La vida como espectáculo

“Mirar y ser mirado, a eso se reduce todo”.
OCTAVIO PAZ

La división entre los ámbitos público y privado, con sus estrictos protocolos de delimitación, fue la piedra ciliar de una vieja realidad que parecía inconmovible y que hoy, sin embargo, se nos desdibuja a pasos agigantados. Las nociones de reserva, de recato, de intimidad, tejieron un espeso velo que termina por rasgarse, marcando con su siseo, los comienzos del siglo XXI. Y una vida que se hacía islámicamente en el fondo de los patios, en la reserva y el pudor de la propia conciencia, siempre a resguardo de la mirada de profanos, de extraños, de extranjeros, se instala en la camilla del ginecólogo como máxima prueba de innovación, de progresismo, de revolucionaria impudicia.

La mediatización de la vida, la entronización de la pantalla del televisor como atalaya hacia la vida y miseria de los demás se legitima en un cotidiano convertido en gigantesco reality. La existencia humana en la sociedad del espectáculo pareciera entonces cargarse de un sadomasoquismo brutal, donde una aparente democratización de los pareceres y los sentimientos, instala una relación observador-observado, y su correspondiente discurso. El exhibicionismo se vuelve hoy una profesión, un quehacer, que se desarrolla en todos los planos de la actividad humana. El voyerismo adquiere carta de legitimidad en la misma medida en que el exhibicionismo se vuelve un oficio rentable aunque efímero.

Quiero mirar, hurgar, deleitarme vicariamente en la existencia ajena, pero quiero también poder ir cambiando a mi antojo, como haciendo zapping, los objetivos de mi mirada. Quiero mostrarme, exponerme (en ambos sentidos) el mayor tiempo posible sobre la plataforma a la que lanzan pelotas para hacerme caer en un pozo sin fondo, la gran cloaca del olvido. Ese pareciera ser el eje de esta nueva relación. La farandulización de lo político, lo emocional, lo económico, se verifica en lo que algunos como la Escuela de Frankfurt definen como la desaparición del público. Ya no hay pues un espectador propiamente tal. La barrera ha caído. Narciso vive y muere ahogado en el pozo de una masa informe que es a la vez actor y observador de esa agonía.

Los discursos públicos, privados y secretos, van siendo voceados a los cuatro vientos como prueba de adaptabilidad. Surgen adicciones nuevas, cercanas a la del espejo pero multiplicadas por cientos de miles. Son los años de la anorexia mental y de las existencias de baja resolución. Lo privado huye hacia atrás para convertirse en lo oculto. Las cámaras rastrillan el fondo de los closets en busca de pruebas. Entran en los refrigeradores.

Nadie parece escapar a esta urgencia por desnudarse. Artistas, cantantes, filósofos e intelectuales se hermanan por fin en las páginas de las llamadas revistas rosa, las mismas que se van volviendo suavemente amarillistas. Y los medios más concienzudos, los órganos oficiales de la cultura, entendida del viejo modo, tienden a asimilarse a los tonos y estilos de las revistas del corazón. Este es el gran cambio de siglo. Un cambio que se opera en un quirófano panóptico donde hasta los órganos, la adiposidad, las perversiones, los hábitos sexuales, el abuso con drogas, escapan para siempre al espacio de lo propio para convertirse en propiedad de todos, en consuelo de solitarios y en el gran carnaval de los sucedáneos, donde todo está siempre en vías de ser la representación de otra cosa.

Antonio Gil ha publicado Hijo de mí, Cosa mentale y Las playas del otro mundo, entre otras novelas.

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