Una línea oscura

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UNO

En la sala de espera de la ginecóloga, leyendo. Llego, por azar, a un calendario de eventos astronómicos. Me entero de que este año hay lluvias de estrellas, una superluna en diciembre, un eclipse parcial de luna en Asia y, dentro de algunos meses, un eclipse parcial de sol, aquí en México.

DOS

La espera del embarazo es un frutero. Las aplicaciones te dicen cada semana a qué fruta se parece el feto conforme crece. Son aplicaciones extranjeras y no toman en cuenta la variedad de frutas que hay en México, los muchos tamaños diferentes que existen de mangos y aguacates. Ayer soñé con el arándano, así lo llamaba en el sueño. Recuerdo sólo eso y la frase «hay otro yo adentro de mí». Fuimos hace algunos días a un ultrasonido y escuchamos su corazón. La enfermera dijo, con tono de buena noticia, que latía muy fuerte. Es del tamaño de un arándano y gran parte de su cuerpo es un corazón que late muy fuerte. Está difícil no encariñarse con un ser del tamaño de un arándano que tiene un corazón, que es casi por completo un corazón que late muy fuerte.

TRES

Siempre me gustó el olor a pan, fantaseaba con un perfume llamado Panadería, pero ahora el tufo que escapa de la bolsa, y la sola idea del pan con mermelada, me dan unas náuseas espantosas. Le cuento a A y él me recomienda que escriba las cosas que me pasan para no olvidarlas después. No le dije que ya estoy escribiendo porque me parece un poco trillado esto de escribir un diario de embarazo. Es, de hecho, tan cliché que lo recomiendan en el libro What to expect when you’re expecting. 

También estoy leyendo Los argonautas, de Maggie Nelson. Hoy leí una parte donde dice que nadie habla lo suficiente de lo oscuro que puede ser el embarazo. Ella no tuvo un embarazo fácil: sentía mucho miedo y sufrió varios accidentes. Estuvo cerca de morir. Yo tampoco imaginaba que el embarazo tuviera momentos tan difíciles. Mi madre y mis amigas sólo me habían hablado de una transformación maravillosa, de lo increíble que fue el parto, y ahora resulta que tenían náuseas todo el tiempo y se sentían fatal. Hasta ahora me lo dicen. Claro que también hay alegría, muchísima, como cuando hablamos de nombres o cuando imagino su cara. Pero eso lo veía venir, lo esperaba, la oscuridad no.

Me cuesta mucho pensar que media humanidad ha pasado por esto. Es lo más común del mundo y me parece tan distinto, incómodo y desconcertante. Pienso también en el enorme privilegio que es ser freelancer y poder sentir esta extrañeza, poder detenerme a observar, estar cansada y dormir, tener náuseas y acostarme.

CUATRO

Regresé. Pasé días postrada por las náuseas, aferrada a mi cojín eléctrico o a la mano de A o a la almohada que tuviera más cerca. Me convencí a mí misma de que era como estar en un crucero de tres meses y tener mal de mar. Tres meses es lo que dura el periodo de más náuseas. Quería tirarme por la borda y terminar con todo.

Hoy fui a comer con mi amiga U y la escuché por un buen rato hablarme de lo maravillosas que eran las terapias alternativas para el dolor que estaba probando (acupuntura y flores de Bach). Mientras, yo pensaba en la bonadoxina con veneración. Llevo un día sin náuseas, desde que empecé el tratamiento, y quiero escribirle una carta de gratitud a su inventor, decirle que me salvó la vida.

CINCO

El libro lo llama «sensación de irrealidad». Mi panza es sólo un poco más grande, muy poco. Ha sido de este tamaño otras veces. Si no supiera que estoy embarazada, no podría imaginarlo. Creería que las náuseas y el cansancio son otra cosa, y que el retraso es por una irregularidad hormonal. He pensado en esa historia de Maupassant, «El Horla». El embarazo al principio se parece a un ser invisible que te chupa la energía y te hace sentir enferma. Pensaba en «El Horla» y en los vampiros incluso antes de conocer este dato: la leche materna es sangre que pasó por un filtro. Sangre que circuló por las venas y luego se convirtió en leche.

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SEIS

Estoy leyendo sobre siameses. RittaCristina, las famosas siamesas que vivieron sólo cinco meses. Compartían una vagina y dos piernas pero cada una tenía su propia cabeza. Todavía no siento los movimientos de arándano, ya que se debe haber convertido en manzana, pero sé que hay una parte de mi cuerpo que no soy yo, que se mueve por voluntad propia y tiene sus propios genes. Una parte de mí que mueve manos y piernas y boca y tiene uñas, pero se alimenta de lo mismo que yo, va a donde voy yo y depende de mí para existir.

Tengo sueño todo el tiempo, me siento como anestesiada, como si estuviera aquí sin estarlo. Quizá porque una porción de mí está construyendo a alguien más, o porque una porción de mí es, en este momento, alguien más. Es todo muy confuso, pero lo que quería decir es esto: el embarazo es una historia de doppelgängers. 

SIETE

Pensé: todo lo que escriba en estos meses, todo lo que haga, pero principalmente todo lo que escriba, lo escribimos los dos juntos. Tan juntos como se puede estar: uno en el centro de la otra.

OCHO

Busco lecturas para el embarazo como si fueran guías de viaje. Libros de consejos, de psicoanálisis, novelas o ensayos de embarazadas. Me costó trabajo encontrar literatura. Una amiga me contó de Mary Shelley, que estaba embarazada mientras escribía Frankenstein. Era evidente, y sin embargo todas las veces que leí la novela no lo había visto: Frankenstein es una historia sobre la creación de vida, acerca de un hombre que más que jugar a dios juega a ser mujer.

La madre de Mary Shelley, la feminista Mary Wollstonecraft, murió cuando la estaba dando a luz. Mary Shelley tuvo cuatro hijos y tres de ellos murieron, también Clara, la niña que esperaba mientras escribía la novela. Es razonable que la maternidad fuera para ella, al menos en parte, un relato de terror. Pienso en el pasaje en Frankenstein en el que cobra vida el monstruo y trata de matar a su creador, ese fragmento terrorífico que es como una pesadilla de posparto.

Al doctor Frankenstein le tomó dos años fabricar a su monstruo con retazos de cadáveres y fragmentos de animales. Dos años suena más razonable: nueve meses para crear un ser humano entero me parece ahora poquísimo. Los embarazos deberían durar tres o cinco años y ser menos radicales, más paulatinos. Y no lo digo por esa condición evolutiva que hace que los humanos nazcan mucho antes que sus parientes mamíferos, que al nacer ya pueden caminar y casi valerse por sí mismos. Lo digo porque me parece una tarea titánica, sobrenatural, incomprensible y milagrosa. No entiendo cómo sucede tan rápido.

Tampoco me engaño. Sé que no soy yo la que lo está creando, son mi sangre y mis pulmones, la locura de los genes. Se siente como si alguien más estuviera usándome para fabricar otro ser humano, pero no soy yo, mis manos están fuera de mi vientre y no tengo idea, aunque leo que ya tiene pulmones y ojos y pelo, no sabría jamás explicar cómo se está haciendo. Todo suena tan improbable, como una alucinación o una historia fantástica.

NUEVE

Nunca fui buena para comer. Hay demasiada comida que no me gusta y odio la sensación de estar muy llena. Ahora tengo toda el hambre del mundo, el hambre que nunca tuve. Jamás me había sentido tan distinta de mí misma. Tanto de lo que asociaba con mi descripción, con mi narrativa personal, está cambiando. «Tu cuerpo no va a volver a ser el mismo», dice la ginecóloga.

DIEZ

Natalia Ginzburg dice acerca del bebé en el útero que es «una forma sin voz ni ojos», «el proyecto remoto y pálido de una persona», «una individualidad concreta y real posibilidad viviente». Y sobre la decisión de dar vida a alguien o no: «Si nos ponemos a pensar en lo que puede deparar el destino, nos preguntamos si no sería sensato y justo no dar nunca la vida y elegir siempre la nada». Otra: «… amar la vida y creer en ella significa también amar su dolor; significa amar la época en la que hemos nacido y sus abismos de terror; y significa amar, del destino su oscuridad y su tremendo carácter imprevisible».

Las embarazadas en México llevan unas tijeras o a veces un cordón rojo cuando hay un eclipse. No creo en nada de eso, pero sí tengo una superstición personal, o un trauma infantil, acerca de contradecir a mi madre. Eso sí que históricamente me suele traer mala suerte.

ONCE

Nos dijeron que es niño. Por unos meses, voy a ser al mismo tiempo una mujer y un niño.

DOCE

Ayer escuché un ruido en la madrugada y desperté con miedo. Mi abuela vivió sus últimos años en la casa junto a la nuestra, y todas las noches la cuidaba una enfermera. A veces, mientras la enfermera dormía, mi abuela se paraba sola y se caía, y la enfermera llegaba a gritar a nuestra casa para pedir ayuda. A partir de entonces, incluso mucho tiempo después de que muriera, los ruidos fuertes de noche me despertaban con la misma angustia y la sensación de que mi abuela se había caído. Ayer ya no pensé en mi abuela, tuve un miedo sin nombre y me imaginé todas las noches que me esperan de despertar con ese miedo.

TRECE

La espera del embarazo es como la de una cita a ciegas. Esperas a alguien a quien no conoces, a quien has imaginado, quizá visto en fotografías, pero que en vivo será totalmente distinto. Ahora, cuando me miro en el espejo, trato de imaginar cómo me vería si fuera un hombre. Pienso que Silvestre se va a parecer a A y eso es fácil: conozco fotos de cuando era niño y lo puedo ver, de pelo negro y con los ojos rasgados cuando sonríe. Pero quiero saber también qué va a heredar de mí, qué de mí puede volverse (o ya es) masculino, y cómo.

CATORCE

Otra vez Ginzburg: «Es mudo el acuerdo subterráneo que existe con esa forma escondida; y la relación entre la madre y esa forma viviente, ignota y escondida, es verdaderamente la relación más cerrada, más encadenada y más negra que existe en el mundo, es la menos libre de todas las relaciones».

QUINCE

Ayer nos decían en el curso de preparto que las hembras de los mamíferos suelen entrar en trabajo de parto en la noche, porque hay menos depredadores. En mi panza se ha ido dibujando lentamente una línea oscura. Dicen que es para que el bebé, que ve en alto contraste, suba por el estómago y sepa encontrar los pezones. Mi cuerpo se va llenando de señales para alguien más, señales que tienen que explicarme porque yo misma no sé descifrarlas.

De pronto entiendo que tantos hombres, durante siglos, temieran a las mujeres, que las consideraran brujas. Más allá de toda explicación biológica (y mucho más cuando no la había), todos estos instintos animales, estos signos de los genes, se parecen mucho a la magia.

DIECISÉIS

Encontré un artículo que discute dos teorías. La primera es que una mujer embarazada es un contenedor que resguarda dentro de sí a un ser independiente. La segunda es que el bebé es parte del cuerpo de la mujer embarazada, como si fuera un órgano más. Pienso que las dos teorías son correctas. Es las dos cosas al mismo tiempo, y se va transformando. Al principio es una célula de tu propio cuerpo. Eres tú. Lo que pasa al comienzo del embarazo te pasa sólo a ti. Poco a poco, esa parte de ti se va volviendo un ser distinto, y tú eres cada vez más un recipiente.

DIECISIETE

No sé en qué momento desaparecieron los pies de mi vista. Hoy, mientras me bañaba, me di cuenta de que ya tampoco puedo ver mi ombligo estando de pie. Lo veo en el espejo y por eso sé que está desapareciendo. Ha perdido profundidad y ahora es apenas un asterisco. Pronto va a desvanecerse por completo. Era la única marca visible de que alguna vez viví dentro mi madre, me alimenté a través de ella, fui parte de ella. La única marca de esa prehistoria en la que fui un embrión igual a los embriones de todos los vertebrados y luego igual a todos los mamíferos. Así se ve el tránsito entre ser hija y ser madre, como esa lenta borradura.

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DIECIOCHO

Me quejo de los malestares de la espera por teléfono con una amiga. Le hago mala fama al embarazo porque hablo más de lo raro y de lo incómodo y no cuento, por ejemplo, lo emocionante que es sentirlo moverse. Sus patadas y sus desplazamientos me parecen una especie de clave morse: nuestra primera comunicación, aunque sea ambigua y unidireccional.

DIECINUEVE

Mi madre me recuerda que no debo ver el eclipse. Hay una leyenda maya de la época prehispánica que dice que al sol se lo comen cada eclipse, y si una mujer embarazada lo ve, su hijo puede nacer deforme. Para contrarrestarlo las mujeres se ponían una navaja de obsidiana cerca del pecho. Todavía ahora, las embarazadas en México llevan unas tijeras consigo o a veces un cordón rojo cuando hay un eclipse. No creo en nada de eso, pero sí tengo una superstición personal, o un trauma infantil, acerca de contradecir a mi madre. Eso sí que históricamente me suele traer mala suerte.

VEINTE

Cada vez me siento más plural. Si me preguntan cómo estoy, ahora respondo «estamos bien». El mango se mueve como un animal enjaulado. Ya se pueden ver a simple vista sus movimientos bajo la piel. Cada vez tengo menos la sensación de que hay algo en mi vientre y más la sensación de que hay alguien.

VEINTIUNO

Estoy en casa de mi madre tomando té y hablando sobre el hijo de una prima. Mi madre de pronto se acuerda de cuando nací, de la forma en la que veía hacia la ventana con mucha tranquilidad. Dice que le gusta observar a los bebés porque todavía tienen algo del no ser, de la nada antes de la existencia. Puede ver en ellos algo del más allá.

VEINTIDÓS

A está dormido y como se sentía mal no quiero despertarlo. Como dicen que es peligroso ver el eclipse directamente, acabo de improvisar un agujero en un cartón para reflejar su sombra, aunque no creo que funcione. Guardo las tijeras con las que hice el hoyo en la bolsa de mi camisa y salgo en silencio a la calle. El eclipse ya debería estar ocurriendo, pero no lo puedo ver porque las nubes lo cubren. Son nubes chicas y se mueven rápido, en cualquier momento puede abrirse el cielo entre ellas, aunque sea durante un segundo, y ahí se va a ver. El cartón no sirve para nada, pero hay un charco en la banqueta, de las lluvias de ayer, donde se refleja el pedazo de nube que cubre al sol. Ahí espero. Las nubes se apelmazan, parece que se van a abrir pero se cierran de inmediato. Estoy a punto de rendirme y entonces lo veo en el charco por un instante. El sol se veía muy pequeño, parecía un dulce mordido. Pienso que así lo veo a él también: indirectamente, en blanco y negro, lejano, a través de los aparatos del ultrasonido, como el reflejo de un evento astronómico.

Faltan tres meses para que nazca y dos años para el siguiente eclipse de sol.

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