Bárbara Délano. Olvidar fue morir

En octubre de 1996, Bárbara Délano toma un avión a Santiago desde México, haciendo escala en Lima porque había sido invitada por escritores peruanos a participar en algún simposio o porque quería visitar a algunos amigos, o incluso hay versiones que hablaron de un desperfecto en el avión y la escala fue involuntaria. Su padre dice que fue una decisión planificada: tomarse vacaciones y dividirlas entre Lima y Santiago.

Lo que sí sabemos es que viajó hacia Santiago desde el DF, donde trabajaba desde el año 92 como directora del área de comunicación social de la Procuraduría Agraria, una especie de defensoría pública para el área rural. Su llegada sería la sorpresa de cumpleaños para su madre, María Luisa Azócar. Años antes escribió: «Todo lo que yo quería, madre, era para ti / mi fuego, mi sangre, mi brotación / los felices reencuentros oh madre / qué dolor qué feroz pesadilla». No hay pesadilla más feroz.

Se quedó unos días en la capital peruana y fueron de celebración, risas y una fiesta eterna con amigos. Se reunió con el poeta limeño Antonio Cisneros, su amiga Carolina Teillier –hija de Jorge y la activista Sybila Arredondo– y con el narrador Guillermo Niño de Guzmán. Almorzaron en El Barranco, en la cevichería El Canta Rana, lugar que a Bárbara le recordaba Valparaíso. Le contaron que Herman Melville en su paso por Lima dejó tallado su nombre en la barra de un bar en El Callao. Bárbara no resistió la tentación y, cuchillo en mano, grabó su nombre en la mesa donde se encontraban. «Una palabra solamente / para ver la cara de los dioses escondidos / el dulce gesto de los santos en martirio». Su nombre allí tallado sería el último registro de su palabra.

Desde ahí todo se vuelve caótico. Debe tomar el avión a Chile. Nadie sabe que viaja, solo un amigo cercano, el arquitecto Sebastián Gray, quien ha quedado de ir a buscarla al aeropuerto de madrugada. Antonio y Guillermo la acompañan a recoger las maletas al hostal Miraflores. Viste un traje de dos piezas de lino blanco, no usa anillos ni aros, solo unas cadenas le cuelgan del cuello. Suben al taxi, no saben si llegarán a tiempo. En el automóvil le insisten en que se quede. Ella dice que no, que debe irse. Corren con las maletas por el aeropuerto, ella se despide apurada, sin aliento, entre risas y bromas le dice al poeta Cisneros que si el avión se cae avise a su familia, pues no saben de este viaje.

Detrás de ella cierran la puerta de embarque. Es la última en entrar.

Ese 2 de octubre, a 52 km de la costa limeña, el Boeing 757-200 de Aeroperú con setenta personas a bordo se estrelló contra el océano Pacífico. La última comunicación de la aeronave con la torre de control habla de un desperfecto eléctrico: «Tengo todas las computadoras alocadas acá», dice el copiloto, en busca de respuestas. El piloto intenta dar la vuelta, pero pierde altura vertiginosamente. Se pierde, también, toda comunicación. Luego, silencio. Bárbara, con 35 años de edad, se perdía en el mar para nunca ser encontrada.

«¿Hay silencio en el fondo del mar?», pregunta en uno de sus poemas.

Ese mismo año, en la revista Cuadernos, el escritor Poli Délano, su padre, relata el calvario que vivió desde que recibió la llamada sobre el accidente hasta el viaje infructuoso a Lima a reconocer restos de cuerpos encontrados, porque «todo lo que se pierde va a dar al mar», como había dicho Bárbara en uno de sus poemas. Pero no la encontraron. En un texto que es despedida, emotivo y doloroso, intenta reconstruir o imaginar las últimas horas de su hija. Y escribe que solo espera que haya estado dormida, que no se haya dado cuenta, que no haya sentido miedo. Pero Bárbara, años antes, escribió «Tengo miedo. Todos tenemos miedo», y «nada tan miserable como la ausencia de Dios».

Hasta aquí el final.

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Más allá del mito

En ocasiones la construcción de mitos en torno a la figura de una escritora es una estrategia de acercamiento, pero a veces pareciera escaparse de las manos, actuando de forma inversa, invisibilizando la escritura, poniendo el foco en la tragedia, dejando en segundo plano su obra. Los mitos atentan contra la lectura. Pasa con Alfonsina Storni, cuyo suicidio está consignado hasta en canciones, o con la figura de Alejandra Pizarnik como autora maldita. En Chile, el destino de la poesía de Bárbara Délano está subyugado a su muerte, mito que a veces la sobrepasa. Así, liberados en parte de la tragedia que tiñe su figura –liberados en tanto la nombramos y la dejamos expuesta–, podemos hablar de Bárbara Délano. Y de su vida y su obra, que hablan por ella.

Bárbara Délano nació en Santiago el 17 de octubre de 1961 en una familia marcada por la literatura y el arte. Hija de un escritor y de una sicóloga y poeta, nieta del periodista y escritor Luis Enrique Délano y de la fotógrafa Aurora Lola Falcón, heredó no sólo una visión estética para comprender el mundo, sino un compromiso político que se ve reflejado en su mirada aguda y crítica de la realidad.

Empezó a escribir de pequeña: un poema a su abuelo «Tacito», ante el impacto de verlo en el hospital, otro para un concurso de poesía en el liceo, otro aparecido en Araucaria, la revista cultural del exilio chileno que circulaba en Europa, y otro más en la antología «Poesía joven. La generación del 70» de José Luis Rosasco, aparecida en la revista Atenea en 1979. En esta última publica los versos:

Tengo la edad indefinida y
la horrible confianza
casi tierna
que asalta a la hora del amor
en las soledades empinadas
cuando nos hemos sentado
a mirar a los dioses frente a frente.

Quizás es un rasgo que la caracteriza –la percepción de tener una edad indefinida– y el registro de sus fotos lo atestigua. En unas parece de otra época, lejana e irreconocible; en otras, moderna y juvenil. A veces aparece como una mujer solemne y elegante; otras, con ropas sueltas y como despreocupada. Mirada cándida; en otras, seductora.

Estar libre

La influencia de su padre y de su abuelo escritores fue central en ella. Sin embargo, la presencia de su abuela, Lola Falcón, dedicada a la fotografía, también dejaría una importante huella en su vida. Una mujer que detenía el lente en los detalles de la vida diaria de mujeres y hombres en las diversas ciudades que le tocó recorrer, acompañando a su marido en su carrera diplomática. Falcón construyó un archivo documental valioso sobre lugares del mundo a los que pocos tenían acceso, pero también sobre la realidad y la miseria en que vivían muchos niños y mujeres. Los retrató en su fragilidad, en el blanco y negro de sus fotografías. Esa mirada sensible y profunda sobre la realidad también está en las imágenes que construye Bárbara en sus versos: «Veo a una niña en la plaza / donde van los jubilados a jugar al azar / Lleva una falda azul y el pelo tomado en la nuca / Oscurece / Tañen las campanas de la iglesia / El odio remonta sus cicatrices / hasta hacernos morder el polvo / hasta yacer sobre la acera con las rodillas descubiertas / Las campanas repiquetean para decir que no hay perdón».

Hay dos fotos tomadas por Lola que retratan a su nieta en la adolescencia: en una aparece con una toalla en el pelo, sujetándolo hacia arriba como un turbante, de frente a la cámara, y sus ojos claros con la mirada fija hacia un punto en el cielo. En la otra, Bárbara está acostada, con la cabeza apoyada en un cojín, de lado. La mirada nuevamente rehúye la cámara, mirada perdida y serena. El pelo esparcido en la cama, con la libertad que ella siempre buscó. «Estoy libre», le diría a Pedro Lemebel cuando este le preguntó por ataduras sentimentales. «Al fin estoy libre.» Pensar en estas imágenes: infinitamente libre, con la mirada puesta en el horizonte.

«Somos dos contra ocho poetas hombres que sólo han citado a poetas hombres. La contienda es desigual.»

Siendo adolescente viaja a México, donde viven el exilio su padre y abuelos. En 1975 conoce a Roberto Bolaño y participa del grupo Infrarrealistas, liderado por el chileno y el poeta Mario Santiago. Se reúnen a discutir sus trabajos literarios y de la realidad en América Latina. También leen a otros autores con una mirada crítica y muchas veces sarcástica.

Con apenas diecisiete años publica México-Santiago (1979). Un libro pequeño y artesanal impreso en mimeógrafo, realizado en conjunto con su amigo el pintor mexicano Marcos Limenes, donde poemas e imágenes dan vida al que sería su primer e inencontrable texto.

De vuelta en Santiago, entra a estudiar Letras Hispanoamericanas en la Universidad de Chile. Y, siguiendo la tradición familiar heredada de sus abuelos, tempranamente siente afinidad
con la ideología comunista, pero con una mirada reflexiva y crítica, que con el tiempo la llevaría a alejarse de todo partidismo.

En 1976 se forma la Unión de Escritores Jóvenes (UEJ), presidida por Ricardo Willson, y cuyo objetivo era agruparse en torno al quehacer literario. Tuvo filiales en varias regiones de Chile. En Santiago, Bárbara participó en esta entidad junto a Gregory Cohen, Armando Rubio, Erick Pohlhammer, Antonio Gil y Alex Walte, entre otros, formando el taller literario La Botica, que funcionaba en la farmacia de Walte. Como colectivo, crearon un boletín e incluso hubo espacio para ciertas labores gremiales, llamados a concursos y la publicación de la revista Pazquín. Bajo el sello Ediciones Nueva Universidad (PUC) aparece la antología Poesía en el camino, que recoge las lecturas de estos poetas en las Jornadas Poéticas, cuatro encuentros organizados por la UEJ para que la juventud pudiera tener una visión más clara del panorama literario de entonces. Bárbara se sumó con su poema «Te quedaste allí», del que se desprenden estos versos: «Y yo / reinventando los colores / para que me pintes tu paisaje /para que me digas de qué color es la tierra / qué formas tiene la muerte». Fueron tiempos duros de represión, y si bien el contexto político permeaba su escritura en esos años –acaso como un medio posible de resistencia–, Bárbara no abandonaba la poesía como compromiso primeramente con el lenguaje. En sus poemas destaca un interés genuino por la forma, una búsqueda estética incesante, que hace que su poesía recorra diversos formatos:

Quieren ponernos las cosas difíciles
(te dije
Considerando que las palabras ya no designan
Objetos ni situaciones
Sino relaciones lingüísticas
Dejándonos sin fruto sin sombra
En este infame terruño de las representaciones

Con esto rebate la crítica que hizo Enrique Lihn a los poetas de su generación durante el Encuentro de Arte Joven en octubre de 1979: los acusó de que la poesía joven «se comprometía con la realidad, pero no con la poesía».

En 1982 se va a México nuevamente. Su familia está preocupada, ha sido detenida un par de veces y temen por ella. Desde ese año hasta su regreso en 1987, seguirá conectada con Chile por esporádicos viajes. Esta distancia no la mantuvo alejada de la vida literaria nacional: apareció en diversas antologías, poemas que luego darían cuerpo a su segundo libro, El rumor de la niebla (1984), edición bilingüe en español y francés, publicada en Canadá. El libro está compuesto por cuatro partes que se mueven por sus temas recurrentes: la muerte, la familia, el viaje.

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Baño de mujeres

«Yo mujer, la malparida, de todos tus amores la más desgraciada, la más fiera de tu calaña, sola yo salgo con mi pedazo, con mi labio hambriento, de mala yerba mi lengua en tu lengua escarnecida, para ahora sí soñar que nos perdonaban a todas, y que la esquina era mía, y que la plata era mía, y que todo el tiempo íbamos a ser reinas.» La voz es de Bárbara Délano y la grabación es de septiembre de 1989 en el Primer Encuentro de Poesía Chilena en la SECH (Sociedad de Escritores de Chile). También participan en la lectura Armando Uribe, José Ángel Cuevas, Cecilia Casanova, Naín Nómez, Alejandra Basualto, entre otros. Esta grabación refleja bien su carácter: segura de sí misma, apropiándose de las palabras y del silencio. Recorre los versos modulando con claridad, determinación y fuerza, sin restarle dulzura a la voz.

Los versos pertenecen a un proyecto que llamó «Baño de mujeres», que comenzó a fines de los 80 y que fueron publicados póstumamente con sus otros libros, cerca de diez años después. Con este texto postuló al primer taller de poesía que dictó la Fundación Neruda en 1988, a cargo de Jaime Quezada y Floridor Pérez:

EN EL TEMOR DE DIOS CRIADAS MALDECIDAS /
ORILLADOS NUESTROS CUERPOS /
DIENTES ROMOS /
LLAMEANTES DE LUJURIA NUESTRAS MEJILLAS /
EXPUESTAS LAS CAVIDADES AL CRIMEN

NOSOTRAS LAS QUE FUIMOS VIOLADAS

Una foto del archivo de la Fundación la muestra junto a algunos integrantes, todos hombres, entre ellos Sergio Parra, Carlos Decap y Andrés Morales, sentados en distintos peldaños de la escalera de La Chascona. Ella viste una blusa blanca, tiene las manos apoyadas sobre las rodillas y mira directamente a la cámara, con naturalidad y encanto, «el cielo iluminado de sus ojos», diría Lemebel después en una columna recordando un encuentro en el bar Cinzano en Valparaíso.

Pero Bárbara no era la única mujer de esta primera generación, la acompañaba Malú Urriola, con quien tendría una profunda complicidad. Urriola recuerda las palabras que Bárbara le dijo en una de las tantas veces que fueron al bar Galindo en Bellavista, para continuar la tertulia: «Somos dos contra ocho poetas hombres que sólo han citado a poetas hombres. La contienda es desigual». Entonces llenaron sus copas y brindaron por la misoginia del Chilito lindo.

Un año antes, había regresado a Chile a trabajar en el Centro de Estudios de la Mujer después de graduarse con honores de Sociología en la UNAM. Ese año se realizó en Santiago el primer Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoamericana, toda una hazaña en el contexto político local: escritoras alzaban la voz y convocaban a otras a discutir sobre feminismo y crítica cultural en un Chile aún en dictadura y profundamente conservador y patriarcal. Con Diamela Eltit, Carmen Berenguer y Nelly Richards coordinando el encuentro, marcaron la senda de las escritoras más jóvenes. Este congreso seguramente potenció la mirada feminista (y no ya femenina) en la escritura de Bárbara Délano.

«Baño de mujeres» es producto de este hecho, y marca un paréntesis en su obra, pues se aleja de su fijación recurrente con la muerte. Junto a otras poetas escribían tomando la posta que dejó Mistral con su «todas íbamos a ser reinas», para cuestionar su vigencia y subvertirlo. El cuarto propio de Virginia Woolf ya no es suficiente; sobre todo porque no todas tienen la posibilidad de tener uno. Por eso es tan interesante la figura del «Baño de mujeres» que plantea Délano en sus versos –aunque arrastre las marcas de un proyecto inconcluso–, pues en ellos hay una construcción tremendamente disruptiva sobre el cuerpo de la mujer y los espacios que ocupa.

«Yo mujer, la malparida, de todos tus amores la más desgraciada, la más fiera de tu calaña, sola yo salgo con mi pedazo, con mi labio hambriento…»

Los versos están escritos en mayúsculas, como una declaración de principios que desarticula la jerarquía de las letras. Versos como «ROUGE EN MANO / ANDO RAYANDO MI DESATINO» o «ESCRIBO EN LAS LETRINAS DE TU DESENCANTO» o «LA QUE SEN VENDIÓ POR AMOR Y QUEBRADA / ESCRIBIÓ SU NOMBRE CON SANGRE MENSTRUAL».

Una escritura que tiene su resguardo en el anonimato y en la cofradía de lo colectivo. Escritura íntima y visceral. El baño de mujeres como resquicio, espacio demarcado y exclusivo. Aunque parezca ridícula la comparación, en esa misma época el cantante mexicano Manuel Mijares ganaba discos de oro con su disco Un hombre normal, cuyo single llamado coincidentemente «Baño de mujeres» sonó en radios hasta el hartazgo. La canción configura este espacio como un lugar donde las mujeres van a contar chismes sobre los hombres –sobre él, especialmente– para arruinar su reputación. El baño de Mijares es un ejemplo más de la construcción de un imaginario impuesto y estereotipado.

Abandonaría la mirada con perspectiva de género en su poesía, pero no en su trabajo. En el CEM realizó una investigación pionera sobre el acoso sexual a las mujeres en el ámbito laboral en conjunto con Rosalba Tadaro, la que se publica en 1993 con el título Asedio sexual en el trabajo y deja al descubierto la realidad de muchas mujeres en nuestro país. Esta publicación logra la atención de la prensa cuando al año siguiente el animador de televisión Don Francisco es denunciado públicamente por acoso sexual.

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Playas de fuego

Al departamento de Bárbara en Colonia Condesa, en el DF, llegaron su madre y su hermana Viviana para disponer de sus cosas después del accidente. María Luisa Azócar recuerda las cúpulas de la Iglesia de Santa Rosa de Lima asomando por la ventana, y la perplejidad y el dolor en que se debatían.

En su computador encontraron innumerables archivos de proyectos poéticos incompletos. Un trabajo de escritura riguroso que abarcaba los seis últimos años de su vida. Su madre y las poetas Teresa Calderón y María Luz Moraga seleccionaron y configuraron el libro póstumo Playas de fuego. Si bien el título es el original, la selección fue decisión de ellas tres, tratando de seguir la escritura y de interpretar su sentido más profundo. El poemario fue publicado por Dolmen en 1998; en la portada su título está entre paréntesis para dar cuenta del carácter inconcluso de la obra. La presentación se realizó en la Feria del Libro de Santiago y estuvo a cargo de Poli Délano y del poeta Cisneros, lo que le dio un carácter conmovedor.

Sus obras completas aparecieron en 2006 con el nombre de Cuadernos de Bárbara (Galinost), en una edición bastante descuidada, que además resulta difícil de encontrar. Playas de fuego (Alquimia) se reeditó en 2017, poniendo su obra en circulación nuevamente. Voz única de la generación postgolpe en Chile que parece no querer acallarse en el mar, poesía de una madurez implacable, los primeros versos de su último libro
dan cuenta de ello:

He regresado para sentarme
como una vieja se sienta a la orilla de las
lamentaciones
y hunde sus dientes contra una piedra
para no hablar
para no hablar ya más
y dejar que el mar susurre su voz de nieve
ardiente.

Porque en su ir y venir el mar no cesa, y no olvida. Porque, como decía Bárbara, «olvidar fue morir».

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