Viajar de memoria

¿Escribir sobre los viajes? ¿Un mero acto penitencial? Las leyes platónicas prohibían viajar antes de los cuarenta años. A Montaigne le dijeron que no había de regresar, luego de una expedición larga. Respondió atinadamente: “¿y a mí qué me importa? No la emprendo para regresar ni para completarla, sino tan sólo a fin de ponerme en movimiento; mientras éste dure, me complazco y me paseo por pasearme”.

Creo que una primera noción de París, al margen de las indicaciones de amigos fieles, la tuve al contemplar, desde lo alto del Museo Pompidou, los tejados, ese “mar ilimitado” al que se refirió Émile Zola en una de sus novelas. Se instaló a mirar y a contar las chimeneas de unos edificios que le recordaban “navíos anclados, una escuadra detenida en su marcha, cuya alta arboladura relucía en un adiós del sol”. Días antes, en Bruselas, experimenté la atracción por esas “olas de techumbres”, mencionadas por Charles Baudelaire.

Otra mirada hermosa es la de las estaciones, catedrales del siglo XIX: la Gare du Nord, la Gare de L’Est y la línea de Austerlitz, en París. La belleza sólida de aquella de Leipzig que vi alguna vez infamada por escorias en las vías, herencia yacente de la desolación en Alemania Oriental. ¿Una de las más bellas? Sin duda, esa muy pequeña que es el marco de una hermosa ciudad: Bayreuth.

Los trenes que vi desde niño, en la Estación Mapocho, en la novísima Estación del Puerto, en el Valparaíso de 1937 ó 38. Los carros eran figuras del desarrollo de una filosofía menor, distrayéndonos con el aguafuerte del paisaje que va quedando atrás. Paul Valéry decía que, en cuanto arrancaba el tren, se distraía con “una metafísica ingenua entremezclada de mitos”. El tren –según él– se convierte en modelo del Tiempo, asumiendo sus poderes.

A veces llegamos tarde a los lugares del mundo, porque visitamos los mitos posibles y no sus encarnaciones físicas. En la adolescencia, aspiraba a arribar un día, puntual, a los espacios de las obras de Pierre Loti (el Mahgreb, la Galilea, Jerusalén, la China asolada por la reciente guerra llamada de los “boxers”, en 1900, o Egipto). Me habría encantado ver lo que se narraba en las novelas (“exóticas” solía llamárselas), de Miriam Harry, de Panait Istrati, de Claude Farrère. Quisiera haberme encontrado con los conspiradores que se congregaban en el Hotel Pera de Constantinopla.

Ya no hay pescadores de esponjas, ni viven los niños que miraban las apariciones de los cardos de Baragan; las bellas espías desaparecieron; los pálidos fumadores de pipas de kif han muerto; los nihilistas rusos de fines del siglo XIX fueron devorados por la revolución de 1917 y sólo permanecen en las páginas de Padres e hijos de Turguéniev, o de Sachka Yegulev, esa narración que atraía a Pablo Neruda, el cual llegó a firmar como Sachka los textos anarquistas que escribió en la revista Claridad. Las “temporeras”, de la novela homónima de Farrère, emprendieron las de Villadiego. Se fueron los chambelanes del Gran Visir; se cerraron los serrallos. No hay ya alfombras voladoras, aunque Henri Michaux asegura que las veíamos moverse gracias al consumo eterno del hachís.

De niños, solitarios e imaginativos, amos y señores del mundo, podíamos estimar todo viaje desde la cocina al patio como un hallazgo contenido en el mapa de la Isla del Tesoro, como una página de la biblia, en la huida de Moisés y los israelitas, cruzando el Mar Rojo. Emilio Salgari fue el héroe mayor de nuestras fantasías viajeras. Sentíamos que algún día podríamos amar a Honorata de Van Gould; o luchar con los piratas de Salé o de Berbería, de la Malasia o de Mompracem, entre los filibusteros del Caribe, los formantes de Puerto Limón o los bucaneros de Bayona.

Sabemos bien que los lugares ya no son lo que, presumiblemente, fueron. No habrá una Esfinge inquisitiva, ni permaneceremos en la Isla de Circe; ni saltaremos con el conde de Montecristo al mar desde una ventana del castillo de If; ni nos será posible construir, muy de mal grado, casas o cercos en la isla de Robinson Crusoe; ni viajaremos en el Nautilus con el capitán Nemo, dueño de una envidiable biblioteca, ni pelearemos con el pulpo victorhuguesco.

Flaubert sostenía que un viaje era, entre todos los libertinajes posibles, el mayor de ellos. Stendhal veía cada excursión como un medio que le permitiría narrar algo. Goethe los realizaba con el propósito de mostrar su inteligencia y erudición (como se prueba en su Viaje a Italia). Alejandro Dumas, el padre, viajaba con el fin de comer, de mentir y de escribir. Hubo un barón, cuyo nombre olvidé, de quien dijo Hoffman que lo hacía con un objetivo más bien reduccionista, el de coleccionar panoramas. El viejo tópico latino, Domi manere convenit felicibus, nos enseña a vivir y a apreciar al hombre feliz como aquel que permanece en casa.

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¿No es mejor permanecer en la ciudad de uno en lugar de disciplinarse en las rutas del mundo? Tirso de Molina, sin embargo, podría desmentirnos, al llamar “plaga heredada de la dureza del Faraón” a los veranos que había que pasar en Madrid. Pienso que nuestro Yo se resguarda en el escritorio, en medio de los anaqueles. Porque el Yo es, también, el lugar en el que estamos. Lévi-Strauss defiende el principio definitivo al decir: “Yo soy el lugar en el que ha ocurrido algo”.

Sin duda, he viajado mucho, hasta el día en que cumplí setenta años. No quise que la muerte me hallara a bordo de un avión, en clase económica, arrojándome al cuello el lazo del thug o sick, leído en obras de Salgari. Y sin que uno alcance a decir siquiera: es el fin de todo eso. Me he puesto a pensar si no es posible que escriba sobre viajes que no hice o lugares que no conocí, como Stendhal o como nuestro Augusto d`Halmar. El pudor me lo impide.

Al llegar desde Bruselas a París, la primera vez, hace algo menos de treinta años, me preguntaba si existirían las calles y encrucijadas que leíamos con mi padre en las maratónicas novelas de Ponson du Terrail, aquellas que tenían como héroe y villano, al mismo tiempo, a Rocambole. Nuestro muy siniestro Fantomas, en sus acciones de transformista, nos hallaría antes de la entrada a la cama infantil, con el propósito de dejarnos señas físicas del castigo, y una sonrisa siniestra, como pasaporte para las pesadillas del invierno durísimo de Lautaro.

Confieso que fui al Palacio de Justicia y pregunté por la oficina del comisario Maigret. Sonriente, el vigilante de la portería me dijo: “Segundo piso y luego cruce el pasillo y abra la puerta que está a la derecha”. Yo parpadeé y él agregó: mais, il n’èxiste pas. Bajé, miré el Sena, cerca de ahí, y supe que ese era el lugar en donde se había arrojado, lleno de vergüenza, porque su enemigo eterno, Jean Valjean, lo ha salvado de las manos de los hombres de la Comuna, el inspector Javert, de Los miserables.

Y más y más. Esperé hallar los callejones que hay en las páginas más espeluznantes de Los misterios de París, por Eugenio Sue, a quien Carlos Marx estimaba superior a Honoré de Balzac. Cavilando, aún doy rodeos mentales, yendo a las cloacas de París, diseñadas por el arquitecto que rehizo París, bajo Napoleón III, el barón Haussmann. ¿Por qué? Ese era el sitio en el cual el fantasma de la Ópera (la de Garnier, también del Segundo Imperio), inventado en la novela de Gastón Lerroux, huye, ocultando su rostro deformado por el ácido, en esas cloacas. ¿Y podré ver ese momento en el cual Armand Duval arroja billetes a la cara de Margarita Gautier, cuya tumba yo solía visitar en el cementerio de Montmartre?

Todo viaje es al fin una summa. Expreso a modo de despedida que me encantaría tener en mi escritorio un cuadro de Robert Delaunay, “La Torre Eiffel” y en mis manos el notable ensayo sobre esa obra de construcción en la edad de oro del hierro escrito por Roland Barthes. Cierro con algo de Elías Canetti (“El suplicio de las moscas”): “Se aprende de memoria ciudades enteras antes de verlas. Ama los nombres de las calles que aún no conoce. Sueña con ellas, los nombres siempre están más vivos que los propios lugares”.

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