Carlos Olivárez: sobrevivir al Far West

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Para Carlos Olivárez (La Unión, 1944-Santiago, 1999), la dictadura no fue el apagón cultural del que aún se habla. Prefería asociarla a algo más épico, cinematográfico, pop si se quiere: el Far West. Una zona fronteriza, con balas de verdad silbando en el oído y donde había que apretar los dientes, esperando salir vivos. Se lo dijo a Virginia Vidal apenas unos meses antes de morir: «Soy del sur. En ese tiempo pensé en antiguas enseñanzas, en esa costumbre de los mayores que suelen enseñar a los niños: la inteligencia no se muestra, porque es peligrosa para otros. En el sur se vivía desde la Conquista un Far West de la violencia. Luego, el Far West se extendió a todo el país y si asomabas la cabeza te la cortaban. Fue el tiempo del disimulo. Hubo que hacerse invisible en el paisaje, ser una parte más de la geografía».

Para el golpe, Olivárez tenía veintinueve años, escribía en las revistas de Quimantú y tenía un solo libro editado: Concentración de bicicletas (Cormorán, mayo de 1971). El delgado volumen de noventa y siete páginas, tres mil ejemplares, con su particular dedicatoria («Este libro es para mi mamá») y cubierta roja-blanca-azul, se componía de siete cuentos:«No estacionar toda la cuadra.,«Intendencias del esquema», «Travelling», el homónimo,«Matinée, vermouth y noche» , «Y a ti, ¿también te gusta la televisión?» y«Lo que va entre paréntesis no vale». Los cuentos dejaban al lector con vértigo ante la urgencia con que parecían escritos; verbos como «runrunear» o «farawelear» junto a onomatopeyas como zooommm funcionaban como cápsulas de un Chile adolescente, hormonal. Una generación que, como le dijo a Mariano Aguirre en 1970 para la revista Evidencia, en lo que sería su primera entrevista, necesitaba imperiosamente «escuchar a los Beatles, leer a Parra, hacer el amor». Acá aparecen citados los Rolling Stones, Marianne Faithfull y The Beatles junto al futbolista brasileño Garrincha y Paul Newman. Aparecen marcas como Mademsa, Cachantún, Faber, IBM y los ternos Scappini. La gente lee la revista Paula  y ya se consume ritalín. También hay cameos de Gladys Marín («qué mujer más buenamoza, por Dios, quién va a pensar que sea tan comunista») y hasta un saludo al escritor mexicano de «la onda», un movimiento de su época al que se sentía emparentado antes del último cuento («Hola, José Agustín»).

Fiel a su programa de supervivencia, Olivárez dedicaría el resto de la década –y de su vida, más bien– a leer, conversar, publicar antologías y organizar regados encuentros con escritores en el insilio del bar La Unión Chica. También grabaría un documental sobre José Donoso junto a Carlos Flores en 1977, y perseguiría a Jorge Teillier hasta lograr editar un libro de conversaciones para la posteridad en noviembre de 1993. Entre medio sacaría quinientos y tantos números del suplemento «Libros» de La Época, más de la mitad editados enteramente por él, debido a la falta de recursos; el curioso homenaje a La Unión Chica titulado con su dirección, Nueva York 11 (Galisnot, 1987), junto a Ramón Díaz Eterovic y con piezas de Jorge Teillier, Rolando Cárdenas y la aparición del mítico habitué del bar Eduardo Chico  Molina («se dice que publicó en vida dos poemas. No nos consta»). El año siguiente editaría la antología Los veteranos del 70 (Melquíades, 1988) rescatando a 42 supervivientes de la dictadura, mitad narradores y mitad poetas, entre ellos Poli Délano, Eugenia Echeverría, Cristián Huneeus, Iván Teillier, Mauricio Wacquez, Claudio Bertoni, Juan Cameron, Ronald Kay, Naím Nómez, Cecilia Vicuña y Óscar Hahn.

Solo volvería a publicar relatos originales en noviembre de 1987 en Combustión interna (Galisnot), que, casi como una declaración de principios, abre con dos citas, una de Woody Allen («Los hombres buenos duermen bien, pero los otros lo pasan mejor cuando estén despiertos») y otra anónima («Si no hay solución el problema no existe»). En la contracubierta aparece él con unos lentes de marco grueso, gigantes, una máquina de escribir y un peinado a lo Beatle, junto a un texto de Mariano Aguirre:«El ritmo desenfadado, lúdico, de los primeros cuentos del Mono Olivárez se mantiene (…) aunque también se escucha el tono melancólico de un blues». En estos textos, a pesar de ser más sombríos y pesimistas desde sus títulos («Deambulante sospechoso», «Óxido de zinc» o «Ya te dije que no estoy»), aún se vislumbra a un autor marcado por una era que él delimita entre 1962–«cuando en el Estadio el centro delantero de la selección nacional movió la pelota para el mundial de fútbol»– y el 11 de septiembre de 1973, «cuando ingresó el primer preso político».

4.784 vueltas a la plaza

Hasta los diecisiete años creyó que su apellido era Olivares. Cuando le tocó el servicio militar fue a sacárselo y descubrió que en los registros aparecía con zeta. Él, que siempre creyó que su apellido venía de los olivos que producen aceitunas, le dijo a la secretaria del Registro Civil de La Unión: «Entonces voy a tener que ser de los olivos que producen nueces».

La chica, por supuesto, no se rió. Y es que a Carlos no se le daban muy bien las relaciones con el sexo opuesto (1).  Su rutina adolescente era, como le contó a Aguirre, «dar 4.784 vueltas a la plaza de La Unión, escuchar “Quiero tomar tu mano” de los Beatles, ver en el cine Sissi emperatriz rodeado de alemanes que se reían como cerdos, gastar 100 pesos por cada hit de Paul Anka o Leo Dan que sonaba en un flamante wurlitzer del pueblo y enamorarse de las niñas más lindas sin conseguir siquiera una sonrisa».

Olivárez cuenta que entre varios destruyeron de tanto leer el único ejemplar de Lolita que llegó a la vieja biblioteca pública de La Unión. O que se metía en las peleas entre seguidores de Neruda y de Rokha. Él se quedaba en Las alturas de Machu Picchu,  aunque luego reconocería que «no movería el dedo por ninguno de los dos» y que «entre ponerle y no ponerle, me quedo con Parra (…) Leíamos como locos. Y cuando empleo el plural no lo hago en forma retórica como lo hacen algunos eruditos pedantes, sino porque éramos varios a los que se nos apretaba el alma por no encontrar las respuestas necesarias para muchas preguntas imbéciles, y buscábamos en los libros».

La Unión es uno de esos pueblos sureños no turísticos donde el cielo ahumado por las chimeneas y la madera parecieran ser eternos. La inmigración alemana se mezcla con lo mapuche como en Puerto Octay o Cañete, y uno inevitablemente piensa en qué clase de tensiones de todo tipo se darían a través de las décadas. Su plaza luce orgullosa, con su iglesia, vegetación y el ritmo lento de sus habitantes. Si así está ahora, no es complicado imaginar que hace medio siglo las cosas eran mucho más tranquilas aún. ¿Cómo un chico tocado por la literatura, el rock y el cine no iba a querer salir huyendo de allí?

«A diez años de la era de los Beatles» se titula un texto de 1970 de Olivárez para la revista Quinta Rueda. Se trata de un ensayo sobre su pueblo natal donde usa a la banda como marco temporal y admite en el primer párrafo sentir que «el cosquilleo que empieza a cobrar cuerpo es el de hacer historia, pero ante la muralla china de mi ignorancia no queda más que orillarla».

«Sé que antes de su actual ubicación fue un pueblo transeúnte que se cambió tres veces de lugar. Agrias discusiones deben haber alimentado las reuniones porque quizá el hoyo no era lo suficientemente grande para protegerlo del viento. Que sufrió inundaciones, incendios. Que recibió emigrantes de Bavaria, Selva Negra o anda tú a saber de qué perdido barrio de Frankfurt. Emigrantes que se instalaron y empezaron a trasladar su patria y su kuchen, sus cervecerías y sus héroes. Sus molinos. Su arquitectura rubia de ojos celestes y vestido azul. Su idioma, por lo tanto el alma, compañero. Su levantarse temprano y obviar la siesta peninsular. Durante ese tiempo debió haber sido un pueblo con muchas ferreterías, barracas, boticas. Quizá se construía mucho puente de madera que el Llollelhue (casi ni tiene eles, ¿eh?) se encargaba de destruir en junio. Mucho clavo para armar galpones y meter el trigo. Mucho manoseo político para reelegir al alcalde. Mucho pelearle a la lluvia para que el barro no entrara a la cocina. Mucho pionero, digamos».

La pluma de Olivárez, como se ve, es suavemente juguetona, como cuando menciona las eles del Llollelhue, el río que nace en el norte del lago Ranco y termina asentándose en su ciudad. O cuando empieza a divagar con precisión sobre los inmigrantes alemanes con«su arquitectura rubia y de ojos azules». El texto continúa en la misma línea.«Claro que sé que fue Bernardo O’Higgins (atención aquí, que después este nombre cobra importancia) el que le dio el pase y firmó el decreto que lo autorizaba a instalarse como ciudad. Tranquilamente fue desplegando sus calles, me imagino. Se fundó un diario que se encargaba de repetir en las tardes con letra de molde lo que ya casi todo el pueblo sabía. Se pavimentaron las calles principales. Se abrieron colegios, liceos. Los árboles –tilos en la plaza, acacios en las calles– se empezaron a podar más altos. El ferrocarril hacía sonar su silbato antes de detenerse y, como en una bella historia del Oeste, los ánimos se calmaron y ya no había necesidad de batirse en retirada».

Al final, sin embargo, apurado por los límites de la página que debía entregar y con cierto hastío, confiesa el origen de todo este texto: todo es ficción. Y hace un chiste con Neruda: «Todo esto puede y no puede ser real. Es lo que me imagino. Lo que sé porque es un lugar común más plagiado que puedo escribir los versos más tristes esta noche».

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Lo interesante de este texto es que Olivárez esboza allí una especie de autobiografía, donde asegura que en los años cincuenta, en su infancia, «yo no pertenecía a la historia sino a la geografía». No sabía jugar ajedrez, no aprendía a hablar como correspondía («balbuceaba dos o tres frases») y caminaba por Serrano arriba hasta 21 de Mayo, no para ir al colegio sino que a «dar patadas en los recreos a una mala, hermosa pelota».

«Mi mundo limitaba con la estación, con el Hospital Regional, con la cancha de aviación, con el Radimadi. Nuestra lucha era por conseguir las manzanas que don Otto (no es el del chiste) cuidaba a más no poder. Los que tarzaneaban en el río eran: Cachupín, Koy Koy, Caliche, el Negro, el Gordo, Cabeza de Neumático, Mala pata y el Pedro. (Por mi parte era el Mono.) Lo que traía la maravilla ilustrada era el Okey cada semana con su olor a tinta, el Llanero Solitario, la colección Bisonte. El centro casi no lo conocía y las escapadas al Teatro Central eran tan esporádicas que ni me acuerdo. De lo que sí me acuerdo es de Los Aguiluchos, serial infinita que el cura nos pasaba en la parroquia y a la que me iba a meter de puras patas».

Revistas, amigos y exploraciones en una ciudad tan chica que todos se conocían. Las cosas cambiaron al entrar la adolescencia, como él mismo relata. «Tenía los ojos más grandes y me despertaba temprano». Y entre medio descubriría el sexo femenino, el cine y lo más gravitante vocacionalmente hablando: la literatura. Aunque en este texto, quizá teniendo en claro lo obvio del asunto, lo menciona muy a la pasada: «Meterse a la maleta al O’Higgins a ver unas películas sin ninguna clase de censura. Veíamos hasta las para 150 años. Así fue que lo de Brigitte Bardot lo conocí primero que lo de la que están imaginando. La plaza se incorporó a mi mundo en largas charlas circulares a la salida de clases. En la noche. En la mañana. Fumando Libertys. Achaplinándonos con los primeros rocks en las fiestas de fin de curso. Orilleros de las mesas con las mandíbulas apretadas. Codos rotos. Bolsillos planchados. Lecturas frenéticas de Manuel Rojas, de Lillo, de Maupassant, de Capote, de Nabokov, de qué sé yo, de lo que caía a las manos desde la biblioteca del pueblo o de la de las Broussain. El mundo se empezó a hacer redondo, se empezó a llenar de preguntitas porque todos los años se inundaban los barrios bajos y la gente, con sus ollas, tenía que irse a la escuela dos o a la uno. Porque todos años se hacía la fiesta más importante de la zona: Moulin Rouge, Las mil y una noches, El oeste enigmático, etc. Solía escuchar la música y los tambores desde mi cama hasta la mañana mientras la lluvia caía y caía desbordando el río».

En la foto que ilustra el artículo, tomada por Ricardo Kelly, aparece Olivárez de bigote, chasquilla y muy abrigado leyendo el diario, sentado en lo que parece un bosque o la plaza del pueblo. Uno lo imagina igual que el protagonista de su cuento «No estacionar toda la cuadra», viajando en tren hacia Santiago «con la nostalgia encima como un terno Scappini que cae perfecto». «Etcetereando», como decía su álter ego en ese cuento, con una de esas palabras inventadas que serían marca registrada de su debut literario.

«Los niños son ahora adolescentes. Son ellos los que circulan por la plaza. Se autofinancian los deseos. Se instala una Escuela Normal. Se sueña con una Universidad. ¿Y la Austral no está solamente a ochenta kilómetros? Los muchachos se empiezan a dejar melena. Aparece una que otra tímida lolita que sería una vestal al lado de las del Drugstore. Hay más radio, más revistas. Mas películas. No tanto Sissi Emperatriz. Las ropas van coloreándose. El Nene se autonombra Raphael de España. Cuentan que pololeó con una cantante de Santiago. Hay fortunas desintegradas. Aparecen otras. Los de codos rotos empiezan a darse cuenta de los porqué. El tránsito, antes el paraíso de los descuidados (circulación en ambos sentidos en todas las calles) se organiza. Por una vez se ha tenido un Diputado. La plaza sigue siendo la más linda del país. También somos la ciudad más limpia. La más tranquila. La gente se casa entre ella. Todos se saludan. Engordan».

Es revelador el último párrafo, donde sutilmente explica su programa literario: la búsqueda del beso de su madre. «Es una ciudad de la literatura. Su dueño es el recuerdo que tengo de mi madre. Hace un lustro que no camino diariamente sus calzadas. Cuando tengo vacaciones suelo bajar por Riquelme para encontrar un beso que me espera en la puerta, un abrazo. Entonces me vuelvo a sentir muy niño a pesar de que en mi mente hay otras cosquillas. A pesar de que ya ni siento el smog de Santiago. Reconozco sin tapujos que La Unión está pegada en mi memoria como un tornillo a esta máquina de escribir».

En 1969 vino una escala en Pedagogía en la Universidad Austral de Valdivia, donde descubriría a Sófocles, Esquilo, Berceo y Rodrigo Díaz de Vivar.«Me metí de cabeza en la literatura», decía. Incluso participó con un cuento en la revista local Cauce. Según él era«más malo que el que llevó a un ciego al teatro y lo sentó en el baño». Pero fue en Santiago, a donde llegó en 1970, donde las cosas cambiaron. Lo que se encontró estaba lejos del boom cultural que en su mente había soñado: biblioteca, tarjeta de almuerzo, horas de estudio.

«A Carlos le dolió profundamente la llegada a Santiago, que tenía idealizada», relata un escritor que no quiere identificarse. «Aunque tenía ganas de comerse el mundo, se topó con una ciudad donde todos se conocían y le cerraban puertas, por muy UP que se declararan. De todas formas, logró integrarse, aunque yo creo que en el fondo ese desengaño determinó sus decisiones futuras, como quedarse en Chile para toparse con los mismos que lo miraban en menos».

El escritor Antonio Skármeta escucha su nombre e inmediatamente cierra los ojos, intentando retornar a la época en que lo conoció cuando estudiaban licenciatura en Literatura en la UC. «A él le hicieron una broma muy terrible en la universidad. Por alguna razón, durante los ritos del mechoneo, algunos imbéciles le hicieron una broma, le marcaron la cara con una especie de pintura o ácido muy difícil de borrar. Por eso se tapaba la cara con un mechón. Fue algo muy estúpido lo que le hicieron y de alguna manera lo hizo más fuerte».

El príncipe de Arauco

Dicen que fue el periodista Hans Ehrmann quien lo bautizó «El mono», y a su amigo Mariano Aguirre le puso «El mono sabio». Aunque, dice Enrique Lafourcade, Olivárez «de mono no tenía nada». Antes le decían «El indio», cuando se instaló en Santiago. Es interesante que entre los setenta y noventa el escritor haya pasado a tener de sobrenombre «el príncipe de Arauco»; así lo llamaban los parroquianos de La Unión Chica, entre ellos Teillier. Delata cierto ninguneo de la vieja escena cultural santiaguina ante rasgos biográficos llamativamente no convencionales para ella –sureño, clase baja, piel morena–, y también cierta resignificación de esos rasgos.

«No estoy seguro de quién me introdujo a Carlos, pero creo que fue Gonzalo Millán que un día apareció con él en la casa de Antonio Skármeta, si mal no recuerdo», dice Ariel Dorfman desde Estados Unidos.«En todo caso, miro hacia atrás y lo veo siempre cerca nuestro –de Antonio y de Mariano Aguirre y de Poli y tantos más–, en el tiempo anterior a la victoria de Allende y luego durante los tres años de la Unidad Popular. Terminamos militando juntos en el Mapu. Y fue una figura fundamental, por cierto, en la resistencia cultural durante la época de Pinochet y en los primeros intensos años de la transición, sobre todo en La Época».

«Era un cuentista extraordinario. Aunque venía de la provincia, practicaba una literatura de empuje cosmopolita: estaba muy familiarizado con los narradores norteamericanos. Llegó a vivir al pensionado del Instituto Pedagógico», recuerda Antonio Skármeta; «Había publicado un cuento que empezaba diciendo algo así como “Vestido como un rey con una chaqueta Scappini”, entonces el publicista de esa famosa marca destacó la frase en un aviso comercial y Carlos se quejó y pidió como “derechos de autor” una chaqueta nueva. El publicista, con buen humor, se la consiguió». No es casual que Olivárez, familiarizado con las frases cortas, las onomatopeyas,  los recursos hollywoodenses y los juegos de palabras, como se ve en sus cuentos, se haya vuelto publicista en los setenta. Dorfman dice que cuando lo conoció le llamó la atención «que juntara el entusiasmo por todas las formas de cultura popular (norteamericana, latinoamericana, chilena) con un interés voraz por la literatura más “enaltecida” de Occidente, y que en lo que escribía se agitara un intenso deseo de liberación/experimentación junto a un vasto conocimiento del lenguaje del pueblo chileno».

«Me acuerdo de una tarde en que yo afinaba en mi casa de la calle Vaticano, junto a Cristián Huneeus, el texto que Enrique Lihn había redactado para anunciar que el Taller de la UC ahora se convertía en el Taller de Escritores de la Unidad Popular, detallando las grandes tareas culturales de la revolución. Pasó por ahí Carlos, que quería asegurarse de que íbamos a mencionar a Proust y Joyce y Kafka como un patrimonio al que debían tener acceso todos los chilenos. No se fue de mi hogar hasta que le aseguramos que no faltaría esa alusión a sus héroes literarios (aunque también se tomó una copita de vino con que lo agasajó Angélica)».

El golpe simplemente potenció su deseo de esconderse más y dejar de pitutear como creativo en agencias de publicidad y de escribir para las revistas de Quimantú, como Onda, Ahora  y Quinta Rueda , donde era redactor jefe. Aunque él mismo le quitaba dramatismo a la situación. En un ejercicio de humor negro que sería su marca registrada, le decía a Antonio Martínez: «No me fui de Chile por flojera, había que hacer muchos trámites y me casé… Tal vez fue la flojera, o bien por llevar la contra. No me fui cuando todos se fueron; me casé cuando todos se divorciaban, tuve hijos mientras estaba cesante».

«A él le hicieron una broma muy terrible en la universidad. Por alguna razón, durante los ritos del mechoneo, le marcaron la cara con una especie de ácido muy difícil de borrar. Por eso se tapaba la cara con un mechón.»

«No tenía mucho sentido escribir; no había lectores ni actividad editorial; se cerraron las librerías. Pero como nunca se da el vacío, emergieron pseudoescritores. Los Premios Nacionales de todo ese período lo revelan. En el nivel más cotidiano, el escritor perdió la presencia ciudadana. Antes eran escuchados en las tertulias, en las tribunas más diversas; hasta nosotros, los del sesenta, teníamos cierto glamour… En la brutalidad, el escritor no encaja; repele las palabras fuertes, las órdenes, una atmósfera comparable a la electricidad, donde no hay matices. Y la escritura es sólo matices. Se vivía en la desconfianza de uno hacia la sociedad y de la sociedad hacia uno, entre recelos recíprocos por la transparencia del mal».

Esa «transparencia del mal» Olivárez la vio de cerca durante toda su vida. Porque detrás de toda su ironía e inteligencia, que lo hizo abrazar mejor y antes que nadie la cultura pop y el humor más delirante, parecía esconderse una gran tristeza.

Acá mandan los libros

«El que quiera tiene la más absoluta libertad de opinión. Como no hay dinero para pagar las colaboraciones pido generosidad y obviamente calidad. Acá mandan los libros, no el director». Eso decía Olivárez desde su despacho en La Época, compuesto por apenas un computador, un escritorio y una silla. También un mueble lleno de libros recién llegados o en revisión. Y la colección completa del suplemento «Libros», del que sacó 535 números, y 350 solo, sin ayudantes ni colaboradores.

De suéter de colores claros, camisa y gruesos anteojos, llegaba con un bolso tipo cartero. Lento y relajado. Bueno para hablar, siempre estaba comentando libros, citas, noticias, haciendo chistes. Después se tomaba un café. –instantáneo–, encendía un cigarrillo y se ponía a leer los diarios del día. Finalmente, encendía la pantalla y se ponía a escribir, acompañado de café con leche o chocolate. En tiempos sin Internet ni celulares el Olivárez periodista usaba a amigos como el poeta Francisco Véjar o Lorenzo Peirano para ubicar a sus fuentes. Armaba mapas con los lugares donde transitaban sus entrevistados.

La crítica Patricia Espinosa, que trabajó con él en La Época, cree firmemente que Olivárez «es el más destacado narrador de cuentos de esa generación del setenta, la del entusiasmo», integrada por Antonio Skármeta, Ariel Dorfman, Poli Délano, Fernando Jerez y Manuel Miranda. En sus textos, dice, respiran «todos los mitos de la época: el hippismo, la revolución, el cambio, la innovación», pero al mismo tiempo influencias que abarcan desde el larismo de Teillier hasta el objetivismo francés de Robbe-Grillet, pasando por Cortázar, el mexicano José Agustín y la literatura beatnik. «Su literatura era muy experimental. Destacaba la melancolía, la extrañeza ante lo cotidiano, que lleva a sus protagonistas a privilegiar la libertad, el despertar a lo erótico y el deseo, las contradicciones existenciales. Todo eso está en Concentración de bicicletas: el deseo de vivir desde la precariedad material, el deseo de moverse, la autonomía del sujeto. Es una fractura dentro de lo que la literatura chilena venía haciendo. Destacó la figura del marginal urbano. Pero con una marginalidad distinta de los clásicos de la literatura chilena, como la del Cincuenta, que era burguesa. Acá el sujeto es autodidacta, un estudiante universitario cuyo mayor capital es el conocimiento, pero desde un saber humanizado, no academicista y medio místico».

«La dictadura influiría claramente en su biografía y trabajo literario –continúa Espinosa–. Se mantiene la melancolía, el tiempo que se eterniza y la realidad que excede al sujeto con eventuales estados epifánicos Pero ahora el sujeto está atrapado, encapsulado en un orden que lo supera, desborda y se impone el decadentismo, la conciencia absoluta del fracaso. Es muy distinto de los sesenta, donde estaba todo por hacer. En los ochenta ese goce ha desaparecido y está todo atrapado por el desencanto y la represión. Estéticamente son textos tremendamente poderosos, donde logra depurar aun más su estilo y en ese sentido la relación entre sujeto, biografía y obra es de una manera absoluta».

Diego Muñoz Valenzuela lo recuerda a comienzos de los ochenta tras el triunfo del Sí en el primer plebiscito, cuando ya estaban asumiendo que se venía otra década de Pinochet, conversando en La Casa del Escritor. Un personaje de «ojos oblicuos, pómulos salientes, ancha cabeza, pelo retinto y sonrisa fácil», que estaba al día de las andanzas de los nuevos escritores porque era bien conocido por estar bien informado de todo. «Tras una hora de conversaciones, decidimos trasladarnos a un sitio más apropiado, y eso me trajo grandes expectativas. Nos sentamos en un bar, y ante mi sorpresa, él pidió Coca-Cola. No podía creerlo. El ídolo se venía al suelo. Yo pedí algo más serio, y él no se inmutó. Después supe que para el Mono el trago había quedado atrás para siempre, consumida ya la dosis para una vida completa. O para varias vidas. Continuó la conversación sin límite, aquella vez y muchas veces más en el futuro. Era un escritor ocurrente, simpático, divertido, agudo, sabio, una delicia de persona».

Los novísimos

Los novísimos. Esa era la generación a la que pertenecía Olivárez y que compartía con Poli Délano, Antonio Skármeta, Ariel Dorfman, Eugenia Echeverría, Fernando Jerez, Ramiro Rivas, Luis Domínguez y Mauricio Wacquez. Todos ellos influidos tanto por el boom latinoamericano como por el rocanrol, la revolución y Hollywood, Marx y la Coca-Cola, como decía Jean-Luc Godard. Esa idea de clan la mantuvo durante la dictadura junto a Jerez y Délano organizando el Encuentro de Narrativa Encuento junto al Instituto Chileno-Francés de Cultura. Fue en 1984 y los relatos leídos en esa ocasión por veintiún narradores terminarían convirtiéndose en libro. Allí «publicaron por primera vez Gonzalo Contreras, Carlos Iturra, Carlos Franz. Partíamos de la base de que la literatura no es excluyente. Salió publicado por Bruguera», dice sobre la antología Encuento, publicada ese mismo año y que incluía un cuento de Olivárez, «Yo adivino el parpadeo», que aparecería luego en Combustión interna.

Muñoz Valenzuela fue uno de los que participó de la experiencia: «Fue difícil de creer al comienzo: íbamos a leer nuestros cuentos ante un público masivo, ávido e inteligente, desafiando la censura. Bellos afiches, programa, luego la publicación del libro en una edición muy hermosa. Y más encima nos pagaron derechos de autor, un verdadero bautismo de fuego. Recuerdo que Carlos en una reunión nos dijo que debíamos haber enmarcado aquel primer cheque en vez de cobrarlo. Pero tras contemplar ese valioso documento, incrédulos y felices, la necesidad tuvo, como suele tener, cara de hereje. Lo cobramos y lo gastamos sin piedad al día siguiente (…) Las sucesivas rondas iban tornando traposas las lenguas a medida que avanzaba la noche, y para nuestra sorpresa la lengua del Mono también se iba amodorrando al mismo ritmo. Terminábamos hermanados en una borrachera colectiva de whisky, vodka, gin o lo que fuera –nosotros los bebedores– y el abstemio consumidor de cocacolas. Ignoro si era resultado del reflejo de un bebedor jubilado, una forma de solidaridad consciente, o un efecto no catalogado aún de la gaseosa estelar».

Olivárez, energizado por la experiencia y quizá proyectándose en estos jóvenes autores que se atrevían a publicar en tiempos difíciles, apoyó la creación de la revista Simpson 7 de la Sociedad de Escritores, mientras seguía trabajando en La Época  y su suplemento de cultura. En una de esas reuniones de pauta con Díaz Eterovic o Muñoz Valenzuela, les dijo muy serio y sin demasiada culpa: «Yo inventé el eslogan “Vamos bien, mañana mejor”».

Las caras de incredulidad, si alguien las hubiese capturado para Instagram, serían de antología. Era el emblema de la dictadura a fines de los años setenta, que buscaba convencer a los chilenos de que el progreso, simbolizado en autos y televisión a color, estaba a la vuelta de la esquina. Los escritores apostaron a que era una broma. «Bueno, nosotros botamos, destruimos e incendiamos un letrero luminoso con ese eslogan», le respondió Muñoz Valenzuela. Un segundo de silencio. Luego, las risas. Nunca se aclaró el asunto, de todas formas.

De La Unión a La Unión Chica

En el bar La Unión Chica, no hay poeta, literato o bohemio que no haya sopeado su pancito en el caldo mayo. Es un consomé producto del cocido de arrollados y perniles, al que se le agrega un huevo. A juzgar por las fotos de los años ochenta, el recinto permanece intacto: mesas de madera, una rústica barra que se extiende varios metros, los diversos mostos detrás y mucho movimiento entre los que entran, van al baño o salen un rato para regresar de nuevo. Olivárez lo describió  como una«burbuja de cobijo»:«[Estaba] al lado del Club de La Unión, de la Bolsa de Comercio, a unas pocas cuadras del núcleo del poder. Nos juntábamos de día, de once de la mañana a cinco de la tarde. Y se corrió el dato, allí fueron llegando escritores de provincia, aun del extranjero, hasta nos llegaban cartas. Algunos creyeron que éramos disidentes de la SECh. Imposible no dejar constancia de la gentileza de don Wenceslao Álvarez, su dueño. Se nos ocurrió hacer la antología Nueva York 11, publicada en 1987, y para integrarla no se exigía más requisito que ser habitual de más de diez años. Con Jorge Teillier hicimos el famoso poema del Chico Molina, homenaje al siempre inédito poeta Eduardo Molina Ventura».

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La antología la publicó Galinost. «Medio en broma, bautizamos al grupo como “La vanguardia de la retaguardia” y la verdad es que nos reuníamos para conversar sobre literatura. Escogimos La Unión Chica porque era un lugar apacible, estaba a la salida del metro y con el dueño manteníamos una relación amistosa», recuerda Olivárez en entrevista con Sonia Lira en 1989.

En noviembre de 1993 llegaría a librerías Conversaciones con Jorge Teillier (Los Andes), donde Olivárez se asume como canalizador de todo lo que el poeta quiere decir y recordar sobre su proyecto literario, y sobre boxeo, cine, mujeres y, empujado por el entrevistador, sobre Neruda, lo mapuche, el feminismo y hasta la relación de Yoko Ono y John Lennon («lo mataron y aún hoy la sigue manteniendo»). Teillier se había escondido en su biblioteca por temor al libro que Olivárez quería escribir sobre él. «Yo fui a ver a Jorge a su casa en Santiago –dice Lafourcade– y la empleada me dijo que estaba, pero que no le dijera que ella me había dicho. Lo hallé al fondo, entre libros, como un refugiado. Me confesó con auténtico susto que huía de Olivárez, que quería transformarlo en un libro. Con todo, el esfuerzo de Carlos valió las penas de Jorge. Hubo lentísimas y ricas memorias, brillantes zonas de encendido espíritu, recuperaciones. Teillier buscaba ser invisible. Olivárez, conocerlo y quererlo mejor. El libro es un homenaje a Teillier y a Olivárez. Y a la corte de amigos muertos que no llegaron al tercer milenio. A esos que ardieron aquí, y que habitan la sencillez con la que Carlos Olivárez, el indio-andaluz, logró reunirlos. En una mesa con viejos vinos de revelación, a conversar como en los tiempos antiguos, sobre los tiempos modernos que, obviamente, son los de Chaplin o de Los Tres Chiflados».

En esas conversaciones con Teillier, Olivárez se proyectaba a través de las preguntas y, aunque era capaz de capturar al personaje, también dejaba mucho de él en cada una de sus intervenciones. En un pasaje, le explica al poeta:«Yo encuentro que tú tienes simpatías por un tipo de personas con oficios o costumbres medio outsiders, que son boxeadores, futbolistas, hípicos, cantantes de tangos. No son personas de grandes éxitos. Recuerdo que en una oportunidad diste una charla sobre el tango y el estrado estaba en un ring».

Un juego de espejos que por supuesto a Teillier, venido del mismo sur «ahumado», le encantó. «Para llegar a ser agregado cultural, primero hay que lavar las calles de las putas. Estar al margen, cierto margen. Para llegar al éxito, primero hay que ser marginal. Lo que hablo es de otra cosa. El tipo marginal por voluntad es alguien que consagró la vida a lo que realmente amó.  ¿Éxito con las mujeres? Todo poder tiene éxito con las mujeres. Al poder llegan las mariposas nocturnas. Después todos quedan abandonados con sus viejos recortes color sepia. La del boxeador –como la del escritor– es una carrera solitaria. Si no es solitaria dejas de ser escritor y empiezas a ser empresa».

Carlos, más melancólico, aprendió el estilo de Teillier, divagatorio, brumoso, esa suerte de poética de la ensoñación que se iniciaba con vasos de poderosos vinos tintos arrabaleros, de esos que dejaban su beso de tanino en los labios. Otra muestra de sus intercambios:

Teillier: El 80 por ciento de los chilenos son débiles mentales. La alegría no les gusta. Son envidiosos.

Olivárez: Eso también se dice entre franceses. Se dice que Sartre estaba envidioso de Camus y por eso no aceptó el Premio Nobel… te digo, la envidia no es una exclusividad de los chilenos…

Teillier: Lo que pasa es que ahora se cultiva.

El bar fue testigo de largas charlas de navegación por la memoria, y a la vez, de adivinación del porvenir. Eran poetas con tiempo libre. Había silencios y desplazamientos. Olivárez se iba poniendo triste. Teillier, más bien alegre. A veces llegaba a unírseles Martín Cerda, otro gran charlista. Pero no hablaban sobre el Colo-Colo ni de política. A Cerda nadie podía desmontarlo de su caballo blanco afrancesado, estructuralista. Con todas las derivaciones filosóficas del caso, moviéndose con elegancia de Lukács a Barthes, de Ortega a Sartre.

Sobre la amistad de Olivárez y Teillier, siempre el líder de los regados encuentros en La Unión Chica, Enrique Lafourcade tiene sus propias teorías: «Siempre vi a Teillier como a un velero, como una lancha con una sola vela navegante, yendo y viniendo entre los vientos. Caminaba por el centro de Santiago como si estuviera cruzando el canal de Chacao. Lo traían, se lo llevaban. A Olivárez, con sus greñas lacias y su mirada fija y su silencio decidor, incitador, lo encontraba raro, orgulloso, erudito, áspero. Se rumoreaba que andaba con un cuchillo. “De atrasito pica el indio”, me decía Teillier. Olivárez aprendió a querer a Teillier. Y este, a Olivárez. “Lucho Gatica nos unió”, me decía Jorge. El indio fue un hombre inteligente. Un poco lento como todos los del Mapu, como los hombres de la tierra. Bueno, para escribir yo no lo encontraba tan lento. Claro, agudo, directo. Podía ser feroz al calificar. ¿Era mapuche? ¡Para nada! Un sevillano, tal vez. Un andaluz, un gitano que habría triunfado en el flamenco del zapateo y las saetas de lamentaciones».

Cierta indiferencia

¿Por qué la obra de Olivárez no ha tenido la difusión que merece? En su momento Concentración de bicicletas fue recibido con cierta indiferencia, y décadas después sigue siendo sorprendente esa incapacidad de valorarlo. Quizá la respuesta está en el contexto politizado, tradicionalista o negador de la influencia pop en que surgió, y en el carácter esquivo y para algunos parco del autor. Esta timidez configuraba su deseo de dejar una huella a la vez que pasar desapercibido.

El humor lo ayudaba a enfrentar la interrogante acerca de la escasa repercusión de su obra, especialmente cuando veía sus libros en los saldos de las librer.as de viejo o regresaba del exilio algún colega que, a pesar del espanto del destierro, había continuado su proyecto literario. De hecho, hasta hace un tiempo era posible encontrar ejemplares impecables de Concentración de bicicletas en la inmensa librería de viejo Muñoz Tortosa ubicada en San Diego pasado avenida Matta. La edición que tiene esa cubierta pop de la silueta triplicada de las ruedas delanteras en colores azul y rojo, aunque de lejos parece como si hubiese sido intervenida con lápices pasta. Afortunadamente en marzo de 2011 apareció una reedición a cargo de Simplemente Editores que incluía elogiosas reseñas y homenajes de autores como Díaz Eterovic, Muñoz Valenzuela y Virgina Vidal.

Se le menciona (con cariño) en algunos blogs. A veces aparece citado para hablar de la literatura de los setenta o la Nueva Narrativa Chilena, que él reporteó, desde su trinchera de La Época. Aunque no tenía problemas en ser entrevistado por revistas como Apsi o el diario La Nación , había algo de antiestrella en sus actitudes que no lo hacía demasiado atractivo para el Chile de la transición.

Según algunos, no fue el golpe el gran obstáculo de su viaje en bicicleta, sino el cierre del diario La Época. Fernando Jerez dice en un perfil publicado en el sitio de Simplemente que el fin de ese medio, «a cuyo suplemento literario consagró todas sus energías, le produjo un enorme dolor. Desde entonces, su salud comienza a resentirse». Dice que se dedicó a vender pescado y mariscos en la Vega Central. Fallecería el 3 de mayo de 1999 a los 55 años por complicaciones broncopulmonares y cardiacas. Dejó dos hijos y a una viuda, la académica Sonia Olivares, por la que dijo: «…cuando todos se separaban decidí casarme, quizás para llevar la contra».

Al parecer el único artículo en prensa nacional que se publicó para su muerte fue en la Revista de Libros de El Mercurio. Lo firmaba María Teresa Cárdenas y lo presentaba como «un divulgador de la literatura a través de las páginas del periodismo». Apareció el 15 de mayo, a once días de su muerte. En menos de una carilla la periodista lo describía como «bastante huraño a primera vista» y decía que eso dificultaba un acercamiento a él. «Con su actitud distante, a veces burlona o impertinente, llegaba incluso a ahuyentar a quienes recién lo conocían». En el siguiente párrafo el texto reivindica esa actitud: dice que el panorama era distinto para los que lograban traspasar ese primer obstáculo. «Surgía entonces el hombre tímido, el periodista comprometido, el escritor muchas veces ignorado. Un ser vulnerable, y, por lo mismo, querible».

Otro «homenaje» apareció el 6 de junio de ese año en El Mercurio, firmado por Enrique Lafourcade con el título «Charlando soy feliz. La vida es breve. Memorias de Carlos Olivárez y reconocimiento de su espléndido libro Conversaciones con Jorge Teillier». Para Lafourcade, con su muerte disminuía «el exclusivo club de los grandes conversadores de Chile», y recuerda una cosa que le dice Teillier en medio de la conversación: «A los chilenos no les gusta la alegría».

«La última vez que lo vi fue unos días antes de su muerte. Estaba yo de visita en Chile y me contaron que se encontraba muy enfermo. Mi amiga Elizabeth Lira se ofreció para llevarme al Jota Jota Aguirre. Carlos no me soltó la mano durante una hora y conversamos de todo lo que hablan los amigos, los amores, los perdones, los olvidos, las esperanzas y, claro, su amor entrañable por su familia», dice Ariel Dorfman.

Con la muerte de Olivárez se perdió un personaje clave para entender la cultura nacional en el exilio interior en tiempos de dictadura, la vida y cultura de aquellos que se quedaron en el Far West y debieron aprender a quedarse callados o a no lucir mucho. Aunque considerando su trabajo en medios, antologías, debates o simplemente el modo como logró profundizar en amistades con otros como él, su velado lucimiento no fue poco. Se le recuerda con cariño y los ojos nublados, aun con ese reconocimiento esquivo a su obra que a él mismo nunca le interesó. En las profundidades de ese Chile salvaje y lejano, Carlos Olivárez prefirió que fueran los otros los que hablaran.


1 Las mujeres fueron una obsesión para Olivárez. Primero las alemanas del sur, inalcanzables para él. Después, las santiaguinas que paulatinamente dejó de idealizar hasta finalmente casarse con una mujer que, al final, según Lafourcade,«destruyó a patadas (era muy fuerte) la casa que el poeta Olivárez había alzado con sus manos. Aunque la mejora no era “de material”, de todos modos este hecho constituye una hazaña como para el Guinness. No conozco en la historia de Chile algo semejante. Hubo problemas. Llegaron los carabineros». Dolido por el incidente, Olivárez le decía a su compinche que debía desconfiar de las mujeres,«porque ahora andan con unas carteras muy pesadas, te pueden romper la cabeza».

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