Una larga y angosta faja de palabras

A FINES DEL AÑO 1987, EL DIARIO LA ÉPOCA decidió publicar un suplemento en el que sus periodistas contaran cómo habían reporteado su mejor caso. Fue una mala idea que no tuvo segunda parte, porque sólo a los periodistas nos interesan esas cosas. La gente, en general, cuando lee el diario no se pregunta qué hizo el periodista para sacar adelante su trabajo ni quiere saber los “sabrosos” detalles de la trastienda de éste. A la gente le importa lo que dice la crónica y a veces ni siquiera eso.

El autocomplaciente suplemento señalado incluyó también momentos autoflagelantes, como la publicación de los diez errores más lamentables cometidos por La Época durante ese año, y se dio preferencia, como es natural, a los titulares, la cara de un artículo. Uno de los más impresentables encabezó una nota escrita por mí. Decía lo siguiente: “Policías que matan a su hijo envían cheque a madre para atenuar la pena”. Un titular que reúne todo lo que un buen titular no debe tener. Es incomprensible, desde luego, pero además es largo y rebuscado.

El caso era el de la muerte de un muchacho en un cuartel de Carabineros, institución que, como una manera de mostrar buena disposición en el juicio seguido contra un par de sus funcionarios, envió un cheque a la madre del joven, quien reaccionó indignada por considerar el hecho como un intento de soborno. Sencillo. Sin embargo, el titular no deja nada claro. No se sabe de quién es madre la madre, de qué pena estamos hablando, si de la pena judicial o de la pena personal; no sabemos si el hijo es de los policías o de la madre. Incluso, la señalada madre podría ser la madre de los policías. Lo único claro es que alguien le envió un cheque a alguien. Un absoluto desastre. Mejor hubiera sido titular “Madre denuncia intento de soborno de parte de Carabineros”. Y como epígrafe: “Caso de muerte de muchacho en comisaría de Quinteros”. O bien una cita: “La vida de mi hijo no está en venta”. Y como epígrafe: “Madre de muchacho muerto en comisaría denuncia intento de soborno policial”.

¿Hubiera sido correcto titular “Carabineros acusado de soborno”? Aunque sea cierto y atractivo como título, el tema no era tan importante como para entregar una información tan limitada e imprecisa, pues parece algo muy grave y no es más que una acusación de una mujer desesperada ante una situación más bien habitual, como es el envío de un cheque de “abuenamiento”. Hubiera sido un engaño, pues este titular no explica exactamente lo que dice la crónica y seguramente causaría decepción y hasta molestia en los lectores. Esto suele ocurrir, y es una de las quejas más comunes entre el público.

Titulares simples y directos. Esa parece ser la mejor fórmula para un buen título. Pero lamentablemente no es la única, pues hay algunas menos nobles y permanentes. En Primera Plana, una película de y para periodistas, con Jack Lemmon (el reportero estrella) y Walter Matthau (el inescrupuloso editor), se da cuenta quizás de la razón más miserable por la que es necesario escribir un gran titular. En un momento, Lemmon le muestra a su jefe la nota exclusiva y éste señala con molestia que en el primer párrafo olvidó poner el nombre del diario, como el gran autor del golpe noticioso. El reportero le dice que está en el segundo. Matthau, sacando la hoja de la máquina de escribir de un tirón, le responde: “Nadie lee el segundo párrafo, idiota”.

Hay otro caso que me tocó directamente cuando trabajaba en la revista Qué Pasa. En 1991 un veterinario asesinó a su esposa y a su hijo de once meses, mientras compartía con ellos un día de campo en Las Vizcachas. Cuando estábamos preparando la portada y pensando en un buen titular, Cristián Bofill, entonces editor general de Qué Pasa y actual director de La Tercera, al vernos medio complicados, nos dijo “¡Quiero sentir el aliento de la bestia!”.

No recuerdo el titular de esa portada –no debe haber sido muy bueno–, pero sí que la revista Time nos dio una clase con la portada que sacó sobre un caso aún más horrible que por esos mismos días ocurrió en Milwaukee. La policía detuvo a Jeffrey Dahmer, quien había asesinado a más de cuarenta negros y mantenía sus cuerpos mutilados en ollas y refrigeradores –se los iba comiendo de a poco–. Time hizo una portada negra y sobre ella, en apenas un tono más claro, escribió “Evil”. Una simple palabra servía para graficar lo que la mayoría de los norteamericanos sentía en ese momento: esto no puede ser sino obra de un ser humano enfermo.

Un pueblo a una guerra
Los norteamericanos, que todo lo estudian y todo lo clasifican, indican lo evidente: el titular de una noticia es el primer contacto con el lector. Y para conseguir uno bueno fijan seis características fundamentales. Un titular debe ser simple, inesperado, concreto, creíble, emotivo y con una historia detrás o un llamado a la acción o a la ensoñación o al miedo, incluso. Por ejemplo, algunas de las ideas que están más incorporadas en el inconsciente colectivo de la sociedad norteamericana son que la Muralla China se ve desde la Luna, que las personas ocupamos sólo el diez por ciento de nuestro cerebro y que la Coca-Cola corroe los huesos.

En el caso de Chile podríamos señalar que una frase pintada en un lienzo colocado en la casa central de la Universidad Católica hace cuatro décadas es una de las ideas que más recuerda la gente: “El Mercurio miente”. Apenas uno le menciona El Mercurio a alguien, la persona se acuerda de la frase y ya casi forma parte del propio nombre del diario. Es como “La alegría ya viene”, que para bien o para mal es permanente cita en reuniones sociales para referirse a la Concertación. O como lo ocurrido cuando Pinochet prometió bicicletas para todos los chilenos, y éstos a coro le respondieron “¡Que se vaya en bicicleta!”. Más marcada aún está la frase que Ricardo Lagos le dijo al propio Pinochet a través de las pantallas de Canal 13 poco antes del plebiscito de 1988: “Hablo por quince años de silencio”.

Un buen titular es una frase magistral que retrata perfectamente una situación, no sólo una parte de ella. Una buena cuña, diríamos. Y es mejor aún cuando deja cierto tufillo a misterio en el aire. Esto ocurre cuando la frase queda fija en la cabeza de quien la lee o la escucha, casi como un llamado personal, como cuando tras el bombardeo de Londres por la aviación alemana en 1940, Winston Churchill dijo “ahora sólo puedo ofrecerles sangre, sudor y lágrimas”. ¡Qué manera de describir una situación! ¡Qué manera de titular esas noches de tormento!

Ese tipo de frases, dicho sea de paso, ha servido para nutrir las poco originales mentes de algunos periodistas a la hora de titular sus crónicas de hoy. Así ocurre con “Anoche tuve un sueño”, de Martin Luther King, también citada permanentemente en diarios, libros y conferencias (incluso la Presidenta Michelle Bachelet la parafraseó hace poco). Una famosa declaración de John Kennedy, ha sido puesta de ejemplo para explicar la importancia de la simpleza y la clara dirección de una idea, cuando en 1961 dijo: “Antes de que termine esta década tenemos que llevar a un hombre a la Luna y traerlo de vuelta a casa”. Seguramente, un burócrata hubiese dicho algo así como “nuestra misión es lograr ser los líderes mundiales en la industria espacial, maximizando nuestro equipos de innovación y estrategia para lograr el objetivo de llegar a la Luna lo antes posible”.

Un experto en fijar ideas es el senador Andrés Allamand. Él introdujo el concepto de la “centro derecha” y luego el de “los poderes fácticos”. Recientemente, con el título de su libro, El desalojo, provocó la molestia de la Concertación y cierta inquietud en la gente por esta especie de “cariño malo” que liga a “la centro derecha” con las soluciones violentas. Si hubiera escrito algo así como “El necesario cambio de gobierno”, no hubiera conseguido poner su punto sobre la mesa, nada menos que el subtítulo del libro: “Por qué la Concertación no debe seguir después del 2010”. Como en este caso, siempre es mejor decir lo que se tiene que decir y nada más. No inventar juegos de palabras ni nada por el estilo.

Al hueso
Revisando diarios viejos, me encontré con una edición de Clarín de 1972. La noticia era que Martín Vargas había sido derrotado por un checo en un campeonato que se disputaba en Europa. Titularon: “Le pegaron a Martín Vargas”. Días después cayó el rival de Martín y Clarín tituló: “Eliminado el que le pegó a Martín Vargas”. Una breve clase de lo que debe ser cercanía y precisión en un buen titular. ¿Qué hubieran sacado poniendo en el título el nombre del checo que le había pegado a Martín?

En esos mismos días, Mark Spit, entonces un desconocido nadador norteamericano, batió siete récords olímpicos en las Olimpiadas de Münich. El Clarín tituló: “Sencillito el gringo: siete medallas de oro al hilo”. Y, en otro ámbito, sobre el fulminante fin de un empresario tras una reunión con trabajadores, decía: “De rabia murió un gerente”.

Titulares simples y directos. Esa parece ser la mejor fórmula para un buen título. Pero lamentablemente no es la única, pues hay algunas menos nobles y permanentes. En “Primera Plana”, una película de y para periodistas, con Jack Lemmon (el reportero estrella) y Walter Matthau (el inescrupuloso editor), se da cuenta quizás de la razón más miserable por la que es necesario escribir un gran titular. En un momento, Lemmon le muestra a su jefe la nota exclusiva y éste le señala con molestia que en el primer párrafo olvidó poner el nombre del diario, como el gran autor del golpe noticioso. El reportero le dice que está en el segundo. Matthau, sacando la hoja de la máquina de escribir de un tirón, le responde: “¡Nadie lee el segundo párrafo, idiota!”.

Quizás esa sea la terrible razón de que los diarios de hoy, al menos en Chile, traten de incluir la mayor cantidad de información posible en un titular, como si el asunto se tratara sólo de sumar palabras en lugar de decir simplemente lo que hay que decir. Ejemplos a favor de los títulos largos y ampulosos hay muchos, pero sería tedioso siquiera mencionarlos aquí.

La brevedad y la simpleza no son muy bien miradas en los diarios más importantes del país. Pareciera que creen que mientras más largo es el titular, más interesante e inteligente se es. Sobre esto, en los 80 el diario La Época dictaba cátedra. Se caracterizaba por titular sus noticias con frases largas, de quince y hasta de veinte palabras, una costumbre que ha recogido con entusiasmo el diario La Tercera y que El Mercurio ha utilizado también a lo largo de su historia.
Los norteamericanos afirman que el largo del título debe estar en función de la importancia de la nota. ¿Todo lo que se escribe en La Tercera y El Mercurio será importante? Seguramente no, pero los títulos, al menos en Chile, parecen revestir de elegancia al medio, como si detrás de cada frase que encabeza una página o una nota, hubiese alguien informando exactamente lo que ocurre, con autoridad y hasta con cierta soberbia.

Para fortuna de los que además de disfrutar de una buena crónica disfrutamos con los buenos títulos, Las Últimas Noticias, y en menor grado La Cuarta, prefieren los titulares cortos y efectivos, breves, sencillos y claros. ¿Será que el pueblo es más inteligente? Cuando se rumoreaba que Carlos Menem se casaría con Cecilia Bolocco, Las Últimas Noticias tituló: “Menem quiere formalizar”. El verbo “formalizar”, en este caso, cumple un efecto semimisterioso, digámoslo así, pues seguramente de haber titulado “Menem quiere casarse” o “Menem viene a pedir matrimonio a Cecilia Bolocco”, ya no habría mucho más que agregar, salvo los detalles. Pero “formalizar” indicaba una intención amplia y que llena de curiosidad a quien lee.

Demasiadas veces los periodistas caemos en la tentación de utilizar titulares de películas o libros para presentar nuestras crónicas. Pura flojera mental. Pero hay que reconocer que la tentación es grande y a veces el cansancio es mucho. El más abusado de todos los títulos en los últimos años es, con toda seguridad, Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. En décadas anteriores los títulos más parafraseados fueron Las uvas de la ira, usado cada vez que una disputa elevaba los niveles de agresividad entre dos partes, y la novela El espía que vino del frío, utilizado cada vez que un alemán o nórdico recalaba por estas tierras. París era una fiesta, la novela de Ernest Hemingway, es otra abusada, lo mismo que Por quién doblan las campanas, del mismo autor.

Cuando la noticia es de proporciones históricas, el titular debe ser el resumen exacto de lo ocurrido, pues los hechos son de una magnitud histórica y el interés del lector está garantizado. Para el plebiscito de 1988, La Época, por única vez en su historia, tituló a cinco columnas y con cuatro palabras: “Amplio Triunfo del NO”. Un titular magnífico, pero que no quedó en la memoria colectiva como el gran titular de ese día. Para mí sí lo fue, especialmente por la inclusión de ese “amplio”, que tenía mucho significado. Implicaba que nos estábamos sacando un gran peso de encima, que las cosas comenzaban a cambiar, que nada de lo que decía la dictadura era verdad y, claro está, que la derrota de Pinochet había sido aplastante y no daba espacio a dudas de ningún tipo.

Fortín Mapocho fue, sin embargo, el que pasó a la historia con un titular que además ponía una dosis de humor: “Corrió solo y llegó segundo” estampó en su primera página y hasta el día de hoy la gente recuerda esa portada que, sin embargo, fue publicada seis días después, el 11 de octubre, por iniciativa de su director, Alberto “Gato” Gamboa. Una idea simple y hasta absurda, pero que reflejaba lo que había ocurrido, o sea que además de humor contenía verdad. Tan contundente fue este acierto, que la portada de Fortín Mapocho del 6 octubre, con el titular “Adiós general, adiós carnaval”, fue olvidada e incluso se han construido mitos, como que la noche del plebiscito se pararon las prensas del diario para colocar la genial frase que sí pasó a la historia, a pesar del “atraso” con que fue publicada.

El ansiado humor
El quincenario The Clinic ha hecho de los títulos humorísticos su especialidad. Con más o menos agudeza, con más o menos buen gusto, ha sido el más acertado de los últimos años a la hora de hacer titulares graciosos, al punto que siempre la gente espera ver con qué va a salir The Clinic cada vez que aparece en los kioscos. Cuando Joaquín Lavín disputaba con Marta Larraechea el sillón de la municipalidad de Santiago, The Clinic no necesitó ni de un verbo para titular. Simplemente dijo “Betty La Fea v/s Santo Ladrón”, aludiendo a las teleseries de Canal 13 y TVN de moda en ese momento.

Los juegos de palabras suelen dar resultado. Cuando los directores de TVN, René Cortazar, y de Canal 13, Rodrigo Jordán, corrían el riesgo de ser cesados en sus cargos, The Clinic tituló: “Jordán se está yendo Cortázar”. O cuando Pinochet fue juzgado en Inglaterra, al lado de una foto muy marcial del general, se podía leer el titular: “En Agosto cagó Augusto”. En otra ocasión, en medio de la eterna discusión por la venta de la píldora del día después, The Clinic tituló, bajo una foto del cardenal Francisco Javier Errázuriz y Ricardo Lagos muertos de la risa: “Lanzan hostia del día después”. El título se mofaba de todo el mundo, pero ponía en evidencia lo que muchos chilenos pensaban del asunto. Para una elección parlamentaria en que la gente estaba especialmente molesta con la clase política, The Clinic fue certero al titular: “Caraduras: 52,4, Carerrajas: 40,7”.

La Cuarta es otro gran cultor de los titulares humorísticos. Un diario de circulación nacional, que informa más o menos de las mismas cosas que los diarios llamados serios, emplea mucho el humor y con singular éxito. Ejemplos de sus aciertos hay miles. A fines de los 80, durante un clásico de Colo Colo contra Universidad de Chile, los barristas del cuadro popular lanzaron a la cancha a un chancho vestido con la camiseta de la U. Carabineros, después de algunos intentos que provocaron las risas del público, logró atrapar al chancho y llevarlo a la comisaría como evidencia. La Cuarta decidió seguir el caso, con lo cual, entre otras cosas, impidió que los policías disfrutaran de un merecido asado esa noche después del partido. Al día siguiente, y debido a que no los habían dejado ver al animal, tituló: “¡Incomunicado el chancho!”. Y siguió con el tema varios días, hasta que por fin el protagonista de la historia fue llevado a una granja donde se le dio un trato especial, gracias a la intervención de la Sociedad Protectora de Animales.

En otra ocasión, y para informar que una señorita había cortado el miembro de su amante en medio de una noche de pasión, tituló: “Vampiresa deja mocho a galán”. Mucho menos efectivo hubiese sido “Mujer enfurecida arranca de un mordisco el miembro a su amante”. El primero es más “directo” y entrega la misma información. Un buen titular debe hacernos sentir gran cercanía con el hecho y muchas veces el exceso de palabras no consigue más que alejarnos de él.

Este tipo de titulares tienen sus antecedentes en la llamada “prensa ariete” de fines de los 60 y principios de los 70. Entonces Clarín y Puro Chile, por la izquierda, y Tribuna y la revista Sepa, por la derecha, no se daban tregua con titulares cada vez más subidos de tono. Tras el triunfo de Salvador Allende en las elecciones de 1970, Puro Chile tituló: “Les volamos la rajajajaja, jeje, jiji, jojo”. Cuando Fidel Castro vino a Chile en 1972, entre muchas actividades visitó Punta Arenas, junto a Salvador Allende. El diario Tribuna tituló: “Fidel: hijo de Puuuuunta Arenas”. Y en el epígrafe decía: “Ayer atracaron Fidel y Chicho”. El día después de la marcha a favor de Salvador Allende en septiembre de 1972, Clarín, en su primera página, decía, arriba de una foto de miles de personas en la calle, con pancartas y lienzos: “Momios, empiecen a contar, pero del millón p’arriba”.

La política era, aunque parezca increíble, lo que con mayor seriedad estilística se tomaban estos medios. Muchos más impertinentes eran en el tratamiento de otros temas. El Puro Chile, quizás el más audaz de todos, a propósito de un crimen pasional entre homosexuales, tituló: “Feroz crimen entre colipatos” y en el epígrafe decía, aludiendo a una ya entonces mítica canción popular, “Sin culpa estoy yo, gitano es mi corazón”. O “A puñaladas le destrozó el popín a su amada”. Y cuando Clarín presentó a una vedette centroamericana, tituló: “Una portorriquena que tiene el porto muy riqueño”. Y en el epígrafe: “Sila Montenegro, aquí la tenéis”.

Sin embargo, una catástrofe puede poner en aprietos hasta al más chistoso. No porque no sea fácil hacer un chiste de una tragedia, sino porque hay cosas de las que parece de mal gusto reírse, al menos en un primer momento. Cuando fue el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York en septiembre de 2001, yo era editor de The Clinic y no sabíamos cómo ser graciosos sin faltar el respeto en una hora tan dolorosa para tantas personas. Surgieron muchas ideas, y aunque siempre resultaban tremendamente graciosas, eran brutales y grotescas. Al final nos quedamos con: “La cosa está mahoma” sobre una foto del desastre. Habíamos salvado el humor y de alguna manera decíamos claramente lo que estaba ocurriendo: que el mundo estaba entrando en una etapa nueva y peligrosa.

Casi inevitables
Muchas veces, sin embargo, el ingenio no tiene cabida. Hay títulos horribles, repetidos, pero inevitables. Cuando la foto es la noticia, por ejemplo, no hay cómo zafar de estampar el titular que ha sido repetido hasta la saciedad. SQP, la revista que publicó las fotos de Cecilia Bolocco desnuda, se vio ante una situación de este tipo hace poco. Tituló “La secreta relación que mantiene Cecilia en su casa de Miami”. Con las variantes del caso, no podía salirse de ese esquema. Hubo muchas sugerencias, pero todas se perdieron. No cabía el humor (alguien dijo que había que titular “Afírmate Menem”). Sólo cabía dar cuenta de la situación que la foto hacía explícita. Cualquier intento por cambiar eso, hubiese sido mal traducido por el que pasa frente al kiosco.

Algo parecido ocurre con los titulares que dan cuenta de la historia desconocida de alguien. “La secreta historia de…” o “La verdadera historia de…” o “La nueva vida de…” o “Yo fui amante de…” son fórmulas difíciles de sacarse de encima. La historia, en estos casos, al igual que en el de la foto, está por encima del titular y seguramente ni todo el ingenio del mundo puede superarla.

También caen en la categoría de inevitables esos titulares que preceden o siguen a grandes jornadas: “Impecable parada militar” o “Chilenos, a las urnas” o “500 mil santiaguinos regresan a Santiago después de Semana Santa”. Sólo un terremoto podría salvarnos de esas portadas.

Se puede fácilmente incurrir en la siutiquería y el lugar común. Demasiadas veces los periodistas caemos en la tentación de utilizar titulares de películas o libros para presentar nuestras crónicas. Creemos que esa fórmula inventada por algún escritor o cineasta describe perfectamente lo que queremos decir. Pura flojera mental. Pero hay que reconocer que la tentación es grande y a veces el cansancio es mucho. El más abusado de todos los títulos en las últimas décadas es, con toda seguridad Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez (ver artículo en páginas 62 a 66). En tiempos anteriores los títulos más parafraseados fueron sin lugar a dudas Las uvas de la ira, usado cada vez que una disputa elevaba los niveles de agresividad entre dos partes, y la novela El espía que vino del frío, utilizado cada vez que algún alemán o nórdico recalaba por estas tierras. París era una fiesta, la novela de Ernest Hemingway, es otra novela abusada, lo mismo que Por quién doblan las campanas, del mismo autor. O la película Los sospechosos de siempre.

A veces la tentación es inevitable, y cuando el título no ha sido muy usado y refleja muy bien un hecho, no hay más remedio que rendirse. Fue el caso de The Clinic cuando Pinochet volvió de Londres, y tituló, arriba de la famosa foto del general llegando a Pudahuel: “Hombre muerto caminando”. En una noticia inventada sobre los dirigentes del fútbol, The Clinic tituló: “Todo sobre esos chuchas de su madre”, parafraseando la película “Todo sobre mi madre”, de Pedro Almodóvar. Lamentablemente, el uso de este tipo de titulares es la garantía de que no serán recordados, pues siempre tendrán antes de ellos a la película o libro que les dio fama y, como veremos más adelante, “fijar ideas” es una de las virtudes que debe tener un buen titular.

Después del Golpe de Estado, como es sabido, todo cambió. En la página de política de La Tercera se escribía exclusivamente del general Pinochet. Los titulares eran correctos, demasiado correctos: “Bonificación general decretó el gobierno”; “Chile presenta hoy un futuro auspicioso, dijo el canciller (Patricio Carvajal) ante Asamblea de la ONU”. Cuando se suicidó Beatriz Allende, el 13 de octubre de 1977, La Tercera tituló en portada: “Se suicidó una hija de Allende”. Y en ese mismo número escribía: “Todo el mundo en pie de guerra para salvar los pingüinos de Algarrobo”. La noticia de la muerte del ex Presidente no fue retomada, pero al día siguiente seguían con los pingüinos: “Piden a S.E. que salve a los pingüinos”.

Los periodistas deportivos son especialistas en usar juegos de palabras relativos a la condición o al carácter de una determinada institución. La Universidad Católica ha sido crucificada cientos de veces y ha ganado un montón de cruzadas. A Colo Colo se le ha parado la pluma en innumerables ocasiones y ha picado desde atrás en muchos torneos. Esto tiene de malo que en la mayor parte de los casos se antepone la idea del titular por sobre la realidad. Pasan a la categoría de ingeniosillos y nada más. Y qué decir de los periodistas hípicos que no conciben un titular sin jugar con el nombre de los caballos.

Donde también se podría aplicar un poco más de imaginación es en los titulares de las revistas de papel couché. Allí, las bellas y famosas caen y salen del pozo a cada rato. Un nuevo amor les cambia la vida o un hijo logra el mismo fin en sus interesantes existencias. Otras veces declaran estar solteras o sentirse plenas.

Y no se trata de que no haya modo de sorprenderse con personajes o historias que parecen sabidos. En una entrevista de revista Fibra a Corín Tellado, la escritora de novelas rosa que con sus historias ilusionó a generaciones de mujeres (recuerdo el título de uno de sus cuentos: “Tu deseo me ofende”. Fabuloso), la mujer, vieja, enferma de la cadera y obligada a dializarse tres veces por semana, en un momento dijo “La vida es una mierda”. Y ese fue el título de la entrevista. La reina de las ilusiones creía, al fin y al cabo, que la vida no valía la pena. Inesperado, ese título invita a meterse en el artículo y cumple la función primordial de un titular, cual es incitar al lector a seguir leyendo.

Las revistas de papel couché, en cambio, nos entregan infinitas versiones de portadas que se pasean por los mismos temas. Algo que está muy mal desde el punto de vista de un buen titular, pero una mirada a la gran cantidad de avisos que venden esas revistas podría echar por tierra toda teoría sobre un buen título basado en la sorpresa, la simpleza, la concreción y la credibilidad. Parafraseando a Corín Tellado no nos quedaría más que declarar que “el periodismo es una mierda”.

En los tiempos de la dictadura militar este tipo de titulares se convirtieron en pan de cada día. La revista Paula, que en los 70 se caracterizó por ser desafiante y frontal, se convirtió en una revista para niñas bien. En cambio, los medios de oposición tenían que andar con pies de plomo sobre las palabras y las instituciones. Todo un desafío para los redactores de Apsi o Análisis a mediados de los años 80. En 1986, después de la muerte de Rodrigo Rojas De Negri a manos de un grupo de militares, Apsi tituló: “Rodrigo Rojas dijo al juez: ‘Me quemaron los militares’”. Una osadía en esos años, que les debe haber costado más de un susto.

Hoy es muy diferente. Cuando murió Pinochet en febrero del año pasado, el periódico El Guachaca cometió la incorrección de incluir signos de interrogación y de exclamación en el titular, pero de todas maneras fue uno de los más comentados: “¿Qué le faltó al finado? ¡Salud!”, escribieron en la primera página. En todo caso, probablemente ese titular no pase a la historia, pues contenía más humor que verdad. Eso es capital para que una frase pase a la posteridad. Los dichos populares son el mejor ejemplo de ello. Son, en general, divertidos e ingeniosos, pero además de eso, y sobre todo, son verdad.

Otros modos, otro lenguaje
A principios del siglo XVIII, el titular de prensa no tenía prácticamente ninguna importancia. El Monitor Araucano informaba de las actividades del ejército y del gobierno y prescindía de titulares, al menos como los entendemos hoy. La letra del encabezado era quizás, cuando tenía título, un poco más grande que la del artículo. El martes 7 de junio de 1814 denunciaba actos de corrupción, de la siguiente forma. “Advertencia. Sobre el cobro de mesadas”.

El Diario Ilustrado, fundado menos de un siglo después, en 1902, en su segundo número y a raíz de una huelga de cobradores y conductores de tranvía que terminó en duros enfrentamientos con la policía, se muestra ponderado y cita fuentes de todos los involucrados. A principios del siglo XX el lenguaje era otro, aunque los temas parecen ser los mismos. Huelgas de estudiantes, clubes que no quieren prestar a sus jugadores a la selección de fútbol, denuncias de corrupción, promesas que no se cumplen, etc.

Revisando La Segunda de julio de 1957 encontramos los siguientes titulares: “Reanúdanse gestiones para bloqueo político de gobierno”; “Abórdase crisis en el PAL (Partido Agrario Laborista); “Intentó por dos veces matarse: logró su objetivo”; “Detenida una peligrosa banda de escaperos”. A propósito de la persistencia de dos jugadores viejos en el campeonato profesional de fútbol, titulaba “Cómo vuelan los pícaros años”. Y cuando el presidente de Guatemala, Carlos Castillo Armas, fue muerto a manos de uno de sus soldados, La Segunda tituló en verde y a cinco columnas: “Espectacular el asesinato”.

Cuando el ministro de Economía de Carlos Ibáñez, general Horacio Arce, pidió a los funcionarios de la Superintendencia de Abastecimiento y Precios (SAP) que fueran más honestos, La Segunda tituló: “Ministro Arce pide moralidad”. El ministro se excedió al asegurar que algunos de sus funcionarios se vendían por un sándwich. La respuesta de los empleados no se hizo esperar y al día siguiente, en el mismo diario de la tarde, respondieron: “El personal de la SAP no se vende por un sándwich”. Veinticuatro horas después, secretario de estado y funcionarios se reunían a conversar el asunto. La Segunda tituló así: “Ministro Arce explica caso del sándwich”. Se trataba del caso puntual de un funcionario que había hecho la vista gorda con los precios de un restorán, a cambio de mercadería.

En los 70 algunas palabras como “juvencia” o “escaperos” habían quedado atrás. Y por supuesto que se habían cruzado ciertas peligrosas fronteras. En octubre del 72, Clarín titulaba: “Para que los trabajadores no lo olviden; momios y DC están atrasando de adrede el reajuste”, utilizando el clásico punto y coma, despreciable a los ojos de hoy. Y por esos días también decía: “En diez días los trabajadores aumentan 25 por ciento la producción de pollos; ¡Háganme ésa!” o “Borracho le pegó dos tiros a su mujer: RIP”.

Después del golpe de Estado, como es sabido, todo cambió. En la página de política de La Tercera –pues era sólo una página– se escribía exclusivamente sobre las actividades del general Pinochet. Los titulares eran correctos, demasiado correctos: “Bonificación general decretó el gobierno”; “Chile presenta hoy un futuro auspicioso, dijo el canciller (Patricio Carvajal) ante Asamblea de la ONU”. Cuando se suicidó Beatriz Allende, el 13 de octubre de 1977, La Tercera tituló en portada: “Se suicidó una hija de Allende”. Y en ese mismo número escribía: “Todo el mundo en pie de guerra para salvar los pingüinos de Algarrobo”. La noticia de la muerte de la hija del ex Presidente no fue retomada, pero al día siguiente seguían con los pingüinos: “Piden a S.E. que salve a los pingüinos”.

Sólo en las páginas de atrás se permitían ciertas licencias. “Gran revuelo gran con arribo del Chapulín”. Y cuando Elías Figueroa era tentado para irse a jugar a Estados Unidos, la mujer del crack señalaba “Si Elías se va al Cosmos tendrá que irse solo”. Una nota cultural del 12 de octubre de ese 1977, señalaba: “Colón era mallorquín e hijo natural del príncipe de Viana”. Seguramente una mentira, pero tiene todos los elementos de un buen titular. Es directo, simple y sorprendente.

El poder de la frase
Todos tenemos almacenadas en la cabeza ciertas frases que han marcado nuestro destino o nuestra manera de mirar el mundo. Son los inolvidables titulares de prensa del diario de nuestras vidas. Piense en los hechos de su vida y póngalos en letras de molde. El día en que leyó el libro que le cambió su modo de pensar o cuando vio la película que lo identifica porque usted es el protagonista; una frase que se le quedó pegada para siempre, pues explica muchas cosas. Piense en cómo daría a conocer su matrimonio, el nacimiento de su primer hijo, un viaje, el día que le tocó presenciar un asalto, la noche en que casi se mata en un accidente de autos.

Se trata de capturar los hechos que le ocurrieron un día en que la historia dio un giro. Alguna frase dicha en la intimidad, que nos abochorna o nos hace sentir orgullosos. Conozco a alguien que sufre porque su padre le dijo alguna vez que él era el hijo que más quería: “Jamás debió decirme eso”, suele confesar. Está también la noche de lluvia en que fuimos rechazados: “Me rompieron el corazón”. Sé que el dueño de un restorán del barrio Bellavista, cada vez que entra en conversaciones profundas sobre la vida, saca a colación la película “Danza con Lobos”, pues estima que su contenido y sus diálogos son indispensables para comprender las cosas. Hay otro tipo que mete el “Efecto Doppler” en cualquier conversación. Sé de alguien que cree que no hay situación que no pueda ser explicada por algunas de las miles de frases de las canciones de Joan Manuel Serrat.

Alguna vez leí que el historiador Ricardo Krebs, en su juventud, asistió a una multitudinaria reunión en un estadio, con Adolph Hitler, y dice haber quedado aturdido, pues tuvo la impresión de que Hitler le había hablado personalmente a él. Pueblos enteros se han movilizado gracias a una sola frase, que luego fue titular de prensa y lo siguen siendo hasta nuestros días. Quizás esta sea la principal característica de un buen titular, de una buena frase, que viene a ser más o menos lo mismo: la provocación. Pero no siempre hay el tiempo suficiente ni el ánimo para estar toreando a todo el mundo. El periodismo puede ser rutinario, es cierto, y a veces los temas no dan ni siquiera para pensar en grandes ideas. En esos casos, que son muchos, sugiero simplemente escribir lo que corresponde.

Guillermo Hidalgo ha sido editor de The Clinic y revista Fibra. Actualmente es periodista de La Tercera y académico de la Escuela de Periodismo UDP.

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