Tengo más preguntas que respuestas

Presentación de Soledad Fariña

Gioconda Belli tuvo una educación privilegiada en Managua, luego en España y finalmente en Estados Unidos. La poeta, la narradora, la mujer de vida tan intensa como su obra, nace en el seno de una familia de la alta burguesía nicaragüense y a los diecisiete años comienza una vida independiente. Trabaja en una agencia de publicidad, se casa muy joven y pronto nacen sus dos hijas Maryam y Melissa. Hermosa, inteligente, llena de energía, se bebe la vida a grandes sorbos, y es en su trabajo donde se produce el primer giro desde su vida acomodada y sin sobresaltos a una vida de compromiso y rebeldía. Es el poeta Francisco de Asís Fernández quien la pone en contacto con la literatura, con el pensamiento de la época. Escritores, poetas, grupos de arte, pensadores, conversadores. Gioconda vive, ama, escribe y toma contacto con quienes quieren cambiar radicalmente la situación política y social de la larga dictadura de los Somoza. Más tarde escribiría en su libro autobiográfico El país bajo mi piel:

No sé en qué orden sucedieron las cosas. Si fue primero la poesía o la conspiración. En mi memoria de ese tiempo las imágenes son luminosas y todas en primer plano. La euforia vital encontró cauce en la poesía. Apropiarme de mis plenos poderes de mujer me llevó a sacudirme la impotencia frente a la dictadura y la miseria.

Es el inicio de los años setenta en Nicaragua, donde ya desde los sesenta se vive un clima de lucha por las libertades política, cultural, sexual. La publicación de su primer libro de poesía, Tendida en la grama, causa admiración y a la vez rechazo. Los grandes poetas la acogen como una voz joven que se abre camino; los sectores más conservadores se escandalizan porque exhibe y canta el cuerpo y erotismo femenino. Ella reflexiona en su autobiografía:

Que una mujer celebrara su sexo no era común en 1970. Mi lenguaje subvertía el orden de las cosas. De objeto la mujer pasaba a sujeto. En los poemas yo nombraba mi sexualidad, me apropiaba de ella, la ejercía con gozo y pleno derecho. Los poemas no eran explícitos, mucho menos pornográficos, pero celebraban mis plenos poderes de mujer. En eso residía el escándalo.

Y así escribió en Tendida en la grama:

 

Soy llena de gozo, / llena de vida, /cargada de energías / como un animal joven y contento. /Imantada mi sangre con la naturaleza, / sintiendo el llamado del monte para correr como venado desenfrenadamente, /sobando el aire, /o andar desnuda por las cañadas /untada de grama y flores machacadas / o de lodo, /que Dios y el Hombre me permitieran volver /a mi estado primitivo, / al salvajismo delicioso y puro, / sin malicia, /al barro, a la costilla, /: al amor de la hoja de parra, del cuero, / del cordero a tuto, / al instinto.

 

El gran poeta nicaragüense José Coronel Urtecho la celebra en su prólogo, el libro es publicado en 1972, casi en la misma fecha en que Gioconda se compromete con el trabajo del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Tendida en la grama gana el premio Mariano Fiallos Gil de Poesía concedido por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, sin embargo ella dice: «Mi identidad fundamental era ser sandinista; ser poeta era un agregado conveniente, un talento valioso y útil para la lucha política. Mis poemas eran, pues, una mezcla –a ratos caótica– de erotismo y patriotismo que reflejaba las vivencias de mi vida cotidiana…»

Escribe, por su parte, José Coronel Urtecho en el prólogo al libro:

En la poesía de Gioconda Belli, vida y poesía son inseparables, de donde se origina que el resultado, es decir el poema, sea todo poesía. Lo distintivo de ella es que su poesía es simplemente una expresión –es decir, un poema– de su vida vivida tal como ella la vive. No que su vida sea de suyo poesía, ni todo el tiempo sea solo poesía –aunque ella pueda a ratos vivirla como tal– sino que trasladada verbalmente al poema resulta serlo.

Su compromiso político es cada vez mayor, por lo que, conocida su participación en las acciones del Frente de Liberación Nacional del 27 de diciembre de 1976, debe exiliarse, primero en México y luego en Costa Rica. En México, sola, sin sus hijas, escribe el que sería su libro Línea de fuego, que en 1976 obtiene el premio Casa de las Américas. En Costa Rica se separa definitivamente de su esposo, se casa nuevamente y tiene a su hijo Camilo. En la medida en que la lucha contra la dictadura se intensifica y va ganando terreno, su actividad se va haciendo incansable. Más tarde, en su libro autobiográfico reflexionaría

¿Estaríamos dementes todos nosotros? ¿Qué misterio genético hacía que la especie humana trascendiera el mandato de la supervivencia individual cuando la tribu, el colectivo estaba en peligro? ¿Qué hacía que las personas fueran capaces de dar su vida por una idea, por la libertad de otros? ¿Por qué era tan fuerte el impulso heroico? Para mí lo que resultaba más extraordinario era la felicidad, la plenitud que acompañaba al compromiso.

 

Lo expresó de esta manera en su libro Hasta que seamos libres:

Ríos me atraviesan, /montañas horadan mi cuerpo /y la geografía de este país / va tomando forma en mí, /haciéndome lagos, brechas y quebradas, / tierra donde sembrar el amor /que me está abriendo como un surco, /llenándome de ganas de vivir para verlo libre, hermoso, /pleno de sonrisas. / Quiero explotar de amor /y que mis charneles acaben con los opresores / cantar con voces que revienten mis poros / y que mi canto se contagie; /que todos nos enfermemos de amor, / de deseos de justicia, / que todos empuñemos el corazón / sin miedo de que no resista / porque un corazón tan grande como el nuestro / resiste las más crueles torturas /y nada aplaca su amor devastador /y de latido en latido / va creciendo,/ más fuerte, /más fuerte, / más fuerte, /ensordeciendo al enemigo /que lo oye brotar de todas las paredes, /lo ve brillar en todas las miradas / lo va viendo acercarse con el empuje de una marea gigante /en cada mañana en que el pueblo se levanta /a trabajar en tierras que no le pertenecen, / en cada alarido de los padres que perdieron a sus hijos, /en cada mano que se une a otra mano que sufre. /Porque la fuerza de este amor /lo irá arrollando todo /y no quedará nada /hasta que no se ahogue el clamor de nuestro pueblo /y gritos de gozo y de victoria / irrumpan en las montañas, / inunden los ríos, /estremezcan las ramas de los árboles. /Entonces, /iremos a despertar a nuestros muertos /con la vida que ellos nos legaron /y todos juntos cantaremos /mientras conciertos de pájaros /repiten nuestro mensaje /en todos /los confines /de América.

Llega el 19 de julio de 1979, día de la liberación y Gioconda vuelve a Managua a celebrar y continuar trabajando. Patria libre 19 de julio de 1979 se titula su extenso poema que recoge multitud de sentimientos, la alegría, el júbilo, la tristeza por los caídos, sus muertos.

Extraño sentir este sol otra vez / y ver júbilo de las calles alborotadas de gente, /las banderas rojinegras por todas partes /y una nueva cara de la ciudad que despierta /con el humo de las llantas quemadas /y las altas hileras de barricadas. /El viento me va dando en plena cara /donde circulan libres polvo y lágrimas, respiro hondo para convencerme de que no es un sueño, que allá está el Motastepe, el Momotombo, el lago, /que lo hicimos al fin, que lo logramos. / Tantos años creyendo esto contra viento y marea, creyendo que este día era posible, /aun después de saber la muerte de Ricardo, de Pedro, de /Carlos… /de tantos otros que nos arrancaron, /ojos que nos sacaron, /sin poder dejarnos nunca ciegos a este día que nos revienta hoy entre las manos. /Cuántas muertes se me agolpan en la garganta, /queridos muertos con los que alguna vez soñamos este sueño /y recuerdo sus caras, sus ojos, /la seguridad con que conocieron esta victoria, /la generosidad con que la construyeron, /ciertos de que esta hora feliz aguardaba en el futuro /y que por ella bien valía la pena morir. / Me duele como parto esta alegría, /me duele no poder despertarlos para que vengan a ver /este pueblo gigante saliendo de la noche, / con la cara tan fresca y la sonrisa tan encima de los labios, /como que la hubieran estado acumulando /y la soltaran en tropeles, de repente. / Hay miles de sonrisas saliendo de los cajones, /de las casas quemadas, de los adoquines,/ sonrisas vestidas de colores como pedazos de sandía, / de melón o níspero /Yo siento que tengo que gozarme y regocijarme /como lo hubieran hecho mis hermanos dormidos, / gozarme con este triunfo tan de ellos, /tan hijo de su carne y de su sangre /y en medio del bullicio de este día tan azul, /montada en el camión, /pasando entre las calles, en medio de las caras hermosas / de mi gente, /quisiera que me nacieran brazos para abrazarlos a todos /y decirles a todos que los quiero, /que la sangre nos ha hermanado con su vínculo doloroso, /que estamos juntos para aprender a hablar de nuevo, /a caminar de nuevo; / que en este futuro –herencia de muerte y de gemidos /sonarán estrepitosas descargas de martillo, /rafagazos de torno, / zumbidos de machete; /que estas serán las armas /para sacarle luz a las cenizas, /cemento, casas, pan, a las cenizas; /que no desmayaremos, nunca nos rendiremos, /que sabremos como ellos /pensar en los días hermosos que verán otros ojos /y en esta borrachera de libertad / que invade las calles, mece los árboles, /sopla el humo de los incendios /que nos acompañen / tranquilos /felices /siempre-vivos /nuestros muertos.

Gioconda había sido correo clandestino, viajado por Europa y América Latina haciendo campañas en pro de la lucha sandinista y para la recaudación de recursos económicos, ocupó importantes cargos en la dirigencia del FSLN y ahora, tras el triunfo de la Revolución, participaría en el gobierno revolucionario. En 1984 fue representante sandinista ante el Consejo Nacional de Partidos Políticos y vocera del FSLN en la campaña electoral de ese año. Pero tras un año de paz vino nuevamente la  guerra, la Contrarrevolución y la amenaza de una invasión norteamericana.

 

La guerra de la Contra duró de 1981 a 1990, la vida cotidiana se hizo cada vez más difícil… Se requería apelar a reservas heroicas de resistencia para no perder la fe, la alegría socavando, lenta, pero irremediablemente… Pero el problema más grave que trajo la guerra de la Contra y el enfrentamiento con Estados Unidos fue justamente que distorsionó todo el rumbo de la Revolución. A mí no me desilusionaba la Revolución, me desilusionaban sus dirigentes… Mis aspiraciones, mis ilusiones fantásticas de libertad, igualdad, fraternidad cada día se iban diluyendo, desvirtuando en medio de la guerra. Era a la gente más pobre a quienes la Revolución exigía los mayores sacrificios: la vida de sus hijos para empezar; que los obreros cedieran su derecho a la huelga; que se dieran cuenta de que no se podía aumentar el salario mínimo en un país en crisis… En los discursos de la dirección sandinista el pueblo era el protagonista de su historia, pero también quien pagaba los costos más altos en la defensa de un futuro que parecía no llegar nunca. En la carrera hacia los ríos de leche y miel de las promesas revolucionarias, se alzaban cada vez mayores obstáculos y se empobrecía aún más la pobreza.

Gioconda Belli deja todo cargo oficial en 1986 y se dedica a la escritura. En 1987 se casa con Charles Castaldi, con quien tiene una hija, Adriana, y desde 1990 hasta 2013 vive sus dos vidas, entre Santa Mónica y Managua. Su producción es fructífera, su vida profesional cambia su cotidianeidad, viajes, agentes literarios, lecturas, conferencias. La escritura de novelas le toma tiempo de reflexión, de investigación. En 1988, publica su primera novela, La mujer habitada, que en 1989 obtiene el Premio de los Bibliotecarios, Editores y Libreros de Alemania a la Novela Política del Año. Ese año recibe también el premio Anna Seghers. En 1987 publica «El taller de las mariposas», un cuento para niños que obtiene el premio Luchs (Lucha) del Semanario alemán Die Zeiten 1992. En 1990 publica su segunda novela, Sofía de los presagios, y en 1996, Waslala, ambas traducidas a varios idiomas. En enero de 2001 aparece por editorial Plaza & Janés su libro El país bajo mi piel, memoria de sus años en el sandinismo que se publica también en Estados Unidos e Inglaterra. Su novela El pergamino de la seducción obtiene en 2005 el premio Pluma de Plata en la Feria del Libro de Bilbao. En 2008 publica otra novela, El infinito en la palma de la mano, premio Biblioteca Breve de Novela 2008 de Seix Barral y premio Sor Juana Inés de la Cruz de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En 2010, El país de las mujeres, que habla de un país gobernado por mujeres. El libro fue titulado originalmente con el nombre de Crónicas de la Izquierda Erótica, basado en el Partido de la Izquierda Erótica que, en la novela, es fundado por un grupo de mujeres en la ficticia Faguas y con el que llegan al poder. El nombre Partido de la Izquierda Erótica fue utilizado en Nicaragua en los años ochenta por un grupo de mujeres entre las que estaba Belli. Su novela El intenso calor de la luna fue presentada en agosto de 2014 en Latinoamérica, y en septiembre en España.

Pero Gioconda nunca dejó de escribir poesía. Entre 1982 y 1987 publicó los libros de poesía Truenos y arco iris, Amor insurrecto y De la costilla de Eva. En 1997, Apogeo. En 2002, Mi íntima multitud, que obtuvo el premio de Poesía Generación del 27. En 2006, con su poemario Fuego soy apartado y espada puesta lejos, ganó el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla. En 2013 publicó En la avanzada juventud. Entre sus reconocimientos está también la Medalla de Reconocimiento del Teatro Nacional Rubén Darío por 25 años de labor cultural. En 2013 recibe la Orden de las Artes y las Letras en el grado de Caballero que otorga el Ministerio de Cultura de Francia. En 2014, el premio al Mérito Literario Internacional Andrés Sabella, y el mismo año el premio de Bellas Artes de Francia. Gioconda es miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua y de PEN Club Internacional. Y aunque la autora ha descubierto que la vida puede ser múltiple –tener no una ni dos, sino muchas vidas a la vez– y que hay otro heroísmo, el de la vida cotidiana, quiero terminar esta presentación con su propia reflexión sobre una parte de su vida:

¡Ah! Pero yo viví esa otra vida. Fui parte, artífice y testigo de la realización de grandes haza-ñas. Viví el embarazo y el parto de una criatura alumbrada por la carne y la sangre de todo un pueblo. Vi multitudes celebrar el fin de cuarenta y cinco años de dictadura. Experimenté las energías enormes que se desatan cuando uno se atreve a trascender el miedo, el instinto de supervivencia, por una meta que trasciende lo individual. Lloré mucho, pero reí mucho también. Supe de las alegrías de abandonar el yo y abrazar el nosotros. En estos días en que es tan fácil caer en el cinismo, descreer de todo, descartar los sueños antes de que tengan la oportunidad de crecer alas, escribo estas memorias en defensa de esa felicidad por la que la vida y hasta la muerte valen la pena.

Conferencia

Gioconda Belli

Vengo de una Nicaragua metida en un tiovivo en retroceso. La experiencia de vivir en una dictadura contra la cual me rebelé está volviendo a dibujarse sobre la tela de los paisajes de mi país. Un absurdo, ¿no?, pensar que el hombre que simbolizó una revolución se convierta en el doble del hombre que derrocó. Pero es lo que está pasando. El poder absoluto corrompe absolutamente y Ortega va a su tercer mandato consecutivo con un poder sin límites, sin ningún mecanismo de control o contrapeso. El Estado es él y su esposa, a quien acaba de nombrar candidata a vicepresidenta.

Yo empecé mi carrera como escritora haciendo un acto político: Al mismo tiempo que se publicaron mis primeros poemas en 1970 , para escándalo de la sociedad conservadora de Managua, yo me uní al Frente Sandinista de Liberación Nacional, venciendo el terror que me daba la represión de la dictadura de Somoza. Mi vida como poeta primero y novelista después no ha podido ni querido sustraerse a esa cierta sincronía que se impuso en mi existencia entre el accionar político y el compromiso literario. El poder tradicionalmente ha temido a los intelectuales, le ha creído irónicamente a Gramsci, quien atribuía a los intelectuales la reproducción ideológica en las sociedades. Los regímenes dictatoriales han solido apresar y callar esas voces que usan la poesía, la narrativa, la música para transmitir una visión diferente de la que propone el poder. No necesito ahondar sobre esto aquí en Chile. Ustedes también lo han conocido de primera mano. Allí están las primeras manos; las de Víctor Jara, para recordarlo.

Memoria sagrada

 

En mi tierno país menudo y desgarrado el poder niega la razón de Heráclito

y anuncia con bombo y platillo que es posible bañarse dos veces en el mismo río.

¿Será que el pasado se repite? ¿Quién ha visto pasar de nuevo a los muchachos?

¿A los fantasmas quietos cuyos nombres mastican

las mandíbulas de los políticos?

¿Cuántos hemos visto salir de sus tumbas? La estática, hermosa, memoria

–esa donde aún somos jóvenes

y donde la desilusión y el cinismo

aún no han cavado sus túneles ni desatado sus trombas–

rehúye las manos ávidas

que intentan reinventarla deslavada, cercenadas sus aristas,

convertida en papelillo de feria en escenografía de la vanidad. Tantas memorias sagradas rehúsan someterse a la reescritura

y yacen en nuestro pecho amuralladas. Sobre ellas se cierne la amenaza

de una monumental y desacertada falsificación: las imágenes retocadas con embrujos,

los retratos alterados en una sucesión de contrasentidos.

Hábiles prestidigitadores

sacan nuevas significaciones de la manga, hacen saltar conejos de sombreros de mago y a escondidas, de noche, sueltan los zorros que habrán de degollarlos.

Me pregunto si seremos un caso terminal de desesperanza.

Los desabridos iguales que los ávidos condenados a morir atenazados

por la retorcida espiral

de nuestra ingrata historia. Veo las luces de Managua. Titila mi pequeña ciudad como un cofre de joyas:

rutilante botín

de los saqueadores de tumbas.

Fui miembro del Frente Sandinista de Nicaragua de 1979 a 1994. Renuncié por la negativa de Daniel Ortega a democratizarlo. Desde mi salida del sandinismo, he seguido activa de otras maneras, opinando y participando en diferentes cosas, como presidenta de PEN, Nicaragua. Carlos Fuentes decía en un ensayo que leí hace algún tiempo que los escritores y artistas latinoamericanos han estado y siguen estando vinculados a las políticas nacionales de sus países. Pienso que el auge de esa vinculación se dio alrededor de las revoluciones. Las aspiraciones utópicas se prestaban para la presencia de los artistas y escritores en las luchas populares. Sería interesante estudiar cuántos escritores latinoamericanos influyeron con sus obras en el pensamiento, la difusión y hasta elaboración del discurso utópico y revolucionario en boga durante los setenta y ochenta. La energía colectiva entonces era muy contagiosa y animó la literatura, la pintura y generó una música propia. Las revoluciones y los movimientos de izquierda crecieron y se manifestaron creando una cultura de masas muy rica, muy romántica en cuanto a sus ideales. Una juventud dispuesta a entregar la vida por la Patria, inspiró una época donde valores como la colectividad, la generosidad, la nobleza de espíritu, la autonegación en beneficio del gran ideal de la Patria y sus masas oprimidas, eran la aspiración y la medida de valor.

Alto se remontaron los ideales y los sueños. En lugares como Nicaragua, esos sueños desafiaron la textura escurridiza de las abstracciones y se convirtieron en realidades intoxicantes, transmitiendo la ilusión de la energía incansable de jóvenes resueltos a cambiar la realidad para bien. El contagio fue impresionante. Yo viajo mucho a Europa, donde hubo un amplio movimiento de solidaridad con Nicaragua, y me conmueve cuando doy recitales en pequeños pueblos de Alemania, Austria, Italia, oír las preguntas que me hace el público sobre Nicaragua. A veces me parte el alma porque quisiera poder contestarles que todavía está viva esa Revolución que, en cantidad de casos, cambió para siempre la vida de quienes la experimentaron como cooperantes, periodistas, visitantes, etc. Ahora que Nicaragua está en un oscuro retorno a lo que parece el pasado, recibo solicitudes de gente que quiere que le explique cómo es posible que Daniel Ortega esté reviviendo el fantasma de la dictadura y la dinastía. ¿Cómo les explico algo que ni siquiera yo entiendo? ¿Cómo se explica uno esas transformaciones monstruosas?

Si eso me desconsuela y me desconcierta, lo que pasa en el resto del mundo no es menos extraño. Donald Trump cosechando el apoyo del sector medio-bajo en Estados Unidos; Inglaterra rompiendo con la Unión Europea con el voto de viejos atemorizados por el nuevo mundo de las migraciones; la terrible, interminable situación de violencia en el Oriente Medio; el surgimiento de la Inquisición personificada en las crueldades y matanzas del EI; el terrorismo en París, en Niza, en Nigeria, en Turquía, en Bangladesh; Erdogan y sus miles de presos tras el golpe; Dilma Rousseff acusada de corrupción por los más corruptos políticos de Brasil; Maduro despidiendo a empleados del Estado que hayan firmado el revocatorio…, suspendiendo arbitrariamente el pago de salarios a los diputados opositores; lo que pasa en México, en Honduras, las crueldades de Putin, las restricciones en la libertad de expresión de los chinos, las pruebas nucleares de Corea del Norte… la lista es extensa y en estos tiempos la conocemos todos. Vemos estas realidades constantemente en los medios y redes sociales, en cualquier plataforma digital. Las vemos y les pasamos por encima. A veces algo nos detiene: el niño sirio, tan serio, tan triste, tan conmovedor, nos hará compadecernos un instante. Pero escapamos porque sabemos que si profundizáramos no podríamos movernos de abrumados. Y es que yo creo que uno sólo puede procesar el horror de lo que hacemos unos seres humanos contra otros, cuando pensamos que podemos cambiarlo, que nos es dado cambiar esas realidades distorsionadas.

Paradójicamente, en estos tiempos en que quizás haría falta el debate intelectual, la acción del arte sobre el pensamiento colectivo, yo encuentro que el papel de los intelectuales, de los artistas se ve cada vez más tirado al mundo del espectáculo y del consumo. Diríase que la relevancia del arte, hasta de la literatura, es cosa del pasado, que ha perdido su capacidad de movilizar o cuestionar a la sociedad. Este mundo es otro y el espectáculo es otro. Yo no sé si es que los problemas, a medida que se ha incrementado la población del mundo, se han vuelto inmanejables; o es que la tecnología ha sido determinante en permitir la ilusión de colectividad, al tiempo que nos aísla a los unos de los otros. Para mí los avances tecnológicos de los últimos veinte años han sido como la broma de un Dios juguetón que tiró la Manzana del Árbol del Conocimiento en medio de la Torre de Babel.

Pienso que este asunto del mundo digital es la nueva frontera que debemos traspasar todos. Y también pienso que plantea no poco retos. Les diré con poesía lo que pensé al arribo del año 2000.

La escritora de cara al milenio

Al final del año dos mil

una reflexión necesaria

sobre lo que se va y lo que viene.

Arrastrando largas túnicas

añejadas con el polvo de las cosas pasadas, mil años se alejan.

Mil años más: blanco rebaño de ovejas impredecibles,

vienen balando sus interrogantes.

Preguntan si intuyo los signos que alumbrarán su existencia;

si puedo adivinar la huella leve que dejará mi voz en la colina

donde se arremolinan los augurios,

los ecos que permanecerán en el ancho granero donde se guarda el viento

cuando calla.

A menudo me embosca la tristeza de imaginar un mundo árido. La viva voz cediendo ante la cacofonía de digitales

impulsos eléctricos. No puedo evadir la pregunta de si la mirada conservará su oficio

de ver la lluvia destiñendo la tarde sobre las paredes,

deslavándola en rosa y amarillo.

Me aterra la idea del ojo sin más paisaje que el cuadro de luz de una pantalla omnipresente.

Temo que las ovejas de este rebaño de años que se acerca

traigan en sus pequeños cuerpos rollizos

la escabrosa posibilidad de transmutarse en aluminio, acero inoxidable.

Imagino mi horror de pastora apacible cuando descubra la llave de metal, la cuerda,

el sonido de engranajes sustituyendo el aleteo rítmico del corazón.

Me aterra la idea de años sin alma;

años en que el tiempo sea más importante que el hombre y la mujer dentro del tiempo. Sufro ante la posibilidad de que caiga el olvido sobre la calidez sencilla de las pequeñas felicidades cotidianas.

Que se pierda en el deslumbre de la máquina la insuperable dulzura de la piel,

el mínimo y perfecto cosmos

transmitiendo sin más programa que el de la sangre en las venas,

el universo del amor, la furia,

la soledad buscando quien la libere del silencio.

Pero ¿cómo evitar la seducción de la electricidad, la superconductividad,

las infinitas circunvalaciones de un microprocesador?

Me tienta el zumbido erótico del espacio cibernético.

La promesa de expansión, el plausible don de la ubicuidad, la naciente orgía

del conocimiento, el laberinto de infinitas ramificaciones donde otras mentes

se interconecten con la mía.

Combinarme, compartirme, ser pura energía, calentar con mi pasión de animal de pelos largos el frío metal de circuitos intrincados. Ponerle música de cumbia o merengue, movimientos de caderas a los bytes –mordiscos minúsculos en los que viaja la palabra. Abrir dentro del espacio virtual puertas insospechadas por donde se cuele la esperanza. Por donde penetren los ruidos del hombre y la mujer martillando el yunque del mundo. Impulsos eléctricos por donde viaje la alegre promesa de un cielo en la tierra.

¿Cambiará mi oficio ese cuadrilátero celeste que brilla sobre mi mesa de trabajo?

¿O será a mí a quien corresponda inspirar rebeliones cuando mis palabras agiten alas en habitaciones distantes y el ordenador huela a canela y transmita lirios,

mientras baten a rebato los cursores como pequeños ecos del corazón?

¿Seré cibernauta en una era de exploraciones donde se develen los territorios amplios de la conciencia, las infinitas combinaciones de lóbulos y parietales interactuando?

¿Asistiré a la danza impredecible de millones de mentes reflejándose entre sí,

expandiéndose y volviéndose a reflejar. Una infinita cantidad de neuronas

estimulando, acariciándose, haciéndose el amor? Comunidades convocadas con el leve pulsar de una tecla

cohabitando en el espacio común de una misma inteligencia.

Los barcos en la niebla del ciberespacio sonando sirenas de navegantes.

La sigilosa desaparición de cercos y alambradas. La palabra como principio vital. ¿Los números su alimento primigenio?

¿No será acaso nuestro sino el de implantar la armonía

en esas regiones trasparentes abandonadas a la casualidad

o a la sagacidad de adelantados mercaderes? ¿Ganarle terreno al cinismo y la ironía que niega al Verbo su carnalidad,

su olor a magnolias. Que intenta separar el heliotropo

de su sobrecogedora fragancia nocturna?

¿No estaremos llamados a afirmar la redondez del cuerpo o la manzana

en un mundo de fisonomías esquivas, de rostros intercambiables

de culturas que amenazan con perder sus bordes, derretirse, terminar al fondo

del perol oxidadas o convertidas en hollín?

La curva de mi imaginación vislumbra prados donde corrientes eléctricas evoquen en mi piel el placer de una inteligencia multitudinaria acoplada a las terminales y puertos de mi cuerpo.

Eva irredenta no vacilo en arrancarle al oscuro árbol del conocimiento

esta nueva manzana lustrosa e impredecible. Para morderla. Para dejar que me corra su jugo entre los dientes.

Y entregarme a la «kibernitis»ese suave bamboleo del remero corrigiendo el rumbo,

de donde nos viene «cibernética»la máquina moviéndose entre el uno o el cero.

Aspiro el zumo híbrido de la fruta prohibida que se ofrece a la ávida ciudad de mi intelecto. Me deleito en el placer digital,

en el tacto que palpa y descifra

el ritmo de un orgasmo matemático.

Navegando por los vastos espacios interconectados

Afirmaré sobre el teclado la nostalgia por las quimeras

y la irrenunciable permanencia de los gozos esenciales:

El rosa oscuro de los cuerpos. Su fusión nuclear gestando el Universo.

La eternidad de los columpios en los parques. La urgencia de llorar ante el dolor ajeno.

Así daré testimonio de la raíz. Me alzaré hacia nuevos Universos

llevando en los labios el sabor áspero de la Tierra madre nuestra en medio de los electrones, única placenta insustituible.

Como ven, no tengo una visión negativa de la tecnología… «me tienta el zumbido del espacio cibernético» pero siento que, como especie, nos hemos adentrado junto con la globalización en una era que demanda que nos la tomemos en serio. Lo que me preocupa sobre todo es eso, que esas inmensas posibilidades no nos las tomemos en serio. O que nos enamoren de tal forma, que perdamos la perspectiva de que hay un bien común y un futuro común que están en juego. Ha sido bien interesante, por ejemplo, ver lo que pasó en Egipto, en Túnez, en cierta medida en la terrible situación de hoy en Siria o el desorden anárquico de Libia. Las redes sociales jugaron un papel revolucionario indiscutible, pero si bien lograron reunir a la gente y crear una movilización de millones, la falta de una estructura organizativa sobre el territorio –una fuerza de carne y hueso– preparada para llevar a cabo los cambios provocados por la rapidez con que cundió la agitación, esas fuerzas progresistas acabaron siendo acaparadas y aprovechadas por quienes sí tenían estructuras para capitalizar el esfuerzo. La hermandad musulmana en Egipto primero, el Ejército después, el EI, fueron paradójicamente los que se beneficiaron. ¿Cuál es la moraleja? Que la idea no crea el mundo; que el mundo es material y no puede haber un mejor mundo hecho desde una red social o una computadora; hay que ensuciarse los zapatos. Este «ensuciarse los zapatos» implica no perder los vínculos ni dejar de lado el elemento humano del asunto; la carne y el hueso del cuerpo de hombres y mujeres.

Pero la guerra por las mentes que se está librando actualmente es muy dispersa y tremendamente sofisticada. Por un lado, el protagonismo que nos permiten las redes sociales es intoxicante. También los sortilegios. Miren, yo empecé mi Facebook y acepté a cualquiera que me pedía amistad porque pensé que sería un instrumento para comunicarme con mis lectores. Pues ahora tengo cinco mil amigos. Ya no hay lugar para más. Facebook le dice a quien lo intenta que ya no tengo lugar. Rechaza las amistades en mi nombre, lo que me deja mal parada porque parece que soy yo la pesada. Tuve que hacer una página pública. Pero de la mayoría de todos esos «amigos» no tengo muchas nociones. Ahora veo sus enfermedades, sus alegrías, la muerte de un deudo, el bautizo o parto de un hijo. Pero la lejanía de mi vida en relación con la de ellos no ha disminuido. Sin embargo, me es fácil convocarlos, invitarlos a mis recitales. O sea, hay una comunicación efectiva para ciertas cosas. Para mi función política es útil; yo puedo difundir mi pensamiento. El problema es que mis amigos suelen estar de acuerdo conmigo. Ese sector que alcanzamos en las redes sociales es un sector, usualmente, de pares. Cuando se presenta alguien que disiente, se desata una catarata de comentarios. Hay un artículo muy bueno que apareció, creo que en el New Yorker, sobre este asunto. Estamos dejando de leer opiniones contrarias a las nuestras y está creciendo el nivel de intolerancia. Yo la verdad es que veo y percibo cantidades de personas en el mundo intentando ver qué partido le sacan a internet, a las redes sociales. Hay un interés mercantil que ya nos ha analizado y catalogado y por otro lado hay un interés de promocionar ideas, trabajos, hacerse autopropaganda, elevar los perfiles de ciertas celebridades para volverlas omnipresentes, como las Kardashian, por ejemplo. También hay un interés cultural: Guttenberg, el Instituto Cervantes, Wikipedia, los museos que ponen sus colecciones en línea, las bibliotecas con accesos abiertos… Para mí como novelista ha sido fabuloso… investigación, ficciones sobre ficciones…

Pero yo pienso lo siguiente: si los libros antes podían cambiarnos la vida; ¿por qué hay tanta tendencia a la trivialidad en el ciberespacio? ¿Por qué estamos dedicados sobre todo al oficio narcisista de contemplarnos y pregonar nuestros logros y desgracias? ¿Qué parte de nosotros está interviniendo en ese placer que causa la gratificación inmediata? ¿Es nuestra parte reflexiva, capaz de crecer? ¿O es nuestra malnutrida necesidad de reconocimiento la que está obteniendo una súper -dosis de satisfacción en una suerte de juego que se retroalimenta constantemente?

Decía hace un rato que los intelectuales, los escritores, han dejado de generar interés. No es totalmente cierto porque tienen muchos seguidores. Salman Rushdie tiene un millón veintitrés; Vargas Llosa tiene más de seis millones; Isabel Allende, ciento veinte mil; Alice Munro, más de tres mil; Haruki Murakami, 167 mil; Rosa Montero, 82 mil. Yo voy por los 63 mil. Es obvio que hay un espacio. Pero pienso que la mayoría de nosotros, mientras otros van conformando la internet a su gusto, estamos aún en la etapa de jugar, sin saber qué uso darle que no sea para amistad o para hacer una cierta promoción de nuestros libros. Yo pienso que si hay una zona del mundo que tenga la capacidad, las elites ilustradas jóvenes y las aspiraciones éticas de un mundo más justo y equilibrado, ese lugar aún es América Latina. Todavía grandes sectores no tienen acceso a las redes, todavía se lee. Por lo mismo, estamos aún dotados de inquietudes que ya en otras partes han dejado de ser relevantes.

¿Cómo ocupar estos espacios? ¿Qué pueden hacer los escritores, los intelectuales, cada uno de nosotros? Porque el mundo sigue estando necesitado de horizontes visionarios. La complejidad que vivimos no puede ser la razón de que triunfe el desconcierto y la impotencia que nos encierra en nuestros pequeños mundos. Yo soy de izquierda, pero me resisto a pensar que el pensamiento de izquierda quede reducido o transformado en el socialismo del siglo xxi de un Ortega o un Maduro, que aceptan el capitalismo pero imponen el totalitarismo político. No tengo la respuesta a este desafío, pero tengo la imaginación para provocar visiones. Pienso que esa es mi responsabilidad como creadora. Esa y la de incitar, cuestionar, no conformarme nunca. Y termino con este poema:

Contra toda esperanza

En estos días

en que el mundo temiendo la entropía se dobla sobre sí mismo,

es cada vez más ardua la tarea de pregonar anuncios optimistas.

No hay evidencias que soporten la esperanza de vientos

enrumbándonos hacia ignotos continentes plenos de verdor

o de palabras que acierten y nos expliquen los mutuos agravios.

Al contrario: el tiempo acumula pruebas contra las posibilidades del equilibrio.

Hay cientos de seres pereciendo

mientras otros asisten impávidos a sus agonías como espectadores en mullidas butacas –pulsando botones–Una sociedad de voyeaurs bendice su abundancia entreteniéndose con la violencia ajena o con la apología obsesiva de la propia.

Los muchachitos en el centro comercial disparan y acumulan puntos destruyendo enemigos imaginarios.

Técnicas sofisticadas recrean masacres en salas de cine

de innumerables pantallas.

En medio de la avidez

hombres y mujeres resuelven la certidumbre de su muerte inevitable

dando la espalda al destino común, aferrándose a una minúscula y transitoria felicidad.

Llueven los hombrecitos con los paraguas, como en el cuadro de Magritte.

Cada quien tapándose como puede del sol abrasador

Cada quien imaginando que sobrevive y que está de más soñar en voz alta.

Poeta dentro de mi soledad. Testiga de este mundo soez, me arrastro

con mis alas pesadas hacia la cumbre desde donde me lanzaré

como Ícaro, una y otra vez, porque quizás

porque tal vez

porque no me resigno.

Puedes continuar con...