Carta de Brasil: Desde la ventana

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Lo primero que leí el 10 de mayo fue sobre la muerte de Sérgio Sant’Anna, fallecido tras pasar una semana hospitalizado por coronavirus. Nunca he sido muy lector de obituarios, pero en los últimos meses lo he hecho con más frecuencia. Su muerte me golpea con un recuerdo personal, que ahora vengo a valorar. Hace poco más de cinco años, apenas llegado a São Paulo, compré mi primer libro de lo que supondría sería un largo periodo en la ciudad. No recuerdo muy bien por qué escogí O concerto de João Gilberto no Rio de Janeiro, creo que nunca había oído de Sant’Anna. Tal vez me atrajo una idea medio cliché de la bossa nova y Río de Janeiro, una ciudad que excede por mucho cualquier visión romantizada que se pueda tener sobre Ipanema y Copacabana. Dos semanas antes de saber de su muerte me dediqué a traducir un breve cuento suyo, inédito hasta entonces, publicado por Folha de São Paulo. Es un texto sobre el entrenamiento del plantel del Fluminense en la década de los cincuenta; el equipo que se fijó en su memoria adolescente y al que volvió en varios cuentos. En esos días de la cuarentena me propuse ver completo el Mundial de Italia 90 en una web que tiene todos los partidos. Acabo de ver el gol del brasileño Müller al costarricense Gabelo Conejo: tenía poca gracia esa selección brasileña.

Carne negra

Nunca enganché con los reality shows –não é a minha praia, como dicen aquí–, pero a mediados de abril, como millones de brasileños y brasileñas, seguí la final de Big Brother Brasil 20. Aunque no la vi, leí sobre ella y consumí sus contenidos con o sin quererlo: muchos lugares de internet se llenaron de debates sobre las tres finalistas, que habían dejado en el camino, entre otros, a acusados de violación, machistas orgullosos e influencers adictos a las polémicas fáciles y ridículas. La decisión final se convirtió, como muchas otras circunstancias de la vida cultural en una nación estructurada sobre el racismo, en un debate sobre la representatividad de negras y negros en la sociedad brasileña: Thelma, la ganadora, es negra, feminista, médica y passista de samba de Mocidade Alegre, una escuela de samba paulistana. Millones se vieron identificados en su biografía, que también es una demostración de las posibilidades abiertas por las políticas de cuotas raciales en la educación superior pública de Brasil, imaginadas a fines de los noventa en algunas universidades federales e institucionalizadas durante los gobiernos del PT. Mientras tanto, otros la hacían pedazos con sus comentarios, apelando a estereotipos racistas arraigados desde la esclavitud: si era amiga de las blancas del programa, entonces decían que parecía su empleada doméstica. Si se maquillaba, entonces era que se echaba betún. Hasta antes de la cuarentena había dejado de leer los comentarios de las noticias en internet, ahora volví, como una manera de intentar entender las brigadas virtuales fanáticas del gobierno. Dosis de odio digital lo suficientemente rápidas y efectivas como para desestabilizar una democracia ya frágil.

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Todas las semanas hay una contracara, o más bien un complemento trágico, de la victoria de Thelma. Más de 70 balas de fusil contra una casa en São Gonçalo, en el área metropolitana de Río de Janeiro, donde había varios niños y adolescentes. A uno de ellos, João Pedro, el tiro le entró por la espalda y lo mató. La operación conjunta de la Policía Federal y la Policía Civil derivó en en un nuevo caso del Estado brasileño matando a un joven negro, como tantas otros veces. Tengo un montón de imágenes en la cabeza de casos idénticos que fueron algún día noticia y pasaron a engrosar una estadística tenebrosa. Los policías se llevaron el cuerpo de João Pedro en helicóptero y la familia sólo supo de su paradero casi un día después. Como dijo la funkera MC Rebecca, ni siquiera el aislamiento social salva a la población negra de una guerra absurda en que sus cuerpos son las mayores víctimas.

Me acuerdo de cuando la mamá de Marcos Vinicius, un adolescente asesinado por un policía cuando iba a su escuela, mostraba la camiseta ensangrentada de su hijo, la del uniforme escolar de los colegios municipales de Río de Janeiro. Recuerdo a Ágatha Félix, que recibió una bala policial cuando iba junto a su mamá de vuelta a su casa. Cómo olvidar su fotografía con ella disfrazada de Mujer Maravilla, una niña de ocho años asesinada por agentes del Estado. O a Kauan Peixoto, el niño de doce años que cuando fue a comprar pan al almacén de la esquina recibió tres tiros de agentes de la PM carioca. Cada vez que se sabe de un nuevo asesinato vuelvo a pensar en la mamá de Kauan exigiendo justicia y diciéndole a la prensa que no podíamos seguir aguantando las teorías de las balas locas. Tantos casos así, tantos otros que ni siquiera fueron informados en los grandes medios. Tantas vidas despreciadas por la impunidad de un sistema que ya repartió las víctimas y los victimarios. ¿Cuántos días más sin saber quién mandó a matar a Marielle Franco? ¿Cómo no arde todo cada vez que pasa esto? Es sencillo decirlo cuando no es el cuerpo de uno el que está en la línea de fuego. Cuando ya entendía mejor portugués, una de las canciones que más me impactó fue una de Elza Soares en la que dice que la carne más barata del mercado es la carne negra. El videoclip, de 2002, comienza con una patrona rubia cacheteando a una fila de jóvenes negras y negros. Ya han pasado dieciocho años, pero también quinientos veinte, como afirma Felipe Hirsch en el guión de su Tragedia latinoamericana: la llegada de Pedro Álvares Cabral como el inicio de un destino infausto. Vivo en la incómoda (pero también cómoda) posición de resguardarme y no hacer nada, en una cobardía de inmigrante blanco sin problemas económicos que no transgrede la norma migratoria de no participar de cualquier forma de activismo político. Me amarga decirlo. Como escribió hace pocos días João Paulo Cuenca, tengo saudades de tener esperanza.

Había cuatro maniquíes juntos en un balcón, todos de la misma altura, sin distanciamiento social y mirando al horizonte, como haciendo planes para los días siguientes.

Saudade e benção

Elza Soares publicó una foto mirando desde su departamento hacia la playa de Copacabana. Aunque no están tan llenas como otras veces, en la arena y la avenida hay muchas más personas de lo recomendado. Afectada por un clima de domingo de Pascua –pero también por los domingos verdeamarelos de los bolsonaristas que se reúnen a exigir el fin de las cuarentenas, junto al cierre del Congreso y de la Corte Suprema–, Elza dice sentirse llena de saudade por sus hijos, nietos y amigos que no puede recibir en casa. Aun así escribe un texto en que se anima, y busca animar al resto, con una cierta esperanza cristiana en la resurrección. Mi mamá envió al chat familiar una imagen suya desde el balcón de su departamento en Santiago. Ambas extrañan a sus nietos. Hace una semana le conté que mi pareja está embarazada, que voy a ser papá; aunque sabe que somos agnósticos, nos mandó una bendición virtual y nos pidió que volviéramos pronto a Chile. Nos dijo que le daba lo mismo que hiciéramos cuarentenas separados y que no nos viéramos por mucho tiempo, pero que regresara. Deus é mulher se llama el trigésimo tercer disco de Elza Soares, por algo será.

Maniquíes en la ventana

Me aburrí de ver los partidos de Italia 90, al final se transformaron en otra tarea en la rutina diaria del confinamiento. A diferencia del niño del noveno piso que no se cansa de tocar «La canción del adiós» en su flauta dulce, preferí dejar de comprometerme con algo que rápidamente se hizo una obligación. Una de las pocas rutinas que trato de no alterar es asomarme varios minutos por mi ventana, como a las cinco de la tarde, cuando ya comienza a atardecer. Siempre miro los edificios de la esquina, cuando sus habitantes empiezan a asomarse a mirar la puesta de sol que yo no veo. Vivo en un barrio textil, por lo que no es raro encontrarme con maniquíes en las vitrinas o en las veredas. Sin embargo ahora había cuatro maniquíes juntos en un balcón, todos de la misma altura, sin distanciamiento social y mirando al horizonte, como haciendo planes para los días siguientes. La escena me provocó algo de nostalgia por los planes que no alcanzaré a imaginar, una sensación de ausencia más grande que la de los proyectos que quedaron frustrados. Al final, estos últimos existieron como imágenes. Mientras veíamos la escena, mi pareja me contó de un cuento de Ballard, «La sonrisa», en que el protagonista compra un maniquí femenino, que luego descubre ser un cuerpo embalsamado con una técnica lo suficientemente sutil como para confundir a los ojos menos entrenados. Lo que parte como la adquisición de una antigüedad termina convertida en una historia de amor, traición y desamor. ¿Será que mi vecino o vecina tiene otros planes para ese cuarteto? Ahora que lo pienso, los vi vestidos como para ir a L’Amour, el pequeño antro del centro al que tantas veces fui pero al que casi nunca entré. Siempre la fiesta era mejor en la calle. La calle siempre fue lo mejor de São Paulo.

La prensa que la familicia odia y desacredita a diario acaba de informar que, en plena crisis económica y sanitaria, el gobierno reasignó millones de reales destinados para ayuda directa a familias del Nordeste hacia gastos de publicidad. Antenoche volvieron a asfaltar la ciclovía que pasa por mi calle, la tercera vez en tres años. ¿No hay más avenidas donde montar una puesta en escena que devuelva la mano a los financistas de campañas? Digo, para no sonar antipático y pedir que esos recursos se vayan al sistema público de salud. No sólo Brasilia huele mal.

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De cara al pavimento

Son las dos de la tarde y desde mi ventana veo que en el paradero de enfrente hay una persona muerta. Hay cinco policías de la guardia civil junto a tres mujeres que esperan la micro. Una de las policías comienza a encintar el área, aislando el cadáver cubierto por una manta metalizada. No sé quién es, pero parece un morador de rua, uno de los cientos de habitantes de las calles de mi barrio. No sé si murió de coronavirus, pero, como tantas vidas en Brasil, posiblemente murió de desigualdad, racismo y clasismo, en completo abandono, como un paria que circula por el centro de São Paulo. El área está aislada, como marcada para que algunos peatones y repartidores en bicicleta se detengan y registren la escena: solo, cercado por policías, guarecido bajo un paradero, el último lugar donde estuvo con vida. La escena se vuelve más cruel cuando media hora después pasa la brigada de remoción, un equipo municipal encargado de desarmar las improvisadas casas de los de la calle. En dos minutos desarman tres carpas que están a menos de cincuenta metros del cuerpo. Todo resulta exagerado, incluso sádico, cuando esos trabajadores municipales requisan frazadas, cartones y plásticos. El cuerpo sigue de cara al pavimento. Llegan más policías, que se turnan hasta que lleguen los peritos criminales. Como a las cinco de la tarde aparecen, toman fotografías y se van, a la misma hora en que decenas de trabajadores del barrio pasan por el frente. El cuerpo sigue allí, anochece y las luces del alumbrado público proyectan un extraño reflejo en la manta metalizada, que se mezcla con las luces estroboscópicas de la radiopatrulla que está de punto fijo. A las ocho de la noche llega un furgón de la policía. Mientras retiran el cuerpo un cartonero se acerca a preguntar algo. Mira rápido y continúa. La escena se vacía, sólo quedan los del barrio, los de la calle y los que miramos desde el piso 6. Difícil imaginar un futuro mejor desde esta ventana. 

Por ahora fin

Armo algunas cajas para mandar a Chile, consigo un comprador para el refrigerador y la lavadora, hablo con amigos de aquí de São Paulo para regalarles cosas, uno me dice que tratemos de vernos por última vez, aunque sea por la ventana. ¿Cómo no habrá una forma mejor de despedirse de São Paulo? Un amigo de Santiago me acaba de contar que su abuela murió en Iquique y que no tiene cómo ir a despedirse. Lo mío es mucho menos triste, seguro, pero me cuesta hacer las paces con esta forma de irme. Sin volver a un boteco ni a los lugares que más disfruté en los últimos años. Sin una última ida a la piscina del estadio municipal de Pacaembú –hoy convertido en hospital de emergencia–, ni a tomar un café a uno de los tantos Sesc de la ciudad. Menos a dar una vuelta por el barrio japonés o a hojear libros usados detrás de la Catedral. Tampoco volveré a la universidad en donde estudié durante cuatro años, un espacio de autonomía como pocos que había conocido en mi vida. ¿Cuántos de esos lugares seguirán existiendo cuando vuelva? ¿Quiénes seguirán aquí? ¿Cómo irse sin estar todo el tiempo mirando para atrás? ¿O es mejor asumir ese estado de consciencia y memoria, en el que quiero irme pero seguir estando? Como tantos millones de personas también me siento a la deriva aquí en Brasil. Parecemos desanclados, esperando salir de alguna forma de la espiral de locura en la que se metió este país desde el 2013. Aunque me vaya, me siento parte de lo que pasa aquí, como también de lo que sucede en Chile, el lugar del que nunca me terminé de ir. Futuros atlánticos, pacíficos, distópicos, utópicos. Continuar circulando entre mundos reales e imaginados, buscando algo que construir.

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