Tito Mundt Partes de una vida

Ninguna vida digna de ser contada está libre de contradicciones.

Tito Mundt era periodista. No director, no cazanoticias, no redactor, sino periodista a secas. Pero uno hecho de opuestos, de contradicciones, de partes.

Porque Mundt viajaba para volver.

Porque aplaudía lo moderno añorando lo ido.

Porque repetía los temas alabando la originalidad.

Porque soñaba con Europa y su pasado pero defendía, incluso con los puños, la novedad de Chile.

Porque exigía la verdad contando mentiras piadosas.

Porque requería lectores atentos ante su dispersión.

Porque, finalmente, era un hombre como todos, uno que –como escribió en un perfil del año 1955– «tiene vicios y fallas. Se equivoca y vacila. Es solo humano».1

Vestido de abrigo beige, sombrero y un cigarro colgando de los labios, en medio de cafés y noches de bohemia, Santiago Mundt Fierro, Tito, el Loco, nacido en la segunda década del siglo xx, encarnaba en su andar el prototipo de reportero hollywoodense al tiempo que construía uno de los personajes más entrañables del periodismo chileno. «La gente opina que los periodistas tienen cara de periodistas. Se visten, comen, fuman, piensan, andan y viven como periodistas. La culpa de esto la tiene el cine. El repórter yanqui tiene que trabajar en mangas de camisa, poner los pies sobre la mesa, fumar pitillo tras pitillo, usar un mechón de pelo sobre la frente, no sacarse jamás el sombrero…», escribió.2 Y ese es, tal vez, el mejor esbozo de sí mismo, un patrón repetido pero original que destaca en otros lo que de él mismo desconoce.

La repetición de los temas y el estilo de las columnas de Tito Mundt responden a su personalidad, a su andar ligero, a no parar jamás, a caminar todos los caminos posibles y sus bifurcaciones, andando y desandando las rutas, repitiendo los golpes a las mismas piedras para llegar al periodismo puro. «Ser periodista es un destino solitario y solemne en que muchas veces se lucha con la conciencia y la máquina de escribir, para decir la verdad y solo la verdad», decía este antiguo estudiante del Colegio Alemán y del Liceo de Aplicación de Santiago. Con ese objetivo en mente no podía detenerse. Porque rara vez la verdad asoma; hay que machacar la piedra, excavar complicidades, desenterrar pactos, mirar desde todos los ángulos para descubrirla. Y hay que ser rápido para cogerla antes de que escape.

Moviéndose de un lugar a otro, buscó y rebuscó lo que le apasionaba, mudando sus pareceres sin temor de desmentir algo que antaño defendió a rajatabla. En su propia defensa solía repetir la cita de Nietzsche: «Una serpiente que no cambia de piel perece». Y cambió de trabajo, de país, de estaciones de radio y de candidatos políticos en incontables ocasiones. Peregrinó por todos los escalafones periodísticos (no por eso de un modo ascendente) en las revistas Zig-Zag, Ecran, Margarita, Sucesos, Desfile, Vea (subdirector), Topaze, Pobre Diablo y Extra, entre otras. Escribió en los diarios La Tarde (ayudante y fundador), Las Últimas Noticias, La Nación y La Tercera de la Hora (donde llegó a ser subdirector). Habló en las radios Corporación, Yungay, Del Pacífico, Bulnes, Magallanes y Cooperativa. Mostró su imagen en Canal 9 y Canal 13 (en los programas Telenoche y A esta hora se improvisa). En Argentina entintó las páginas de Rico Tipo, Democracia, Clarín y Sintonía, y en España mostró lealtad al diario Pueblo. Si esto fuera poco, publicó trece libros, entre los que destacan Memorias de un repórter, el libro de perfiles Yo lo conocí, una biografía de De Gaulle, el relato de viajes De Chile a China y la novela Papel manchado, de 1966, que augura un golpe de Estado en Chile, además de uno por entregas en Pueblo y dos que dejó inéditos al morir.

Hernán Millas al asumir la dirección de Topaze: «Solo pensé en dos tipos capaces de hacer buenos artículos en pocos minutos: Tito Mundt y Eugenio Lira Massi».

Su vida era el periodismo y sabía que el tiempo, siempre, se acaba. Debía apurarse, no quedarse quieto, cubrirlo todo; una manera de vivir a la que debe su legendaria ubicuidad.

Su hija Bárbara me escribió en un correo: «De chico fue siempre inquieto, metete, intruso. Apegado a su carácter fantasioso y muy buen lector. Quería saberlo todo, hablar con todo el mundo. Uno de sus lemas, que repetía sin cesar, era “Viva la vida, muera la muerte”, frase que lo refleja de cuerpo entero. Tenía un ansia por tragarse el mundo. Otra de sus frases era “No hay tiempo; nunca hay tiempo”».

La característica más recordada de Mundt es la velocidad con que se movía, hablaba, fumaba, escribía. En el mismo correo, Bárbara dice que «las ideas en su proceso mental viajaban muchísimo más rápido que el habla, lo que, junto a su asma crónica, fue la razón de su locución tipo ametralladora». Llegaba a tal punto esta característica que incluso él mismo «estaba orgulloso de ser quien más rápido hablaba en Chile», como me dijo Germán Marín. También de ser el más rápido con la máquina de escribir. «En mi vida pulvericé varias máquinas», reconoció. O, como escribió Osvaldo Murray a tres años de su muerte: «[Tito] era inquieto por sobre todas las cosas. Creo que jamás se entibió el suelo bajo sus pies».

Y como esa metáfora, algo común, conocida por todos, era su estilo, su marca en los diarios: la comparación inmediata y para todo público, entendiendo la crónica como parte de una conversación en una plaza cualquiera y que le hizo merecedor, en 1956, del Premio Nacional de Periodismo mención Crónica, y de que miles de lectores desfilaran ante su ataúd para cuando su trágica muerte.

Maestro de la variación

Tito Mundt constantemente destruía lo que había edificado, incluida su propia carrera periodística. No temía volver a empezar de cero. Es más, esa era su forma de avanzar. «Tito fue reportero, columnista, jefe de redacción, subdirector y director. No puede decirse de él que hiciera técnicamente carrera, pues tal como era su vida, subía y bajaba en los peldaños de los escalafones sin perder en nada su dignidad y su calidad», dijo Emilio Filippi en su discurso fúnebre. Y bien lo resume Germán Picó Cañas al recordarlo a días de morir, cuando dice que Mundt «quería renovar todo lo que estaba a su alrededor. En medio de estos andares, a veces pasaba como una tromba por las salas de nuestra redacción y dejaba a todos impregnados de dinamismo, de deseos también de salir a recorrer los cuatro caminos, de enarbolar las banderas del ideal y salir a la calle gritando, aunque muchas veces no supiéramos por quién o para qué íbamos a gritar. Pero había que gritar; había que innovar, que despertar conciencias, que abrir nuevos caminos; y en el momento mismo en que parecía que estábamos todos de acuerdo, Tito Mundt, el inconformista, aparecía de nuevo para salir a gritar por una cosa diferente».3

Porque Mundt respondía solo ante sí mismo (lo que en parte explica tantos cambios de trabajo, de casa, de juicios) y se preciaba de su libertad. En una carta de Enrique Ramírez Capello a Bárbara se lee que era un «reportero de ejercicio personal. Desarticulador de cinismos, infractor de protocolos, fugitivo de boletines y conferencias de prensa. (…) No avisaba a sus editores del diario ni de la radio. Ni a tu madre. Llamaba de un aeropuerto en llamas, la antesala de un Presidente europeo, la celda de un asesino…».

Y así iba el Loco por la vida, armando y desarmando maletas según donde lo llamara la noticia, repitiendo temas, ensalzando personajes, doblando las esquinas, recibiendo premios, haciendo amistades. Pero sin importar el lugar desde donde escribiera su columna, crónica o artículo, mantenía su estilo, esa «prosa liviana y metafórica, que machaca los adjetivos y las repeticiones, dinámica», como dijo el crítico Ricardo Latcham. O, parafraseando a Alberto Spikin-Howard, «ese estilo brillante, actual, de frases cortas; rápido, repetido e improvisado. Le conocemos como treinta variaciones de un mismo tema. Es maestro de la variación y muy aficionado a los superlativos y la exageración». Como ejemplo, leemos en su crónica sobre el aniversario de la toma del Morro de Arica:

Hace años, unos gallos se tomaron el cerro. Los gallos se llamaban los chilenos y el cerro era el Morro de Arica. Un capitán inglés, que estaba en la rada en aquellos días tricolores de 1879, hizo una apuesta con un capitán francés de que los chilenos se lo tomarían en una semana. El francés contesto despectivamente: «No se lo tomarán jamás». Los chilenos (tome nota, amigo lector) se lo tomaron en 45 minutos. En 45 minutos treparon las gibas, saltaron sobre las minas enterradas en la tierra, pusieron a medio mundo manos arriba, cruzaron como celaje de acero con la bayoneta en la mano y finalmente clavaron la estrella solitaria entre las demás estrellas. En ese tiempo Chile no era un país triste y amargado, sino una gran Nación. (…) ¡Ah, los chilenos…! En ese tiempo no querían jubilar a los 40 años, ni hacían colas frente a las micros. No andaban con los ojos quemados por la envidia y creían en la pana y en el coraje. La guerra la hacían los civiles vestidos de militares, y en las penumbras de las tardes más emocionantes había unas novias que no fallaban y que le pedían a su amado únicamente un parche sobre el pecho. Y los parches se llamaron Chorrillos, Miraflores, Tarapacá, Huamachuco, La Concepción, Iquique y otros lugares que Dios tiene en su velador, a la diestra, como recuerdo de lo que fue un gran país».4

Es difícil ser objetivo al retratarlo, porque alabar sus invenciones engrandece su biografía. Se difuminan los límites de la verdad, pero gana el personaje. Porque su prosa era también una extensión de su persona. Rápida, ligera, basada en la máxima –una de sus cruzadas– de escribir sobre todo lo que veía de una forma simple y profunda en vez de compleja y superficial. Era bueno para los tragos («es en la noche cuando se conoce una ciudad. Yo conozco casi todos los cabarets, bares, boîtes, cavas y discotecas del mundo. He estado en 42 países y le he sacado el jugo a la noche»). Dejó a su novia a menos de un mes del matrimonio para terminar casándose, en la misma fecha, con Kanda Jaque, quien lo atendió cuando fue a comprar el vestido de la novia original. Soñador de contratos en la BBC y en revistas de todo el mundo, que nunca llegaban. Escritor de hasta doce crónicas diarias. Profundamente moderno, pero cargado de nostalgia: un moderno reaccionario, podría decirse. Lo movía lo común del día a día, el resfriado, la llegada a Chile del hula-hula o la calculadora, e imprecaba contra los sesudos editoriales de diario, las frases de palabras intrincadas, lo que detuviera al lector. Ese no era su periodismo.

Bombardero del lugar común, se debía solamente al lector, quizá la prueba irrefutable de que aún hoy se lo recuerde como un gran personaje del periodismo de otras épocas. Escribía para el lector de a pie, quería que todos comprendieran lo que leían, y jugaba con ese registro de la calle.

Cuando usted va a una tienda y le entregan una rutilante tela «Made in USA», o una colonia que viene llegando de París en línea recta, o una corbata de la más sensual seda de Italia. O una miniatura china que llega hasta con los ojos estirados y el cutis con ictericia, usted sabe, amigo lector –lo sabe aunque se haga el leso–, que lo están robando en despoblado. Y lo que es más grave, con su consentimiento. (…) Cuando a usted, finalmente, le piden que no ande amargado y con cara de entierro por lo que pasa en Chile, y que sea joven y optimista, y al mismo tiempo lee que han robado en la ETC, en la Casa Nacional del Niño, en la Caja A, B o C, usted sabe, amigo lector, que le han metido, no el dedo, sino la totalidad de la mano en la boca. En una palabra, los 6 millones de habitantes de esta larga e ingenua faja que se asoma a la cordillera y al Pacífico, tienen la sensación todo el tiempo, a toda hora, en todo momento, que alguien les está robando algo. Usted sabe lo que es ese «algo». Lo malo es que usted ignora quién es el «alguien» que lo cogotea en público y a la vista de los carabineros. Claro, amigo lector, que el día que usted sepa quién es… ¡Ah… ese día…!».5

Porque era el lector el que, finalmente, compraba el diario; no había para qué aburrirlo o desmerecerlo con palabras que nadie entendía: «Y eso, amigo lector, que el público chileno es enfermo de gravedad y de cierta hueca solemnidad de padre de la patria al dos por mil, que cree que hay que andar con cara de entierro para que la gente los tome en cuenta».6

Él no era así. Entendía que el periodista se debe a la noticia, y la noticia, al lector. Por ende, debía tenerla en el momento justo. El problema es que para eso muchas veces debe forzarla. Algunos clamarán por un uso deshonesto, pero esos serán, justamente, los periodistas. No los lectores. Y por ello, por ejemplo, Mundt se vio en la obligación –ya que el tren había demorado su salida– de profanar la tumba de un ajusticiado, cuando aún existía en Chile la pena de muerte. Tenía que tener, cómo no, la foto que ilustrara el artículo. (Valga la aclaración, luego devolvió al difunto a su lugar con todos los cuidados pertinentes. Si no lo hubiese contado él mismo, nadie lo hubiese sabido jamás.) Y precisamente su vida se movía en ese continuo que era «mitad realidad, mitad fantasía. No era cierto todo lo que contaba Tito Mundt. Pero agradaba creerlo. Había que aceptar su relato, porque él lo creía. Era esa su verdad», escribió René Olivares, uno de sus grandes amigos, colega en la revista Topaze y director de La Tercera de la Hora.

Cierta vez, mientras Mundt vivía en Argentina, el director de una importante revista le pidió «alguna cosa, para ver lo que usted hace». Tito le propuso más de veinte reportajes, dejándolo agotado con tantas ideas. A los pocos días llegó a la revista con los reportajes hechos. El director, sorprendido, le dijo que los leería y que volviera en una semana. Mundt no aguantó la semana de espera. Ante las excusas del director supo que algo pasaba: los había perdido en un taxi y no se animaba a decirle. Cuando finalmente reconoció la pérdida, Mundt, con una sonrisa, le dijo: «No importa. Los vuelvo a hacer». Se sentó frente a la máquina y comenzó a teclear. Lo contrataron, por supuesto.

De la misma opinión fue Hernán Millas al asumir la dirección de Topaze: «Solo pensé en dos tipos capaces de hacer buenos artículos en pocos minutos: Tito Mundt y Eugenio Lira Massi».

No latee

Pero en esos pocos minutos no se alcanza a calibrar toda la información que es necesaria. Y por eso en Mundt, que apresuraba los juicios porque «tenía que darlos», encontramos fallas flagrantes y augurios délficos. Él quiso buscarle una explicación a ese apuro, o dos, mejor dicho. La primera es trascendente: «Hablo rápido porque pienso igualmente rápido y vivo con la máxima intensidad antes de montar en micro y partir tristemente por la avenida de la Paz». La otra se debe a la práctica: «Cuando trabajé en la Bolsa de Comercio hace años, se me pegó la manera de hablar del martillero. Más tarde en el periodismo creí que las cosas había que entregarlas al tiro para que llegaran velozmente a las máquinas y partieran en el mínimo de tiempo a la calle».

Jorge Edwards cuenta que, en uno de sus tantos viajes, Mundt envió a Chile la crónica del Día de Francia.7 En este escrito los aviones sobrevolaban la ciudad y los alegres franceses vitoreaban al general de Gaulle, cuadrándose ante él y cantando contra el traidor Pétain. El único problema era la fecha: la crónica la escribió el 11 de julio y el Día Nacional de Francia es el 14. Pero Mundt era periodista (esa era su explicación, según quien cuenta la anécdota) y la noticia debía estar en el momento justo, no dos o tres días después. «¿Qué pasa si llueve?», le habría preguntado Edwards. «No importa, en Chile nadie lo sabrá.»

En una columna posterior, el 4 de abril de 1966, escribió: «Un país falto de imaginación tiene que recurrir a la memoria». Pero si damos vuelta esa frase y escribimos «Un país falto de memoria tiene que recurrir a la imaginación», nos acercamos bastante a su figura. Ese es el péndulo, o uno de ellos, por cuyo eje caminaba: si conocía los datos, si estos agrandaban la historia que quería contar, echaba mano de ellos. Y era un hombre de una cultura bastante amplia. Pero si no los tenía, y una cosilla por aquí, otra por allá engancharían al lector, no hacía ascos en recurrir a ellas. «Porque cuando no pasa nada, los periodistas igual deben llenar sus páginas», decía. Porque el periodista, en su concepción,

tiene mentalidad de taxi y de semáforo. Corre detrás de la noticia desde que salta de la cama y sigue a través del día como un bólido por las partes más inverosímiles. Cada cosa es noticia. (…) No hay tiempo. Nunca hay tiempo. (…) Ponemos el oído atento. Solo un segundo. La máquina de escribir abre su teclado blanco sobre fondo negro y nos llama mudamente. Hay que escribir una nueva crónica. Suena una sirena. Incendio a tres cuartos de hora del centro. Montar en jeep para llegar más rápido. Doblamos en una esquina. Pasa una mujer bonita. Sonríe. No importa. La noticia está antes. (…) Dan ganas de bajarse y seguirla. No se puede. Nunca se podrá. El reloj nos indica secamente que la hora avanza. Cae la noche. Volvemos al diario. Nos llaman del taller. Nos gritan del teléfono. Clama la radio. Vibra la pantalla de TV. Hay que estar al pie del cañón. No dejar pasar nada. (…) Y el tiempo no para. No se detienen las radios. No frena la TV. No enmudece el teléfono. El río de las noticias sigue corriendo y nosotros nadando desesperadamente dentro de él.8

Para cumplir con esos requisitos, pues, se ha de tener claro que «el primer deber de un periodista no es solo informar y dar datos, cifras, nombres, apellidos, números de carnet, direcciones, fechas, etcétera. Su labor, básicamente, consiste en entretener. No saca nada un articulista o un escritor con ser serio y profundo, artillado de documentos y de pruebas si no llega al lector. Parece obvio, pero es una verdad más difícil de lo que parece a primera vista. Si usted no entretiene y hace bostezar al lector, está perdido. No latee, amigo alumno de la Escuela de Periodismo. No se refugie en el diccionario ni en la helada gramática. Viva usted mismo al escribir y haga vivir al lector. Apasiónelo, cree una corriente entre la página que escribe y el señor que la lee. No hay más fórmula mágica».9

En uno de sus viajes escribió la crónica del Día de Francia. En su texto los aviones sobrevolaban la ciudad y los alegres franceses vitoreaban al general de Gaulle, cuadrándose ante él y cantando contra el traidor Pétain. El único problema era la fecha: la crónica la escribió el 11 de julio y el Día Nacional de Francia es el 14.

Esa corriente entre lo escrito y lo leído, junto a otros aspectos como sus juicios exagerados, la invención del drama en lo corriente, ser coetá- neo con «el momento más importante que ha vivido el mundo» (cosa que cualquier periodista habría de tener como piedra fundacional, según él), sacan risas, hacen desfilar ideas y posturas y crean un corpus crítico que consciente o inconscientemente hará pensar en lo actuales que parecen sus crónicas, haciéndolo más que digno de una relectura. Escribió en sus crónicas de hace más de medio siglo sobre la inseguridad ciudadana, la irrupción de palabras extranjeras en el idioma, la recurrencia del lenguaje (el 9 de febrero de 1964 escribía que «las frases parecen de ahora, pero las estoy copiando de viejos diarios y revistas de hace 50 años»), la gravedad del peatón que camina mirando al suelo, el gusto del chileno por las bienvenidas y despedidas –o cualquier instancia que dé una excusa para descorchar una botella–, la desigual importancia que se daba en la prensa al fútbol o al escándalo de una celebridad, y sobre el terrible «pero» nacional:

No hay palabra más típica en Chile que la expresión «pero». Cuando hablamos bien de alguien, soltamos una andanada de adjetivos positivos y hasta de piropos entusiastas, pero llegado un momento nos detenemos con una técnica de perfecto suspenso cinematográfico y largamos la famosa, la terrible, la hiriente y quemante palabrita. «Sí…, Fulano es genial para los negocios, pero…». «Zutano es un escritor de primera línea, pero…». «La Mengana tiene lindo cuerpo, pero…»

Maleta andariega Hasta aquí el periodista global. Veamos ahora al viajero chileno, cuya receta consistía en que él viajaba para volver a Chile, la tierra que había acogido a sus abuelos alemanes, italianos e hispanos, y la que aprendió a leer para jugar con sus lugares comunes y defenderla en el extranjero. A tal punto que un día frente a la tele en España, a comienzos de la década del 70, vio que Raúl Matas echaba pestes contra el nuevo orden político de Chile. Impulsivo, tomó un taxi e irrumpió en el estudio, en vivo, contrariando todo lo dicho por el presentador. Le parecía una traición hablar mal del país en territorio extranjero, porque ante todo, y a pesar de sus viajes y prolongadas estancias en otros países, Mundt era chileno y Matas no lo estaba siendo. Solo un chileno dentro de Chile puede hablar mal del país. En el extranjero uno debe aceptar las reglas del lugar, conocer los sitios icónicos, sentarse en una taberna, conocer sus boîtes. En el extranjero desaparecían los pesares de la patria y aquello que le molestaba, y cambiaba el motivo de envidia, escondiendo la suya para decir a españoles, franceses e ingleses que habían tenido muy mala suerte de nacer en Europa. Porque al igual que los naturalistas, Mundt sabía que Chile había moldeado su carácter. Como dijo Emilio Filippi en el discurso ya citado, Mundt era un viajero impenitente, pero antes que nada era un chileno errante que «llevaba nuestra nacionalidad con una dosis sobrecargada de sano nacionalismo a todos los rincones del mundo».

Soñador de contratos en la BBC y en revistas de todo el mundo, que nunca llegaban. Escritor de hasta doce crónicas diarias. Profundamente moderno, pero cargado de nostalgia: un moderno reaccionario, podría decirse.

En una crónica sobre el Gringo Horsey, corresponsal de United Press para Latinoamérica, escribió: «[Cuando llegó] sabía tanto de Chile como la mayoría de sus compatriotas. Es decir, que los hombres andaban con plumas y las mujeres con taparrabos». Y le encantaba partir de esa suposición para lanzarse en alabanzas. En un diario chileno podía decir: «Chile tiene mentalidad de vicepresidente… Ganamos todas las batallas menos la última, que es justamente la decisiva». Pero afuera, en sus viajes, debía rectificar –otra de sus cruzadas– esta visión. Y fue una tarea que se tomó a pecho y en la que sublimó su característica exageración, por ejemplo al reeditar en el diario Pueblo de España una columna escrita hacía tiempo «sobre un pueblo chico de mi país. (…) Los catapilcanos nacen, se casan y se mueren. Una tierra fresca y recién arada recibe sus huesos… y se van al cielo. Todos se van al cielo. No hay noticias de que haya habido un habitante del pueblo que se haya ido al purgatorio o al infierno. Nacen buenos. Viven buenos. Y se mueren buenos…».10

Mundt soñó y escribió constantemente sobre Chile. Alababa aquello que le parecía bien y ensalzaba la pana de su gente del mismo modo que promovía cambios y agitaba banderas que derribaran la inercia. Atacaba al chaqueteo, el mundo de las reuniones, las injusticias judiciales, el olvido nacional y el histerismo que embargaba a Chile con la muerte de algún compatriota notable. Por ejemplo, tras la muerte de Gabriela Mistral: «Hay radios que quieren cambiar de nombre para llamarse “Gabriela Mistral”. No ha faltado el diligente edil que quiere reemplazar el típico nombre de una calle llena de tradición y de historia por el de la poetisa. Con el tiempo se llegará a pretender cambiarle el nombre a alguna ciudad del sur. Se barrerá todo. Se pulverizará la tradición. Quedará con los huesos deshechos el buen sentido. Ahora todo en Chile “suena” a Gabriela».

No alcanzó a hacer todo lo que quiso ni pudo dedicarse de lleno a la literatura en una villa andaluza. No hubo tiempo. Una tarea sí alcanzó a cumplir: «Yo me llamo Santiago Mundt. Me puse Tito hace años para teclear a máquina a gusto y llegar a ser eso que resplandecía a través de mis más lejanos sueños de muchacho y que se llama “ser periodista”», escribió en 1967. Y de esos lejanos sueños de niñez, al recordar las cabriolas que dio en los lugares más insólitos de Santiago, como los arcos del puente Pío Nono, o al espantar a su abuela al andar por las canaletas de su casa de Libertad 450, le llegaría la muerte. Solo una vez el Loco perdió el equilibrio. Fue la única. Y fue fatal.

Según relatos de testigos presenciales, alrededor de las 17 horas, Mundt se levantó y caminó por la terraza [del piso 12 del restaurant Sportsman Club, en Estado 215, esquina con Agustinas]. Repentinamente resbaló y se precipitó al vacío, pasando por encima de una baranda de protección de escasa altura y rebotando en una saliente del piso inferior, la que desvió su caída hacia la calle pese a su desesperado intento por aferrarse a los pilares de un toldo que allí había. Ante el horror de los transeúntes de esa céntrica esquina, su cuerpo cayó encima del taxi Simca 1000 manejado por Maximiliano Negrete, y provocó heridas de consideración a Gladys Fantuzzi, que en ese momento se aprestaba a ocupar el coche.11

Años antes había escrito: «Ahora que me voy, y que afuera está esperando un auto con el motor en marcha y una maleta andariega, quiero despedirme de los amigos del diario y de los lectores, cuya mano jamás he estrechado, a través de esta vieja y fiel amiga mía que nunca me ha fallado. Quiero despedirme en su estilo y en su lengua. Así: t e c l e a n d o». 12

Mirando atrás, es un buen epitafio de su vida, en la que todo era noticia, tal como fue su muerte.


Lucas Vergara Brunet es magíster en edición de la UDP. Su libro sobre Tito Mundt, El último gran reportero (Santiago, Lolita), que fue su proyecto de tesis, acaba de aparecer en la editorial Lolita.

1 La Tercera de la Hora, 7 de noviembre de 1955. En este medio trabajó los últimos dieciséis años de su vida y lo consideraba su segundo hogar. Allí tenía su espacio en la página editorial y hablaba libremente con sus lectores. Fue en la sala de crónicas de La Tercera donde se veló su cuerpo. Julio Martínez escribió: «Hizo bien La Tercera en abrir sus puertas para recibir al colega sin vida. Tito Mundt, a pesar de su interminable peregrinaje, identificó su pluma con esas páginas y esa redacción. (…) Ahí pasó Tito su última noche. Como el bombero que es llevado a su cuartel. Como el soldado que recibe honores en su unidad. Como el sacerdote que es despedido en su templo».

2 La Tercera de la Hora, 22 de junio de 1955.

3 La Tercera de la Hora, 14 de junio de 1971.

4 La Tercera de la Hora, 9 de junio de 1957.

5 La Tercera de la Hora, 30 de junio de 1957.

6 La Tercera de la Hora, 12 de julio de 1967.

7 Hay quienes afirman que Mundt jamás salió de Chile y que esta crónica se debe a su mitad fantasiosa; otros claman que se trataría del primer corresponsal chileno propiamente tal.

8 La Tercera de la Hora, 17 de agosto de 1966.

9 La Tercera de la Hora, 7 de noviembre de 1966.

10 La nota sobre Catapilco apareció en Chile el 23 de julio de 1957.

11 El Mercurio, 11 de junio de 1971.

12 La Tercera de la Hora, 8 de febrero de 1959.

 

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