Literatura Chilena: Empleada puertas adentro

La narrativa chilena habla sobre todo de casas, y dentro de esas casas de personas tímidas, contraídas, encerradas en una privacidad que les duele. Cuando una novela chilena quiere ser social, sólo hace que más gente visite la casa. La transforma en un burdel, como en El Roto de Edwards Bello, o en un extraño engendro laberíntico en El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso, o en un conventillo como en Vidas mínimas de José Santos González Vera. Pero siempre es la casa, y siempre dentro de la casa los patios traseros, los clóset, la trastienda y la cocina, el protagonista que domina nuestra novelística. Una casa que se encarna en personajes, que toma cuerpo y destinos en algunas desordenadas tramas para terminar por borrarse y dejar el espacio desnudo y único.

No en vano el mayor éxito editorial de toda la literatura chilena (y de toda la literatura en lengua española) se llama La casa de los espíritus. Habla esta novela de Isabel Allende, cómo no, de una casa en que la sociedad y la historia entran sin ser invitadas. En que el tiempo del mundo es siempre una interrupción de los ritos secretos, del inmutable pudor de esa gente muy normal que reza el rosario y hace flotar las mesas.

Otras dos novelas importantes de la historia de la narrativa chilena son Casa grande de Luis Orrego Luco, reflejo íntimo, psicológico y psiquiátrico de la llegada del salitre y la riqueza a la sociedad chilena, y Casa de campo de José Donoso, metáfora de la crisis del 73 reflejada a través de las aventuras de unos niños que se hacen con una casa e inventan en ella nuevos ritos.

Los sin casa

La novela chilena cuando quiere hablar del mundo habla de la casa, o de la falta de ella. La falta de esa casa, la falta de ese hogar es el centro de Hijo de Ladrón de Manuel Rojas. Una novela sin lugar, huérfana y sin aposento, una novela social que sin embargo es una historia personal, muy personal, privada, muy privada, que se resiste a dar lecciones o teorías sobre el mundo. Así, en ella, toda una sociedad, todo un país, se ve reducido a una herida personal, a una infancia no del todo comenzada ni terminada.

Eloy de Droguett, o Lumpérica de Diamela Eltit son dos tragedias privadas, muy privadas, resueltas a balazos o a golpes de insecto, interrumpidas por grandes alocuciones líricas. De hecho es el lirismo el único escape a esa dictadura de la casa que vive nuestra literatura. Un escape de lo privado que cae en lo más privado aún. Del yo que cuenta, a un yo alucinado y omnipresente que sólo se conduele. De un yo que mira hacia el mundo, hacia uno que cierra los ojos y sólo intenta que lo consuelen. Del discurso al balbuceo de un dolor sin nombre, de una confesión suspirada.

Nuestro lirismo da grandes volteretas en el aire para volver una y otra vez a esa casa, a la ruca, al escritorio, o a la caverna. Pasa a veces por la oficina o la cárcel para huir de todos esos ominosos espacios donde hay más de uno, donde hay que tener civismo, abstracción, posiciones indelebles. La falta de una casa, o de una vida burguesa que contar no basta para que nuestra narrativa salga de lo privado, y dentro de lo privado, de lo secreto.

Ni nuestra lírica ni nuestra narrativa suelen ser corales o reflexivas. Todo aquí o se lanza a la metáfora desatada, o a la muy reducida y modesta anécdota. Da lo mismo el talante o biografía del autor, los protagonistas de las novelas chilenas son invariablemente tímidos (Coronación, La chica del Crillón, Zurzulita, El niño que enloqueció de amor, Vidas mínimas), apocados, silenciosos, solteronas y solterones con una vida interior que contrasta con su escasa o nula vida exterior.

¿Es esa obsesión por lo privado, por las casas, y por los tímidos parte de un programa literario? Quien lea con atención los diversos manifiestos literarios que jalona la historia de nuestras letras concluirá que nada es menos seguro. Aleccionador a este respecto es leer Testimonios y documentos de la literatura chilena de José Promis. Una y otra vez nuestros escritores repiten el imperativo de ser la expresión de una sociedad, o el portavoz de una idea. Lo mejor y lo peor de la literatura nuestra ha sido escrita para acompañar la lucha política. Su destino confeso fue acompañar la larga marcha del pueblo hacia la libertad religiosa y política primero, y la revolución socialista después. Nuestros escritores se sentían obligados a ser múltiples, sociales y grandilocuentes.

Da lo mismo la sinceridad o no de estos manifiestos. Tarde o temprano el luchador social, el gran cantor de Chile termina hablando solo y en secreto, contándonos de su casa y de su novia. Suicidándose como Violeta Parra, una voz diminuta, un charango, y un Gracias a la vida irónico y cruel. O concluyendo el gran fresco de nuestra sociedad, como Blest Gana, contando la desventura de un loco encerrado en un patio trasero de una casa de campo.

El vecino

La verdad es que se podría alegar que esta obsesión por la vida privada y por las casas es propia del género de la novela. No en vano lo definió Balzac como la vida privada de las naciones. Pero es cosa de ver a nuestro vecino de Oriente para percatarnos del acento particular que esta privacidad ha adquirido en nuestras letras.

En la literatura argentina hay pocas casas y muchas calles. Muchos bares, muchas conspiraciones, muchos personajes, generalmente pocos tímidos. En Rayuela, de Cortázar, es esa imposibilidad para la intimidad, es esa dificultad para contar sin recurrir a citas y a juegos literarios la vida privada uno de los ejes de la obra. En Borges, un caballero tímido y reprimido, un personaje por antonomasia de las novelas chilenas, hay un perpetuo combate contra ese yo, y esa vida privada que lo lleva a explorar la épica escandinava y la gauchesca argentina para terminar confesándose en voz baja entre cita y cita.

En Arlt los personajes se mueven una y otra vez por la ciudad y sus bajos fondos. Leopoldo Marecheal no duda en escribir su propia Divina comedia suburbana. Sábato se lanza a los delirios existenciales y las conspiraciones de los ciegos.

Pero no necesitamos ir tan lejos o tan cerca para darnos cuenta del particular talante de nuestra narrativa. En el boom de los 70, mientras el peruano Vargas Llosa, el colombiano García Márquez y el mexicano Carlos Fuentes emprenden el viaje por la historia de sus respectivos países, sus colegas de generación, los chilenos Donoso y Edwards, bucean adentro, muy adentro de las ya mentadas casas, y el ya encerrado patio buscando lo que Edwards llamaría El orden de las familias.

No pasó nada

No pasó nada se titula una novela corta de Antonio Skármeta, en que singularmente sí pasa algo, como por lo demás en la mayor parte de los cuentos de Skármeta, cabeza visible de una generación que intentó quebrar la modorra autodepresiva de nuestras letras. La idea era escribir cuentos con sexo y adolescentes y Santa Teresa de Ávila y bicicletas, romper con el cerco de la pensión o el fundo abandonado, o los empleados públicos resfriados.

Skármeta y sus amigos se encontraron con un país que rompía con su condición de patio cerrado. Un país que se hacía para el mundo entero público y notorio. De pronto la ínsula extraña era parte esencial de la política mundial. De pronto las calles empezaron a tener voz y a acallar a los patios. Los Skármeta, los Dorfman y los Délano trataron de reflejar el proceso. Aunque en contra de sus intuiciones o ganas, atraídos por la fuerza de gravedad de la novelística chilena lo explicaron, ellos también, en clave privada. De nuevo evitaron los análisis históricos, y las miradas panorámicas, tipo Conversación en la catedral, de Vargas Llosa, para centrarse en las desventuras de la adolescencia.

Poli Délano llegará a encerrar a su protagonista en un escusado para desde ahí reflejar la historia que ruge afuera. En el exilio, o en la cárcel, una y otra vez la literatura chilena intentará recrear mundos privados, casas, patios. Una y otra vez desconfiará de los héroes y de los mártires, a riesgo de no explicar del todo qué pasó ni cómo pasó. De nuevo intentará minimizar los hechos para comprenderlos desde un punto vista o anecdótico o lírico, desechando siempre que pueda la abstracción, o siquiera la sociología.

Ahora y siempre

El tiempo nada ha cambiado de esta pulsión por la vida privada que ruge en las novelas chilenas. Da lo mismo que, después de dos revoluciones económicas, esa vida privada haya cambiando profundamente. Da lo mismo que la casa sea reemplazada por el departamento, el espacio privado sigue siendo el refugio de seres tímidos y desadaptados que no saben más que hablarnos desde una sentimentalidad castrada.

Las buenas y las malas novelas siguen hablando desde un cierto pudor muy personal, y evitan teorizar. Hay pocos bares en las novelas chilenas, y muchos recuerdos de infancia. Hay pocos amigos en las novelas chilenas y muchos parientes. Hasta los intentos policiales de Díaz Eterovic no escapan al clima de depresión de patio ciego. La ciudad anterior de Gonzalo Contreras, es un pueblo en que poco o nada sucede a parte de algunos giros privados, algunas muy púdicas metamorfosis. En Fuguet, es la adolescencia y la nostalgia por un orden de las familias el que habla con nuevos giros idiomáticos pero con la misma desconfianza total a lo que sale de la privacidad.

La desmesura del proyecto novelístico de Germán Marín es la de un hombre que cuenta con minucia su vida privada como única seguridad en medio de una vida política, social y literaria desterrada y destruida. Desmesura que le lleva a contar la historia de la represión y el olvido chileno desde la privacidad de un anciano mirón que le pinta las uñas a una víctima de la tortura.

El yo chileno

Planteado así, no es nada raro que los escritores chilenos suelan escapar del patio de la novela o del clóset del cuento hacia los prados de la crónica.

En esta tradición, que arranca en la Colonia y no se ha visto interrumpida por ninguno de los avatares de la historia, se refugia el otro yo de la literatura chilena. El yo en minúscula frente al yo castrado de la novela, y el yo en mayúscula de la lírica chilena. Vicuña Mackenna, Edwards Bello, Benjamín Subercaseaux y un largo etcétera han sido el desahogo de ese yo que sólo en tono de crónica, en tono de anécdota, en tono de copucha se atreve a confesarse, a contarse.

Lemebel, Merino o Mouat no rompen con la primera persona chilena. Una primera persona que tiene sin embargo miedo de contar demasiado de sí misma. Un yo que tiene miedo a hablar de sí mismo e incapacidad de hablar convincentemente de otros. Una incapacidad para monologar como energúmeno que se une misteriosamente con una incapacidad simultánea para dialogar. Ese yo que no se saca la ropa del todo, que cuenta con jovialidad y precisión lo que se esconde tras el telón, que es el yo de Jorge Edwards y el del González Vera de Cuando era muchacho. Un yo que se revela muy despacio, y que parece respetuoso y cuidadoso pero que se complace en las anomalías y monstruosidades de los personajes que retrata.

Un yo que puede vestirse de tercera persona, que puede intentar ser objetivo, novelístico o histórico pero que siempre tiene la misma incapacidad para las generalidades y la misma pasión por los personajes secundarios y los detalles que no importan.

Pregunta final

¿Por qué esta manía de movernos desnudos como si tuviéramos la ropa puesta?

Quizás por esta visión misma que tenemos los chilenos de la vida privada como algo frágil y accidental. La sensación de que la casa es un refugio y que sin ella somos frágiles. El miedo a levantar la voz y ser visibles. Por lo demás nos basta dar un par de señales a lo lejos para reconocernos. Una vez reconocidos, una vez espiados, entonces para qué seguir explicándonos. Para qué contar historias si ya nos sabemos tu historia de memoria, y la de tu tía. Para qué nos cuentas lo que sientes o piensas si no lo vamos a entender. Por qué no eres amable y en vez de aburrirnos con tu neurastenia nos cuentas unas copuchas, o si eres discreto recita versos y haznos llorar un poco.

Pero por favor no mezcles la copucha y la poesía, el mundo y el tú, no abras la puerta, ni salgas de la casa, que el río está por desbordarse, que la tierra va a temblar muy luego.

Pero soy chileno también y como tal no sé explicarme. Dejo esta sombra de respuesta, como dicen en esos patios oscuros y en estas casas clausuradas: por si las moscas.

Rafael Gumucio es director del Instituto de Estudios Humorísticos de la Facultad de Comunicación y Letras UDP. 

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