Cuaderno de esclavo (Santiago / Río de Janeiro / Santiago)

Enero-Abril, 2007
Mientras espero a B en plaza Ñuñoa para pactar los términos del fin de nuestra relación, bebo una cerveza y leo el prólogo de Stephen Spender para Under the volcano, de pronto, y sin un átomo de duda, quiero anotar en este cuaderno: Hay que pensar en contra de uno mismo y vivir en tercera persona. Lo escribo y pienso que no es idea mía, estoy a punto de llamar a la Rebeca para que me diga si es o no Pessoa.

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No se suele mencionar que Orlando Furioso fue la primera obra importante en ser escrita con la conciencia de la existencia de la imprenta. Una obra apoteósica y terminal.

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Hoy compraste un pasaje a Río de Janeiro para partir en tres días. Esperas que B no lo tome como una reacción desesperada, pero tampoco te importa mucho lo que piense.

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El poeta Alceo escribió: No plantes ningún árbol antes que la viña y Tucídides afirmaba que lo que separó a los pueblos del Mediterráneo de los bárbaros fue que aprendieron a cultivar las viñas y los olivos. Suena como una buena idea: el sueño de la viña propia.

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Cerca de la esquina de Compañía de Jesús con Matucana hay un letrero enigmático: Vástagos durocromados. Cuando abres tu libreta para tomar nota, encuentras el siguiente verso copiado quién sabe cuándo: Por mala nigromancia perdió buena salud. La reunión te parece espantosa.

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Una idea común cada vez que un árbol o un poste de luz se interpone entre tus ojos y un rostro. Una cita imposible de diferir con el amor o con la muerte.

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Haces la maleta y mientras intentas reprimir el impulso de llevar tantos libros recuerdas un episodio de la revista Disneylandia: Hugo, Paco y Luis van a acampar al bosque, pasan a buscar a un primo (un pavo o un ganso), lo ayudan a cargar mochilas y bolsos. Cuando llegan al bosque abren su equipaje y descubren que lleva solamente libros.

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Notas para una antología de la forma:
Gombrowicz: Ignoro cuál es mi forma, ignoro qué es lo que soy, pero sufro cuando se me deforma. Al menos sé lo que no soy. Mi yo es la voluntad de ser “yo mismo”, simplemente.

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El irresistible deseo de cantar canciones de Buddy Holly cuando un avión despega.

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Las alas del avión tiemblan como un serrucho y no puedo evitar pensar en la metáfora empleada por Julio César para explicar el funcionamiento del ejército romano. Un serrucho que corta cambiando el punto de apoyo de sus dientes. Un disciplinado serrucho que soportó turbulencias siempre temeroso del fantasma de Cartago.

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En 1965, los Who eran tan perfectos como los Stooges en 1969. Tenían clara conciencia de lo que siempre debía ser el rocanrol, música nada pomposa, primitiva, puro feedback e inmadurez. Los Who o los Stooges habrían sido las bandas favoritas de Gombrowicz porque son las más puras muestras de no podermiento hechas sonido.

Lamentablemente, el camino que trazan I’m a boy, A quick one, Tommy y Quadrophenia es el de huida de la juventud, el de renuncia a la inmadurez. El de la experimentación que lleva a la autoindulgencia propia de las bandas fascinadas por la narrativa operática y la obra total.

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En la biblioteca de Rô encuentras las memorias de Roger Vadim, su título no puede ser más jactancioso y transparente:Bardot, Deneuve, Fonda: My Life with the Three Most Beautiful Women in the World.

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Bajo la luz indirecta de la historia o la ficción aparecen sombras deformes y luego se te hace evidente que sólo aman la guerra quienes no la conocen.

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No existe el amor heroico porque el amor carece de hazañas, estas sólo existen en la esfera social, no en la esfera personal.

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Mala idea bañarse en Copacabana con anteojos, llevas menos de una semana de viaje y ya perdiste tus lentes.

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Vivir en guerra es también vivir fuera de las convenciones de la belleza y los universales útiles.

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Estrelha dice que nació en Recife el 9 de febrero de 1978, falta una semana para su cumpleaños. Rô dice que miente, que debe tener por lo menos treintaicinco.

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Sesentaicuatro años antes que yo naciera, el 5 de abril de 1915 en una carta, Kafka responde a una pregunta de Felice Bauer: ¿Si sufro por la guerra? Esencialmente uno sólo puede conocer lo que uno experimenta. (…) Sufro por la guerra sobre todo porque no tomo parte en ella. Y sé que escrito en términos de blanco y negro se ve como algo tonto. 
Y en su diario en 1920: Hace unos días he reanudado mi vida de campaña o, mejor dicho, mi vida de maniobras, la misma que hace algunos años descubrí que era la mejor para mí.

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En un monumento de Rio, la cita del poema Enfant Perdu, de Heine: Ha quedado un puesto vacante en la guerra por la libertad…

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Coincidencia brutal. Rumbo a la Praça Marechal Âncora para ir al museo histórico nacional me topo cara a cara con la poeta Lígia Dabul, me lleva a Berinjela, una librería increíble donde encuentro la Complete Poetry de Siegfried Sassoon y Versión celeste de Juan Larrea, quedamos de vernos el fin de semana.

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La imagen de una ciudad aparece y desaparece en sus periódicos. Un mes o un año de vivirla no son suficientes. Río de Janeiro vive haciendo caso omiso del estado de guerra permanente publicitado por la prensa y en la convicción de ser la cidade maravilhosa que ciertamente es.

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Hace unos días un niño fue arrastrado por siete kilómetros y cuatro barrios distintos por unos tipos que robaron el auto de su familia. Por supuesto, murió. Los ladrãos se refugiaron en una favela, luego la misma gente de la favela los entregó a la policía. Por supuesto, la historia le arrebató el protagonismo a la Cicarelli en las portadas. En un diario salía la foto del tipo que manejaba el auto robado comiéndose un sándwich y debajo el siguiente titular: Y todavía siente hambre.

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Vicente Huidobro: La notoriedad consiste en viajar de incógnito.

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Recuerdo lo que sentía al tocar su espalda o al sostener su cabeza para ver de frente su rostro desencajado, su mirada extraviada. Sus gemidos me rondan como la imagen de sus piernas la última vez que la vi, con minifalda de jeans y hawaianas. Ese día nos quedamos dormidos después de conversar, eran las cinco de la tarde y yo viajaba a Rio al día siguiente. Cuando desperté alcancé a ver su mano retirarse rápido de mi rostro, temerosa de que supiera que me acariciaba. Fingí que no me di cuenta, aun así no puedo ignorar el recuerdo de su cuerpo en esa habitación que en estos momentos está a más de tres mil kilómetros de distancia y a la cual ya no voy a volver, esa habitación de muros mal proporcionados que se empequeñecía si uno caminaba hacia el poniente.

Después de escribir esto te vienen a la cabeza los aforismos de Wallace Stevens, lástima haber copiado los mejores en otra libreta, pero para el caso sirve este: La poesía aumenta la sensibilidad por la realidad.

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El resumen de la sabiduría amorosa brasilera: Si pica, fica.

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Aprende a nadar, me dijo S una vez. Y yo, son of a son of a son of a son of a sailor, me sentí insultado. ¿Qué quería yo cuando escribí esas cartas el 2004? ¿Acuciado por qué las escribí? ¿Cuánto influyó eso en que escribiera Alameda tras las rejas?

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Los momentos que decimos inolvidables son convertidos en pasado inexorable apenas su estatus es declarado. La voluntad que declara inolvidable un momento lo preserva, como recuerdo, del riesgo al que la normalidad y la regularidad lo exponen. Y esa preservación funciona como un flotador para esa noche en que das todo por perdido, en que ni el sueño te alcanza para cauterizar heridas que crecen y colonizan. Pero ese salvavidas, guardado tanto tiempo, tiene fisuras o el tiempo lo ha convertido en contraste puro. Al final, los momentos inolvidables son el terror, te paralizarán. Por eso hay que saber nadar.

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Una playa de Río de Janeiro, el último lugar donde uno esperaría encontrar un monumento a Chopin.

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Notas para una antología de la forma:
Saúl Yurkevich, sobre El pozo de Onetti: “madurez significa acatar el absurdo y el vacío, instaurar una sucesión de actos maquinales para rellenar el pozo. Madurez equivale a anonimato (…) es sumirse en la indiferenciación del tiempo horizontal. Madurez significa conformarse con la insignificancia e inutilidad de todo acto.”

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Notas para una antología de la forma:
La biblia de neón de John Kennedy Toole es un bildungsroman construido alrededor de la lucha de un adolescente contra diversas manifestaciones de la forma y el deber ser en la comunidad en que vive. Es el tema de Ferdydurke, con la diferencia de que esta novela no está ambientada en una aristocrática Polonia, sino en un pueblo miserable del sur de EEUU, donde la amenaza es encarnada por un pueblo sometido a un predicador. Lo que une a ambas novelas es la resistencia a lo impuesto, el horror a lo dado, al entramado de convenciones sociales, religiosas y políticas que exigen a un ser informe, un adolescente, plegarse y adaptarse hasta que es incorporado a la sociedad como uno más, aunque realmente se le integre como uno menos a quien temer.

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Cuando en Serve the servants Kurt Cobain dice: Teenage angst has paid off well, now I’m bored and old. Se trata de una afirmación terriblemente desoladora, la furia de la resistencia a la forma lo ha convertido en lo que más despreciaba, un rockstar ricachón.

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M me avisa que murió un profesor de historia del arte, que la familia vende sus libros y que sólo ellos han elegido libros hasta ahora. Suena interesante, me consigo la dirección y parto con unas sesenta lucas sintiéndome un profanador de tumbas. Llego al departamento, veo la biblioteca y corro al cajero automático más cercano. La biblioteca en su esplendor debió ser envidiable. Se nota que poca gente ha venido porque cualquiera con un poco de ojo la habría arrasado. Elijo treintaicinco libros increíbles y me gasto hasta el último peso.

Cuando estoy a punto de irme llega una chica, lee en voz alta la lista de lo que quiere comprar, me estoy llevando casi todo lo que nombra, los ensayos de Marcel Schwob sobre François Villon y Stevenson, Guide to Kulchur de Pound, las cartas de Sade, la poesía completa bilingüe de Nerval, Los Sueños de Jean Paul y otros. Después de hablar un rato le digo que me gustaría invitarla a beber algo pero que me gasté todo lo que traía encima, le pido su correo electrónico delante de las mujeres que atienden la venta, me responde que prefiere que yo le dé el mío. Al día siguiente empezamos a escribirnos.

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Hay cosas que pertenecen a la literatura y otras que pertenecen a la historia de la literatura, lo mismo se cumple con el rocanrol.

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Recuerdo que di por terminado Alameda tras las rejas porque me gustaba su extensión, porque no quería seguir escribiéndolo una vez agotadas las palabras que lo constituían. Sentía que estaba poniendo por escrito una historia que conocía mucho antes que ocurrieran los eventos consignados en el libro.

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Un disco en vivo de Van Morrison en 1974, está acompañado por una banda con bronces, cuerdas y todo lo que una banda normal tiene. Está cantando Cyprus Avenue, una historia de amor desesperado y sin ninguna esperanza, a su antojo acelera y casi detiene la canción en varias ocasiones durante más de diez minutos. Casi al final, deja que el silencio se instale totalmente en el escenario por más de treinta segundos, de pronto se escucha una voz en el público que exige: Turn it on! Inmediatamente Van susurra al micrófono: It’s turned on already… La gente grita y el escenario vuelve a ese silencio brevemente interrumpido por un redoble de batería, pasan diez segundos y Van grita: It’s too late to stop now! La banda suena a todo lo que da y el recital se acaba.

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