Variaciones sobre la espera

En el pretil de la ventana, los tallos finos, de un verde traslúcido, buscan la luz como serpientes encantadas. En la punta tienen una semilla, un ojo abultado que mira hacia la calle. Pero a mí, o a la niña que soy entonces, no me interesa tanto ese alarde de vida como la muerte, seca y muda, que habita dentro del placar. Son las dos de la tarde y tengo prohibido acercarme al placar hasta después de la siesta. ¿Qué magia pudo haber operado en estas horas de espera? «Así vas a arruinar el experimento», dice mi abuela, porque yo quiero comparar a cada rato los avances del germinador que está en la ventana con esa otra cama de algodón para los porotos húmedos y sin luz. Los del placar están llenos de potencial irrealizado y, como todo lo que se pudre, es mucho peor eso que no haber tenido nunca la capacidad de ser otra cosa. Como una piedra, digamos. Los brotes lacios en la ventana son la demostración de todo lo que los porotos del placar llevan dentro. Yo me los imagino apretujados al interior de ese vientre color café. «La paciencia se practica», dice la abuela, y durante la siesta la espera se vuelve aún más tortuosa. Ella duerme con los postigos cerrados, boca arriba, regando su cuerpo enorme sobre las sábanas. No hay manera de entrar al cuarto sin despertarla, por más que mire desde el umbral hacia el placar cerrado. La mirada, el deseo, nunca ha sido una manera de acelerar las cosas. Al contrario. Mirar el reloj es la manera más fácil de que la siesta se extienda hasta el infinito. Tal vez el infinito sea esto, una hora de siesta con todos los germinadores y juguetes dentro del cuarto donde duermen los grandes. Entonces el infinito sería una penitencia, pienso, al contrario de lo que dice la gente, que es bueno vivir más. ¿Y será realmente el sol el que hace crecer los brotes del germinador o será la espera, esos minutos y horas que yo voy depositando sobre los porotos con mi mirada? ¿Cómo saber que todo lo que crece no es sino el fruto de la espera de alguien más? «Esa impaciencia te va a traer muchos problemas en la vida», dice la abuela. El séptimo día, cuando Dios descansó, ¿estaría esperando que todo su trabajo se pusiera en movimiento?

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«Entonces, cuando éramos jóvenes, gran parte de la vida era quietud, o eso parece ahora; una permanente quietud; una vigilancia. Esperábamos en nuestro mundo, aun no formado, escrutando el futuro igual que el muchacho y yo nos habíamos escrutado el uno al otro, como soldados en el frente, a la espera de lo que va a ocurrir.» El mar, John Banville.

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Cuando pienso en mi infancia, no recuerdo ninguna sensación ansiosa del futuro. No recuerdo, siquiera, pensar en el futuro como algo deseable. ¿Entendía el concepto de futuro? ¿Por qué, como otros niños, no soñaba con lo que quería ser de grande, doctora o astronauta? La infancia era el terreno del presente absoluto, porque solo cuando se vive en el presente el tiempo tiene esa cualidad de cosa extensa. Extensa, sí, pero no hacia adelante, sino en profundidad, como un aljibe incapaz de agotarse. «Parece que hace semanas que nos fuimos y solo pasaron tres días». El tiempo es ancho en la infancia y en los viajes justamente porque en ellos no hay futuro y el hoy es fuente de continua sorpresa. Cuando estaba en la escuela, no esperaba el verano, y cuando vacacionábamos en Piriápolis, no esperaba el comienzo de las clases. Cada cosa se esfumaba cuando empezaba la otra.

Practicar la paciencia, como decía mi abuela, en un mundo impaciente. El que espera no está sincronizado con el tiempo de los otros, como un reloj que atrasa, como un reloj que atrasa cada vez más rápido a medida que la espera se alarga. En un mundo en que el tiempo se aprovecha, se exprime hasta la última gota, los adultos no podemos estar sincronizados con el tiempo de los niños. En la escuela, cuando sonaba la campana del recreo, debíamos ponernos en fila por orden de altura. No nos permitían dar un paso en dirección del patio hasta que la fila no estuviera perfectamente organizada. La fila, o la cola, es la manera en que nuestra época organiza la espera. Del mismo modo en que los lugares de la espera están regulados: las salas son todas similares, con televisor o revistas (instrumentos de la espera), sillones, alguna planta artificial, colores neutros en las paredes. La cola, la sala de espera y las prisiones tienen su propia arquitectura, contienen a aquellos que han caído fuera de la velocidad de nuestro tiempo.

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¿Qué podría decir yo sobre la espera? Me interesa más la renuncia. La espera se nos impone, la renuncia se decide. La espera, en su polisemia, no existe en singular. Las esperas, en plural, pueden ser angustiosas, resignadas, tediosas, desesperantes, incluso dulces. La renuncia es siempre liberación.

¿Qué podría decir yo sobre la espera que no haya dicho Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso? La espera y todo lo que significa se resume a la perfección en ese acto de esperar la llamada telefónica. Al menos así era en la época de los teléfonos viejos. Tal vez la espera haya perdido su épica desde que desaparecieron esos aparatos: mirar el teléfono como quien mira el caparazón vacío y muerto de un animal; levantar el tubo a cada rato para verificar que la línea estuviera funcionando, que no hubiese quedado mal colgado sobre la horquilla, y la ansiedad cuando alguien más en la casa recibía una llamada eterna, una llamada que, sin duda, estaría impidiendo la otra, la esperada. La incertidumbre de no saber si el ser amado había intentado comunicarse justo en ese momento y entonces el odio y la rabia, culpar al hermano, a la madre, a la abuela, porque seguro él desistiría ahora y quién sabe hasta cuándo, quién sabe hasta cuándo se prolongaría la espera. Porque si hay algo que la espera busca, incluso con más intensidad que el desenlace deseado, es el fin de sí misma.

Pero me acuerdo también de mi amigo Yukihiko Goto, en Japón, cuando me dijo aquella frase en su inglés partido: No fear, no anxiety, no hope, y me acuerdo de que no entendí de inmediato cómo alguien joven podía ansiar la pérdida de la esperanza. Yo no pasaba de los veinticinco años, y mi vida estaba hecha de miedo y ansiedad por el futuro. La esperanza brillaba como una moneda ennegrecida en el fondo de la cartera. Pero él no se refería a la esperanza como ilusión, sino como expectativa; lo entendí mucho después. No esperar nada, no desear nada. Y como consecuencia de esa «no expectativa» desaparecía la ansiedad y desaparecía el miedo. Será por eso que él podía sonreír así, con esa sonrisa aniñada (por qué la tacho de aniñada, ¿por lo inocente, por la sorpresa, o por la ausencia de futuro?), cuando abrí la puerta de mi apartamento en Nagoya y lo encontré regando las plantas bajo un sol inusitadamente fuerte para esa época del año: Spring is coming!, gritó, porque él no había esperado la primavera y por eso las nubes negras a lo lejos no lo desilusionaban tampoco. La desilusión es la consecuencia aburguesada de la espera. El que espera imagina un estado de las cosas, un estado imposible por el simple hecho de haber sido imaginado. Una imaginación imperfecta, terrenal. Primavera sí, pero no de este modo, no con lluvia, no con tanto calor, no con viento, no con alergias. La primavera que esperamos es algo así como una abstracción, «primavera en estado puro», como si se vendiera dentro de un frasquito de esencia en la farmacia. La de Yuki, en cambio, tenía toda la fuerza de lo que se acepta tal cual es y por lo tanto invita a que lo descubran. En esa no expectativa hay una renuncia. Una renuncia a las cosas como uno desearía que fueran.

El enamorado vive en la incertidumbre, porque no hay nada más inestable y volátil que el sentimiento. Por eso la espera de lo que no se puede controlar es distinta de la espera de lo inevitable. La primera genera angustia, la segunda solo puede generar ansiedad.

Otro verano, en Piriápolis, mi prima y yo decidimos demostrarle a mi hermano menor que los Reyes Magos eran los padres. Para eso había que fingir el ritual de todos los veranos. Poner los zapatos en la entrada con pasto y agua para los camellos, irnos a dormir temprano. Solo que esta vez no nos forzamos a conciliar el sueño, esperando que la mañana llegara lo antes posible (el viejo truco de dormir como si eso permitiera acelerar el tiempo), sino que permanecimos despiertos y en silencio. Esa quietud que normalmente sería tortuosa ahora nos hinchaba el pecho, nos llenaba de una euforia controlada, adulta. El plan consistía en esperar hasta oír los ruidos en la sala, los pasos de papá y mamá acomodando los regalos junto a los zapatos y tirando al jardín el pasto y el agua de los camellos. Eso podía ocurrir en cualquier momento, tal vez cerca de medianoche, tal vez más tarde, antes de que ellos apagaran las luces y se metieran a su cuarto.

Hay una muerte en el cambio y un duelo en esa espera. Aquella noche la muerte veló con nosotros el fin de una época. Mi hermano menor estaba a punto de descubrir el engaño, de sufrir la pérdida de una parte de su imaginario. Era el ritual del fin de la primera infancia, y durante las horas que tardó esa espera la muerte estuvo agazapada entre nosotros (la muerte no esperaba, pues no hay espera para lo que existe fuera del tiempo), lista a saltar sobre mi hermano en cuanto abriéramos la puerta y descubriéramos a nuestros padres en plena artimaña.

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El que espera mata el tiempo; será por eso la inquietud. Será por eso que, mientras espero, busco hacer algo que sea un fin en sí mismo, o al menos que lo parezca. Lo que quiero es llenar el presente, fingir que no uso el tiempo como un puente o una escalera para llegar al otro lado, ¿de qué? A otro lado, simplemente. Hay algo utilitario y por lo tanto triste en leer en el transporte, en usar los libros para abreviar un trayecto en lugar de atravesarlo. En Nueva York, donde todo es posible excepto el tiempo, ya nadie camina sin hacer otra cosa a la vez: se come un sándwich mientras se avanza con paso rápido hacia la boca del subte, se habla por teléfono o se escucha música. A más de uno lo vi pasar caminando con un libro abierto frente a la cara. Cada tanto despegaba los ojos de la página para lanzar una mirada breve y amaestrada hacia la calle. Sin obstáculos a la vista: un párrafo más antes de llegar al semáforo. Pero a ningún niño se le ocurriría leer ni masticar el almuerzo mientras espera agazapado en su escondite. «¡Punto y coma, el que no se escondió se embroma!» Se espera conteniendo la respiración, aguzando el oído. Se espera deseando que nuestra sombra o la punta de un zapato no nos delate.

En la infancia la espera es una oportunidad para estar allí, atravesar la intensidad del instante, soportarla. Y tal vez sea esa la función de la espera: permitirnos sentirla, prepararnos para el nuevo estado, como quien gesta algo. La espera sería, entonces, la gestación del cambio. Como cuando el mar se calmaba y había que mirar a lo lejos hasta ver la próxima ola. Las olas siempre vienen en tandas, eso lo sabe cualquier niño del mar. Hay que estar preparado para tomar el aire suficiente y volver a sumergirse, a veces sin tiempo siquiera de escurrirse los ojos entre una ola y la otra. Pero también hay que esperar el momento justo. No adelantarse demasiado, administrar el aliento; mantenerse a flote hasta que la ola enorme esté lo suficientemente cerca, al borde del desmoronamiento, para pegar el salto.

El que no hace nada en el transporte público (ni siquiera leer) se obliga a transitar el tiempo, a enfrentar ese abismo que nos hemos acostumbrado a llenar desde que aprendimos que el tiempo escasea, que la vida se nos va. La vida, que se contabiliza en minutos, como una alcancía vieja y pesada.

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Toda promesa sigue siendo, para mí, sinónimo de esos porotos sin brote dentro del placar prohibido de mi infancia. La promesa irrealizada, la joven promesa. Cuando mi abuela se levantó de la siesta, me encontró sentada junto a la puerta de su cuarto. «Saber esperar es una virtud», dijo. Caminó hasta la ventana, arrastrando las pantuflas, y empujó los postigos. La luz de la tarde llenó el cuarto. Abrimos juntas el placar y yo metí el cuerpo entero para alcanzar la tapa del frasco que estaba en el rincón más oscuro del fondo. Saqué el germinador y lo inspeccionamos. Los porotos se veían más arrugados, la piel retraída, ajada por la humedad. «¿Tanta espera para esto?», podría haber pensado entonces. Pero otro asunto ya empezaba a distraerme. Toqué el algodón, aún mojado, antes de que la abuela me sacara el germinador de las manos y lo devolviera al fondo del placar. «Vas a arruinar el experimento», dijo, y cerró la puerta. «Ahora a esperar hasta mañana.»

Fernanda Trías es uruguaya. Sus últimos libros son la novela La azotea (Laguna, 2015) y los cuentos de No soñarás flores (Montacerdos, 2016).

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