Un berenjenal de palabras

Hace unos años le escuché decir a Rafael Gumucio que en Chile siempre había alguien traduciendo La tierra baldía. La observación no es exagerada: recordando atentamente me doy cuenta de que siempre he conocido a traductores ad honorem de Eliot, tipos cuyo motivo principal no tiene que ver con la publicación de sus trabajos, sino simplemente con el ejercicio de hacerlos. Uno de ellos llegó incluso a traducir aquellos versos que Pound eliminó de la versión original. Otro nunca ha terminado su traducción por no dar en castellano con la equivalencia exacta del verso the river’s tent is broken. Es extraño, pero La tierra baldía opera entre nosotros como un libro iniciático, una especie de catalizador espiritual. Todo lo que cuando jóvenes entendimos –inconscientemente o a tientas– como poesía lo ratificamos en los sucesivos espejismos de sus páginas.

Insisto en que es extraño que, teniendo nuestra propia y radiante tradición poética, los chilenos manifestemos una secreta afinidad con la obra de Eliot, en cuyas invocaciones encontramos fluidez y claridad. Eliot no parece haber tenido alguna clase de relación con Chile, salvo por el hecho de haberse encontrado en una comida con Gabriela Mistral en Londres el año 45 o 46. La situación fue desastrosa: la Mistral no hablaba inglés, y como Eliot le cayó pésimo se puso a hablar a toda velocidad en un castellano taponeado de localismos, logrando que la traductora hiciera agua. Fue una agresión directa.

Pienso en estas cosas con el propósito de presentar a Niall Binns, porque no es difícil imaginar que a Binns le interesan los fenómenos asociados a la traducción: las zonas de intersección que pueden surgir entre una lengua y otra, tanto como las barreras imposibles de sortear. Niall Binns, inglés que vive en España, no solo se ha dedicado en los últimos años al estudio y/o difusión de tres poetas chilenos inevitables –Parra, Lihn, Teillier–, sino que sus propios poemas los escribe en castellano.

Es posible que la dificultad de expresarse en un idioma ajeno termine siendo un aliciente para el proceso creativo, una manera de objetivar las intuiciones poéticas. Es posible que las ideas que se tienen sobre la poesía –que a veces funcionan como trampas– prosperen estrictamente «en el seno de la lengua materna» y sea necesario «desembarazarse» de ellas para encontrar un camino en un berenjenal de palabras.

Beckett se cambió, a mediados de los años cuarenta, del inglés al francés, precisamente porque en inglés no podía evitar hacer poesía, mientras que el francés le proporcionaba la posibilidad de escribir sin estilo. En un caso distinto pero equivalente, Adolfo Couve se decidió a pasar de la pintura a la literatura porque le resultaba muy fácil pintar y muy difícil escribir. Niall Binns ha dicho que con el cambio de lengua puede experimentar la sensación de ser otro, de contar con una

segunda personalidad. Más allá de la evidencia que puede mostrar el pasaporte, un mismo sujeto no sería tal cuando ha logrado entender profundamente una lengua extranjera. Me interesaría, en este sentido, averiguar si Niall Binns sueña en castellano o en inglés. Como fuere, algo adelanta sobre sueños en uno de sus poemas: «A la mierda tu miedo de quedarte dormido / soñar sueños freudianos / freudianamente interpretados / y volver a soñar el horror de tus interpretaciones».

Cambiar de país, cambiar de lengua, cambiar de oficio o de estado ontológico: los escritores se complican la vida. Eliot fue lo que entre nosotros se llama un transplantado, un norteamericano reformateado en versión británica, al igual que Henry James, quien había hecho algún intento de transplantarse en París (y en el francés), pero que terminó encontrando un suelo más espeso y fértil en Inglaterra. Aun así, según Pritchett, cuando se sentía contento en Londres exclamaba: Je suis absolument comme chez moi! (¡me siento como en casa!).

Para mí, Niall Binns era inicialmente un nombre impreso en las portadillas de algunas ediciones recientes de los poemas de Nicanor Parra. El primero en hablarme brevemente sobre él fue mi amigo Neil Davidson, poeta y traductor inglés radicado en Ñuñoa. Le pregunté a Davidson cómo lo había conocido y me contestó: «Lo vengo siguiendo a causa de una serie de coincidencias: ambos somos ingleses con nombres escoceses, ambos escribimos en castellano y, por último, ambos nacimos en 1965». A propósito: Davidson acaba de terminar una traducción al castellano de El naufragio del Deutschland, de Hopkins, empresa lingüística de una complicación total (debo decir que, probablemente a causa de su trasfondo católico, la poesía de Hopkins en castellano tiene resonancias de los versos más oscuros de Gabriela Mistral).

Leer los textos de Niall Binns sobre Nicanor Parra es una experiencia favorable y recomendable. Nosotros tenemos a Parra demasiado encima y muchas veces nos enredamos en los conceptos derivados de la obra de quien habla con nuestra propia habla. Binns tiene un notorio talento para organizar en un flujo cerrado aquello que vislumbramos como un universo caótico.

Me da la impresión de que, más allá de los doctorados y de su permanencia en el mundo académico español, el interés de Niall Binns por Parra, por Lihn, por Teillier tiene como origen la gratuidad total y el entusiasmo que surge al descubrir un pequeño mundo oculto en medio de un berenjenal de palabras.

Puedes continuar con...