirado, es mejor ser odiado que ignorado. En los jurados de los concursos, en los paneles de debate, en los partidos políticos, en casi cualquier organización masiva hay algunas personalidades a las que les acomoda hacer de «malos», llevarse las pifias del respetable, hacer enojar a la audiencia, porque saben que en definitiva ese papel los convierte en imprescindibles del espectáculo.

Los villanos de toda la vida cumplen una función que la sicología ha definido bajo el concepto de «proyección». De acuerdo con la definición estándar, «la proyección es un mecanismo de defensa que opera en situaciones de conflicto emocional o amenaza de origen interno o externo, atribuyendo a otras personas u objetos los sentimientos, impulsos o pensamientos propios que resultan inaceptables para el sujeto». De esta manera se proyectan hacia algún personaje externo los sentimientos negativos que todos tenemos en alguna medida, como el obstruccionismo, la envidia, la crueldad; pulsiones inconscientes que no terminan de aceptarse como sentimientos propios porque producen angustia o ansiedad.

Hay personajes que aceptan más o menos conscientemente este juego mediático y asumen el papel de villanos en una sociedad necesitada de personajes que se destaquen de entre la mediocridad. Si la televisión es espectáculo, habrá malos y buenos, y ambos serán necesarios para la construcción del drama. «No importa si me odian, mientras me sintonicen», es el lema de este perfil, cada vez más necesario. En los realities, por ejemplo, hay personajes que optaron desde el comienzo por esta veta y lograron permanecer en pantalla mucho más tiempo que los predecibles «buenitos» sin carácter. Por eso, el de villano es el más apetecido en los juegos de rol y en las telenovelas.

En la vida real, sin embargo, es cada vez más difícil encontrar villanos que gocen de buena salud periodística, personajes sin matices ni atenuantes. Podemos hallar personajes que calcen con el perfil durante un tiempo, pero al final todo se banaliza y el que era enemigo público número uno recibe un castigo menor y desaparece o se convierte en un malo de pacotilla, alguien que nos hace reír antes que temblar.

Y ahí surge una inquietante lección que me han dado varias décadas de ejercicio del periodismo: el verdadero mal no tiene cara.

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