¿Qué le pasa a Chile?

Frente a la prepotencia de los argentinos, que nos miran desde lo alto de sus millones de cabezas de ganado, en vivo contraste con el mundo tropical, exuberante, coloreado y verboso, lleno de fritos e imágenes, inflados, bombásticos, tipo Vargas Vila, los chilenos aparecían históricamente escasos, medidos, escuetos de actitud, con un íntimo complejo de inferioridad que sólo compensaba la conciencia del valor guerrero.

¿Habrá que usar el pretérito para todo eso? ¿Cuándo y cómo todo eso empezó a desequilibrarse?

Cuestión para los maestros de psicología, ciencia a la moda, que apasiona incluso a la juventud femenina.

Veamos a ojo de pájaro la literatura.

Portales, que hizo o rehizo a Chile desde sus cimientos para un siglo o más, nunca pronunció un discurso, ni lanzó proclamas estrepitosas; ni siquiera elaboraba proyectos para remover las estructuras profundas, empezando por cero. Hechos, órdenes y orden, cosas concretas, inmediatas, sin teorización ni planes. Portales aborrecía a los ideológicos. Apenas unas pullas cáusticas en periódicos satíricos y esa página incomparable de su epistolario donde se ríe de su primo Palazuelos, el enfático y teatral personaje que por ahí retrata, dan testimonio de su vena festiva.

El tono, el bueno y el malo, según el carácter nacional, resaltan en dos figuras egregias de nuestro siglo XIX: don Vicente Pérez Rosales y don José Victorino Lastarria. Hace poco una dama me pedía datos para escribir la vida de Pérez Rosales. Cuando le dije que leyera los Recuerdos del pasado, exclamó:

-¡Pero si no habla nada de él!

Ahí está el caballero antiguo: aun escribiendo sus memorias personales consigue, no sabe cómo, esconder, disimular el yo, que es aborrecible. Tiene modesto hasta el apellido: Pérez, fíjese.

¿Qué es lo que todos conocen de Lastarria, cuál frase suya podría grabarse bajo su estatua? El Tengo talento y lo luzco  lanzado a Jotabeche en la Cámara, que resonó como un disparo, y sigue sonando y disonando.

Era el yo que comenzaba a inflarse.

Como en varios terrenos, desde luego, en la indudable cultura, Lastarria se adelantó a su época.
Es preciso llegar a la nuestra para descubrir, sobre la portada de un olvidado libro, el orgulloso monosílabo que Leonardo Pena impuso, como desafío, a su primera obra: Yo.

Por el lado poético, hallamos románticas, victorhuguescas, acompasadas y campanudas, las estrofas de Pedro Antonio González, tañendo su esquilón de convento a la puerta del siglo.
El yo seguía hinchándose.

Dos virtuosos de la propaganda, arquetipos de la egolatría, con marcado delirio de soberbia y manía de persecución, acaban de obtener, uno el Premio Nacional de Literatura, el otro una distinción que lo equipara a Gabriela, ganadora del Premio Nobel, aunque no se discute que entre ella y él, honni sois qui mal y pense, existe cierta pequeña diferencia.

Algo fundamental, un resorte, un freno, una medida, han sufrido en nuestro país alteraciones dignas de examen.

Veamos otro arte revelador.

La explosión del tesoro minero produjo, en la Alameda de las Delicias, a fines de la pasada centuria, un palacio de Las mil y una noches, fantásticamente exótico, cúpulas doradas a fuego, minaretes orientales, escalinatas de mármol para sultanes, todo un ensueño de poderío realizado por Díaz Gana.

Se trataba de un lujo de particular, un derroche de fondos privados. De todas maneras, como síntoma, conviene anotarlo. La Casa Colorada del Conde de la Conquista tenía otro carácter, carecía de énfasis, evocaba tradiciones diferentes. En ella, ningún alarde soberbio o desentonado.

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Trasladémonos al Sur, recorramos la región de los bosques y los lagos, la Suiza chilena, paraíso de los turistas. Todo aconsejaba atraerlos mediante hoteles de apariencia rústica que les hicieran sentir la selva sin sus incomodidades. Madera no faltaba. Se levantaron pesados monumentos, costosos y banales, moles de cemento armado rellenos de ostentación, humillantes para lo autóctono, insípidos para los extranjeros en busca de otra cosa.

Siempre la campana.

Pero esa campana resulta una campanilla al lado del desencadenamiento de la propaganda verbal y radio-encadenada, periodística y folletística, voceada e impresa, con que funcionarios oficiales creen cumplir su oficio de engrandecer hasta los actos menores de la autoridad.

Cuando el Presidente de la República recorrió Europa, hubo titulares para tumbar de espaldas a la ciudadanía: Chile dialogaba con el mundo. Fue lo menos que se dijo. El continente Latino-Americano, con mayúsculas, le quedaba chico. Era una sonajera aturdidora, un carnaval de fuegos artificiales, una embriaguez.

Se comprende qué carga de resentimiento vengativo llevaban las ametralladoras de los gendarmes argentinos cuando, en número de noventa, atacaron a cuatro carabineros, matando a uno.
Después… la pavorosa soledad, el aislamiento.

Antes, tras la República Argentina, había el contrapeso del Brasil. No estamos bien con el Brasil. Se habría podido contar con el apoyo de la OEA, ese resguardo contra los atentados internacionales. La cámara de compensación laboriosamente elaborada lleva en el flanco heridas chilenas. De Estados Unidos y Santo Domingo, mejor no hablar.

La inmensa capucha, ¡oh Nicanor Molinare!, se desinfló.

Se dieron explicaciones por el atentado contra el palo de la bandera de la nación agresora en su Embajada.

Y el muerto quedó muerto.

No había nada que hacer.

¿Qué le sucede a la República de Chile?

Don Diego Portales tiene una estatua de bronce; pero lo que presencia no lo podría entender. Don Andrés Bello tiene una estatua de mármol. ¿Qué se han hecho su sereno equilibrio, su clásica nobleza, el señorío americano que nos conquistó con su Código y su Gramática, con su magisterio universitario y sus notas internacionales? ¿Y Pérez Rosales?…, ¿Qué diría ante el procaz desbordamiento del autobombo desenfrenado y triunfante?

Por todas partes se oye hablar de psicología, de psicólogos y de psicólogas; las exégesis y las interpretaciones de nuestra idiosincrasia superabundan.

Nos permitimos señalar, modestamente, como tema de estudio, ese punto neurálgico.

Es revelador. (Pec, 1965.)

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