El centro

El centro se llama en Santiago, según la definición de un editorial de El Mercurio, a ese sector de la ciudad que limita al norte por la calle Santo Domingo, al sur por la Alameda, al oriente por la calle San Antonio, y al poniente por la de Teatinos.

Por el centro, según la estadística, pasan diariamente más de veinte mil personas por pasar, sin tener ocupaciones comerciales ni necesidad de hacerlo en la lucha por la vida. Es decir, van para pasear. No reprochemos. Lo mismo ocurre con la Puerta del Sol, en Madrid; con Piccadilly, en Londres; con el Chiado, en Lisboa; con los bulevares, en París. A todo el mundo le agrada ir por el centro. Oscar Wilde, en la cárcel de Reading, recordaba la delicia de mirar los escaparates de las tiendas.
El centro, no obstante el ansia de autonomía y descentralización de las provincias, es todavía el corazón de Chile. En el centro se recibieron las primeras noticias del bombardeo de Valparaíso, del combate de Iquique y de la entrada de Baquedano en Lima.

Desde la oficina telegráfica, que se encontraba situada en el Portal Mac-Clure, las noticias se expandieron por todas partes. La Plaza de Armas es la víscera cordial. Nadie intentó un trazado de su historia. En sus jardines se levantaron las horcas de los conquistadores.

Actualmente el centro revela mejor que mil textos de sociólogos y de historiadores la índole femenina de la sociedad chilena. La gente sale al centro para s’afficher, como dicen en Francia.

En Santiago no basta ser algo, ni hacer algo. Es menester divulgarlo. La indiscreción, o aviso de lo que hacemos, es indispensable. Es preciso demostrar las ideas y las posibilidades con actos de presencia. Mucha gente acude por eso al centro, para pasar lista, para demostrar cómo está, y probar que no han bajado los bonos personales. Nadie es nada si no lo prueba en la pista del centro. América sigue siendo objetiva. Hemos hablado de fiesta de ojos. Eso es el centro: la fiesta de lo más fuerte en el criollo: la mirada.

El ojo reclama novedades. Los ingleses turistas suelen hablar de los flashing eyes de la América meridional. La gente se examina. Las damas y las niñas jóvenes salen al centro para pasarse revista.

Las niñas se miran y se comparan entre ellas. Esto y el miedo al ridículo no permiten notas discordantes. No se verían, en cabezas de niñas chilenas, sombreros mal colocados, tirados al sesgo en cabelleras enmarañadas, como suelen verse, en domingos de París y de Londres, sobre los moños de las criadas. Nunca se verán modas retrospectivas, como suelen advertirse en extranjeras avaras o garduñas, que compraron ropas para toda la vida. El centro vive al día. No tiene mañana. A veces recuerda un muestrario de modista. El hombre es un simple accidente; un contraste. Mujeres y más mujeres, y tiendas sólo para mujeres, o tiendas amujeradas. La mujer, y por eso la vida chilena es femenina o casamentera. Las más salen a pasear a sus hijas casaderas; algunas ponen caras agresivas, como si les fueran a hacer peligrar sus trabajos nupciales. Niñas, suegras, mamás y jovenzuelos hijos de sus papás. De fils   papa quoi! El centro es la víspera nupcial de Chile. Tiendas de flores, de chocolates, de confites y de bebés. Le Bébé Rose, la cra che dor, todo en francés. Ciudad de ramos de flores en celofán, de pañales, de chocolates y de peinadoras.

Lindos regalos de bodas; tiendas para tortas de bodas, para novedades, para estrenos. La prensa, caso único en el mundo, publica retratos de estrenos en sociedad, de despedidas de solteras y de solteros, de novias y de novios.

Es el país de las novedades, de lo nuevo. Todo el mundo espera novedades. Lo viejo cansa. Novio quiere decir nuevo, del latín novus.

No hay función femenina más auténtica que buscar novios. Chiquillas lindas pasan por las calles entre damas viejas con caras de tigres y hombres jóvenes con caras de querubines. En pocas partes del mundo se habla tanto de edades. Las palabras viejo, vieja y vejestorio cruzan el aire como foetazos. Se trata simplemente de novios y novias. ¿Quiere usted un chocolate? Una señorita, hija de hacendado millonario, desea con fervor la lluvia. ¡Que caiga el agua! ¡Que llueva! ¿Para qué? ¿Para que su padre pueda cosechar? ¡No! Para que pueda sacar al centro su impermeable único, que compró en Buenos Aires. Un impermeable picho.

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De pronto demuelen un edificio viejo. ¿Qué van a poner en vez del edificio viejo? Nubes de polvo; obreros por docenas. Demolición. Por fin aparece el edificio nuevo, pimpante. En la planta baja, una tienda de chocolates. No hay una sola tienda de jardines, de agricultura, de ingeniería, de náutica. En la casa de chocolates las mujeres no caben. Chocolates, flores, confites, bandejas y tortas de novias; permanentes. Frufrú.

Se habla de edades. Nada hay tan femenino como hablar de edades. ¿Cuántos años tiene? Era mayor cuando estudiábamos en las monjas.

Las reputaciones en el centro son frágiles y graciosas como el coeur de Ninon. Un saludo torcido echa abajo una reputación, una amistad. De tanto verse la gente se aburre.

-Ese que va ahí es un cargante.
-No me gusta ese individuo.
Las reputaciones literarias se basan en fruslerías.
-No lo leo porque me carga.
-Es un viejo repugnante.
Los hombres son todos corredores de algo: seguros de vida, de incendio…, propiedades.
-¿Van a lotear? -me preguntan.
-No. No vamos a lotear.

El corredor piensa: Este escritor no vale nada.

Ahora está de moda leer a Lin Yutang. Es el novio literario. Es lo nuevo. No es viejo; no es chileno. En las librerías venden el libro del chino envuelto en celofán. Regio, brutal, picho, colo, caluga. Novedades de Oriente, novedades parisienses; niños salidos de los colegios.

¡Pum! ¡Las doce! Las damas tiran una bofetada al mentón del tiempo. ¡El reloj! ¡Quién pudiera detener el tiempo!

Hay que apurarse. Mañana es la despedida. ¿De soltera? No: de soltero. Es un joven que se despide de su soltería.

Todo es novedad y ansia de cambio. Así se define la costumbre de rematar. Se trata de cambiar lo viejo conocido por lo nuevo, por lo novio desconocido.

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